...es una estrella que brilla en el cielo.
La mujer le preguntó dónde quieres que vayamos para estrenarlo. Como Sitio General, la Precordillera. Como Locación Particular, si insistes en que elija, Mazapán. No lo conozco, pero hoy tú decides. Está más allá del Cajón del Maipo, por vía secundaria y el paisaje hasta allí es insuperable. No es importante para mí, pero lo quieres por algún motivo especial. Simple curiosidad. Durante uno de mis viajes a Pirke en los buenos tiempos tomé la ruta de Micro equivocada y cuando me di cuenta estaba casi mordiendo la frontera argentina. Tan lejos es. Trato de ser exagerado, pero en verdad no es cerca. En serio, qué te impulsa a ir a Mazapán mas allá de esa curiosidad patológica de que dispones. Suponía que el periodista era yo a falta de tu ex. Lo eres, querido, lo eres, no te sientes atacado. No sé, tal vez la sensación de que la carretera termina ahí y hay una muralla que dice Mazapán y me suena a nomenclatura yucateca. No será porque conmigo irías hasta el fin del mundo. Por lo menos hoy iremos casi hasta el fin de Chile.
Viajaban en un Hundae del 98 adquirido en poco mas de dos millones quinientos y era un auto asesino porque la decisión de comprarlo había matado vacaciones programadas al Caribe. Pero como era un crimen consciente nadie se lamentaba y la joya comenzó a adornar un garage que se moría de soledad desde que un accidente rompió los sueños automotrices y destrozó nervios e indujo a un miedo atroz que todavía se paseaba por la Comuna con sus belfos de espanto. Más que la poseción de un objeto caro o el deseo de entrar en el universo de la Ostentación, el Hundae serviría para traslados de urgencia, viajes programados, perder el temor a ruidos y autopistas congestionadas y a árboles frontales, visitar Clínicas y post convalecencias. También serviría para un reestreno de los cerros. Porque el bólido coreano ya no era virgen de hogar. Los hijos habían posado sus asentaderas en mas de una ocasión en sus felpas azules. Solo cuando la madre recuperó el valor para conducir fue que lo decidió. Tenía montones de amigos con los que salía y bailaba, con los que llegaba a casa en las bajas madrugadas y con los que hablaba por teléfono temporadas enteras. De modo que casi le mata la sorpresa cuando le llamó para invitarlo a la reinauguración del volante. Porque ya él no era una pieza clave en su juego de ajedrés desde que el cansancio había destrozado los últimos enroques en sus estrategias.
A la altura de Plaza Puente Alto la mujer dijo yo tuve un hombre y lo perdí, tuve a otro hombre y me perdió, tuve a algunos hombres y nos perdimos en la selva de los desencuentros. Hoy mismo ningún hombre me pierde y no me desencuentro con los hombres. Tú no me has perdido, yo no te he perdido, no nos hemos desencontrado por una razón muy simple. Me dejas intentar con esa razón tan simple. Sí. Voy a hablar de ti. Correcto. Porque contigo cada hora es una búsqueda eterna del destino final y mientras haya una vereda que me lleve a ti no dejaré de transitarla.
Las nieves derretidas le insuflaban al Maipo las aguas ausentes y el hombre vio la gran abra del Río y al hilo brillante correr a Poniente. Mientras no pueda visitar el Gran Cañón del Colorado habré de conformarme con este paisaje. Puede recordártelo pero no creo se trate de un cañón en nuestro caso. Supongamos que se trata de una “carabina”. Cuántas visas nos harían falta para llegar a Estados Unidos por tierra. La mitad de las visas multiplicadas por dos. No, en serio. Tendríamos que contar los países. Cuéntalos porque nada es descartable. Mientras haya una vereda. Bésame, por favor. Detente. No hay que exagerar, bajaré la velocidad. Ese pelo corto descubre la piel de tu cuello y te hace parecer translúcida como la luz de las luciérnagas en la media noche. Voy a seguir disminuyendo. No digo que te ves mas joven porque no me gusta hablar de lo posible. Vamos ahora en una cuesta. Estoy disfrutando el fulgor verde de tus ojos reflejado en el parabrisas. Tengo que aumentar la velocidad. Acaba de ganar la cima y merodea la curva que se nos viene encima y déjame mirar los nervios latentes de tus manos al volante. No hay cuesta abajo ahora, la vía se hace plana. Cuidado, una ardilla. Ves como frené de bien. Te doy de alta sicológica. No porque me crea buena conductora. Dilo tú. Me quieres tanto que si no me detengo no me besas.
