Thursday, March 24, 2011

El niño de la mina._



                                         Juro por lo que fui.


Cuando recibió la llamada supo que había llegado la hora y el momento justo para cumplir su promesa. A esa hora no quedaban vuelos nocturnos y la primera salida del tren Transcontinental se produciría por la madrugada. Aún no existían las presencias virtuales y el único amigo que se preciaba de serlo acababa de vender su auto y de perder el yate rápido después de un robo masivo en la Marina Sur del Puerto de San Antonio. Apenas disponía de veintitrés horas y media para llegar al centro del lejano sur donde estaba la vieja casa familiar entre cerros medianos, volcanes extinguidos y sabanas de agua en cualquier horizonte. Ese oscurecer no había muertos en capilla y el Gerente General andaba negociando con alguna Universidad Europea la venta de órganos de personas sin identificar. Estaba muy cansado, por demás. Debió trabajar en exceso preparando el cadáver del judío que  había perdido su pene durante un acoplamiento con su mujer pues la familia exigió una obra de arte. Llamó a la señora que le contactó para que se encargara de la amiga suicidada recién venida de Noruega y le dijo que lo sentía en el alma pero que su propia madre acababa de fallecer muy lejos y que estaría saliendo para allá en los próximos minutos.
_ A dónde puedo llamarlo?- le preguntó al Secretario Particular.
_ A Ginebra- y le dio un número.
A esa hora era madrugada en Europa Central pero una difícil transacción con riñones lo mantenía despierto. El Gerente General deseaba euros y no ninguna maravilla de relojería suiza a cambio de la magnífica maquinaria renal que estaba ofreciendo. Solo tomó la llamada cuando le dijeron que provenía de su país.
_ No toques el carro fúnebre- gritó tras las líneas- y no me interesa de quién se trate.
El hombre del sur, que no había vuelto a casa en veinte años y al que nada podría impedirle hacerlo ahora, miró al Secretario General esbozando una media sonrisa.
_ Abre el garage- le pidió.
El carro fúnebre era un Volvo del año anterior. Parecía un Station Waggon y solo le colocó cortinas interiores de colores chillones para contrarrestar la sobriedad gris del exterior. Regresó a la funeraria porque se le habían quedado los documentos.
_ Acepte mis pésames- le dijo el Secretario General.
_ Acepto su colaboración.
Cuando el burócrata vio los cortinajes insultantes en el carro de la muerte frunció el ceño. Llamó a Suiza. El Jefe acababa de aceptar un precio razonable que incluía relojería de última generación, instrumental trepanante y algunas pocas acciones Nestlé en la Bolsa de Valores capitalina.
_ De qué  hablamos ahora?.
_ Le llama su Secretario Particular, señor.
_ Dígame nomás.
_ Es que se trata de su señora madre, Jefe.
_ Me llamó por lo de las cortinas?.
_ Es que me resultó muy extraño.
_ Está despedido.
_ Pero, señor, depende de nosotros para vivir.
_ Depende de “mí”. El que está despedido es usted. El será acusado.
En los suburbios la campiña era un rosario infinito de luces y la Gran Panamericana un riel blanco serpenteando hacia el sur. El hombre se marcó un número en la mente y miró al cuentamillas. Consideró que a cierta velocidad sostenida llegaría a tiempo para el entierro.
