..no podía quitarme la ropa.
Cada vez que la señora del aseo limpia el lobby de la Casa Residencial la mopa golpea la puerta de la pieza del periodista y es como si alguien clavara en los límites del Purgatorio. Esta mañana la puerta se movió con sus crujidos de cristales sueltos y chocó contra el mueble ordinario que atesora botellas y cajas de cigarros vacías firmadas con mujeres en tiempo de carretes y videos deportivos y filmes clásicos y un barco café de madera orlado con banderas latinoamericanas que le había regalado Gallego Poch cuando llegó de su país. Sintió que algo cayó al suelo y vio que se trataba de la enseña chilena. Cuando la recolocó en el mástil cilíndrico uno de sus dedos empujó una caja de vino Gato Negro. Allí estaba el nombre inolvidable de Muñeca Lillo como marca indeleble de un cumpleaños especial. La redescubrió detrás de sus ojos cerrados y remojó sus labios pensando en la simpar tersura de sus hombros atípicos. Pero en realidad los meandros de su mente se fueron tras el fondaje de otro Gato, reposando su quietud en la mesa ovalada, dejado para una invitación de rutina a la Flamenca. Entonces se dio cuenta que faltaba en la casa y se reprochó el olvido porque la perra solitaria era una postal maravillosa de Animal Planet. La dueña de la casa le dijo que estaba padeciendo una irritación óptica y que descansaba en su pieza del segundo piso. Subió para tocar y musitar su nombre. Flamenca no gusta de mostrar sus intimidades habitacionales y él no violaba eso. Siempre que pasa al baño y la puerta está abierta en la dejadez involuntaria un ordenado desorden le habla de sus verdades de soledad a destiempo. Pero desvía la vista porque Dios habrá dado al hombre un par de ojos para ver sin que ello implique necesariamente que los emplee para observar las obviedades. La Bailaora dice tras la puerta que ya está bien y que bajará en la noche para degustar el vino y continuar la zaga. Mientras regresa al primer escalón del caracol de fresno escucha un gozne que se mueve y al fondo de sus chirridos sabe que Flamenca está comiéndose su espalda y pensando “de qué galaxia serás, milindo”.
El file con las fichas que intentan abarcar una vida sin treguas tiene un vacío epocal. 1946 a 1967. Y una frase subrayada: periplo americano. Y una palabra en rojo con un signo de interrogación que dice “virginidad olvidada”. Un trío de motivos que esperaba llenaran la noche entre sorbos del vino mágico y suspiros nostálgicos. No andaba con ánimo de interrupciones y se preparó para entonar el himno disciplinado de sus oídos. Oír en silencio podía negarle sus hermosos esdrújulos enclíticos pero le harían ganar su carrera desbocada por los vericuetos de su pasado. Si de algo era esclavo era del eclecticismo en todas sus aristas.
Bailaora no estrucó el rito. Toques sublimes en la puerta, el empuje de urgencias, la entrada triunfal, la sonrisa calcada, la silla con la cebra rojiblanca, la copa azul pálido. Siempre así. Después entra Muñeca, husmea, huele, mastica algo en seco, se deja acariciar por sus manos inquietas y se echa, acostumbrada a esperar por el fin de la charla.
_ Irritación óptica?- pregunta.- Quizás conjuntivitis.
_ No creo. Me parece se trata de tanto ver la tele con la luz apagada.
_ Disfrutas la Operación Ahorro con adelanto.
_ Ella es así. Ve a un peso del tamaño del Manquehue.
_ Y conste que el gran volcán está muerto.
_ Un volcán solo está muerto cuando entrega su estructura y se convierte en ladera.
_ Ahora ves bien.
_ Sí, si descontamos la necesidad de lentes para letras pequeñas.
_Vivan los calendarios falsos.
_Pero, milindo, veo repoca televisión, apenas leo y las cartas son suficientemente grandes.
_Vivan los calendarios falsos.
_Pero, milindo, veo repoca televisión, apenas leo y las cartas son suficientemente grandes.
_ Ven conmigo y dejaré las luces prendidas para tus ojos de farera del alba.
_ Como ahora que ya vengo?.
_ Toma.
Pone la copa cielo en la palma de sus manos, se la extiende y ella la toma por la cintura. Cuando la suelta pone su mano en la base y se ayuda con el trago inicial.
_ Quieres a Di Blassio como fondo?.
_ Me parece superregio.
Raúl es instrumental y piano perennes de sus horas mustias.
Flamenca se inclina y mete la cabeza entre sus hombros.
_ Fíjate, que la señora cuica me pagó al fin las seis lucas. Pero a costa de pelarme con “nuestra” Dueña. Dijo que casi le lloro por la visita y que mi pieza era tan ordinaria que no supo como se quedó.
_ Se quedará con el odio y con las grietas de su piel y con las articulaciones rotas.
_ Fue su opción, milindo.
_ Tienes que hacer gimnasia, masajes y Tarot con publicidad, pagar impuestos y alquilar un local.
_ Pensé me habías invitado para hablar en serio.
_ Digamos de tus primeros dieciocho años.
_ No tienes nada de esa época?.
_ Tal vez una bicicleta inaerodinámica, una bata larga y una abuela dulce en una casa grande sin espirítus aún.
_ Fíjate que tuve una infancia linda, tranquila, sin tropiezos o limitaciones. Pero no puedo decir de esos años lo que otras, quizás porque estuve demasiado apegada a mamá, con hermanos que tomaban rápido su camino y con una hermana que comenzó por envidiar mi encanto primero desde que me vio sonreír a las palomas y besar a los copihues. Sabes de un padre bohemio y de una madre controladora de casa y por suerte, muy eficiente. Abuela murió pronto y apenas la recuerdo y nos quedó la casona de Providencia y las calles para pedalear, reírnos de los pedigueños, correr, empezar a soñar con el baile y el deporte sin influencias. Una tarde me moví detrás de un toque de latas y una mañana me vi corriendo tras la micro y supe que quería hacer esas cosas de manera permanente y casi de improviso supe qué era ejercitar y danzar en los escenarios. No faltan algunas muñecas Barbies, mascotas, encontronazos con primos, amigos y hermanos. Tampoco las dos o tres amigas fieles e inseparables, anonadadas con mi belleza incipiente y mis planes adelantados a su tiempo. Y por supuesto, hubo sus amores adolescentes, esos de madrugadas de insomnio y poemas a lápiz en agendas históricas. Recuerdo los domingos de La Popular en Teatro Italia y el enjambre de jóvenes divirtiéndose de lo lindo, gozando caleta, olvidados de todo lo que no fuera “olvido” del aburrimiento. Cómo reíamos y hacíamos gala de todos los desenfados imaginables. Las infaltables mesadas de mamá eran para La Popular y para la alcancía. Pienso que mas de la mitad la guardaba porque pensaba invertirla en mi vocación. Nada más vivía para eso porque mamá me tenía un amor acaparativo que no pasaba del cuidado extremo y la protección celosa, la seguridad futura y el solaz a su manera. Me rebelaba en silencio y forjaba mi propio futuro a fuerza de sueños invisibles. Caminaba las calles de Providencia danzando, mi prisa era deporte y la fuga de mis pasos era el aire que habría de llevarme a algún lugar. Soñaba, milindo, soñaba en la edad en que los sueños amanecen orinados y yo quería controlar mi sfínter a toda costa.
_ Estamos en tiempos de corrientes rojas?.
_ Nada especial. 1959 fue un año “especial” tal vez para tu país. Para mí apenas un paseo en bicicleta, una cuesta abajo indominable, algunos baches y un golpe gluteal con rebote en el sillín y algo que me mojó el buzo y llegar a casa y saber que lo que me había mojado tenía color. Ya “sabía” por las fieles amigas mayores porque entre los planes de mamá relativos a educación sexual no estaba educar y alertar a su niña consentida. No se lo reprocho. Parece eran tiempos en que las hembras debían esperar los grandes acontecimientos que sorprenderían a sus cuerpos en la más despiadada soledad . Mamá me escuchó y entonces hizo una disertación cariñosa y me dijo “ahora lo demás es educar a la mente porque ya estás lista”. Nada, milindo, acababa de entrar a la Sociedad de Rojo, a la Fiesta Mensual, a la Exhuberante Eclosión de la Hembra Sublime Terminada en la Factoría del Ensueño. Debutaba como la última cliente de Kotex, eterna manchada en la rueda de las ovulaciones con meta.
- Felicidades. Ni Anais Nhin lo contaría mejor.
_ Anais Nhin…ah, sí, mi perra se llama “Muñeca”…
_ No, en serio, querida. Una mujer adelantada a su época, sin bicicleta al encuentro de la mar picada.
_ Cuánto vale la madrurez?. Una lluvia de ovarios.
_ Y hombres detrás de cada tempestad.
_ Digamos.
_ La danza llamando a tu closet.
_ La Escuela de Danza decía Maruja García sobre la parte superior de la puerta y yo sabía que se podía entrar si se disponía de plata. Como desconocía costos me llegué allí, sola y en secreto. Creo que esa fue la mañana en que comenzaría mi estela de soledad por el mundo. Maruja miró mi mesada quedada de la ronda dominguera de La Popular y me dijo “puedes comenzar” y que cuando se acabara “veríamos”. De modo que comencé a combinar mis clases stándar en la escuela stándar con las de danza. Poco antes del mes tuve que renunciar. Me faltaba el valor para informar a mamá, siempre espantada de mi vocación. Maruja me dijo que lo sentía porque en tan poco tiempo había podido notar muchas habilidades en mi trabajo y que podía volver si alguna vez conseguía las platas y que incluso era capaz de hacerme un precio. La escuela de Danza de Maruja García me enseñó una cosa. Lo clásico era demasiado clásico y yo necesitaba otro ritmo. Aún no sospechaba que mi cuerpo precisaba de más tierra y menos vuelo. Pero el clasisismo es refinamiento y jamás iba a olvidarlo ni a despreciarlo.
_ Tenías alguna información?.