Bajo el sol de verano las últimas casas se quedaron atrás y el arriero jadeaba empinando la cuesta final. Qué nos queda para Mazapán. Doce árboles, quince piedras, un puente, seis pájaros y un abrazo. Para dónde irá. En ningún caso para Mazapán. Cuántos árboles han pasado. No sé contar. El hombre miró a la mujer y la vio sonreír. Cuando ella pensó hacerle otra pregunta el serrano solo vio levantarse un remolino de hojas y de polvo donde había estado. Fue un espejismo. Para muchos es lo que son los huasos, un espejismo. Mira el muro.
Mazapán.
La carretera acababa en un gran signo de interrogación a punto de cerrarse y a los dos, poetas inéditos, se les antojó el cuello de un cisne dormido en la inconciencia de la foresta. Más de Darío que de Basilio. Detrás del muro indicador había una sombra amplia y las copas de los árboles murmuraban su concierto de misterios. Unos cinco metros después estaba el abismo.
La mujer dijo tú verás y sacó del maletero un cartel blanco con tres palabras rojas NOPASE MUROEN REPARACION y lo colocó en el centro de la carretera apoyado en dos piedras. Qué te parece. Un símil. A ver. Tú eres el muro y yo el maestro de obras, una perfecta ironía. No seas así. Por qué está escrito de esa manera. Desconozco, lo hizo ella y sabemos que los genios escriben como se les de la gana. Es verdad, dame, igual, una hoja de la agenda. La arrancó y se la extendió. El escribió TEPROMETOQUE RE PARARE tu muro y se la devolvió. Ojalá, genio.
Cuando sonaba la sinfonía Flor de loto en ejecución de la Sinfónica de Osaka escucharon el motor de un auto acercándose. Quitemos el cartel. No, cuando se den cuenta del motivo se devolverán riendo porque les tomamos la delantera. Si debiéramos sacarlo que lo haga otra cosa entonces. Brindemos con un beso. Un beso sin buquet. No, profundo y no me des explicaciones odontológicas ahora, por favor. El tomó su mejilla con la palma de la mano abierta y los dedos pegados y la dejó corer sobre la frente y la nariz y la abrió sobre la boca y acarició el mentón con toda la ternura del mundo y mientras se acercaban sus dedos, sólidos y seguros, abrazó su cuello y masajeó la tráquea. Ella cerrró los ojos y entreabrió los labios. El le pasó la lengua por el labio superior sin cerrar los ojos porque le gustaba verla sonreír como una niña antes del beso.
El primer temblor duró cinco segundos y ella pensó que soñaba entre sus brazos impacientes un sueño telúrico. Tres segundos después abrió los ojos porque el beso no llegaba. En ese mismo instante sorprendió la réplica y vio cómo el hombre salía despedido hacia el abismo y cuando fue a pararse una piedra inmensa se estrelló contra el auto y lo aplastó como si fuera un huevo. Se arrastró hasta el borde llano donde había un árbol y se apoyó en él. Aún pudo ver al punto sin color que se alejaba hacia el fondo de la quebrada como si fuera alguien que no hubiera podido abrir el paracaídas. Quería llorar sin poder y sin asideros normales intentó llamar a su casa. El teléfono no funcionaba. Una tercera réplica arrancó tres árboles de raiz y lanzó al muro que decía Mazapán hacia Argentina. Uno de los árboles cayó a su lado y una de las ramas le golpeó la cabeza. El sismo pasó y quedó tendida contra la toalla playera repleta de golosinas.