En algún sitio del cerebro donde los flashes se detienen un segundo antes de continuar su rumbo de misterios la imagen de su madre se adhería para regalarle visiones de la infancia. “Hijo, no apures a la yegua, que todavía cojea de la pata trasera, y no la golpees en las ancas porque no acaba de sanar tras el golpe de la rama quebrada, ve con calma, sabes que es tu último viaje a la mina y quiero que todo acabe bien si es que la cerrarán para siempre como dicen. Espera a tu padre y no hagas cosas cochinas con el animal que te puede patear y no tenemos plata para atenderte con los médicos. Almuercen mucho y háganlo juntos y espéralo te digo, hijo”. El adolescente salió sobre la yegua blanca de manchas café y en el medio del camino, donde el barranco bajaba hasta el río, se tuvo que desmontar porque no podía soportar el agradable cosquilleo en los genitales chocando contra el borde anterior de la montura Pelicana. Desde que uno de sus primos le dijo que se olvidara de la masturbación si disponía de una yegua joven cada día, había cambiado el juego de cinco contra uno en todos los sitios de la urgencia y aunque su miembro parecía una lombriz despistada en aquella furnia inmensa la magia de apretar sus ancas y los contactos con sus muslos compensaban la ironía de las proporciones sexuales. Cada medio día  tenia su sesión de sexo equino y si bien era verdad que las espinillas desaparecieron de su cara no era menos cierto que sus extremidades apenas le respondían y se estaba poniendo delgado. Nada interrumpía el embrujo del río en la soledad del camino del minero si exceptuaba la voz llegada desde lo alto la semana anterior que había dicho “goza, cabrito, que solo en las novelas de García Márquez la gente nace diferente si el sexo es anormal”. No había nadie en lo alto del barranco y aunque sabía que no se trataba de miedo o alucinaciones de solitario, lo olvidó. La voz, además, se parecía mucho a la voz del primo incitador que estudiaba Pedagogía en la capital regional. Cansado de dormirse con historias repetidas este medio día solo se bajó de la bestia y la colocó al lado de la piedra rugosa de siempre y trató de centrarla. Primero la yegua lo orinó con un surtidor portentoso y cuando la sujetó por la cola le pateó la pierna derecha y entonces cayó sobre sus ancas y le metió el mentón en el nacimiento de los hijares y la yegua, molesta por algo desconocido que se salía de la rutina de cada día, pateó también los tarros en que estaba el almuerzo del padre hasta no dejar rastro y finalmente metió su casco en el tarro mayor y lo pateó tan lejos que él solo sintió el choque contra el techo de los árboles a la media hora, cuando la gente pasaba por encima del lecho del río lamentándose del accidente y de las casualidades de la vida. La yegua subió sola el barranco desembarazándose de sus arneses y se puso a trotar al lado de la comitiva. Relinchaba con melancolía y a cada momento volvía la cabeza hacia el río. El penúltimo minero en salir de la mina por su almuerzo reconoció a la yegua y la siguió hasta la  poza entre los árboles. El chico se frotaba la pierna dañada con hojas secas y se daba cuenta que se le iba inflamando mientras esperaba que la voz le gritara de arriba la letanía coral del sexo impermitido y lo que decían los libros de aquel hombre raro que hablaba de nacimientos increíbles.
El penúltimo minero le tapó la boca cuando él fue a decir algo y musitó “tranquilo, hijo” y le cortó la pata del pantalón por debajo de las rodillas. “Tenía sed”, insistió el chico. “De acuerdo”, aceptó el hombre, “pero no hables ahora”. Cuando fue a echárselo a los hombros la yegua se desplazó a su lado y le tocó el trasero con el casco anterior. Subió al chico y le pidió que se sujetara en su clavícula y le puso una mano en su muslo. La yegua ganó el llano y el hombre vio que los esperaban. Les hizo señas de que siguieran hasta la casa del muerto y frenó la ansiedad de la yegua tratando de mantener la distancia entre la procesión y ellos hasta que llegaran a la casa del occiso. “Qué pasó”, preguntó el chico, frotándose otra vez la pierna inflamada. “A qué te refieres”. “A esa gente que va delante de nosotros”. “Es una marcha religiosa por el día de los muertos”. “Pero quiénes son”. “Los mineros”. “Los de la mina”. “Claro, murió alguien y lo llevan a su casa entre todos”. El chico calculó que en esa dirección solo quedaba su casa. “Quién es el finao”. “Un minero”. “Por qué papá no vino con usted”. “Porque la yegua llegó junto a mí”. “Dónde está él”. “Debe ir con la multitud”. “Llámelo entonces, necesito hablarle”. “No se puede molestar a los muertos en su día, muchacho”.