_ Ninguna, milindo, ninguna. Fíjate que Maruja no tuvo tiempo para pedagogías o nomenclaturas y solo recuerdo que alguna vez habló de una tal Povlova rusa y de un Real Ballet de Londres. Te juro que si mencionó a tu Alicia Alonso se me fuga de la mente. Por eso cuando vi en el Diario un anuncio para una audición de Danza Clásica lo recorté enseguida sin sospechar que sería muy distinto a lo que me había enseñado Maruja. Maruja enseñaba a bailar con clases: una Audición en serio prometía educar a partir de ciertas Escuelas. Sin opciones, calculaba que mi pasión por otros movimientos danzarios no tendrían otra alternativa que seguir pasando por lo clásico hasta que mis pobres horizontes se expandieran. En el amplio salón las chicas se movían como peces en el mar y ensayaban en grupos mientras esperaban ser llamadas. Yo era la ovejita negra y nadie me prestaba atención. Pero, sabes qué, no tenía miedo porque no tenía nada que perder. Era algo monótono. Digamos, hermosamente monótono. Una señorita tocaba el piano, otra salía y ejecutaba y se iba. Así, interminablemente. Yo sabía qué ellas sabían lo que hacían por la seguridad conque se comportaban sobre las tablas. Desconocía qué tocaban y qué bailaban pero estaba conciente que lo hacían muy bien. Era como si el otro ser que llevaba dentro lo estuviera compartiendo y alguna vez lo comprenderían ambos. No se trataba de envidia. Ni de envidia sana. Era admiración y delirio, tal vez impotencia, no sé. Y entonces me llaman para mi casting. Ahora el no miedo se volvió madeja de nervios pero afortunadamente no traspasó los límites del cerebro. Algo me impidió salir corriendo porque la verdad no sabía cresta de nada. El Jurado me pidió que me acercara y alguien dijo “escuche”. Era una cadencia de toques sobre una mesa, algo así como tatá tatatá tá tatatá tá. Son tiempos. “Lo siento, no sé, no puedo”, digo, “paso”. Otro me pide que me pare firme y erguida, que junte las piernas y pegue las rodillas. Una mujer se acerca y me levanta la falda y observa mis piernas y musita “correcto” y agrega “saque el talón derecho”. Lo hago. “No se mueva”. Observa de nuevo y dice “bien”. Del Jurado llega una voz que exclama “la prueba del tres” y otra “tercera posición de ballet”. Asiento como si lo supiera pero sé que me lo dicen porque saben que no sé. Jamás olvidaría el par de nombrecitos que buscaban ver la clase de mis rodillas y la disposición de mis piernas. Estaba bien que yo no bailara pero en asuntos de cuerpo perfecto nadie me podía sacar ni una palma. A ver si eso podía salvarme, pensé. Entonces abre el piano y aunque la música me recordaba a los sonidos de Maruja no sé que hacer. “Baile”, me dice alguien. Permanezco estática. “Baile, a qué vino entonces”. Silencio. Bajo la cabeza porque no me atrevo. Respeto harto lo que no domino. Tengo ganas de llorar pero no tengo lágrimas y aún no soy artista. “Intentémoslo”. Doy un paso y me enjuago los ojos secos. “Improvice”. La palabra mágica me impulsa y mientras dura el tecleo brinco, levito, contorciono, hago de todo sin pudor, desenfrenada y vencida. Tal vez todos me miraban pero era solo yo en una sala en la que todas habían hecho lo que sabían les tocaba el piano. Sé que había sido un desastre y me voy delante de la voz que dice “espere carta”. De toda suerte fui adquiriendo discos clásicos que engrosaron otros ritmos nacionales dormidos a la derecha de la victrola de la abuela. Danzaba de memoria en mi pieza y cada caminata era una música bailada por las calles. Olvide la Audición y me moría de verguenza cada vez que me recordaba perdida en un bosque desencantado donde otras chicas jugaban detrás de un piano implacable. Poco después de mis primeras almohadillas íntimas- tapones de algodón para que no me orinara- llegó una carta de la mano de un chico uniformado que dejó olvidada una vieja bicicleta en el borde de la acera. Cuando le firmé el recibo le pregunté si también daba baches pero no me oyó en la prisa del próximo paquete de correspondencia. Debo decirte de qué se trataba?.
_ Los detalles.
_Pienso que me salvó la disposición. La timidez natural, la sinceridad conque admití desconocer todo lo que se tocaba allí. El ansia deslumbrante que ladraban mis ojos. Creo que son cosas que ayudan. A veces he pensado que en admitir que no se sabe nada de algo que se anhela está la primera pepita de la vocación enrumbada cuando hacemos el intento. - Flamenca seguía filosofando como Platón entre olivares-. También influyó la perfección de un físico impecable que esperaba por la mano de un maestro encuadrador. Debajo de mi baile loco alguien vio la roca diamantina y se sintió jollero. Esta ocasión sí di la gran noticia en casa. Mamá puso el ladrido en el cielo y fue una voz que repetía “no no no no” como si considerara que su condena a muerte fuera un error. No platas, no danza promiscua, nunca separación de su “niña mimada”, sí trabajo honrado, sí matrimonio , sí hijos, como manda la Ley Divina. Para esa época mis hermanos no opinaban y mi hermana nada mas pedía que mamá se mantuviera en sus trece. Con el permiso para entrar en la Escuela de Danza en mi mochila- bueno, tal vez ese año se tratara de “mi bolso”- y unas semanas de insistencia atosigante y llantos fabricados - ya era “medio artista," milindo- mamá bajó la guardia pero puso una condición. Podía bailar con seriedad pero en ningún caso dejar mis estudios de Segundo año de Humanidades, la Media, sabes. Dije “está bien, mamita” y abrí paso. Fui, soy y seré una estudiante discreta, una bordeadora del promedio. Que quede bien claro, milindo, de nuevo el Universo de lo Clásico. En mis oídos andaban, alocados, los bellos sonidos de los compositores alemanes y austríacos y rusos y polacos, de la Escuela Americana del siglo XX y de lo que venían haciendo los músicos nacionales desde que hubo conciencia de nacionalidad. En teoría me iba convirtiendo en una polilla del conocimiento teórico. Pero seguía esclava de ciertos toques de caja y razgueos violentos de guitarra que oía al pasar por una casa cerrada. Me seguían diciendo que era algo muy parecido a lo que perseguían mis manos y mis pies. Suerte que mamá disfrutaba a mis clásicos como si fueran címbalos bucólicos salidos de la victrola edisónica de la abuela. Sin asociarlo con lo que motivaba a su hija del alma. Mira qué gran contraste es la vida, milindo, qué rareza. Entonces cambio de amistades y fueron menos pero mejores y más maduras. Mis nuevas amigas no eran del mundo de la danza y aunque no me lo decían sé que me reprochaban el poco tiempo que me dedicaba a lo externo. Solo vivía para el baile, la concentración suprema, las famosas Humanidades, lo interno. Y para seguir buscando la casa donde sonaban las guitarras de otra forma y algo golpeaba sobre algo con un ritmo perfecto e intoxicante. Una tarde me detuve y miré la puerta buscando un letrero como el de la puerta de Maruja García. Solo había un gran pájaro rosado parado sobre una pata en un piso de tablas. Pero, milindo, me acechaba la incomprensión. Ya no había tiempo para el cine o el teatro con mamá, para el parque o las visitas programadas. Mi vida era ensayos y más ensayos, pasión y más pasión. Conste que hacía el curso Ordinario porque me había comprometido. Cuando comenzaron mis presentaciones mamá explotó literalmente. Dijo que me iba perdiendo de a poco y no podía aguantar la soledad y la mordía el temor a que llegara el día en que la obviara de su vida. De nada valieron mis protestas de fidelidad a prueba de basuras y la mención de mi hermana. “Las quiero a las dos pero contigo es diferente”, estalló. “Por qué”. “No sé”. Una mañana se reunió con sus jefes y trabajadores y les dijo “encárguense por una quincena del negocio.” Recuerdo que me llamó y me abrazó y me susurró “nos vamos a Buenos Aires”. Sabía que ello equivaldría a que me expulsaran pero no le dio importancia a mis quejas y al otro día estábamos corriendo por la Pampa después de Mendoza en un bus de tercera generación.
Flamenca empinó su copa y levantó la cabeza. Aunque estiró el cuello tipo pas de deux las arrugas se resistieron. El periodista pensaba preguntarle por enésima vez a qué se dedicaba su mamá pero se limitó a decir "se acabó”.
_ Ahora tus oídos son mi trago porque estoy inspirada.
Le deslizó un dedo por el dorso de sus manos venadas y llegó a la última falange de su dedo pulgar. Lo pellizcó y haló la piel.
_ Sí- dijo.
_ No inquieras por ese viaje a Buenos Aires. Y como jamás volví nada sé de barrios históricos, del Colón, de fútbol o de Fangio, de tangos o bandoneones, de ganados o árboles pampinos. Todo es teoría trunca y no deseo hablar de lo que vi y no sentí. Claro que he oído a Gardel y había discos suyos en casa, pero el tango es otra historia y creo no estoy incluida en la carpeta de su gloria.
_ Bueno.
_Mamá logró lo que se propuso. “Descansar y conocer” era “te expulsarán” en su lenguaje. Me expulsaron sin posibilidad de entendimiento. Mamá solo se limitó a decir “eres muy joven todavía”. Retorné a la escuela normal y sus deshumanidades. Desespero, tedio y un dolor infinito en el corazón. Pero nada que reprochar a mamá. Lo hizo por amor y por celos de que le quitaran a su tesoro. La quiero demasiado para eso. Y algo me dice muy en el fondo del alma que tal vez no haya tenido razón pero no he sido madre y no puedo andar dando opiniones sobre asuntos puramente teóricos. Te dije que fui mamá. Que no es lo mismo. Estaba triste pero rebelde, cazando la próxima oportunidad. Mis amigas se enamoraban y hablaban de proyectos que incluían hijos, mansiones y mucha plata. Me enamoro de todos y de todo pero es algo que está fuera de mi cuerpo y nada mas anhelo una mirada, un galanteo, un acto de admiración que descarte el contacto físico. Claro que toco y exploro mi cuerpo y experimento lo que otras y tal vez comparta el secreto pero es un reflejo que no me domina y solo aparece en instantes de suprema necesidad orgánica. Así, milindo, que ya contesté “esa”. Y sabes qué, amor, me voy a ver, nada menos, que al Director de la Sinfónica de Santiago. Me atiende y escucha con detenimiento. Se trata de una casi niña postrada ante un Dios de la Alta Sociedad del Sonido. Todavía me pregunto por qué no me echó a batutadas. Lo escuchó todo y me ayudó a encontrar la puerta apoyado en mi hombro. “Haré lo que pueda, pero búsquese a un profesor para que la prepare porque tendrá que audicionar de nuevo”. Soñaba como a castigo por ser desertora de una Institución tan prestigiosa. Lo acaté en silencio. “Vuelva en tres días”. Fíjate que no se trataba de “espere carta” sino de “regrese en”. Era algo así como un adelanto gestional. Setenta y dos horas después regresé. El Director me dio una carta ensobrada y dijo “puede volver pero será de manera provisional hasta el exámen”. Quedé paralizada. “Tranquila, no me vaya a besar”. Lo abracé y le puse la cabeza en el pecho. Papá estaba perdido en la bohemia capitalina y él lo sustituiría en ese momento de mi vida. Me extendió otra carta. “Vaya al Municipal y dele este documento a Víctor Tevah y dígale que va de mi parte”. En ese instante Tevah anda por cuarenta y cinco años, es feo y narigón y con las cejas blancas de un albino. Es una verdadera autoridad en música clásica y un genio del ballet. Jamás encontré hombre mas tierno y mas encantador en mis periplos…si digo “periplo” antes del 2004. Tevah me oyó con tanta seriedad como su amigo recomendador, y dijo como tú, “okey”.
