Thursday, March 24, 2011

Encuentro cercano de; tercer tipo._



                         El perro es el mejor amigo de la mujer.

Cuando enfilamos la calle hcia la casa lo vimos con su patita trasera levantada, apoyada contra cualquiera de las bolsas de basura que deslucían el entorno, desordenadas, y que hacían insoportable la tranquilidad de los olfatos. Yo sabía lo que estaba haciendo y creo que hubiéramos seguido de largo si no es porque al terminar su necesidad y bajar su patita casi choca contra el asfalto recién humedecido con las lluvias de Junio. Estaba lastimado y se acercó, cojeando, como si el dolor de sus lastimaduras no le impidiera caminar al encuentro de alguien que pudiera ver y oler. Con su hocico tembloroso y su pelambre de color indefinido provocaba lástima y dejamos que se acercara bien.  Nos miraba como un niño perdido en medio de la noche que clama por una madre desaparecida o por ayuda providencial. No me apena decir que se saltaron mis lágrimas. Lo llamé. “Cujo, Cujo”. Y como si ese fuera su verdadero nombre se arrastró como pudo, gimió y se frotó contra mi pierna haciendo un ruido casi inaudible de pelambre sucia y descuidada de perro callejero. Le llamé Cujo porque se me vino a la mente el famoso perro de la película  americana. Pero mi perrito no era un asesino ni sembraba el pánico. Asesinos fueron quienes los lanzaron a la interperie de nuestro duro invierno sin sospechar que allí estaba yo junto a mis amigos para recogerlo y llevarlo  a casa donde a todos nos encantan los animales, especialmente los perros. Para que vean, ahora no teníamos perro. Mis compañeros me disputaron las custodia pero les convencí de que podía hacerme cargo  y curarlo y cuidarlo muy bien. Les aseguré que podrían visitarlo y que cuando estuviera sano y todo lo hermoso posible también les permitiría pasearlo por las calles. Pensaba pedirle un cordel lindo a papá y un collar precioso que sabía tenía uno de los mejores amigos de mi pololo que es de Conchalí. “Qué egoísta”, dijeron mis compañeros. Pero cuando miré sus ojos vi que era una broma. “Por qué egoísta- respondí- si lo cuidaré por todos”. Así que me dieron un beso de despedida y exclamaron “no te enojes si sabemos que lo querrás con amores de perro”. Nos echamos a reír y continué sola con mi nueva mascota de color terroso- bueno, sé que dije ahorita que su color era indefinido, pero se me antojó así como el de un pastor alemán que comienza a crecer- hacia la casa, en donde mi mamá, mis hermanas y mi sobrinito casi enloquecen con la visión inesperada de Cujo. Déjenme decirles que en la última cuadra debí cargarlo porque no podía más y mordiendo suavemente mi tobillo derecho me alertó de que necesitaba ayuda urgente. Solo así pudimos llegar. A qué no adivinan. Si me hubieran visto cargada con mi perro y con mi mochila. Parecía alguien que se va de vacaciones y eso que el Curso recién estaba empezando. Mamá, ayudándome con la preciosa carga, me dijo “ahora reinsistiremos ante el papá para que apruebe tu vocación veterinaria”. Y yo le respondí “no, mamá, si es el perro que habla”. Y ella “no señorita, es el perro detéctive de las series de televisión”. Es que en casa todos somos muy humoristas, lo que nos viene de abuelo, un lindo viejo muy famoso porque hace hablar a un muñeco que nunca se pone viejo y que se llama Tatín Cifuentes. Siempre tratamos de reírnos  de todo, incluso de nosostros mismos, viéndole el lado alegre a la vida. Pero quiero que no olviden que nos tomamos la existencia con toda la seriedad del mundo. Además, leí por ahí que reír es saludable.