La primera gran ciudad del “interior” no era suficientemente grande como para tener que conducir por las circunvalaciones. Había un tráfico muerto  en la madrugada del  Centro Sur del país. De nuevo en el riel sin fin de la autopista estabilizó y abandonó el pie en el pedal como si pisara la piedra base de los tiempos en que su yegua se dejaba poseer sin volver la cabeza. Miró el reloj y se dijo “voy bien en las setenta millas por hora”. Los flashes, fieles aún, le visitaron otra vez. Pero no le concedieron diálogos. Sino las imágenes de la Gran Procesión  del Día del Muerto convertido en especial con pago triple porque en cincuenta años la mina no había tenido que lamentar un solo cadáver y todos los grisús y  desentablamientos eran noticias de otras minas del país que continuarían con sus producciones de rutina y sus vidas monótonas de picas y carretillas, de gases y de barras rojas hacia el puerto de destino. Este día trabajarían hasta la hora del almuerzo y cada minero salía de las entrañas de la mina cuando era avisado de la llegada del familiar con el almuerzo y los compañeros estaban impacientes porque todos esperaban que saliera el último para comenzar la fiesta de terminación de las operaciones ahora que la última veta había entregado la gota póstuma del mineral. En la gran explanada del frente de la mina estaban todos los trabajadores con sus portadores de comida. No había otros porque los dueños eran tan supersticiosos que no permitieron mas de una pareja asegurando que los tríos eran de mal augurio y si se pasaba de ahí en el Da de los Muertos las consecuencias podrían ser catastróficas. Los obreros aceptaron las condiciones y nadie permitió mujeres entre sus portadores de almuerzo. Para mujeres y niños ellos tendrían una sorpresa muy pronto. Los mineros estaban contentos porque los americanos habían cerrado la mina pero los finiquitaron con regalías y les estaban garantizando otro trabajo estable en las cercanas instalaciones portuarias relacionado con la cría de salmónidos en estanques para lo que ya estaban aquí los adiestradores noruegos y canadienses. Verían qué rostros pondrían en las pancartas de  la  nueva pega ahora que el señor Rojas y el señor Zola tendrían que quedarse entre las marejadas extintas del polvo rojo. Los hombres celebraban con chicha y cantaban “ se acabó el cobre y llegó el pescado de río y cuando se acabe el pescado volverá el metal rojo lo prometió Míster Algou aé aé aé qué vivan los muertos aé aé”.
Los dueños esperaban un toque a rebato de campanas conveniado para presentarse y dar inicio oficial a la fiesta de terminación del ciclo minero. Les quedaba otra sorpresa  para sus trabajadores.  Míster Algou se veía ajustándose la corbata, alisándose el bigote rubio e irguiéndose frente al micrófono como si fuera a dar inicio a una campaña por la Senaturía estatal en los Estados Unidos. Y diciendo “todas las instalaciones serán destinadas al Museo del Ciclo del Cobre y sus puertas estarán abiertas con gratuidad y con auspicio de la Compañía”. Pero la campana seguía muda y solo se oían los primeros cánticos obreros. De pronto se oyó algo nuevo.  Algo así como un estruendo en orden, pausado,  tipo carrilera de naipes desprendidos de manos de un jugador experto. El ruido llegaba de la mina y cuando miraron la entrada había desaparecido. Solo veían una tapia negra por donde intentaba salir un humo pobre y un polvo gris muy tenue. Alguien subió la ladera de la pequeña colina en donde se asentaba otra de las entradas de emergencia y alertó que desde allí nada mas se veía un cráter enorme como si fuera un piscina vacía a medio concluir. Tardaron una hora en desescombrar la puerta y llegar hasta donde el hombre esperaba, sentado, a que el hijo llegara con la comida y el parlante le avisara con el último anuncio. El Capataz era siempre el último en salir. El hombre parecía atrapado en una red extraña porque montones de palos del apuntalaje le habían caído encima y estaba encogido y aplastado contra el suelo con la cabeza incrustada en su vientre percudido. Muerto. Los americanos aseguraron que correrían con los gastos del funeral y enviaron  a alguien delante pero pidieron que trataran de mantener a la esposa y a los niños en  casa.
Lo positivo que tienen las autopistas que llevan a regiones es la noche. Sobre todo si uno va apurado, pensó el Máster en Pompas Fúnebres que seguía con el  pedal apretado en las setenta millas. Se apeó para orinar y cuando estaba sacudiendo un caballo relinchó en la cuneta bajo la luna de cuarto menguante. El sabía que era un caballo pero montó de urgencia para seguir asimilando los flashes que le visitaban en la ruta.