_ Okey.
_ Fíjate, milindo, que te estoy hablando de un grande de la historia musical chilena. Tevah tenía doble nacionalidad porque nació en Grecia durante un viaje de su mamá. El 1947 era el concertino del primer director de la Sinfónica, Armando Carbajal, uno de los imprescindibles para conocer los cimientos de nuestra nacionalidad. Le sustituye ese año cuando Armando muere y estaría diez años en su primera etapa de Dirección. Excelente violinista, dirigió en toda América. Murió en 1988, tres años después de haber acabado su segunda fase como Director de la Sinfónica desde 1977. Tevah me dice que tengo que ensayar de verdad y demostrar que puedo volver con ánimos y disposición. Pero no hay donde hacerlo y no tengo piano. Cuando le digo que abuela tiene una victrola él se levanta y grita wao y elige un disco de Rachmaninov y dice “con este”. Yo conocía al gran ruso. Que por cierto debe interesarte doblemente: como periodista amante de lo bello y como disidente. En el mismo año de 1917 abandonó a los rojos de Lenin y se marchó del país “proletario”. Moriría en California en 1943. Tevah agregó “ténme dos Pilsen y la victrola lista y comenzaremos en tu casa”. Ahí mismo comencé a enamorarme de Víctor con una mezcla de carne estallada y platonismo dominante. En serio, milindo. A esas alturas del partido mamá me dio por imposible y cooperó, pensando tal vez que algo rompería el hechizo más adelante. Tenía vestigios del Poder de su Mente pero no me cabía en la cabeza que hiciera nada en contra de su guagua consentida. De modo que preparamos la casa y dejamos amplios espacios para mi danza y colocamos una mesa enmantelada para la victrola y despolvamos las arañas del techo. La casa refulgía como una mansión florentina esperando por su Príncipe._ El periodista pensó que a lo mejor se refería a Machiavello_. Fue un gran ensayo de la mano y del talento de Tevah. Que se olvidó de las cervezas limitándose a un hielo frappé con menta y limón sintético. Cuando se fue y lo abracé en la calle me levantó el mentón y dijo “Okey, en el mentón”. Mis labios se enternecieron en los cañones de su barba naciente blanca y expresé “gracias, maestro”. Volví a la Escuela de Danza pero solo para esperar el día del exámen. Mi vida, en lo adelante, fue un eterno ensayo con el disco del ruso, prepararme y ganar contra mí misma. No olvidaba que el flamenco rosado era el crédito de la casa donde sonaba aquello tan lindo e irresistible y que no había tenido fuerzas para tocar y entrar. Sabía que lo que quería y danzaba mi cuerpo eras un baile español llamado Flamenco y que todo lo que haría en lo adelante serían escalas para llegar hasta él. Tevah vino dos o tres veces más para ver mis avances y le visité otras tantas para recibir consejos y para verlo en su hermosa fealdad de monstruo inalcanzable. El no reaccionaba a mis asedios abiertos y aunque no me lo explicaba si es qué era tan encachada y regia como se decía, no estaba molesta, preocupada o celosa de nadie. Jamás le vi con mujer alguna como no fuera su amante eterna la música clásica. Ahora bien, milindo, fíjate que hay una curiosidad. El movimiento era demasiado largo y decidí acortar la música hasta la mitad sin decir nada a Víctor. Solo ensayé hasta ahí. Pensaba era opcional.
_ Arte y locura, la Consagración de la Primavera.
_ Stradivariusinski, milindo. Okey. La prueba, la prueba, la prueba. La “Tevah”. Pero sin Tevah. Voy con mis disco inmenso y me presento. Me anotan y dicen que debo esperar mi turno. Es una sala mediana en una Academia pequeña de Las Condes y hay un piano de cola y una señorita que lo toca y un Jurado de tres que aprecia. Ahora no llevo nervios ni miedo porque sé que domino lo que ensayé. Pasan dos chicas que lo hacen muy bien, pienso, y entonces me nombran. Tengo catorce años y estoy casi formada físicamente y con alguna escuela entre mis piernas. La pianista me mira de arriba abajo y hace un mohín extraño. No estoy acostumbrada a que me ignoren. Espero. Se vuelve al Jurado. “No la conozco”, dice. “Toque nomás”, le contestan. “No, no toco para quien no he tocado en ensayos”. Así comienza una película de horas digna de Hitchcok. La mujer renuente a tocar para mi y yo llorando al fin de verdad, literalmente desesperada. No hay victrola para tocar el disco y digo que tengo una en la casa, muy cerca. Al fin vamos por ella con dos maquilladores en una camioneta y cuando regresamos no hay donde colocar aquel trasto RCA Víctor de la época de Carusso. Logramos una mesa en el bar de al lado y poco después se decide que “suena bien”. La señorita observa, tranquila, como si considerara que no haber tocado para una desconocida es parte de su decoro profesional. Desde la perspectiva del hoy no la culpa pero ayer la hubiera descuartizado. En el momento en que estoy lista para danzar con el ruso de oro la música no sale y de nada vale que se intente, la victrola no responde. Y eso que pido a San Víctor que funcione. San RCA Víctor, San Víctor Tevah. Nada. Inconciente me voy al baño y lloro y grito y pido que me lleven a casa con la vieja victrola de la abuela que desrespondió en el momento cero. Entonces alguien me abraza por detrás y me palmea los hombros. Creo es Tevah acabado de llegar después de mis invocaciones y me vuelvo para ver a una mujer de regia personalidad, preciosa, que me dice “Ven, chiquilla, que ya está arreglado”. De alguna manera me convence con sus consuelos y cariños y regreso a la sala y espero por el Rachmani. De pronto Tevah se levanta del puesto que acaba de ocupar en el Jurado y dice "será la primera vez en Chile que una prueba de baile se haga con una victrola y no con un piano”. Todos acaban riendo y comienzo. La voz de Víctor es demasiado aliciente. Bailo para él y bailo para lo que me enseñó y bailo para su arte y siento que mi cuerpo vibra como si sus manos me condujeran por el escenario.Cierro con un gesto ensayado pero el disco no se detiene. Ordeno que lo detengan. Ante las miradas estupefactas digo “es muy largo, solo trabajé hasta la mitad”. Tevah no lo puede creer y el Jurado se mira como si se tratara de un mal chiste. Digo que es la pura verdad. La mujer encachada que me consoló dice “estás aprobada, que Dios te bendiga y mucha suerte”. La mujer era Genín Blanchet, bailarina excelsa del Ballet Nacional de Chile.
_ Dios mío _-dice el periodista-. Y lo digo mas por la anécdota que por la Blanchet.