El hombre caía en posicion fetal de noveno mes y estaba conciente de lo que acababa de ocurrir. Sabía que moriría en los próximos minutos y por reflejo se tocó la espalda como si buscara las correas del paracaídas. Cerró los ojos y recordó el chiste del chico condenado a muerte al que le dijeron pidiera el último deseo y el chico pidió un gran cohete que lo llevara al espacio infinito pero le contestaron que eso era imposible porque tal vez se quedara orbitando eternamente y no moriría y él dijo que lo programaran para que no se detuviera en la Orbita de la Tierra y entonces los ingenieros lo hicieron así y lo dispararon y él ascendía y ascendia y ascendía sin parar y pasaban estrellas y planetas y nebulosas y constelaciones y agujeros negros y vías lácteas hasta que llegó el vacío total lleno de nadas y como aún conservaba la razón fue caballero por única vez en su vida y dijo hola jesús, qué tal señor de las alturas, adiós san pedro, nos vemos maría, bay josé, hermosa magdalena, conchatumare judas y luego el vacío vacío vacío. Pero él caía y qué supiera en Pirke no había fuerza de antigravedad ni Asimov tenía alguna oficina en Santiago de Chile. Nada que lo pudiera devolver al sitio en donde la mujer estaría muerta o hacerlo navegar en su cercanía por si ella también flotara en la mar de los despidos por lo que estaba seguro era un sismo endemoniado. Con demasiado sangre en la cabeza pudo regresar a la posición fetal de tercer mes y miró hacia abajo. Algo se interpuso en la caída libre y fue como si una sábana gigante le acogiera. Cayó sentado y antes de tenderse perdió el conocimiento. La sábana caía exactamente a nueve punto ocho metros por segundo cuadrado.
En el Valle de la Central Eléctrica la convocatoria Rafta había reunido a tres mil personas. El escenario estaba contra la falda de uno de los cerros, compacto de impedimenta electrónica y músicos con sandalias de cuero, pantalones holgados, largas camisas túnicas de colores chillones, melenas chasconas, largas y trenzadas bajo gorros tejidos con la forma de las cúpulas ortodoxas y muy llamativos.Decorando la majestuosa escena un gran afiche del negro jamaiquino Bob Marley y en la pantalla gigante vagaba la imagen del ex Emperador etíope Haile Selassie abrazando a la Reina de Saba con melancolía de vástago inconcluso. Mientras Kike cantaba los jóvenes raftafaris le acompañaban de manos levantadas, haciendo una especie de ola pendular, coreando como si acompañaran a algún spiritual en Alabama. En el centro del Valle un grupo surtido de raftas había hecho un círculo y en su centro convergían sus largas pelambreras atadas a un poste de tamaño mediano. Las cabelleras caían en plano inclinado y daba la impresión de que se trataba de una tela de bomberos esperando la caída milagrosa de Haile con toda su estirpe ancestral y la querible aureola de Salomón y la Ilustre Visitante del Templo Sagrado y cada una de las interminables generaciones encumbradas que dijeron al etíope que era el Elegido para reinar de por vida en el Cuerno Africano.
De pronto se apagaron las luces y los músicos dijeron aleluya y solo fue la música calmada sin voces como si se impusiera un montuno rafta. Cuando regresaron las voces fue para corear Bob Bob Bob Kik Kik Kik Dios Dios Dios y otro silencio y de nuevo las voces Haile Haile el Supremo el Rey el Unico el Descendiente el Señor Haile el Señor Bob el Grande el Kike Haille está con nosotros Haille el Mesías Negro el Rey.
El Senador levantó la cabeza como si no tuviera dudas de la venida del Profeta. Pero solo vio una gran tela pentagonal de colores brilantes y rayos perfectos como si fuera un neumático futurista. Antes de poder pensar es un volantín descomunal el artefacto de primavera se posó en las trenzas raftas del círculo mítico y rebotó tres veces y en la cuarta caída rompió la madeja de trenzas y quedó sobre la yerba del valle de la Central. El Senador extrajo el pito, lo prendió y gritó es un milagro y todos lo siguieron encendiendo sus cigarros terapéuticos y corearon es un milagro el rey bajó para honrarnos esta noche y el Senador se preguntó si el tema daba para al menos un capiíulo de su próximo libro no congresional.
El Senador se acercó y miró al hombre que estaba en el suelo tendido sobre el volantín. Dijo falso es un hombre blanco, pisen sus pitos y que siga la música. Como autómatas los tres mil raftas obedecieron al político rebelde. Parecía que no había pasado nada.
Es una estrella que brilla en el cielo. La chica rafta de boca grande y nariz prominente se desplazó al sitio con la amiga. Le pidió el Diario que leía y se acercaron al hombre blanco por curiosidad. Estaban mirando desde los pies cuando sintieron que dos personas venían rompiendo la masa de raftafaris y pidiendo permiso con educación y urgencia. Este es un Concierto extraño. Somos raftas.