Durante el velatorio y el entierro estuvo con los otros niños y la madre distribuyó sus preferencias sin caprichos. Observaba en silencio como recibían pésames, consejos y promesas, en tanto los más chicos eran depositarios de miradas desconsoladas y caricias tiernas en sus cabellos raídos. El minero que lo había recogido en el río pasaba mucho tiempo con ella pero no los miraba cuando hablaban. La única vez que se fue al patio para salirse de tanto mutismo la yegua estaba echada, apoyada en sus patas delanteras, con la cabeza erguida y mirando a la puerta de entrada. Le acarició la frente en la zona del lunar como pera salvaje y la bestia bajó la cabeza como si le pidiera perdón. Se tocó la venda de la pierna y le haló las orejas desgarrapatadas. “Nunca más”, le dijo.  Una hora antes el americano se había reunido con la madre y  ellos tres en la cocina . El entierro estaba a punto de salir. Les aseguraron una pensión vitalicia que superaba a la jubilación normal, educación para todos hasta la graduación universitaria y la dirección del Museo a la madre así como la construcción de una casa nueva en el plazo más  corto posible. La madre lo agradeció pero desestimó vivir en “otro Seweel” y les pidió que si de veras eran tan  magnánimos la ayudaran a mejorar la casa propia. El americano concedió el deseo y encabezaron la procesión hasta el pequeño cementerio. Lo depositaron en la sección cuarta de una bóveda con puerta de mármol de Carrara y cuando se despidieron uno de los americanos dijo que en el instante que ella lo estimara comenzarían con el Mausoleo en su memoria. El único minero muerto en medio siglo y el Capataz impecable se merecían cualquier cosa y más también. La señora podía estar segura de ello para siempre.
En la casa sin hombres los niños se fueron a la cama, cansados de los ajetreos del velorio. Desde la muerte de los abuelos no habían visto nada tan lúgubre y ahora este acontecimiento tan imprevisto les había llenado la casa de rimbombancias y afectaciones extrañas. Apenas sabían de lo que se había hablado entre su mamá y los dueños de la mina. Por no decir que las palabras pronunciadas parecían salir de bocas de gentes que hablaban otro idioma. La madre lo sacó del cuarto donde dormía con el hermanito más pequeño. “Siéntate a mi lado”. El sabía que ella ya sabía. “Tienes doce años y quizás todo lo que hable de aquí en adelante sea en vano.  Sé que solo cometiste otro error pero esta vez fue crucial. Te advertí de las cosas cochinas con la bestia. Lo que ocurrió fue casual, está bien, pero ocurrió y es imposible dar marcha  atrás a los misterios del Destino. No te maldigo, hijo. Pero sí te castigaré.  Azotaré tus huevos todo el tiempo que dure nuestro luto con un látigo confeccionado con las crines y la cola de la yegua. Descuida, recibirás los azotes vestido, tienes que aprender a no llegar tarde jamás a ningún lugar”. “Cuánto durará el luto, mamá”.  “Nuestro luto”.  “Nuestro luto, mamá, perdón”. “Once meses y veintinueve días”. “Está bien, mamá, cuándo comenzarás”. “Comenzaremos, porque también serás castigado por tu padre desde donde quiera que esté. En cuanto este listo el latigo”. Dos meses después se inauguraron las instalaciones salmoneras y la Compañía Americana comenzó la carretera que uniría al pueblo minero con la costa. Para ese entonces él no podía orinar y cada vez que llegaba el medio día y la madre lo llamaba para el castigo del látigo se quería morir. El primo le dijo que podía quedar impotente de por vida, herniado o chiclano si  su tía no paraba esa atrocidad inquisitorial y la madre respondió que la impotencia era cosa de viejos, las hernias se producían por la ejecución de alguna fuerza bruta y solo se conocían de chiclanos porque hubieran nacido así o perdido un testículo por los motivos que fueran.  El primo ripostó que ella decía esas cosas no porque no lo amara sino porque desconocía el efecto producido por muchas acciones desesperadas. El primo era el único que sabía del castigo porque la nadre se cuidaba mucho de que fuera secreto para no lastimar su dignidad y ni tan siquiera los hermanos sospechaban del suplicio. Una tarde él la sorprendió halando a la yegua por la interperie de la pampa. Le preguntó que a dónde iba. “A matarla”.  