_ Dios de ambos, Milindo, de ambos. De nuevo el milagro, mi sencillez sin tapujos, la sinceridad, todo eso junto me salvó, no sé. Pero ya estoy hasta la cresta de lo clásico y como, al fin, mamá está de mi lado en el mundo que elegí, decidimos que me lanzara de verdad al flamenco. De modo que nos vamos a la sede de la Compañía de Ballet Clásico donde está la profesora Adriana Torres, bailarina del Cuerpo del Ballet Nacional pero que enseña Flamenco. Adriana me acepta como alumna de visita pero casi que ensayo como todas en tanto me preparo para otra prueba que me asegure la entrada oficial. Te refresco que continúo con las Humanidades, mis amigas, los ítems que van marcando a una vida de catorce años. Sigo siendo una chica solitaria que compra discos con la mesada y baila con cualquier pretexto y que sigue perdidamente enamorada de un viejo feísimo llamado Víctor Tevah. Entre el instante en que comienzo con Adriana y el próximo examen hay un lapsus de algunos meses en que casi olvido a mis clásicos y apenas dedico tiempo a las Humanidades. Crezco y desarrollo definitivamente y hay una fiesta de Quince muy sencila. Mi discoteca estará dominada por Capricho Español, Danza del Fuego y el Bolero de Rabel. La envidia de mi hermana se desplaza a mis amigas que me celan hasta el paroxismo porque no hay un solo hombre que nos conozca y no se prende de mi sin capacidad de elección. No importa que no les haga caso y se los deje porque no estoy interesada ni soy coqueta ni el Poder me deslumbra todavía. Ellas me celan igual y siento como que no me soportan y que me evitan y que dejan de invitarme. Lo asimilo y me refugio más en el mundo andaluz y mi ropero se repleta de vestidos alegóricos y mi discoteca se come mis mesadas mayores inundándose de la España más pura y leo a Lorca y a Miguel y veo películas de toros y se me salen solos lo olés. Frecuento a Tevah, le presento a mis amigas, intento seducirlo, acepto sus invitaciones para cada función del Teatro y agradezco que las mismas incluyan a mi madre y familiares y que sean gratis. Soy muy conocida en el Municipal y entro casi sin pedir autorización. Una vez miento por placer y digo que deseo algo especial porque soy invitada de un Edecán y como si fuera un acto sagrado me pasan al sitio de los privilegios. Estoy feliz, con mucha autoestima y mamá me consiente definitivamente en mi vocación. Tal vez porque he crecido y sabe que no le fallaré y que su amor está por encima, incluso, del flamenco. La Escuela nos prepara para el porvenir en tanto hacemos presentaciones por todo Santiago sin retribución. Ello nos da a conocer y nos hace madurar. Estoy preparándome con Granada para el examen. Tanto me gusta que creo lo domino como una sevillana. Granada Granada Granada fuera los moros. Oh, milindo. Cómo lo siento todavía. En qué consiste mi examen. A ver. En escena hay dos bailarines que son parte del espectáculo y están en pose hasta que entren en acción y hagan lo suyo. Se abre el telón e irrumpo. Bailo entusiasmada, ejecuto perfectamente e improviso y cuando acaba Granada salgo y me olvido de mis partenaires. Mientras Adriana me lo dice a manera de reproche le ordena a la pareja que se quede en escena porque el público estalla en vítores y aplausos y olés y quiere que regrese al escenario. “Hazlo, es así, pero no te olvides de incluirlos, chucha”. Lo prometo y repito Granada y me ocurre exactamente lo mismo. Entre los vítores ensordecedores la pareja es estatua y yo enloquezco sola sobre las tablas. Ahora Adriana nada dice y la pareja tampoco y tengo que explicar mucho y disculparme mil veces para qué entiendan que fue inconciencia y no egolatría. Jamás me sentí tan admirada sobre las tablas. La fama trae aparejados compromisos y palabra dadas. Trabajo, si uno lo desea. Encantadas, las mamás de las compañeras de curso me adoran y me obligan a hacer clases especiales a sus hijas y me hacen invitaciones a sus casas y Academias y me pagan por eso una mesada extra que es sustanciosa de verdad. Mamá lo entiende porque ve los frutos de un trabajo que aunque se llame Arte da dividendos. Encuentro tiempo para practicar Gimnasia y recibo las primeras clases de kárate. Obligada también por las madres a impartir Gimnasia gano más y abro una pequeña cuenta de ahorro. Exhibo mis kimonos ajustados y me coloco la cinta apretando mi cintura y aunque de nada vale que quiera aparentar ser fría siento una necesidad, digamos, humana y organizada. Quiero un pololo. El cadete Tito Soto, regio y orgulloso de su disciplina marcial está disponible. Ignorando a mis amigas apenas me deja vivir, prometiéndome el cielo. Le digo que tengo todos los cielos posibles, pero insiste. Estoy rematadamente sola y mis compañeras no han cambiado su actitud conmigo. Me parece que son ellas quienes me tiran al militar encima para salir definitivamente de mí en un momento en que estoy harto vulnerable. Así que acepto a Tito el cadete en una noche del Teatro Cariola en calle San Diego. Y mamá no se opone. Un mes después sus manos me sabían a las manos inolvidables de Tevah, y sus besos eran respondidos en la boca de Víctor. Tito quería tomar poseción de su conquista con todo derecho y suponía que romper los convencionalismos conservadores era cuestión de ambos, dos seres modernos inmersos en los sesenta con la deslumbrante aparición beatle y la euforia del destape y aquellas calles glamorosas de San Francisco. Cuando el cadete intentó pasar de mi ombligo debajo de la falda lo detuve y le dije “no, soy una mujer de Chile Central”. Cuando sus manos ardientes ascendieron por mis muslos imberbes lo detuve y le dije “me gusta Falla y mi secreto está en mis tobillos”. Cuando me llevó, empotrecido, la mano a su bragueta y me la detuvo sobre su arma convencional me eché a reír y le dije "qué sabes de tablas, hombre”. Pero cometí un error que me salvaría de asedios posteriores. Mientras me apretaba la mano allí me besaba debajo de las orejas y yo no podía “despreciar” las caricias de mi prometido en épocas novedosas, un personaje tan liberal y desinhibido. Imagina a mi mano sobre un peñazco de fuego, a mis orejas lengueteadas con maestría de amante educado en los cuarteles y a mi espalda sobada por una mano independiente. La lluvia conocida inundó mis entrepiernas y grité “Víctor Tevah” al borde del delirio supremo. Tito se separó para mirarme con actitud dubitativa. “Mi nombre es Tito”, dijo.” "Lo sé”, continué. Me puse de pie y le tendí la mano. Me la apretó. “Gusto en conocerte”, puntualicé. Y se marchó. “Estás loca”, oí. “Mojada, imbécil, por los dos, pero tú pierdes”. Cuando llegué a la casa mamá me dijo que Tevha la había llamado para que lo disculpara (se refería a mí) porque no podría estar mañana conmigo en el espectáculo del Municipal. Su ex exposa acababa de fallecer y estaría en el funeral. Entré para bañarme y tiré el colalé a la basura y repetí aquellas tocaciones de que te hablé, desnuda bajo la ducha. No me estaba limpiando de Tito. Me estaba limpiando para Tevah, ese viejo albino y narigón que, al fin, acababa de quedar libre. Víctor estaba separado pero casado con la madre de sus hijos. Oh, milindo, discúlpame por esta frase tan fea y desafortunada. “La madre de sus hijos, uff”. Dí “el amor de Víctor Tevah”.
_ El amor de Víctor Tevah.
_ Gracias. Tengo casi dieciocho años y sé que sigo perdidamente enamorada de él. Es una hermosa amalgama donde caben la admiración y el respeto por su arte y el deseo de la mujer seducida por la supuesta indiferencia de un genio que vuela a otras alturas. Estoy conciente de eso. Pero creo que nos casaremos algún día y estoy lista para consumar el acto. Pienso que si su actitud estaba dada por la trampa legal con su ex ahora no tendrá nada que objetar y habrá de decidirse. Le visito en su oficina del Municipal una tarde y le dijo cuanto lo siento por sus hijos y cuando le pongo una mano en la rodilla y la detengo para significar consuelo y voy a subirla para significar complicidad él dice como si no hubiera mano de mujer en ascenso “ahora puedo casarme con el amor de mi vida”. Pongo mi otra mano en su muslo y lo miro, rendida. “Sé que te alegras, chiquilla”, dice y me acaricia la cabeza y percibo que ya estoy mojada de primaveras y que vibro como una debutante. Pero él parece no darse cuenta y me separa con un beso casto en la frente y concluye “serás nuestra madrina”. Entonces piso tierra firme. “No soy yo, Víctor. No te casarás conmigo?”. El supone que bromeo y le hago una escena teatral. “Así que no soy tu viejo amor, Tevah”. “Eres más qué eso, eres mi gran amor, querida Miss Teatro Municipal”. “Te amo, pensé que lo sabías”, estallo. Creo que es en ese momento cuanto asume que hablo como mujer mayor y decide alejarse de mis garras y de mis protestas. “Pero si eres como mi hija, Chiquita, puedo ser hasta tu abuelo”. “No es conmigo con la que te casarás, Víctor Tevah, repítemelo para oirlo bien”. Estoy enternecida y agotada. Imagino que está siendo otros hombres y se desquita de mis apatías. “Dime, por favor, que es mentira, que tu viejo amor soy yo”. Se acerca y aún tengo esperanzas. “Estás enamorada del arte de tu viejo y feo profesor, del que te recibió y tal vez te ayudó a encaramarte donde estás hoy”. Eso es solo la mitad. Se lo restrego en la cara. Víctor se ríe pero me da la espalda. Le toco el hombro derecho. Se vuelve. Le golpeo duro con el dorso de mi mano zurda y la rompo la nariz y digo lo que dicen todas las mujeres despechadas “te odio y no quiero verte jamás en mi vida, viejo sucio”. Y él, limpiándose con sus muñecas, inspira con los ojos bien abiertos y me ve salir con el portazo tan poco original, mirándome como si se preguntara “será posible señores”. Y bien que lo era.
_ Fue un golpe de kárate?.
_ Lo fue. Jamás olvidé a mi primer amor pero me rebelé contra eso y logré vencerlo. Lo vi muchas veces de nuevo pero verlo sin verlo significaba no verlo.
Ni Sor Juana Inés de la Cruz lo hubiera dicho mejor. Pensó en su debilidad por las mujeres jóvenes pero creyó que comentar de eso hubiera sido inoportuno.
_ Entre el desnarizamiento de Víctor Tevah y el Dandy de Antofagasta versión definitiva hay poco trecho. Todo Flamenco. Presentaciones. Información relativa. Discos acumulándose. La rutina de una belleza inabordable viviendo con una madre orgullosa. La plata me entra por todas las vías y aprecio el valor del dinero y como me codeo con la gente que lo atesora caigo víctima de su embrujo y de su Poder. Así lo sentí y así lo siento hoy mismo porque se incrustó en mi personalidad. Sin embargo hoy día soy mas propensa a valorar el Poder del Encanto. Como mamá me considera plenamente madura me pide que trabaje con ella y que sea su Secretaria y que promocione sus rubros de manera oral en terreno. Poco antes de mi visita a Concepción enloquezco en un Pub a donde voy con mamá. Alguien razga una guitarra flamenca y hay una chica bailando. Es muy amateur pero se ve que siente lo que ejecuta. Me acerco, hipnotizada, y cuando acaba el número ambos me invitan si “es que sé”. Pero no han terminado de invitarme y ya estoy taconeando y haciendo la rueda y mis palmadas provocan coros y otras palmadas y la gente se levanta para gritar olé olé olé la bailaora y los artistas, sin envidias y tan sanos, milindo, me piden que siga y sigo y la llamo y hacemos un dúo y el Gitano sigue tocando y taconeando y solo faltan los toros de Sevilla y seguir para la Embajada de España y en la despedida la gente se entera de quién soy y me llevo caleta de teléfonos y direcciones porque los padres desean una profesora de mi estirpe. Invito a la bailaora a mi casa y a mi escuela pero lo agradece diciendo que se van de gira para el norte y que seguirán a México y no quedamos en nada. Pocas veces vi nada mejor en el ámbito amateur. Le dije a mi tío que solo me iría al sur con él cuando concluyera mi curso de Defensa Civil en la Compañía de Bomberos.
_ O sea, me estás diciendo que a los dieciocho eras virgen.
_ Depende de lo que entiendas por virginidad.
_ Hacerlo por donde dicen que Dios manda.
_ Por dónde es?.
_ Por donde se mojaron tus colalés tras la arremetida de Tito el Cadete en tus orejas.
_ Entonces lo era.
_ Quizás porque no lo eres por donde dice Dios que no es?.