El niño dijo papá estoy seguro de que fue un hilo curado lo podrás arreglar. El padre le pidió el rollo de hilo original, lo empató y dijo creo que sí campeón, hálalo fuera de este gentío de chascones para que no lo pisoteen. El niño comenzó a alejarse con su hilo nuevo hacia el fondo del Valle por entre la gente que no le prestaba atención. Las chicas estaban ya en el cuello del hombre e iban a mirar su cara cuando el padre del niño forcejeó por salir y chocaron con él y el Diario cayó sobre el volantín y en el segundo exacto en que ella fue a cogerlo el volantín se elevó y el niño gritó hurra papá y el padre respondió lo logramos campeón.
La muchacha rafta le dijo a la amiga rafta que Bob nos perdone, apenas vi su cara de la nariz para abajo pero cómo se me parece al amigo de mamá. La mujercita expresó era blanco pero tenía el pelo chascón y un candado como barba. A él le gustan las baladas pero es tan amplio que disfruta muchísimo al Kike. Crees que pudieras calcar la imagen suya ascendiendo en tu lienzo, la imagen de este Dios blanco inesperado. Veré, porque trabajo en mi autorretrato contra el espejo en silencio absoluto. Integrémonos al Concierto. Cómo es posible que nadie se diera cuenta de lo que pasó. No son de este mundo. Pero nosotros somos tan cabras chicas que todavía lo somos. Si ni siquiera nos ponemos esos gorros chillones. No hables alto. Mejor súbete los pantalones que se te va a ver hasta el hígado. Súbete tú los tirantes que te verán el ombligo desde arriba. Qué va, tendremos que pasar un curso intensivo de raftafari. Parece que no somos raftas puras. Dios mío, y mi Diario. Lo reescribes. Ojalá se quede en el espacio, dice cada cosas que no sé si Haillie o Bob o Kike lo aceptarían. Cállate y vamos a aprender.
El arriero se alejaba hacia Poniente y había un auto aplastado por una gran piedra sin ocupantes pero no era el suyo. Las golosinas estaban intactas y su Hundae aparcado donde mismo parecía haberse burlado del sismo. Delante del arriero, una pareja tomada de la mano, caminaba en silencio. No estaba el muro pero quedaban algunos árboles.
La mujer intentó de nuevo con la llamada a su casa. Había comunicación pero nadie levantaba el auricular. El resto de nerviosismo le impidió discar otros números en la ciudad. El árbol donde se había apoyado para mirar al abismo que se tragó al amigo aún estaba allí y repitió la escena. Bien lejos se veía una mancha compacta y recordó que en el Valle de la Central se daba el Gran Concierto Rafta en donde con toda seguridad estaría su hija acompañada de la amiga. Comenzó a recoger las cosas que había dispuesto para el picnic. Sentía una rara amalgama de claridad mental y anonadamiento que no era capaz de definir. Qué tipo de terremoto había ocasionado todo. Qué había pasado, realmente.Pero sabía que estaba suficientemente clara como para intentar el regreso y ver que hacía. La radio del auto estaria hablando del sismo y de los daños y de los muertos. Lo que faltaba al país, enredado en tantos problemas de toda índole. Lo que le faltaba a ella, ahora que sus esperanzas de reconquistar a Lachy Cornejo parecían de nuevo tan bien ancaminadas. Dónde habría caído, estaría muerto, casi ahogado en el Maipo, lo habrían rescatado. Dios del cielo.
Cuando dio la espalda al árbol maldito una sombra descomunal le cubrió y le pareció que estaba anocheciendo. No levantó la cabeza. Acabó de empaquetar y se dirigió al auto.
El hombre recobró la razón a la altura del árbol desde el que ella había mirado el abismo que cubría a la Central. Sobre lo que iba se siguió elevando y entonces trató de estudiar aquello que lo transportaba por los aires. Le pareció una sábana voladora de colores brillantes pero no estaba en Persia ni en Bagdad ni era de noche ni la mujer que le acompañaba hacía unas horas era Schezerada. Miró mejor. La forma pentagonal y los radios soporte le dijeron que aunque pareciera mentira volaba sobre un volantín inmenso. Había una especie de libro casi al caerse, con las hojas batidas por un viento terrible. Alcanzó una de las que había perdonado y la puso como timón de popa. Maniobró con delicadeza de nauta y logró enrumbar la nave otra vez hacia Poniente. Observó el grueso hilo y supo que estaba siendo dirigido desde abajo. Entonces amplió sus horizontes y no vio ningún volantín acompañante. Libre de enemigos con hilos curados. Lo sentía por los deportistas del suelo. Recordó al amigo de Pirke, infalible en el corte de hilos ordinarios. Papalotes, se llamaban en su país. Posiblemente un niño estaría en el comando de lo que lo traía por el cielo de Chile. Tenía que hacer lo imposible porque no le pasara lo que a su compatriota Matías Pérez cuando salió en globo de La Habana en el siglo XIX y nunca regresó. Voló como Matías Pérez era una frase que ya tenía su crédito.