El le recordó la historia de la yegua y ella lo dejó contar hasta que dijo “ papá podrá perdonarte que me hagas lo que me haces pero no que le mates a su yegua”.  “No es asunto de perdones, hijo, se trata de alejar todo lo que nos traiga recuerdos de muerte”.  El niño insistió.“Mamá, si fueras capaz de recordarla llegando con la mamá yegua cojeando y medio muerta con sus heridas de bala en el vientre y a la potrilla chupando de unas tetas secas y cayendo tendida en el patio y tú y papá dándole leche en un biberón a la potriquita y enterrando a la mamá en la pampa y la yeguita creciendo y siendo la mascota de todos en la casa y tú y papá jurando que solo trabajaría llevando  el almuerzo a la mina y que regalarían todas sus crías como agradecimiento y que cuando no hubiera que llevar el almuerzo a la mina se quedaría pastando en la pampa para toda la vida hasta que muriera de vieja, si pudieras recordar eso, mamá”.  La madre se detuvo delante suyo y él pensó que le había ganado la pelea de la nostalgia tocando su corazón de madre. Se volteó. “No trates de sensibilizarme, hijo, que me volví dura de verdad y no quiero ni sombras de la muerte a mi alrrededor”. La madre continuó pampa al este con la orden de ajusticiamiento en su mirada.  “No te maldigo, madre, pero si la matas de verdad, no solo no llegarás tarde a ningún lugar sino que no llegarás jamás a ninguna parte”. La mujer se paró otra vez y la yegua dio un tirón a la soga y la sacó de sus manos para ponerse al lado del niño y agacharse para que la montara. La madre lo observó. “Y cómo es posible que te haya pateado”. “No sé, mamá. Tal vez de la misma manera en que pudiéramos explicar que la mina se derrumbó el último día con el último hombre dentro esperando por el último almuerzo del primer hijo que estaba haciendo el amor por última vez a la última yegua que nos visitó aquel verano”."Está bien, no la mataré, pero no la quiero en casa”. “Démosla a los americanas”. “Dásela tú”.  Los americanos se encargaron de liberarla en los potreros de la Compañía en Los Lagos y aseguraron que la traerían alguna vez a la ciudad que planeaban construir para los trabajadores salmoneros. El Jefe de la Compañía le preguntó si podía sacar algunas crías. “Sí, pero a condición de que sus hijos pasten siempre por la libre, no es una yegua de clase”. “Sea”.  La madre recibió la noticia con desgano y le ordenó tenderse bocarriba. “Mamá, me vas a  hacer daño”. “Mira quién habla de daños”.  “Mamá, no seas cruel, por favor”. “Te quiero con la vida, ni mas ni menos que las otras madres, pero tengo que cumplir”.  “Mamá, tú inventaste el castigo, no es sagrado ni religioso y sabes que puedes parar cuando desees”. “No me des charlas, muchacho, estás oyendo demasiado la radio, quién te dijo que los castigos se inventan”. El chico sabía que estaba hablando con las palabras del primo y se cayó. Cinco sesiones más tarde el muchacho se había marchado temblando como si fuera presa de un ataque de epilepsia. La madre encontró una hoja de cuaderno escolar rayada sobre su sábana cuando entró para tirarse a descansar un rato en la hora de la siesta. “Mamá, no tengo espacio para medir lo que te amo ni palabras para decir lo que te quiero, pero me sobra el valor para expresarte que me iré al fin del mundo y solo regresaré para enterrarte al lado de papá”.
La Gran Autopista del Sur se angostó en la media mañana y ahora manejaba sobre una carretera de dos vías perfectamente asfaltada. Parecía que en el sur franco el concepto panamericano perdía razón de ser. El tráfico era espejismo y si descontaba el verde intenso y el olor a lluvias eternas el paisaje era tan hermosamente monótono que daba la impresión de que acababa de salir de Santiago. Los flashes dejaron de sorprenderlo y pensó que quizás fueran como las musas, esquivos y masoquistas.  O relativos y motivados.  Prendió la radio y cuando escuchó dos temas de Serrat y siguió un tercero supo que las esquivas contracciones del flasch estaban otra vez a su lado en la ruta del sur. Dessintonizó. La carretera era estrecha pero aún podía mantener la velocidad y creía poder llegar a tiempo. Apagó la radio. Poco antes de cargar el tanque en una estación Copec se cruzó con una Van frenada de improviso ante la irrupción de un vacuno en medio de la vía y el barullo de un grupo de monteros tratando de evitar una catástrofe.