_ Si por donde no era se refiere a la boca y a las manos no lo era.
_ Correcto.
_ Mira, Milindo, estoy cansada de decirte que en temas de cama nunca fui un fenómeno. No cooperaba quizás, lo siento. Y de repetirte que estoy vivísima. Y que por tanto, a lo mejor en una entrevista futura pueda responder diferente.
El periodista no recordaba otra manera mejor de decir “espero al hombre adecuado”. Quiso disertar sobre períodos post menstruales y capacidades libidinosas más allá de ciertas épocas pero se contuvo. No quiso oír “aún demorará la (más) pausia”.
_ Lo sé- acotó.
_ Así que no te asombres con lo que sigue porque solo tú podrías creerlo.
_ Yo?.
_ Sí, porque eres un poeta. Y solo ustedes tienen la capacidad de creer en lo aparentemente imposible.
El no creía que esa frase hubiera sido pronunciada ni por el crítico caldeo de Homero. Se levantó apoyada en el borde de la mesa y puso una mano en el espaldar de su cama. Logró quedar en pie. Taconeó tres veces y palmeteó."Olé”, canturreó. El golpeó la mesa y ella siguió bailando hasta que se sentó. “Maldita hermana”, blasfemó.
_ Escucha, milindo, frente a mi casa vivía una familia alemana y tenían un niño de tres años. Primera generación nacional. Yo tengo quince años y el niño me mira de manera hipnótica y no hay un solo momento en que no lo haga si está cerca de mí. No viene a casa pero siempre que salgo o entro o me detengo en la entrada el pequeño Bach me come con sus ojos azules enmarcados en una cara pecosa. Así pasan tres años y el asedio visual se incremente sin que ocurra nada especial. Solo un niño que crece mirando sin parar a una mujer hermosa. De alguna manera hace amistad con mi hermano menor y logra entrar a nuestra casa. Ahora es un niño al que yo saludo con una sonrisa de mayor mientras él sigue desnudándome con sus ojos cielo. No me preocupa pero a veces me pregunto que le pasará, estará enfermo de su mirada y soy un vector que lo intoxica. Es muy bonito y tiene un carácter duro. Dentro de casa me mira igual en silencio, nunca dice nada. Un buen día la familia se cambia y el muñeco alemán se esfuma. Lo olvido como se olvida a un perro hermoso que no es de una y que siempre ladró a nuestro paso. Nueve años después veraneo con mi gente en la playa y mi hermano toca guitarra y los veraneantes que andan cerca se nos van agrupando. Comienzo a bailar. Me imitan, aparecen más guitarras y se hace la fiesta en la arena al borde de la noche. Voy a pedirle a mi hermano que toque algo que deseo. Detrás de él alguien me observa detenidamente. Doce años no siempre es demasiado sobre todo si se trata de recordar miradas fulminantes salidas de ojos hambrientos. “A qué no lo recuerdas”, me reta mi hermano. Tiene más de seis pies y un gran cuerpo de judoka y es tan bello como un Dios pagano residente en la selva de Brandeburgo. Está por cumplir dieciseis años y parece de veinticinco. Me invita a pasear y llegamos hasta la línea de las aguas. No habla y solo me mira. Como ayer, pero con más tamaño. Cuando le pregunto si se quedó sin voz en Valdivia me responde que cómo siempre me enamora con los ojos y que desea besarme ahora mismo. Digo que si está leyendo El niño que se murió de amor y cuando me doy cuenta me tiene envuelta entre sus brazos hercúleos y me besa de tal manera que cuando me despego de su boca me toco la guata para asegurarme si me quedan algunas vísceras. Ahora no menciono a Víctor Tevah y sé que he de quererlo tras ese beso raro y único. Porque puedo tener veintisiete años pero tengo la experiencia supuesta de alguien menor que él. El beso de ventosa se hace besos apasionados y de pronto Malher me levanta y me carga y me sigue besando sin parar y cuando casi me ahogo le muerdo la lengua y a él no le importa y espera que mi mordida se haga beso de nuevo en su boca imperial y continúa hasta que abro las manos y las extiendo en cruz sobre la arena y él cae desmadejado sobre mi regazo tembloroso. “A partir de ahora te hablaré”, me dice en el regreso. El padre había muerto en el Sur y la madre liquidó los negocios porque quería regresar a Santiago para dedicarse a lo que siempre quiso y el señor Lothar no aprobaba: la jollería de importación. Estaban viviendo en el Centro y se había encontrado con mi hermano esta mañana. Pensaba terminar la Media y estudiar Ingeniería Mecánica pero su pasión estaba en la natación y si las cosas marchaban bien se iría a Alemania Federal para entrenar profesionalmente. Una semana después mi amante ario no había pasado de los besos oceánicos y de las masturbaciones por encima de la ropa. Nos limitábamos a eso, tendidos en cualquier lugar y él besando hasta el cansancio mi boca madura y masajeando mi cuerpo todo hasta detenerse en mis entrepiernas y jugar a exitarme y preguntarme “ya, ya”, mientras yo jadeaba “sigue , sigue, mi vida”, sin atreverme a decir “desnúdame, por favor, y acaba de sembrarme tu lanza germana”. Llegué a pensar que estaba viviendo la segunda parte de las miradas detenidas. El no estaba interesado en mi participación en el juego porque cuando intenté apoderarme de lo que sabes me dijo “no, tienes una pieza a dónde podamos ir”. Tengo las llaves de una de las casas sin alquilar de mamá y no lo pienso. Estoy tan exitada que deseo acabar en donde sea. De modo que penetramos en la guarida y cuando estoy lista para ser desnudada o desnudarme recuerdo que soy tímida y primeriza y los nervios me traicionan y no soy mas que una colegiala de casi treinta años haciendo el papel de ladrona de cuna y el hombre- que había decidido acabar su juego- casi que me viola a medio vestir. Solo después de tres horas fue que me relajé y empecé a cooperar. Estaba mudo ante la sirena que acababa de desflorar y recortó la mancha en la sábana en círculo y dijo “es mi reliquia”. Porque yo no fui de esas con himen complaciente. La cuarta acometida fue, en realidad, nuestro primer acto profesional. Años más tarde sabría que puedo ser una mujer tórrida pero no puedo jactarme de pasiones especiales. Experimento el sexo con la dejadez del que puede pasar sin eso y cada coqueteo es un espasmo único en la carrera por los caminos del amor. Casi oscureciendo y mientras reposábamos de tanta furia primigenia siento que la cerradura se mueve como si alguien intentara abrir. Mi amante pregunta “quién es” y una voz conocida dice su nombre e inquiere por los que están dentro. Por suerte deja tranquila la cerradura y yo imposto la voz para contestar “una amiga de la Señora”. Mi primo, al parecer con acceso legal a la llave de mamá, se retira, y oímos como la chica lo reta y dice “y ahora a dónde vamos webón”. Tal vez nos estuvimos viendo poco mas de medio año y te aseguro que fueron molentos inolvidablemente olvidables. No apreciaba la diferencia de edad porque para mí era un pololeo con intimidad de postadolescencia. Además, él tenía toda la experiencia requerida para enamorarse y era un tipo perfectamente dotado. Pero yo conocía que no estaba enamorada porque seguía pensando en Víctor aunque no lo nombrara y tenía que hacer muchos esfuerzos para no gemir su querido nombre en los instantes pick. Acostumbrada a tener siempre mas de tres pretendientes a la vez pues también me enamoraba de mas de uno por occasión. Entiende “enamorada” a mi manera. Mi amigo íntimo tenía un primo exquisito, tan regio como él, solo que le superaba en algo. Tenía treinta y dos años y estaba casado con una coreana enanita dueña de un gran Bazar en Patronato. Salíamos juntos y comencé a flirtear con el pariente por teléfono y cuando me dijo que cada vez que se acostaba con su chinita le parecía que estaba violando a una niña esquelética y subdesarrollada pensé decirle que me pasaba algo parecido en el sentido de la edad ahora que él mencionaba ese detalle. Pero no lo dije. Siempre seré inoportuna, milindo. O fatal, no sabría especificar. Recuerdo muy bien aquel sábado. Hacía a mi geniecillo entrenando en el Stadium Nacional y al primo en su casa atendiendo el negocio satelital, bien lejos de la Gerente Asiática que trataría de vender géneros al por menor en algún lugar de Bellavista. Enseguida que levantaron el teléfono del otro lado dije, como para hacerme la lista “tú solo no eres quien te acuestas con una niña, mi amor, me pasa lo mismo con tu primo”. Nada mas escuché “puta” y un fono golpeado. Me fui a la casa de mi hermano el Militar y le conté lo que se me podía venir encima. Mi hermano se puso en atención, chocó las plantas, se llevó la mano a la vicera y dijo “Heil Augusto” y casi se ahoga de la risa. Porque parece que los años hacen a las personas ultraconservadoras más benignas. “La segunda derrota del Fhurer”. Porque los alemanes eran amigos de mi otro hermano. Me quedé en su casa hasta que mamá llamó para decir que él alemán decía que balearía las piernas de su hija para que no bailara jamás ni en sueños. Mi hermano tuvo que intervenir para calmarlo y consiguió que fuera a curarse a Villa Baviera en la compañía de los colonos compatriotas. Mi hermano su amigo dijo que no podía meterse en líos de faldas. Déjame decirte que si no es por el affaire nadie en la familia se hubiera enterado de nada porque hacíamos muy bien el papel de amigos. Jamás vi al primo mayor y aunque le acepté una conversación telefónica al amante desde la Villa y aclaramos el caso tampoco lo volví a ver. Cuando cayó el Muro de Berlín me pasó una postal en la que aparecía un congrio muerto en una playa lejana. El reverso decía “cómo quieres que alcanzara una medalla olímpica si mataste al pez”. De verdad, milindo, nunca he sabido qué hubiera sido de mi futuro de no haber sido por aquella llamada telefónica tan inoportuna y tan imbécil.
_ Todavía recuerdas a Tevah?.
_ Acaso alguien es dueño de la memoria si esta fue lastimada alguna vez?.
_ No lo es- dijo.
Levantó la mirada sobre su cabeza. Se detuvo mirando a la pared.
_ Qué miras?.
_ Tu foto vestida de sevillana. Pero pienso en otra que me enseñaste con escenarios tejanos.
_ Fort Worth.
