Thursday, March 24, 2011

Mujeres en la costa._

Lo que la primavera hace con los cerezos.

Muchos años después, masticando las migajas del último exilio, el Caribeño habría de recordar el fin de semana en que Ella le invitó a su Casa de verano recostada en el agreste paisaje del Pacíco. Entonces San Sebastián era un pueblo de playas ordinariamente comunes en la costa central chilena, con calles desasfaltadas y residencias pugnando por  mostrar al forastero las miles de diatribas arquitectónicas del concepto ecléctico. La comitiva- mezcla nutricia de Dios y Satanás con todos los amores del libre albedrío y la tolerancia cierta- había arribado en un Chevy de la década de los noventa del siglo XX sobre la Autopista del Sol que ellos disfrutaron como moderno Camino de la Noche. A la izquierda, Cartagena de Indias se insinuaba con sus recovecos estructurales cobijando a los fantasmas de cada uno de los personajes ditirámbicos que en el mundo han sido. A la derecha, las moles conurbadas de Valparaíso y Viña del Mar eran invitación primera para la cópula con la zaga de  Pablo en las aguas sagradas e inigualables de Isla Negra.
En la Casa la puerta cedía ante el empuje de la llave con chirridos orgásticos y el espasmo de goznes semivírgenes prometía un orgasmo residencial de altos kilates. La baja noche era tan promisoria como el Pisco Control bautizado con las lluvias ligeras de las bebidas light que bajaban libres por los gaznates áridos. Ella fue una noctámbula paseando sus amores a medias por donde los preservativos del ayer caminaban a los patios selváticos y los ayes eufóricos se despaseaban en la frontera vecina. En algún momento dijo “es machista como el otro” y aunque una abeja reina pugnando por romper el ocaso de su sangre latina acechaba  desde las sombras parece que el encanto de la primavera salvó la sinfonía en do mayor.
La música que trajo el Caribeño de su Tierra contagió el ambiente y la promesa de lo mediato pareció escudriñar los trigos del olvido. Alea jacta est- alguien no dijo. Pero debió. Durante años la Casa sirvió para vacaciones familiares,  alquileres mixtos y las futuras orgías semipaganas de cuando los cónclaves en Alameda terminaban en la Costa.  Tanto como para desintoxicarse del smog capitalino y tratar de beberse todo el aire puro de Poniente, la Casa anfitrionaba con comidas opíparas y se libaba con pasión de mariposas extraviadas. Los curados de urgencia destrozaban portales y algunos úteros regresaban llenos de vida por el Camino de Santiago. En ocasiones los cabros, creciendo incontenibles,  ocupaban la residencia de la playa y en la vuelta, el desorden y las pérdidas rompían todos los mitos del sombrero de tres picos. Casi siempre las malas yerbas estaban enseñoreadas en los alrededores e inundaban corredores y paredes con furia de langostas en crisis. El hornato quedaba para otro verano. Sin embargo la Casa desafiaba a las estaciones y era adorablemente vivible cada temporada. Porque una Casa, más que un objeto gestado por el hombre,  es un ente que late y que vibra, que emite buenas ondas y que piensa positivo y que cree en quienes la poseen cada primavera con deleite agradecido de pernoctadores de luz. Muchos años después, el Caribeño la recordaría con una mezcla de dolor y dulzura, de nostalgias truncas y de antipasiones innombrables. Con amor.
Cuando el Caribeño llegó a Santiago de Chile principiando el siglo XXI contactó al suramericano que vegetaba en una laguna horrible de zargazos mediocres. A partir de entonces tejerían una amistad que ni los valladares mas incongruentes de la idiosincracia pudo matar. A través suyo conoció a las volubles noctámbulas de La Comunidad que asistían cada viernes a una iglesia colonial en Alameda con San Antonio para adorar a Jesús en tanto el reloj no les indicara que era hora de demostrar que María Magdalena andaba tras otros derroteros. No dejó de conocer a otros y a otras en el entramado de la vida capitalina en la que se sentía como rey sin corona con doble nacionalidad. Ellas coparon su dedicación y Ella se hurtó las palmas de su tacto a pasar de las diatribas extrañas de una noche destiempada. El Hombre Mirando al Sudoeste venció la indiferencia aparente de una rubia otoñal y para ese entonces podía ser dueño de su tiempo, ganar su estimación, atesorar remembranzas de porvenires y sobre todo plantar sus enormes asentaderas en el asiento delantero iquierdo del Chevy del siglo XX.  Era cierto que no le permitía aún compartir sus jugos de durazno añejado pero él se gozaba cuando era calificado de “mi chofer” y oía “viajaremos a Cuba”. Disponía de su hombro pedagógico y pensaba que esta noche nada le impidiría gustar sus salivas candorosas y cansadas.