Al otro día daba la impresión de que Cujo había vivido toda la vida en casa con nosotros. Hay que ver qué poder de adpatación tienen los perros, sobre todo si se saben queridos, amados y respetados como el mejor amigo del hombre y de la mujer que son. A la semana, de aquel perrito orillero que recogí casi muerto una tarde invernal apenas quedaba el recuerdo triste de un acto de humanidad. Es cierto que Cujo había despedazado cuatro ositos de peluche, tres bordes de cubrecama,  seis bolsas de naylon con papitas fritas, un par de calcetines de Jaimito, que aterrorizó a algunos y que casi lo estropea un auto en la calle frente a la puerta de la casa. Lo que no significaba que se me fuera pareciendo al verdadero Cujo de la pantalla. Pero, qué nos importaba eso cuando todos sabemos que es muy normal para ellos,  que cada perro está diseñado para destruir cosas sin tanta importancia, para hacernos reír y pensar  y para cuidar, amar y cultivar  otras cosas imperecederas. Cada travesura de Cujo era premiada con mimos y caricias  y amores desbordados y más encima era estimulado con exquisita comida para perros que él- seguramente acordándose de sus períodos de hambruna- consumía con  adorable glotonería de perro saludable. Si vieran como se puso su pelo y como se endurecieron sus pezuñas y como se tensó su cola. Era un amor. Como había prometido y planeado, mis amigos y yo lo sacamos por parques y pasajes y le dimos una soberana pasada por casi toda la Alameda. Todos se enamoraban de Cujo, un perro de tamaño promedio, pero nadie podía definir a qué raza pertenecia. Decían que era una mezcla de muchas y algunos detéctives caninos prometieron seguir la pista a ver si daban con su pedigree. Pensamos en fundar una Sociedad Especial para recoger perros desamparados de la calle. Eso de momento porque mas tarde es posible que cobijemos gatos y cuanto animal descarriado y golpeado encontremos por las calles de todo Chile. Un país con tanto perro abandonado, tanta perra esterilizada sin su consentimiento y tantas matanzas públicas semiconsentidas. Nunca estará de más que los jóvenes tengamos nuestra propia manera de cuidar animales solitarios. Se me eriza la piel cuando leo que hay quinientos mil perros vagabundos en Santiago, que la ciudad vive tras las rejas por los delincuentes y el peligro canino, que cada año mueren muchos niños y personas mayores debido a sus mordidas. Somos capaces hasta de pedir dinero a Leo Farcas para nuestro proyecto. No me digan niña inteligente ni informada. Tengo diecisiete años y ya oyeron, quiero ser Veterinaria.
Si les voy a hablar de Cujo tengo que decir todo lo que tenga relación con él. Mi mamá  me ha enseñado todo lo que tengo que saber en materia de hombres y de amor. Y en materia de niñas que se han convertido en mujer. Soy la segunda de mis hermanas pero ustedes saben que las enseñanzas de hermana en ese sentido pasan por otras pedagogías. Así que estaba preparada para cuando llegó mi primera menstruación y para cada cambio de mi cuerpo y para cada una de las nuevas sensaciones que me sorprenderían o agradarían o ofuscarían. Asistí a todo ese hermoso misterio de su mano maestra. No debo olvidar a su pariente bella, Gloria Rencoret, pero la Bailaora mas bien me asesora para cuando me presente a algún casting para modelo. Cuando mamá me vio enseriada con mi primer chico me llamó para decirme que lo único conflictivo en una relación con hombres era la posibilidad de un embarazo no deseado, que lo demás siempre podía tener solución y agregó que tal vez mi cuerpo deseara entregarse a un cuerpo de hombre pero que no era descartable que a mi edad la experiencia fuera desagradable e insatisfactoria porque el cuerpo de una mujer necesita años para ofrecerse todo y recibir y dar las desbordantes bondades del amor íntimo sin trabas. Mamá tiene mucha razón porque aún no me pasa lo que a mis amigas mayores y admito que hoy mismo no siento la necesidad de llegar al final con mi pololo y sí me exitan cercanías, contactos, miradas de oveja degollada y tocaciones profundas. No importa que algunas de mis amigas me digan como Rachel a Mónica, con desprecio hilarante, “virgen”. Saben, en la serie  de tevé Friends. Así que cuando decida tener relaciones terminales creo que se lo participaré y ella eligirá la manera adecuada de asesorarme y de protegerme. Ojalá no ocurra lo que me ha dicho una amiga con muchas horas de vuelo “se te irá el mundo y mamá solo será una postal de otra dimensión”.