El primo lo esperaba en el andén del pequeño pueblo y debieron alcanzar el tren en movimiento y él pensó que llegaba tarde de nuevo a algún lugar. El vagón era un amasijo de pasajeros charlatanes y hediondos que se acomodaron en los pasillos mugrientos cuando los asientos se acabaron. De pie, recostado contra el sanitario, le pidió al primo que lo dejara soñar despierto la aventura sin retorno que acababa de comenzar. Y de pronto se prendió una radio. Apenas se oía nada en el barullo sobre rieles pero entre el sueño y la concentración a medias la voz de Juan Manuel Serrat era como una tremenda premonición al filo de la vida. Si yo pudiera unirme a un vuelo de palomas y atravezando lomas dejar mi pueblo atrás juro por lo que fui que me iría de aquí para nunca volver pero los muertos están en cautiverio y no los dejan salir del cementerio... toma tú mula tú hembra tu arreo sigue el camino del pueblo hebreo…
Veinte años después de  nuevo el catalán estaba en el aire. El pasado es irrevocable. Prendió la radio. Quizás fuera un segmento especial con el hombre de Lucía. Dentro del auto fúnebre encortinado con colores chillones la voz cantaba no me siento extranjero en ningún lugar donde haya pan y vino tengo mi hogar si de veras me buscas me encontrarás es muy largo el camino para mirar atrás. Dos décadas de ascensos y caídas, encuentros y desencuentros, la lucha a muerte por la vida que amanece y anochece en medio de las horas. Y siempre un tren renqueante entre los bosques y la pampa, un tren diligencia al norte repleto de detritus de existencias peregrinas. Siempre el largo tren reptando sobre los fierros y Serrat diciendo, cantando, advirtiendo. Sus motivos al partir habían sido otros pero se preguntaba ahora si la palabra “otros” existía realmente en el vasto prisma de las motivaciones reales. Póngase usted un vestido viejo y de reojo en el espejo haga marcha atrás, señora, recuerde antes de maldecirme que tuvo usted las carnes firmes y un sueño en la piel, señora,... soy casi un beso del infierno pero un beso al fin, señora. Cuando empezaron a correr los créditos estuvo seguro de que sus musas se despedían para siempre y apagó la radio. Entonces se dio cuenta que había echado poca bencina y decidió poner las agujas en cincuenta y cinco millas por si las bencineras se espaciaran demasiado en este paisaje desolador.
Bajar la velocidad podía hacerlo llegar tarde pero se la jugó. En todo caso veinte años era demasiado tiempo y todos sabían que no dejaría de llegar en ningún caso. El rito del funeral de su madre era sagrado y aunque se había prometido no hacer la preparación de su cadáver quería mirarla por última vez por si encontraba algún vestigio de perdón en un rostro impertérrito que fue capaz de castigar sus genitales sin contemplación y que si bien no fue causa de impotencia sí había logrado hacerlo indeciso y cobarde en sus relaciones con mujeres porque cada mujer desnuda era compartida con el látigo maldito en cada esquina de las piezas interrogantes. Podrían retrasar la partida también. Solo les llamaría en caso de desperfectos técnicos.
La abrupta geografía de sus sitios estaba intacta si descontaba terrenos desbrozados para la agricultura, alguna residencia a la vera de los cerros y la carretera con los baches de la urgencia. Montañas, planos inclinados, nieves altas y lejanas y el silencio claustral en los espacios de siempre. Se preguntó si Tompkins, el “penúltimo gringo”, no tendría en sus mapas a la tierra que le vio nacer, crecer y marcharse. Sus esfuerzos por hacer regresar a las musas de la nostalgia no prosperaron. Porque las musas, son, en verdad, relativas. Y tienen la rara capacidad de decantar. Veinte años monótonos en la capital, de los cuales doce eran para la Funeraria del Señor Dowenweiler en donde nunca pudo superar aquel trabajo exquisito que los americanos hicieron con el cadáver de su padre, no estaban en sus chips.
Las agujas marcadoras del combustible seguían dando marcha atrás. No tenía valor para simular una avería y pedir bencina en la carretera. Solo quedaba esperar una casualidad. El maleficio podía cumplirse. Y no quería llegar tarde por nada del mundo. Ahora la carretera seguía incorruptiblemente recta y bien asfaltada y la línea blanca divisoria parecía un haz de ángel tendido en el camino de asfalto.  A los lados las cercas de hormigón eran perfectas en su altura y los seis alambres estrellados se extendían con la simetría que debieron establecer los ingenieros del cielo en los prados iniciales. Tras las alambradas, interminables sábanas verdes acabadas de ser tendidas en la cama de barro invisible que alguna vez fue roja. Pensaba que viajaba en cámara lenta. Era víctima de la velocidad en las nuevas autopistas concesionadas de la capital en las que burlar a los prohombres controladores de TAGS era objetivo primero de cada chofer desbandado. A esas alturas ya no era un viaje sino un éxtasis contemplativo. Los demás autos le pasaban impulsados por sus tanques compactos. Disminuyó mas. Que lo esperaran. Ellos no tenían el síndrome del huevo latigado.