Maniobró con calma y precisión. No podía permitir que el viento le alejara de la mujer. Ajustó la hoja de papel timón. Cuando ella intentó abrir la puerta del auto él se posó donde había estado el canastillo con los fiambres. Tráeme un cuchillo. Libre ya de asombros en esta tarde primaveral lo buscó y cómo sabía para qué lo necesitaba ella misma cortó el hilo como si liberara a un recién nacido de su cordón umbilical.
Papá, se trabó otra vez. Dale cordón y espera, hay muchos árboles. Ayúdame, hala hacia ti, amarra, ya. Papá, se destrabó, pero es como si no pesara nada. No seas pesimista, campeón, debe estar muy alto, apenas le vemos.
El hombre amarró el hilo de nuevo al volantín y lo liberó. Y como una variante del Complejo de Diógenes guardó la hoja timón en su billetera. Leámosla, quizás sea un amuleto o una página de algún manuscrito famoso. Por qué no. El hombre se la tendió y cuando acabaron las cuestas de la carretera ella apoyó la hoja sobre el volante y condujo con una mano.
Carne y sangre…………….intacta yo inidad. El papa de e…..me dio la receta. Mama cree que y rgen. Pero st eq. eso es de carne y tiene ngre y no puedo ….per urament….. no renucie a sas cos . Con mi ami la “perdi”……en mi pieza cu ela aba en la playa con el ami es pai……dej ve com lo expco. Uscams en una rev ta sobr tam. y gros. Y comoramo una sanaora grande y la env en h de repolo……y le amarr. Dos lim, onde empezaa y le untms jabn a toa. Y fui la 1 es la ujka ve q sald sange de I y de mi amiga….si amo a s vegetar, lo ama ase compla. El papa no djo q cdo qram guagua el n expl. Pero no pens en eso………a…k/////.
En la esquina inferior derecha había un dibujito. Una marina pequeña y una casa desvencijada y la vara de pescar de un lugareño. A plumilla.
Para mí es una clave supersecreta. Es una hoja del Diario de la niña y será otro de los grandes enigmas de este día. He seguido la redacción de ese Diario pero esa hoja parece ser de las últimas y constituye una revelación.Taquigrafiada con intención igual he podido descifrarla. Una mamá tiene el derecho a violar la intimidad más íntima_ y esto no es redundancia, Licenciado_ de una hija, sobre todo si tiene menos de diecisiete años. Esta confesión me hará decirle que su Diario ya no es su secreto. Porque rompió los convencionalismos y no sé hasta donde eso será contraproducente con una muchacha harto introvertida. Tradúcemelo. Sí, si llegaras a ser mi marido. Sigue manejando. Sabes que es vegetariana, de esas fundamentalistas. Era virgen. Parece el papá de la amiga, otro as de los fundamentalismos- no tienes que juntar los elementos- les dijo que la virginidad es sucia y que debían perderla pero no por la vía natural porque “eso es de carne”. Wao, es otro genio puro. Así que le sugirió una sanaoria y les promete “enseñarles” para cuando quisieran tener un guagua. Solo que ellas “no están pensando en eso”. Sin comentarios.
El Instituto Sismológico de San Francisco no reportó nada.
El arriero dijo que no sabía leer cuando le encontraron algunos cartuchos de pólvora durante una caza ilegal de ardillas doradas. Y qué las mariposas que llevaba no estaban en extinción y eran un encargo de alguien en Santiago que se las pedía ocasionalmente con fines experimentales.
El matrimonio dijo, que en efecto, los habían visto, pero que se habían ido porque no querían compartir el lugar. Y que habían venido en bicicleta.
El encargado de mantenimiento de la Central del Valle tocó el timbre. La madre salió. Le entregó una agenda ajada y sucia. Tiene esta dirección. Gracias.
La chica revisaba un ojo de algo que parecía un cíclope cuando la madre entró. Esto parece ser tuyo. Roja como un sol de atardecer lo haló, volvió la cabeza y cerró su puerta.
La madre empujó y entró de nuevo. Había esperado demasiado. Le tendió una hoja manchada, medio ilegible y con huellas de dobleses rectos. Y esto también.
Octubre 4 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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