_ Punto tres de mi agenda hoy. Digamos Periplo Americano.
_ Oh, espectacular, milindo, espectacular.
_ Un café?.
_ Para. Nunca bebo nada después de una copa de vino.
_ A menos que fuera otra copa.
_ Con esta bastó. Tómatelo tú.
_ Nunca tomo café mas allá de las mañanas.
_ Te prometo un gallo.
_ Quizás porque la gallina está?.
_ Sé que no bailas cueca, milindo.
_ Acaso no te ganó el Flamenco en la ruta Clásica?.
_ Me llevo al gallo.
_ Me quedo la gallina.
_ 1977.
_ Tour tejano.
_ Como anduve varios estados pues aceptemos el tour como Tour americano con escala demorada en Texas. Varios medios de transporte por el inigualable paisaje de América del Norte, tan extenso como si Dios fuera un ente perfectamente manejable.
_ Como que te fugabas.
_ Digamos que me iba para establecer un Puente y derrumbarlo al filo de mi pasado.
_ Eso suena bien.
_ Creo que hubiera ido a Estados Unidos igual en otra circunstancia. Mamá estaba en Texas porque había liquidado todos sus negocios e invirtió en la Bolsa y aceptó un contrato en Forth Worth. Sus inversions bursátiles no eran gran cosa y solo quería resguardar la plata por si le daba algún dividendo. Tengo veintinueve años y estoy por casarme con un arquitecto recién llegado de París y alumno de la escuela del finés Alvar Aalto. Mamá me tiene todo listo y solo espera por la fecha de la boda para empezar las compras y venir y regresar altiro para cuando nos toque Estados Unidos en la ruta de la luna de miel. Pero la relación se frustra y mamá decide que es el momento para que me vaya con ella a olvidar si es que necesito hacerlo lejos. No voy a decir que no lo lamenté pero la soltería era un estado tan excelente que no lo dejaba pasar por mi lado sin hacerle un guiño. De modo que no hablaré de corazón roto o pensamientos en suicidio. Una boda que no se dio y punto y seguido. Ese año soy, además, promotora de Ventas en el mundo de las Impresoras. Y admito que ahora sí me motiva harto el Poder. Volé en Panam hasta Miami con escala en Cali, Colombia. De vuelta del sanitario choqué con un buen mozo en el pasillo y eso sería el inicio de una amistad prolongada hasta Miami. Era un hokeísta de Cleveland que finalizaba sus vacaciones en Colombia. Si bien intercambiamos señas jamás nos volvimos a contactar. Me trasladé por carretera hasta Houston bordeando parte de la costa del Golfo de México y después de más de cuarenta y ocho horas arribé a Fort Worth, una gran ciudad industrial conurbada con Dallas. Mamá vivía en la mansión del Señor Zimmerman, un tejano con sangre judía que se había hecho rico especulando con ganados de raza, frutas congeladas y un floreciente negocio de heladerías donde mamá era su asesora principal. Zimm estaba separado y su única hija vivía en Nueva York con la madre. Según mamá cuando ella llegó tenía una especie de amante pero despareció de la noche a la mañana. Creo que él judío tenía intereses en algún equipo de beisbol del Estado, o al menos en algún equipo deportivo profesional. Era una residencia enorme al norte de la ciudad, a media hora de las oficinas. Cuando mi ex prometido vio las fotos de la casa dijo que era de estilo californiano con elementos modernistas extraídos de las mansiones últimas de Rodhe Island. Mr. Zimm se creyó mi padre y me trataba como tal. Celoso en extremo, harto preocupado por la hija de la “chilena”, muy controlador. “Eus que ella es moy bounita”, le decía a mamá. “Aquí hay mouchos vauqueros peligrousos”. Fuera de algunos tragos con el bombero de la esquina- la foto que citas es con él en el Gran Canal de Galveston- y los paseos con el chofer por la ciudad y sus alrededores, tengo poco que contar de mis vacaciones tejanas. Me llevaba a comprar a las tiendas Lennet y me introdujo en una de las Bibliotecas del señor Zimm. Fanático de Kennedy, tenía una colección de fotos maravillosa que abría con la Toma Presidencial, los años de Poder y el magnicidio de Dallas. Había una biografía con portada de Jhon joven y un álbum fotocopiado con Jaky y los hijos. Jaky seguiría siendo hermosa hasta su muerte y aún queda algo de la estirpe con Edward de Boston. Me enamoré de la foto del Presidente-del “Presidente,” como le decía Zimm, siempre negado a decirle Ex- no solo porque era el summun del Poder sino porque Jhon Efe tenía la cara del americano ingenuo, mezcla de campesino y hombre de ciudad, rostro de niño Ganador. Y claro, sonrisa Colgate para encantar a Marilyn. Mamá y Zimm decidieron mandarme a Nueva York porque me estaba aburriendo en casa de tanta soledad y tanta preocupación por la “chilenna lindda”. Pero antes habría de detenerme en Washington en la casa de unos amigos mexicanos de Zimm. Zimmerman me regaló dos de sus cuarenta y seis baúles imperiales y los repletó de regalos finos a la vera de mamá. Son los baúles que alguna vez verás ariba, milindo, siempre con mercaderías americanas y recuerdos únicos. Cuando mi amigo chofer- no esperarás que te hable de un chofer negro en Texas- me despidió en la Estación de Ferrocarril me dijo “el señour Zimm está enamourado de tu mom.” Lo desconocía y no lo sospechaba porque sus celos me decían muy poco. Además, mamá no se enamoraría jamás de un Patrón. Era superconservadora y estaba casada técnicamente con papá. Antes de que coja Línea, déjame decirte lo que sigue. Míster Zimm era un tipo muy previsor. Compró unas tierras muy malas en Nuevo México que luego resultarían premiadas con ríos de petróleo bajo ellas. Gran parte de los 800 000 us de su Fortuna provenía de ahí. Ocurre que el hombre enviudó y la única hija había fallecido en un aparatoso accidente automovilístico que la ahogó en un río helado. La Ley Americana dice, que en casos como este, habiendo cumplido cinco años de contrato, mamá tenía derecho a toda la fortuna del judijano si moría y ella era su empleada. Lo que iba a ocurrir relativamente pronto. Su abogado se lo dijo y hasta le pidió quedarse. Pero los socios de Zimmerman, sabedores del asunto, estimularon su locura por regresar a Chile. Ella no oyó a nadie porque tenía tomada su decisión. Solo exigió sesenta mil us de indemnización, que le dieron altiro, mas treinta mil en anexos como royalties del Clan de los Leguleyos. Recibió, además, regalos y otros dividendos. De dónde salieron, si no milindo, los apartamentos adquiridos y el Station Wagoon. Ahora me moví por el centro del País en Rail Road Atlantic y me quedé con los deseos de cruzar el Missisipi en balsa. Adoro viajar en tren, lo que no quiere decir que me desagradara haber llegado a casa de Zimm en los buses de la Grenhouse. Los amigos mexicanos de Zimm eran una familia de banqueros e hicieron todo lo posible por alegrar mi corta estancia en la capital de la nación. Me moría por regresar a Chile, donde estaban mis intereses y mi mundo y mi casa. No podía viajar con mamá y no me interesaba hacerlo sola. Recuerdo las palabras de los charros mientras fungían de guías de turismo. “Aquí pues nomás el Capitolio y esta sí señor pues la Casa Blanca mire usted los cerezos en flor y la calma preciosa del Potomac por aquí por favor el Memorial y del otro lado del Río, en Virginia, está la casa de Washington el primer Presidente por aquí se va al Cementerio Nacional de Arlington”. Cuando pregunté si conocían algún lugar en la capital de los Estados Unidos donde tocaran y bailaran flamenco me dijeron que sabían de una taberna íntima con marichis y aseguré que gracias, que me sentía mal por tan largo viaje y me devolvieron a la fastuosa casa del sur del Río. El viaje continuó en tren y esta etapa iba a romper la monotonía del último y de los días sosos de la capital americana. En mi vagón de lujo viajaban unos marines que regresaban de Panamá y me tomaron como a una especie de mascota. Fíjate que apenas sé decir yes, love, drive, house, road, kiss, muy poco en inglés y hasta mal pronunciado, por demás. Aunque habían estado dos meses en la zona del Canal hablaban menos español que yo esquimal. De modo que nos reíamos sin motivo y a veces aplaudíamos algún mutuo entendimiento. Hasta que un tipo muy encachado que oía las diatribas del grupo se acerca y asegura que puede hacer de intérprete y lo cumple porque a partir de su intervención supe que vivaquearon en la región mas espeluznante de Panamá como preámbulo de Fort Benning y se enteraron que yo hacía un tour de regreso a Chile vía Nueva York. Cuando los marines se quedaron dormidos en medio de la madrugada atlántica no sin antes prometer despedirse en la City e intercambiar nuestras señas, el intérprete me impidió hacer lo propio y me llevó a su asiento. En verdad no tenía sueño y me era muy cómodo platicar con desconocidos por muy encopetados que fueran. Y válgame Dios que este lo era. Dijo que había sido enviado por el Gobierno para servir de intérprete en una Convención de Naciones Unidas que trataría el tema de la sequía en el Africa subsahariana pero qué en realidad era un espía contra los rusos pues los comunistas estaban empeñados en no respetar los tratados nucleares y era casi seguro que siguiera a Moscú después del evento. Asentí maravillada de sus posibilidades cinematográficas y le dije “eres James Bond en persona”. Por qué chucha alguna gente considera estúpidas a tantas personas?. No sabía bien de qué me hablaba porque las relaciones internacionales no son mi fuerte pero cualquiera mujer se habría preparado para el siguiente paso del “espía”. Yo lo hice pero de nada me sirvió. A la altura de Nueva Jersey ya le había contado mi vida reciente, en qué andaba y para dónde iba. Con ligeros anexos ficticios, claro. Antes de que los marines comenzaran a desperezarse el tipo estaba comenzando a ser desoriginal y me decía que cómo una mujer tan linda viajaba sola y que le gustaría medir el tamaño de mis cabellos para conocer la intensidad de mi dulzura. Noté que tendía su mano para acariciarlos y no sabía cómo reaccionar, de modo que me encogí de