Mi pololo me ha abandonado tres veces porque no quiero hacerlo y otras tantas ha regresado porque está enamorado de mí. Mamá dice que tal vez esté fingiendo pese a esa belleza peregrina que dicen que tengo y que se irá cuando obtenga lo que quiere. Yo tengo mucho cuidado si de todas maneras lo único que no hacemos es el amor. Les contaba esto porque mami me sorprendió jugando con Cujo en la pieza y no me dijo nada y siguió mirando mientras yo lo tenía en el regazo y era muy suave y lo fui levantando por mis muslos y llegó a estar en esa zona crítica que está donde termina la guata y comienza el empeine. Andaba con una bata grande sin colalé y acababa de bañarme. De pronto me vi desnuda y con Cujo posecionado entre mis piernas y lo frotaba  en mi pelvis con su espalda y percibí que era una sensación de mayor y diferente y quería alejarlo pero le dejé inconciente y entonces lo volteé y le besé  las orejas y el cuello suave y lo acariciaba sin parar jugando con su hocico y me pasaba su boca por el vientre y me vi de espaldas en la cama con las rodillas levantadas y Cujo tenía el hocico en mi ombligo y abrí las piernas y sentí su guata en mi vagina y lo apreté y froté ahí sin poder contenerme y de pronto siento que algo duro y mojado me hinca en las ingles y que una lengua rugoza me ensalivaba la guata y era algo tan dulce que me fui de humedades y llevé mi mano derecha allí y comencé a jugar con mi sexo con una mano y con la otra empujaba a Cujo contra la necesidad de que algo grandioso y soberano entrara en mí y cuando el mundo me abandonaba mi mano sujetó aquello tan duro y tan viscoso y tan resbaloso y grité “Cujo, acaba de entrar en mí, Dios mío” y por entre los piélagos de la inconciencia escuché otro grito aún más fuerte que decía “noooooo”. Entonces ella me dijo que no debía hacer cosas contra natura y que era posible que cogiera alguna enfermedad. Que hacer el amor con perros era cosa de mujeres sucias y pervertidas y de películas cochinas y me dijo que se comentaban historias de mujeres desentrañadas por perros porque los perros tienen como una bola muy grande en su pene que se llena de semen cuando copulan y que esas mujeres fueron a sacárselos de encima para no ser sorprendidas y ahí vino el problema porque ellos no habían acabado. Mamá aprovechó para contarme dos historias del caribeño amigo de mi padre. Tuvo un perro negro, mediano, al que bautizó como Barry en honor al cantante americano negro Barry White. También era la  mascota de la casa pero era un perro de trabajo y lo empleaban en labores de campo, arriando el ganado. Como él se fue a cumplir el Servicio Militar, su padre se hizo cargo y Barry, decía el Viejo, no le perdía ni pie ni pisada. Una mañana llegó a la casa con el cuello desgarrado. Se le veía un hueco por donde cabía fácilmente una mano. Triste y cabisbajo. Lo curaron con remedios caseros porque en aquellos tiempos ellos no acudían a veterinario alguno. Barry empeoró. Su padre decía, orgulloso, que moriría satisfecho, porque el pescuezo destruido era obra de otros perros en conjunto para vencerlo en la temporada de celo donde era el líder indiscutido. Parece que Barry esperó a que él llegara con pase  de su Unidad Militar y a que su hermana llegara al mediodía del Instituto Preuniversitario. Murió fulminado mirando a Tery en el oeste del portal de la casa de campo. La otra historia tenía que ver con una mujer tan fiel a su marido que prefirió traicionarlo con el pastor alemán de la casa. Una noche él la sorprendió porque por algún motivo su trabajo de Sereno  comenzaría por la madrugada. No dijo nada. Simplemente se acostó en otro cuarto y por la mañana le dijo “recoge tus cosas”. La llevó a la casa de sus padres. “Aquí tiene, ex suegro, a su hija con su nuevo esposo”.  Mamá me dijo, qué efectivamente, como el hombre trabajaba de noche, pues ella no tenía preocupación y el perro podía acabar sin dificultad. De la que me salvé, Dios mío. Tuve algunos sueños en los que despertaba tratando de recoger mis vísceras en el suelo enganchadas en el pene de Cujo y él se moría de verguenza pidiéndome disculpas. Pero me curé de esas pesadillas y seguí jugando con el pero con más cuidado. Mi amor por él no llegaba  a tanto y lo sentía. Creo que esa vez fue la primera en la que de verdad se me fue el mundo. Una tarde mamá me llamó para que viera dos perros enganchados en la calle y todo el tiempo que demoraban sin poder despegarse. Cuando el macho extrajo su miembro era una larga tripa roja y húmeda que había perdido el nudo y casi que sentí envidia de las futuras pololas de Cujo al pensar en lo que disfrutarían con instrumento tan prometedor. Y lo mas importante, hija, es que la perra queda embarazada con el cien por ciento de seguridad, aclaró mamá. Le conté la cópula pública de los perros a mi pololo y me di gusto examinando su pichula para ver si él tambien tenía algún nudo escondido. Parece que esta anécdota le dio esperanzas de que podía acostarse conmigo al fin. No saben lo enojado que se puso cuando le dije “tienes que seguir utilizando todavía la otra variante”.
