...cuando se desborda el río pare.
Ella le dijo que no se moviera ahora para poder succionar con urgencia de lactante y él acomodó su cuerpo sobre la almohada y pasó el brazo por encima del espaldar de la cama y con la mano libre acariciaba sus cabellos y ayudaba al lento movimiento de su cabeza deslizada en la sábana como para dejar la marca de la oreja sobre un surco de fuego. Por un instante la mujer la sacó de su boca y lo miró sin hablar. El hacía muecas espasmódicas con los ojos cerrados y apenas podía expeler el aire que inspiraba. Corrió la mano hacia el pubis, sacudió como si desaguara un ramo de flores y la dejó navegar entre sus labios. No era momento de advertencias. Adivinó el palpitar de hombros y la ascención de las bolsas y llevó el dedo al sfínter para comprobar que estaba herméticamente cerrado. Se preparó para la lluvia de vida y soltó el tronco y puso la palma de la mano semiabierta bajo su boca y la dejó correr paralela a sus labios como si no deseara perder ni una sola gota de la ofrenda. La densa agua de su nube rebotaba en sus amígdalas mientras se acumulaba en la base de la boca y ella comenzó a tragar y en el esfuerzo le mordió y él contorcionaba tras la magia del diente. Cuando el diluvio amainó trajo su boca a la corona púrpura y ciñó sus labios al surco divisorio. Lengueteó hasta agotar humedades y la dejó libre. Palpitaba como una serpiente encantada disfrutando esencias imposibles y en la tentación del juego fálico la volvió a apretar y esta vez lo hizo como si estrangulara la empuñadura de una espada. Entonces brotó la última molécula de agua y manchó la sábana. La mujer esperó que el hombre se reacomodara a su lado y le señaló el pequeño grano de ámbar a la altura de su vientre hinchado. El se bajó para buscar las tijeras y cortó la zona con precisión quirúrgica. La mujer se colocó bocarriba y espero que él regresara de la bolsa de la basura y la besara en la boca antes de ladearse de nuevo en la incomodidad de los nueve meses. El hombre comenzó su turno de rutinas. Se pegó a su espalda, abrió la palma de la mano sobre su vientre y acarició el ombligo con el dedo del medio, circunnavegándolo como si auscultara a una ciruela. Chupó la zona articular entre la clavícula y el húmero y puso el muslo sobre su cadera levantada y trajo la mano desde el ombligo para acomodar su miembro entre sus glúteos. Cuando ella sintió la barra dura ardiendo en la base de su rosa y una mano de dedos inquietos ensortijando su pubis lo detuvo.
_ Sabes que no es posible. Despégate y mira este rayo de luz que se cuela por algún intersticio del techo para estigmatizar de buenas nuevas a mi vientre tuyo.
El hombre no le hizo caso. Resbaló sobre su vientre y su cuello y su mentón y acunó su cara entre sus palmas abiertas y buscó sus labios. La mujer escondió la cara entre la almohada mientras sentía el árbol ardiente masajeando el valle sagrado de su intimidad comprometida.
_ No- repitió-. Si la viertes en la sábana tendrás que cortar de nuevo.
El hombre aún pudo llegar al baño para llover sobre mojado en el hinodoro. Reflejada en el gran espejo la mujer se acercó para incrustar sus pezones explosivos en sus homóplatos. Sonrió con su boca inflada y acarició sus muslos.
_ Te ayudo. Mantén la puntería porque no tenemos tijeras para cortar baldosas.
Ordeñando con manos expertas colaboró en el fin de su segunda tempestad de invierno.
_ Vamos a la cama e intentemos dormir bajo el rayo de luz
El hombre se dejaba conducir como un autómata.
_ Recuerdas cómo estuve segura del embarazo tras el inolvidable acoplamiento de aquella madrugada?.
El hombre se sentó en el borde de la cama y se dejó caer. Ella le subió los pies.
_ En algún momento después de las doce romperé fuentes.
Ella cambió la posición en la cama para que el rayo de luna le tocara a él. Le cubrió con una frazada ligera y lo besó en la sien.
_ Sueña tú que mi rayo de luz está bajo mi ombligo y estaré lista para la última patada del bebé.
La revista extranjera estaba sobre el velador. La abrió al azar. Un pie de foto decía que el cerebro no podía disernir entre sueños de hadas y pesadillas. Se puso las manos entre el ombligo y la pelvis y cruzó los dedos. “No estoy para coincidencias”. Esperó.
Entre la vigilia y el sueño puro hay una franja indescifrable. Cuando la franja impera se sueña un semisueño y las coordenadas se mueven entre paréntesis sin control. Los sueños van del éxtasis al dolor o al misterio en extrañas longitudes de ondas. Si un rayo de luz de una luna que desciende en el espacio se posa en la ingle de un hombre solo deja una sombra adyacente. Pero el sueño es ajeno a lo ignoto. Si una mujer yace a la vera del hombre el rayo de luz bajará recorriendo los cuerpos para detenerse donde late la vida. Porque en el cerebro la luz no es parcial.