De pronto el prado se compactó con los colores del espectro. Una orden misteriosa descendió sobre el prisma y una masa inmensa se levantó a derecha e izquierda de la carretera como obedeciendo a una voz que le exigiera la presencia corporal exacta. Perdido el verde la amalgama se sacudió y el hombre oyó un ruido coro como si aletearan millones de libélulas y la masa se expandió más y aparecieron espacios abiertos y las miles de bestias echaron a correr en desbandada. Era un caminar eterno, un trote ligero,  una danza de cascos y de crines inundando al potrero, una cadencia sublime, un murmullo como de aguas mansas, un himno requiem por la vida y por la muerte, la estampida olímpica, el aria genial por los regresos. El hombre no vio el cartel de bienvenida a la nueva ciudad salmonera ni a las casas levantadas con otra arquitectura en los suburbios del norte. Para él fueron los millones de jinetes del antiapocalipsis herederos del cobre.
Pareciera que el Volvo encortinado con colores chillones avanzaba con la ayuda de una corte de inválidos ilustres. Al fin pudo ver un cartel bilingue. Sabía que detrás de este pueblo aparecido estaría su casa remozada por la promesa de los americanos. Cuando pensaba sonreír algo le cortó el paso.  “Qué paso”, sonrió entonces. Frenó. Si todavía hubiera una remota esperanza de llegar a tiempo para el entierro de su madre la gran aglomeración a su frente lo iba a impedir. Desmontó, entumecido. La masa se acercó y se fue haciendo reconocible.  Casi palpable. Primero era un hombre viejo y una yegua vieja y si no pudo establecer la edad del anciano sí pudo con la de la yegua por la disposición de las orejas y la caída de sus belfos que se abrieron en una sonrisa lánguida. Poco más de veintiún años, calculó. Detrás caminaban dos hombres rubicundos y cuatro niños como de su edad. De “su edad” cuando se fue, decidió. Le seguían dos jóvenes morenos y dos chicas rubias con el pelo corto.  Muy al fondo de la calle recta infinita, cientos de caballos y de yeguas y de crías de todos los sexos relinchando y haciendo una maravillosa música coral de bienvenida.
La yegua de poco más de veintiún años caminó sin trotar hacia él. Le olió y se arrodilló a su diestra.  Le puso la mano sobre las crines canosas. “Yegua”, dijo. El anciano expresó “llegas un minuto tarde pero ella también partió tarde y no llegó a ningún lugar” y al darle la mano agregó “hijo”. Los hombres rubicundos corearon "hay una casa para ti en el pueblo americano de los salmoneros por si  te quedaras”. Los cuatro niños simbióticos levantaron sus cabezas y entonaron “bienvenido, tío, queremos saber si nos traíste empanadas”. Los dos jóvenes morenos le abrazaron de improviso."Somos sepultureros de pasados y mudos de recuerdos, quédate". Las rubias peladas a lo varón declamaron “estás delgado pero harto exótico y le encantarás”.  Uno de los hombres rubicundos se acercó y los dejaron solos. Se metió los dedos en la boca para silbar y luego pronunció un nombre doble bilingue. De entre la multitud salió una joven mujer montada en una yegua briosa y sonreía como si modelara en los Rodeos de Rancagua. El colorín le pidió acercarse. Y que desmontara. “Es mi hija. Tenía la mitad de tu edad cuando te fuiste. La yegua es la última cría que tuvo la yegua madre y estoy seguro que recuerdas como me la regalaron porque no olvidarás que tus padres regalaban cada cría de la yegua salvada aquel verano como agradecimiento a su llegada y a la manera cómo había logrado unir a la familia. Observa como es idéntica. Mi hija dirige el Museo de la Mina que es Patrimonio Regional y quiero que se conozcan”. La rubia le dio la mano y cuando estrechó sus dedos le encajo las cuatro uñas en sus articulaciones. “Después que se conozcan te reto a que regreses al ruido y al smog”, sentenció el padre.