Una noche mamá nos convocó a la sala para decirnos algo. “Escuchen, mamitas, escuchen muy bien”. Como siempre que ella nos habla nuestra atención se desconcentra de todo lo que no salga de sus labios. Porque mami sabe mucho de todas las cosas. “Cierto que Cujo no es un perro asesino”?. “Cierto, mamá”, respondimos.“Qué es hermoso, obediente y jugueton”. “Lo es,  mamá”. Acaso Cujo no es un perro chileno”?. “Como el completo, el vino y la empanada, mami”. "No es verdad que Cujo dio el salto mayor sobre la valla de roble en el Canódromo de Pirke”?. “No sabemos que es un..qué, mamá”."Un canódromo es la pista donde corren los perros”. “Lo dio, mamá, y estamos reorgullosos de ello”. “Y si nuestro Cujo es todo eso por qué dejarle ese nombre que nos recuerda al odio y a la maldad y a la muerte aunque solo tenga vida en las pantallas cinematográficas. Además, es un nombre extranjero”. Todas nos miramos. Por algo mamá nos tuvo tanto tiempo en su vientre. Nada menos que que ciento cuarenta y cuatro semanas, cuidándonos y amándonos. Siempre tiene razón. Como yo era la dueña de Cujo- que parecía a punto de cambiar de nombre_- le pregunté “qué sugieres, mamá”."Cómo que qué sugiero, cambiarle el nombre, poh”. “Y cuál sería entonces”. “Huaso, poh”.
Yo creo que la única que sabía quien era Huaso en la casa era yo. Y mamá, por supuesto. Lo sabía porque los escuché en casa de papá. Mamá y papá están separados pero se llevan muy bien. Fue cuando hablaba con su amigo caribeño acerca de carreras de caballos en Valparaiso y en el Hipódromo de Santiago. Me parece que el deporte con caballos se llama algo así como Hípica, mas menos. Me llamó mucho la atencion lo que había logrado nuestro caballo y creo que hasta consiguió un gran récord mundial hace unos cuantos años montado por un magnífico jinete, me parece que en Nueva York. Le ayudé a mamá a explicarle a mis hermanas por qué era lindo que se llamara así y cinco minutos después bautizamos a Cujo con su nuevo y definitivo nombre, Huaso de Conchalí. Hasta le echamos un poquito de agua del Mapocho encima. Y para que todo pareciera mas real mamá nos llevó al campo, como a cien kilómetros al sur de Santiago,  para que conociéramos bien de cerca a nuestros campesinos, los huasos de la tierra querida de Chile. Tuvimos la suerte de pasar y ver sus campos sembrados y cercados con árboles nacionales, los canales de regadíos,  de oír el rumor de los sauces llorones y el ruido suave de los álamos altos. Hasta nos detuvimos para asistir a una boda huasa en la que abundaba la comida y el vino y las parejas bailaban cueca y Huaso de Conchalí se unió al concierto de perros bullangueros que nos rodeaban y se restregaban y se lamían y se olían el trasero y corrían haciendo círculos ladrando a  presas imaginarias y estaban tan contentos que volvimos a recordar lo amorosos y cariñosos que son los animales cuando se saben necesarios y queridos, tanto como los seres humanos. Al regreso, una perra dorada, casi del tamaño de Cujo,  nos acompañó como hasta la puerta de salida en donde unos bambúes altísimos cobijaban las hierbas tupidas. Venían muy acaramelados y ya ustedes sabrán qué quiero decir. Porque, acaso son solo rumores los amores de perro?.  Estoy segura de que Huaso es su pololo- o debo decir su “perrolo”?-  porque algunas tardes se apoya en sus patas traseras y olisquea el aire con serenidad y mucha calma, como si extrañara algo harto importante.  Ustedes saben hacia dónde dirige su bello hocico negro?.Yo sé que lo saben pero se los voy a decir.  Hacia el sur, como a cien kilómetros de Santiago, donde los álamos altos despeinan la pelambre rojiza de Conchita, la que estoy segura es su polola- o debo decir “su perrola”?- . Tandrán que disculparme este juego de palabras, pero ya les dije que me las doy de medio humorista y además, debo ir reflejando lo que aprendo en las clases de Castellano. Dice el amigo de papá que estoy adelantando mucho en esto del humor irónico y los dobles sentidos pero que tengo que seguir leyendo  sin descanso porque se necesita de mucha cultura para dominarlo bien.