hombros y vi como la mano del enemigo de los rusos se posaba en mi cabeza como un Apache en los arrozales de Viet Nam y no sabía si gritar a los marines o prometerle aventuras en la Gran Manzana en tanto corría el tiempo y me topaba con los diplomáticos charros en Estación Central en donde me estarían esperando. Pero las luces se encendieron y un par de policías mastodónticos con porras y la mano en la cintura se acercaron al espía bilingue y le gritan no se mueva, tiene derecho a. Esposado y echado por delante ya no me miraba. Uno de los policías dijo “el penúltimo cosanóstrico de Filadelfia” en español con acento puertoriqueño, supuse, y el otro dijo en inglés que qué buscaba su mano en mi cabeza y el espía me lo tradujo pero le pedí al boricua me lo tradujera mejor. “No sé, debe padecer de Parkinson”, contesté sin ánimos de hacer una broma, pero causó mucha hilaridad.No era miedo a delatarlo: era un desprecio extraño por los que se piensan genios de la inmediatez. Cosanóstrico fue una palabra que me supo a mafia. No era una palabra rara avis en los medios informativos. Buena para haber sido dicha por ti, milindo, con ese relajo al que vienes sometiendo al idioma español. Nos despedimos con los chicos de Panamá en medio de la alegría por la llegada y en el barullo nadie habló de intercambiar señas. Media hora después ni rastro de los amigos mexicanos de Mister Zimm. Pensé que habían faltado a su decoro diplomático al no estar para mi arribo. De modo que tomé la dirección del lugar donde residían y alguien me señaló el bus que podía llevarme y monté con rumbo a Brooklin. Fíjate que puedo ser nerviosa pero mis nervios desaparecen con la misma facilidad conque aparecen. La Empresa se encargaría de poner mi equipaje en el Hotel donde me iba a hospedar y yo iba con un pequeño bolso como si me trasladara por Santiago. Solo miraba los altísimos edificios de que tanto había oído hablar. Hasta que alguien se sienta a mi lado y mueve una mano de dedos largos delante de mis ojos y antes de girarme la voz dice “No tendrán algún especialista neuro en tu país?”. Casi me ahogo e intento salir atropellando sus piernas y le doy con el bolso en la cabeza y dice en inglés “teikirisist” y esa es una de las pocas palabras que comprendo y en verdad logra “teikirizarme” cuando aparenta relajamiento. "Soy tu amigo”, agrega,_ si supieras cuánto nos costó zafarnos de la DEA para reencontrarte no te portarías tan soberbia, qué desconsideración”. Entendí lo de “nos” y sabía qué era la DEA, obviamente. “Estoy sola y tengo miedo, James Bond”. “No te burles más, por favor, dime para dónde vas, dame un teléfono y prométeme no mentir y te juro que me bajo”. Ya le había contado demasiado- mejor “me había sacado”- y no contesté. “De acuerdo, soy lo que piensas, pero acaso Capone no se enamoraba?”. Otra vez, y mil veces, Dios mío, la atracción fatal. Porque, milindo, lo dijo con la misma voz gastada y balbuceante de los otros. Pero, humano mortal al fin, erró. Me dijo que se iba al fondo del bus para que yo pensara en un tipo anesteciado ante mi encanto que solo quería seguir viéndome y saber de mí aunque fuera un delincuente profesional perseguido por Interpol. Cuando le vi en el mismo fondo por el retrovisor me lancé volando hasta la puerta delantera. “Pare, por favor”, exclamé. Pero ante la mirada ausente del chofer recordé que debía decir "Stop” ya que no había apretado ningún botón que dijera “request”, así que repetí “stop, please”. Por suerte estábamos ante un paradero en Brooklin y al poner los pies en el asfalto veo a una pareja morena detrás de los que montaban y trato de romper el grupo por si Dios me está dando una mano y me demuestra que me estima o solo me dice que crea en los milagros. Casi traspasando a los últimos montantes la mano se apoya en mi hombro derecho y la voz con acento dice “si supieras como me ofende que me temas”, pero continúo y abrazo a la mujer, jadeando y digo “ustedes son…” y el hombre dice “bienvenida a la Gran Manzana”. Les voy a contar qué me está pasando cuando la voz se acerca otra vez para decir “me darás tus señas, hermosa” y apenas puedo refugiarme en el abrazo de la mujer y pedir “vamos”. El espía insiste como porfiador de marca suprema y se arrodilla y el Encargado Consular mexicano me pregunta “quieres protección legal” y respondo “sí” y el azteca emite una orden que no capto y al instante tenemos a tres hombres de civil engafados de negro que piden, decentemente, a Bond, que no moleste más a la chica chilena si ella no lo desea. El bilingue, que seguro sabe de enemigos, se alza de sus hinojos galanteriles y me mira con cara de huemul huérfano y dice a los diplomáticos chamacos “díganle que aprenda” y se marcha. Fíjate que nunca supe si se refería a que tenía que aprender a “comportarme” con hombres enamorados o a no ser tan ingenua. Medio muda y con el corazón disparado ni atiné a delatar al hombre del vagón Washington - Nueva York. Así que me llevan a su residencia mientas me piden disculpas por lo que acabo de contarles ya que no habían ido a esperarme a la Gran Estación Central porque, a última hora, mamá y Zimm habían decidido que me fuera sola en bus para que empezara por “no aburrirme” en los autos con chapa consular de Nueva York. Esa noche me quedé en su residencia y les puse al día con informaciones de Míster Zimm, hablé con mamá y con él y al otro día el chofer designado me llevó a mi hotel. Era un funcionario del Consulado con rango medio, regio sin ser alto, con la pinta de Alejandro Fernández. “Tiene cuarenta y cuatro plantas y es el más pequeño del área”, me dice cuando me deja alojada en Manhattan. Se vuelve en la puerta “usted sabe que soy su cicerone, llame nomás” y agrega “olvídese del intruso, se lo prometemos”. La ventana es un magnífico lugar para observar la maraña de torres y de espinas elevadas hasta el cielo pero lo dejo para mas tarde porque me muero por darme una ducha y tirarme en la cama a ver un desfile de moda que está pasando NBC. Enseguida tocan a mi puerta y cuando pregunto "quién”, alguien dice “el Gerente”. Como lo dice en español sin acento y quiero creer que estoy protegida, abro, y sin pasar, un hombre pequeñito como Danny de Vito me dice a manera de consejo "este no es lugar seguro para usted, lo mejor es que se vaya y pasaremos la cuenta al hotel de su elección”. El enano no me deja cuestionar su mensaje y se marcha con carácter recio. Llamo a mamá de inmediato y le doy los detalles y le amplío la verdad acerca de mi viaje desde Washington. Zimm me ordena que no me mueva de mi pieza y al filo del oscurecer vienen por mí y por mi equipaje el chofer de medio rango, sus guardaespaldas y cuatro mozos de mudanzas. A media noche estoy en New Haven, Connecticut, en otro hotel de menor calado, frente a los prados verdes más lindos que he visto en mi vida. Cuando llaman desde Fort Worth digo “gracias mamá gracias míster Zimm”. Con el Indio Fernández Nueva York fue una ciudad amplia, llena de sus enormes contrastes y sorpresas. Pero la verdad pasé por ella con cierta inadvertencia porque quería regresar cuanto antes a Santiago y tratar de poner mi vida en orden y tratar de borrar la cadena reciente de acontecimientos. Pocas veces conocí hombres tan tiernos y correctos, respetuosos y caballeros en el amplio sentido de las palabras como el Indio. Me dijo que Zimm estaba pagando su salario total para que me acompañara durante mi corta estancia y que podía confiar en él sin reservas. Eso no tenía que decírmelo pues con reservas y todo lo hubiera hecho igual. Es un mal congénito, como la belleza heredada. Mas allá del Parque Central y de los puentes sobre los ríos, de las medusas infinitas de sus calles y de los monstruos del Sub Way, la Gran Ciudad fue para mí The City Hall, milindo. Imagina, si puedes, un gran espacio teatral, oscuridad máxima, un cielo estrellado bien arriba del techo, música incomparable de violines y doscientas coristas idénticas diciendo Day and Night. Digo “diciendo” por no poseer otra expresión. Cuando salí de allí estaba vacía y estaba llena de algo que me faltaba y que me sobraba. Ya podía morir aunque no insistí con disfrutar flamenco en los Estados Unidos. Mi flamenco americano yo lo bailaba en mis habitaciones. Por cierto, esos edificios que tumbaron los terroristas, eran mayores que el Empire State?.
_ Sí.
_ El Indio me subió hasta el mismo tope y cuando miré al vacío casi me mata el vértigo, aquel de que habló mamá ante la pesadez de Yarur aunque ahora sí era de verdad. Medio que me desmayé y el Indio debió recogerme en sus brazos con ademanes muy poco ortodoxos.
_ No puede haber ortodoxias post desmayos de mujeres de tu tipo.
_ Te nombran , acaso, Indio Cornejo?.
_ No me nombran. A mí me besan.
_ Oh, Díos de mi alma, qué arrogancia.
_ Hay mexicanos arrogantes.
_ Puede ser. Indio era un caballero.
_ Se van los días extraños de Nueva York sin el traductor.
_ Fíjate que en el espigón de embarque de State Island estaba el matrimonio mexicano, la relacionadora pública del hotel y el Indio para darme la despedida y desearme buen viaje. Llamé a mamá y al Señor Zimm solo para escuchar “Bon voyage”. Entonces Indio me lleva hasta una banqueta al final del Puerto y me invita a sentarme. Me toma la mano y se abre. Tiene treinta y cinco años, separado y sin hijos, con un futuro excepcional en el Departamento de Relaciones Exteriores de México y está a mi completa disposición. Levanté nuestras manos y besé las suyas. “Regreso para casarme, dije, pero muy agradecida porque eres un hombre que harás feliz a cualquier mujer”. Se paró lentamente como si le costara."Está pitando el Crucero, vamos”. A medio camino trató de tomarme por el codo. “No, no hay porvenir y lo siento”.
_ Me atormentas, mujer. Qué querías, un semental del Clan Kennedy?.
_ Pensé que había hablado de dos frases llamadas “medio rango”.
_ Tienes razón, perdona.