El hombre desató el nudo del árbol y el carro soporte del fuera de borda corrió hacia la orilla del Río. Estaba amaneciendo y la orquesta de pájaros ensayaba el concierto del alba. La mujer estaba el fondo de la balsa, dormida, con la beatitud de las madonas. Los tules se desplisaban en las adorables curvas de su vientre. El hombre zafó las sujetaderas de la balsa y cuando fue a empujarla a las aguas sintió el ruido. Miró a Naciente. El bosque nativo tenía la calma de los amaneceres y más allá las cumbres cordilleranas comenzaban a vestirse de sol. El Río, cristalino y virgen, angosto en el meandro, corría con lascitud de primeros tiempos. En medio de la cabaña alquilada y la corriente verdeazul la balsa y sus ocupantes parecían una postal promocional. El ruido se hizo intenso. Un raro sonido heterogéneo como himno de cosificación. El hombre afirmó la balsa y caminó al Este. Donde empezaba el meandro el Río reptaba recto durante unos trescientos metros hacia la Cordillera antes de ocultarse en el bosque tupido y serpentear hasta sus fuentes. El ruido venía de allá pero era solo un ruido desmanifestado. El hombre puso la oreja sobre el vientre de la mujer por si el ruido llegaba con aspavientos de primerizo. Bajo la piel un corazón latía en la espera del viaje a la ciudad. Regresó con el ruido acrecentado a sus espaldas. La mujer madona estaba incólume en el fondo de la balsa.
_ Mira a los pájaros- dijo, sin abrir la boca y sin voz.
Una eclosión de fauna se posaba en todas partes mirando al Río. Ahora la música era simple gorjeo matinal.
_ Están al llegar los animales- agregó.
El gran caleidoscopio de la fauna terrestre se apoderó de las riberas.
_ Los peces se posarán sobre las hojas con rocío hasta que pase lo que trae el Río.
Una lluvia irisdiscente de escamas y de aletas tomó por asalto todos los follajes y el rocío se hizo charco en las hojas. Cuando el agua levantada por la ascención de los peces regresó a la corriente se volvió pequeños remolinos y fluía como si debajo le hubieran nacido piedras.
_ Ven, siéntate a mi lado, que el Río está dando a luz.
El hombre intentó sujetar la balsa con nuevas perspectivas.
_ No se zafará. El Río desbordó sus fuentes pero no rebasará su cause.
El hombre se recostó sobre su vientre entre sus muslos abiertos y apoyó sus manos en sus rodillas.
_ Mira los primeros hielos.
El sol rebasó el pico mas alto y el Río paría en el incendio de la mañana. Ahora el ruido sonaba a ras de aguas y al hombre le pareció que se trataba de dos ruidos. Un ruido opaco, muy lejos, y un ruido descomunal metido entre los témpanos y los grandes troncos de árboles caminando a la deriva hacia Poniente. El agua se mutó tormentosa y café y las olas se levantaban por encima de la copa de los árboles ribereños en el centro del Río. Las riberas tenían la calma chicha de antes de aparecer el ruido. El hombre había oído decir que los ríos crecidos arrazaban con todo en su furia de aguas descontroladas y se sorprendió con la sospechosa tranquilidad de los troncos mustios y las balseras de hojas muertas y la interminable fila de pedazos de hielo bogando como diminutos icebergs en busca de la mar.
_ Porque el Río no viene crecido- dijo la mujer.
El hombre abrazó sus muslos y los estrujó contra los laterales de su tórax. Besó por turno las rodillas sagradas.
_ El Río está pariendo y solo nacerá otro río tras el ruido.
Durante media hora se repitió el paisaje monótono de las pasadas. De pronto el gran ruido se hizo lento fluír y música de corriente suave. Con la brisa amanecida los pájaros se dispersaron, las bestias entraron a la jungla y los peces clavaron sus bocas en las aguas tranquilas.
_ Ahora viene el bebé río.
Las aguas se detuvieron en el centro izquierdo del Río y desbordaron su cause para formar una laguna a su alrededor y subieron hasta el mismo borde de la balsa.
_ No temas por mí. Se trata de su último saco amniótico.
Las manos de la mujer hacían círculos en sus pectorales.
_ Mira a favor de la corriente pero por el bosque.
La jungla comenzó a abrirse y por la trocha impecable y recta un canal se hundió y comenzó a llenarse de agua. Al final había una ciudad y en las calles las madres aireaban a los niños recién nacidos.
_ Corta las aguas a la altura de la popa.
El hombre se encontró con las tijeras en la mano y cortó las aguas por donde ella le pidió. El lago donde flotaban se escurrió y el Río se unió a su corriente.
_ Ahora puedes desatar la balsa. Pero no la empujes al Río Madre. No
pesa, ladéala y colocala en el río bebé.