De modo que ya quiero ir terminando. Pero antes deseo decirles que estoy practicando con mi Huaso- bueno, con “nuestro Huaso, quiero decir- a campo traviesa y que ya es capaz de llevarme el periódico hasta donde yo voy en bicicleta. Así que si los de la televisión quieren hacer un comercial que cuenten con nosotros porque Huaso es un perro muy inteligente- o muy “inteliperro”, si prefieren-  y sé que se portará ante las cámaras como ese otro perro de la pantalla. Es que ya me han llegado insinuaciones de gente que tiene contactos en la tevé. También me queda contarles que han tratado  de robárnoslo del patio y que los directores del Zoológico quieren comprarlo o que se lo donemos o prestemos para exhibirlo y eso. Dicen que jamás han visto pelambre mas lustrosa ni tanta agilidad y belleza en muchos años. Demás está decirles que todo intento por sacar a Huaso de casa será en vano. Por los motivos que fueran. De todas formas, todo el que desee verlo puede llegarse a la verja, mirarlo pasear por el jardín, caminando por parques y alamedas  y en una pequeña muestra fotográfica que tengo en la pared norte de la sala. Ahora bien, no he descartado otras variantes. Si el Zoológico paga y firma un documento de seguridad puedo prestarlo. Si quienes quieren coger descendencia permiten que mamá o papá estén presentes y pagan, puedo considerarlo. Y si los de la tevé aceptan que le haga pareja en cualquier comercial o presentación, enhorabuena. Dice Lachy Cornejo que eso podría catapultar mi carrera de Modelo y una matrícula especial en la escuela de Veterinaria. Todo en favor de la Fundación de que les hablé al principio.
Si vinieran estos días por casa tendrían la inolvidable oportunidad de ver a otro perro encendido y amoroso. Pero no crean que es un doble de Huaso o alguna de sus poses especiales. Yo sé que ustedes saben de qué se trata pero se los voy a decir. Es Conchita, que ahora mismo está de visita en casa y dice mamá que la nota como cansada, loca por sentarse sobre sus patas traseras, ralajada, como si esperara un gran acontecimiento en su vida de perra. Mamá, les repito, sabe mucho- . Después de mamá, la  que más sabe es mi hermana, la madre de mi sobrinito. Ustedes entienden o tendré que explicárselo.
Esta tarde estaba jugando con Huaso en el patio y enseguida que le acaricié la guata me miró y me puso las patas en el pecho y sacó lo que ustedes saben.  Mas roja y grande que cuando era casi una guagua recién llegada. Lo separé pero  le cogí el miembro y se lo apreté y cuando vine a ver lo estaba masturbando y apretaba detrás para poder sentir la bola de su esperma y volví a mojarme toda y cuando Huaso daba la impresión de que iba a acabar yo metí la mano bajo mi colalé y la puerta del porche sonó como si un viento fortísimo la estuviera batiendo y una voz dijo “ no, mi amor, tienes olor a Conchita seguro, espera”. Cuando abrí los ojos, muerta de verguenza, mi pololo se acercaba, desnudo, erecto, y me dispuse a dejarlo entrar en mí porque llevaba tres días pre regla y mamá me había dicho que en esos días no era fértil. Entonces se escuchó muy cerca la voz de mamá y cuando se abrió la puerta mi pololo se había subido los jeans y mamá le guiñó un ojo y decía “no, no, ustedes se quedan ahí,  Huaso, no, a jugar a la calle, Conchita, a ver, vaya con él, a la calle Huaso”. “Mamá”, llamé cuando quedamos solos. Parece que ella iba a cocinar. ‘Mamá”, repetí. ‘Si, nena, te escucho, decime”. “Cómo les pondremos”. “A quién”. “A quién si no, poh, a los cachorritos”.


Julio 29 del 2001.
Recoleta,
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.

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