_ Viajaba en un barco enorme de la Cunard y alguien dijo que era una mezcla de barco mercante y de crucero. El caso es que tenía todo lo que tiene uno de aquel tipo y pasé gran parte de la larga travesía en cubierta, como a treinta metros sobre las aguas de tres mares. Estaba inaugurando mi cuarto viaje en y desde Estados Unidos y el cuarto medio de locomoción. Fíjate que todavía espero poder circunavegar la Tierra. No lo dudo, pensó el periodista. Si nos atenemos a que el barco estaba moviendo a personas de la tercera edad- porque todos eran viejitos y viejitas que tomaban el sol y jugaban a las cartas todo el tiempo- entonces se trataba de un Crucero Gerontológico. Déjame destacar tres cosas de la larga travesía, milindo. Una joven chilena, de Puerto Month, que regresaba de hacerse unos exámenes médicos en Minnesota, un asistente irlandés de mediana edad y el médico del barco, un tipo para respetar, tan frío e indiferente que resultaba inabordable. De modo que fuimos inseparables con la chica sureña, una jovencita bellísima de uno sesenta y pelo rubio exhuberante. Compartiamos el camarote y apostamos a ver quién era capaz de interesar primero al doctor y quién lo atraparía después. Poco antes de llegar al Canal de Panamá caímos en las redes bondadosas de los viejitos y viejitas. Tuvimos que hacer esfuerzos sobrehumanos para convencer a mas de una pareja de que no queríamos ser adoptadas porque no lo necesitábamos. Como no urgían de ayuda- estaban sobreprotegidos- nos limitábamos a saludarles y a sonreírles cada vez que los topábamos en cubierta o en el comedor o en la zona de cartas. Cansada de la travesía opté por viajar por tierra de Colón a Ciudad Panamá para conocer el sitio donde habían vivaqueado los marines del tren a Nueva York y porque quería hacer algunas compras en zona free shoping. Viajé en tren sola porque la chica temía cambiar de transporte ya que su médico así se lo había indicado. Me reintegré en el Pacífico sin que Ciudad Panamá me impresionara con sus ínfulas de Primer Mundo y sus rascacielos forzados por la Banca Internacional. Aún el médico no la pescaba y el irlandés la rehuía porque parece la pensaba de la Alta Sociedad puertomontina. El galeno soquete apenas nos miraba para el saludo de ritual y si se cruzaba con nosotras simulaba leer algún folleto y aflojaba el paso de galán de telenovela. No nos dábamos por aludidas y mucho menos por vencidas. Hasta que simulé una complicación gástrica y envié a mi amiga por él. Tenía que ser yo la “enferma” de a bordo porque ella era su paciente y sabía que no sería chequeada hasta Concepción. Dos minutos después me llaman al teléfono. “Qué se siente”, preguntaron. Conocía la voz pero riposté “equivocado”. “No corte, por favor, le habla el Doctor del barco y no estoy errado, qué experimenta”. Pensé decir “cómo conquistarlo”. Pero dije lo que me “sentía”. “Está equivocada usted. Todos los alimentos del barco están etiquetados como antigástricos, no fastidie”."Usted es el qué sabe, ojalá no me pase nada”. Decidimos no quejarnos porque nos dimos cuenta que él sabía en qué andábamos y para él estas payasadas nuestras no serían mas que un capricho de niñas solitarias en trasatlántico seducidas “por el único hombre en cubierta”. No me quedó otra alternativa que acudir a las enseñanzas rosacruces de mamá. Estábamos a cuarenta y ocho horas de Valparaíso y prometí a mi amiga que esta noche el doctor soberbio tendría que bajar el morro. “Cómo lo harás”. “Con el poder de mi mente, que es muy superior a nuestra belleza”. Nos acostamos temprano y me concentré al máximo. No sabía por qué tendría que venir al camarote pero estaba segura de que lo haría por algo. Sobre las diez tocan a nuestra puerta y mi amiga salta y dice “chuta” y le digo “calla”. A mi “quién es” la voz dijo “el médico”. Mi amiga tuvo que morderse los nudillos para no explotar y yo abrí con carácter hosco hasta que el galeno con beatitud de falso Valentino dijo “está por comenzar la última película de Jessica Lange, si las señoritas fueran tan amables”. Nunca olvidaré su sonrisa. Fíjate que digo su sonrisa y no su risa. Su sonrisa expresaba “está bien, ganaron, chicas, pero no se hagan ilusiones”. Le hicimos esperar. Nos vestimos de etiqueta y nos prendimos de sus codos. Fue el comienzo de una lindísima amistad que se consolidó en Valpo cuando desmontamos y él y mi amiga me acompañaron hasta la explanada del Puerto. Recuerdo el cartel “abajo Pinocho” y a él diciendo “arriba la amistad”. En la despedida, enseñándonos la foto de su mujer y sus tres hijos en una plaza mediterránea española e invitándonos a Valencia cuando estuviéramos dispuestas. Convencí a mi amiga de que se quedara unos días conmigo en Santiago y el Doctor nos recomendó a un colega de la Católica para que la viera si fuera necesario aunque le costó aceptar la decisión. Un año después el Doctor nos visitó con su familia e hicimos un tour que incluyó el funicular del cerro San Cristóbal y el Zoológico, el Cajón del Maipo y el Puerto de Talcahuano para que conociera al Huáscar y a la Esmeralda que estaba en reparación de rutina. Durante años nos carteamos pero nunca fui a Valencia y un día perdí el contacto con la puertomontina. Mamá regresó tras la muerte de Zinmerman para acompañarme y el arquitecto con el que no me casé fue acusado de evasión de impuestos y uno de sus edificios se derrumbó cuando iba por el tercer piso en Alto Las Condes.
_Obra de “la mente”?.
_ Es qué no me dejarás fabular alguna vez, milindo?.
_ Están casi todos los ciclos llenos. Faltaría rellenarlos con recuerdos quedados y el resto clasificado de mi agenda.
_ No existen ciclos y mucho menos ciclos llenos. Todo es un gran ciclo y nada es un ciclo. Escucha esto ahora.
_ A ver.
_ Permíteme dar un salto que no saltar un ciclo.
_Dalo.
_ Esto es muy fresco y puedo estar hablando de ayer.
_ Puedo percibir el aliento de lo inmediato.
_Hace unos diez años frecuentaba un famoso restorant de Providencia. Gerenteado por dos hermanos encantadores. Me trataban como a Reina y me hacían precio aunque en ese entonces mi carnet Fonasa tuviera otra categoría. Había un cliente mayor, puede que sobre los ochenta y cinco, guapo el ocambo. Muy ágil y fuerte y vivo y bonachón y algre y regio. Almorzaba cada día y ayudaba con los pedidos y hasta con el aseo. Un solterón empedernido con propiedades y cuenta corriente. Y aunque no crea en los ciclos es verdad que se repiten en la vida. El comensal se me acercó e intentó seducirme con invitaciones que acepté. Podía ser mi abuelo pero aparentaba ser un padre joven o un amante maduro. Estaba en mi ciudad y no temía a mis debilidades. Recorrimos caleta de restorants y de espectáculos, acepté sus costosos regalos y cuando parecía que el hombre solo quería amistad filial el dueño me dice que su amigo está enamorado de mí y que desea casarse lo más pronto posible. Sorprendida lo tiro a bromas pero él asegura de que es mas serio de lo que soy capaz de imaginar. “Es muy rico”, deja caer. Digo que puede ser mi bisabuelo y objeto de studio para una antropóloga amiga pero recalca que lo piense. No tengo que pensarlo. El Diputado me recuerda que relaciones de ese tipo no conducen a nada y que esos vejetes no se mueren nunca si mi interés estaba signado por heredarlo. Nunca estuve dispuesta a dejar ensalivar mi cuerpo a cambio de plata, además. Plata y Poder sin Glamour, ya te he dicho, milindo. Así que soy consecuente con Matusalem y digo que debo viajar seis meses a Canadá por asuntos de trabajo y que puedo quedarme si hay un contrato sugestivo. El dueño dice que lo lamenta de una manera que quiero interpretar como “eres una estúpida” y el amigo me desea buen viaje y pronto regreso pero todavía no se decide a decirme nada por su boca. No le acepto un cheque en blanco que me tiende y adiós viejito de mi vida. Antier algo me ordena que regrese allí, qué el lugar sigue existiendo regenteado por los mismos hermanos y con los mismos platos pero que tal vez no me recuerden. Obediente a las Ordenes me lanzo al sitio y efectivamente hay un hombre con diez años más que me atiende con la misma gracia de las otras veces y lo reconozco por encima de sus canas aparecidas y le pido un postre especial y me lo trae y comienzo a celebrar su negocio y a valorar el servicio y la sobria belleza del entorno y él regresa para desearme magnífica estancia porque tiene que irse y me deja en manos de su hermano y que vuelva porque soy encantadora y aparece el mismo hermano con su década de más sin cambios aparentes y no me reconoce y el que se va dice “debo darme prisa para poder llegar para el entierro” y el hermano me aclara “acaba de morir un amigo cliente nonagenario muy especial”. Algo me levanta del asiento y digo cuánto me duele e inspiro todo el aire que me cabe y pido la cuenta y ambos dicen a coro “de eso nada, señorita, va por la casa”. Esa noche pedí a los muertos ilustres por mi suerte. He leído tres Tarot y recibido seis pedidos de consulta.
_ Y te escucho, Bailaora.
_ Pero esa es una dicha que me dan los vivos.
_ Cuántas veces sonó Di Blassio?.
_ Todos los minutos de tu escucha.
_ De verdad, que tiempo hace?.
_ Para eso no poseo magnitud de tiempo. Diría que “hace unos hombres”.
_ Te vas.
_ Me voy.
_ Tendrás algún colalé seco?.
_ Seguro.
_ Me esperarás?.
Flamenca se levantó con calma como si estuviera sembrada en el cojín de la silla cebrada de rojo.
_ Dí una hora.
_ Así que tienes magnitud de tiempo.
_ No se trata de cuánto hace sino de cuanto nece…,sube.
Abre la mano en su cadera y la conduce hasta la puerta en una acción que se va haciendo tan redundante como las bebidas en la copa azul cielo y la música grabada. En el loby se vuelve.
_ Te dije que estoy viva.
_ No como el nonagenario.
_ Tus cheques son en azul cielo.
_ Seco de verdad?.
_ Flamenca cierra los ojos. “El Poder Poder”, exclama. - Mi Mente no falla, milindo”.
En la escalera sus pasos son una verdadera novedad.
Marzo 25 del 2006.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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