El hombre llegado de la capital nunca supo como se montó en la vieja yegua y partió calle arriba por entre la aglomeración que le abría paso con regia solemnidad. En campo franco vio que alguien trotaba a su lado y solo hablaron cuando llegaron a la vieja casona remozada después de los acontecimentos de la mina. “Piensas seguir al cementerio”. El hombre desmontó y la ayudó a bajar de la yegua briosa y ambos, en silencio, sacaron la impedimenta y se sentaron en la escalera del porche americanizado. “No, dijo el hombre, no deseo volver a llegar tarde a ningún lugar”. La yegua y la hija se acercaron y levantaron sus patas delanteras. Ellos acariciaron sus cascos y los movieron de norte a sur porque las bestias no querían otra cosa que saludarlos de manera especial. Se alzaron desde sus patas traseras, relincharon y salieron despavoridas hacia los predios verdes del oeste de la ciudad americana donde tenían asegurado un espacio sacro hasta el fin de los tiempos.
La mujer rubia del cabello a lo joven se frotó contra su lateral izquierdo. “Te afectaron los latigazos de tu madre dónde sabes?”.  El le miró con una sonrisa triste. “Precisa eso de te afectaron”. “Acabo de precisarlo al decir dónde sabes”. “No”. “Se supone qué estés seguro”. “Sí”. Ella guardó silencio. El ripostó. “Es que sería una condición?”. Ella se levantó riendo como una colegiala. “No, pero como papá está interesado en que su única hija le de un nieto rubireno chiricano”. “Qué haría como esposo de una museóloga patrimonial”. “ Por lo menos no tendrías que trasladar o embellecer cadáveres para ningún camposanto porque allí no habrá muertos y los objetos estarán vivos para siempre”. "Visitan al pueblo”. “No tanto como a Seweel, pero casi, creo eso se resolverá con los turistas que siguen llegando al sur con prioridad”. “No me veo en ese ambiente, la verdad”.  “Me encargaré de ponerte un buen espejo delante de tus ojos. Chuta, como te pareces a Camiroaga”. “Tú te pareces a Tity Aubert, en serio”. “Me estás diciendo que eres mi Cristian Castro”. “No, nunca quiero decir cosas, mis cosas las digo”.  Ella se paró primero y le tendió las manos. “Levántate”. “Supón que hagamos de esta casa una sucursal del Museo Minero”. El lo supuso.  Ella lo introdujo en la casa. Aún olía a látigos y a inciensos y se le encogieron los testículos salvados. También olía al amor incondicional de madre creída en  escarmientos. Abrió una puerta y pasaron a una pieza con decoración sincrética. Sobre una mesa de ciprés había dos fotos. Delante de las fotos había una grabadora chica. Ponchó Play.  La voz de la anciana pecosa dijo “te la entrego, boy, trata de que sea feliz”. La voz de la señora con rostro aindiado y arrugas  irreverentes dijo  "en el mundo de las yeguas esta no llevará almuerzos, hijo”. Entre el dolor y la hilaridad él se dio cuenta de que le habían preparado una trampa cuando su madre estaba al borde del coma y la señora americana solo había prestado su voz desde la imagen del cuadro. Se sintió sobado por una mano metida en sus cabellos y otra mano bajando por su pelvis. La chica lo empujó a la cama. “Hoy no es Día de los Muertos, el amor es Vida”. Tendido bocarriba se abandonó a la magia de su perfume joven y respondió al beso. Ella tomó poseción  de la tabla que ya no necesitaría la mina extinta. Liberó la lengua. “Los latigazos de las madres solo enseñan”, jadeó.


Noviembre 6 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.

1 comment:

  1. Si no te conociera diria que eres un chileno.No dices que nada mas llegaste a Concepcion?. Es un cuento precioso, la verdad. Cual es tu influencia, Faulkner?. Esta bien escrito y tiene correctamente delineadas las "partes" del genero.Las secciones del accidente en la mina, el regreso a la casa y lo que pasa durante el velorio son escenas memorables, lo admito. Tu eres muy fantasioso, y no "celebro" lo fuera de lo comun. Que atrevido eres con esos pobres animales, amigo.
    Me encanto El nino de la mina. Como eres "guajiro", a lo mejor te ocurrio "eso" con alguna potranca. Por suerte no hubo muertos....

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