El fue a prender el motor fuera de borda.
_ No, deja que nos lleve la corriente. Aún no urjo de atención.
Aunque el agua esmeralda parecía muerta en realidad viajaban a velocidad crucero. Era como navegar por un túnel sin techo, custodiados por un bosque siempreverde bajo un cielo plomizo y sobre un fondo de piedras brillantes y parejas donde nadaban caballitos de mar, unicornios aleteados y tortugas azules. La ciudad de las madres lactantes parecía cercana pero mientras mas navegaban por el río bebé la imposibilidad de alcanzarle le decía al hombre que se trataba de algún espejismo líquido. Calculó que soñaba. De modo que comenzó a acariciar sus nalgas laterales mientras se dejaba caer entre sus pechos y la miró dormida en la contemplación de la espera. Llevó sus manos hasta sus pechos y los tomó bajo las axilas. Se volteó e incrustó su cara en la suprema tibieza de la hembra. Deslizó su nariz, su mentón y su boca por la canal y la humedeció con la lengua mientras apretaba sus sienes con los globos inflamados de la mujer. Sabía que tal vez estaría inventando una manera nueva de coitear pero no la nombró. Exitado subió a su boca y buscó la entrada de la vulva.
_ Tengo el cuello demasiado bajo ahora. Así que contrólate y entra hasta que choque.
Las dermis de sus labios destilaban un jugo cálido que no era glandular. La temperatura, allí, no era producida por hormonas. Frotó su pene a lo largo de sus entrepiernas y sintió la hinchazón de la carne y la fugaz amplitud de de la entrada.
_ Penétrame ya, por favor.
El hombre no chocó con nada en su ascenso de gloria. Se movía en un mar infinito de gelatina irreconocible y de nuevas contracciones. Apuró las acometidas para salirse de allí pero la mujer lo apretó por el cuello.
_ Voy a tener un orgasmo único, ginecólogo de mi vida, en esta cabaña de preparto, pero si te corres dentro y me inseminas a los bebés te desarticulo.
Aflojó la garra en su cuello.
_ Métela bien profundo qué están pateando.
El hombre sabía que estaba más alla del cuello del útero y qué en cualquier instante su hijo lo empujaría buscando la luz.
_ Siento como si corrieran el Derby de la Costa en mis entrañas.
El hombre identificó cuatro tipos de patadas en su glande. Hasta que el primer par de pies que había golpeado se movió para que la cabeza del cuerpo iniciara la ruta definitiva. El hombre se murió y cuando extrajo su pieza estaba tan flácida como un muñeco de peluche.
_ Tendrás un parto cuádruple- dijo.
_ Lo sé. Ahora sí puedes encender el motor.
Pero las madres de la ciudad se habían acercado en su Arca Gigante adornada con sábanas blancas y edredones rosados y pañales azules y dijeron que un rayo de luna las había guiado hacia el bote. El hombre estaba listo para dejarlas hacer cuando ella le apretó la nariz. Casi ahogado escuchó una voz serena y firme.
_ Despierta, amor, que ya viene.
_ Son cuatrillizos.
_ Sé que son mas de dos.
_ Supervisaré a las madres de la ciudad de los lactantes.
_ Qué harás?.
Ella tenía sus dos manos apretando la vulva y él se dio cuenta.
_ Trae las otras tijeras.
El se encantó de que rompiera el protocolo.
_ Porque hay manchas sagradas y pigmentos para el recuerdo que han de quedar en la blancura impoluta de las sábanas. Sobre todo si he de perder la virginidad invertida.
El hombre situó el instrumental a sus pies. Afuera amanecía y los pájaros se desperezaban cantando. Mas allá de las paredes de la cabaña las bestias de la jungla estiraban sus articulaciones. Bajo la balsa los peces mordisqueaban la quilla. A Naciente un ruido infernal anunció la tormenta.
_ Apúrate que quiero haber dado a luz antes de la crecida.
El coro de madres miraba entre sus piernas.
_ Los ríos no crecen- corearon.
Los niños lactantes entonaron la canción del Río.
_ Los ríos no crecen. Los ríos paren en cada encantamiento de sus aguas.
La mujer arqueó la espalda y empinó los pechos y cerró los ojos.”Oh, qué envidia sana para mi amiga de la India hasta tanto el afluente no obre el milagro de otro Río”.
_ Los ríos dejan de crecer cuando desbordan. Entonces paren- expresó.
_ Empecemos- dijo el hombre.
_ Bendito es el fruto- corearon las madres.
_ De tu vientre mujer- entonaron los niños.
_ Aleluya- fluyó el río bebé.
_ Que se haga la luz- torrenteó el Río Madre.
El hombre acercó su boca a la oreja de la mujer. Entre sus piernas desbordó una explosión oscura que comenzó a despedirse del reino de las humedades sagradas.
_ No me mandes a pujar porque sabes que eso no funciona.
_ Puja.
Enero 19 del 2006.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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