Caribe fue invitado a San Sebastián y centró su cuerpo en el Chevy con indiferencia de violador de autos en las carreteras de su país. En el póstrer exilio habría de recordar la complacencia de los burgueses venidos a menos esquivando la retahíla de buses en aras del coche seguro, urgente y portador de lo que los humanos llaman la quintaesencia de la comodidad y postrados ante la estatua de quien los había puesto a soñar sobre ruedas y se llamaba Henry Ford. No importaba que las tarjetas de crédito les fueran consumiendo en el día final de cada mes. La producción en serie. El viaje había sido postergado para la noche porque él estaba haciendo el turno del día en la fábrica de vainas de cuchuflís- recordaría, después, al norte de sus sitios, cómo se mató de agradecimiento por el gesto- y nadie quería dejarlo solo en la ciudad pulpo.  Caribe rompió todos los récords de velocidad para llegadas exactas. Pero fue en vano. Para su arribo a la casa de Ella en el oeste de la ciudad, la soledad era un monumento monolítico a la nada. Lo que probaba una cosa. Los chilenos son excelentes anfitriones que siempre llegarán tarde a cualesquiera de las incontables citas con el tiempo. Mientras revisaba fotos recientes en las que su figura luchaba por borrar los estragos del pasado  la otra dama de seda sorprendió con su efluvio de quiwe maduro y el Partido de los Veraneantes de Fin de Semana estuvo completado. Las señoras le situaron  en el centro de sus cuerpos y él se complació rodeando sus hombros en tanto los muslos jugaban a esquivarse en los baches inexistentes de la ruta primermundista. Melipilla. Talagante. Las ciudades que algún día acabarán por conurbar Santiago con la Costa. Los peajes y el atisbo del Oceano Pacífico. La Cordillera de la Costa apenas vislumbrada en la noche inclemente. San Sebastián, tras charlas con ribetes sin pausa y un Chielentino manejando como si fuera Fangio de farra con sus amigos de Boca. Caribe recordó que se trataba de su segundo encontronazo con el Pacífico. El verano anterior había recorrido desde Papudo hasta Maintencillo haciendo de copiloto al hermano de Chilentino que trataba de sobrevivir vendiendo manjares adulterados en la costa norte de Quinta Región desde que sus socios le habían sorprendido con la expulsión de la Sociedad Cuchuflera por motivos que tenían que ver con su baja capacidad empresarial. Esa vez Caribe era su amigo y no su subordinado. Por lo menos en el litoral central el Pacífico era todos menos que lo que trataba de indicar su nombre. Aunque Thor Heyerdal afirmara lo contrario desde el romanticismo tardío de su tour kontikiano. Durante el viaje se habían demostrado tres cosas. Que Chilentino era magnífico chofer. Que San Sebastián está pegado a Santiago si se viaja en un Chevy  de clase. Y que el Caribeño dormiría con ambas damas o al menos con una. Hasta ese momento dormir con una mujer no era otra cosa que el compartimiento de un lecho en la difusa abstracción de los cuerpos.
Caribe recorrió la Casa de verano mientras el resto de la comitiva preparaba condiciones para iniciar el carrete.  Nada sorprendía a la retina. Ni la cocina comedor ni el mobiliario. Ni la parafernalia plástica de las paredes. Ni la exigua biblioteca frontal en donde los clásicos juveniles jugaban a las ediciones baratas. Ni el baño, condenado a sus espacios de urgencia en los cortinajes sin pompa. Ni las piezas, cubículos diseñados con la despilfarrada sobriedad de  los sitios donde nadie habrá de lucirse de exigente.  Hermosa la Casa interior. Como las Casas donde manda el corazón por sobre los palacios minimalistas de Lo Curro y la suntuosidad estilo Angellini. Como los interiores donde no habrá ni un ápice de las mentes futuristas que pasan sus postgrados en Malasia y se asombran con la nueva ola arquitectónica desplazada al este del planeta. Caribe recordaría luego- en las plazas donde Write imaginó y ejecutó la Casa de la Cascada y otros orfebres del acero, el aluminio y el concreto dúctil parieron los grandes centros direccionales y los magaartistas soñaron las paralelas sin fin   de las torres que alguna vez serían zona cero- el dulce y asombroso amor que le insufló en cada una de sus neuronas la placidez deshinbida de la Casa  de Ella casi recostada en las riberas de Poniente. El traspatio era caos de vegetación hirsuta y la mujer rodó su cuerpo   sobre la yerba crecida tras el alcohol de las uvas retardadas. “Un día vendremos por la poda”-dijo, levantándola por las falanges de sus dedos. El lugar olía a mermelada de duraznos cuando alguien sugirió visitar la playa.
Como un arco de luz cegadora las poblaciones de la costa eran veladores perpetuos de la fiesta nocturna.  Para cuando enrumbaron la calle asfaltada- milagro de macádam en un pueblo con aceras de polvo- hacia la mar, las palabras habían ofrecido sus decibeles de rutina y la cosa polifónica (cacofonía existencial) era una suerte de video desclasificado en las catacumbas de lo ignoto. E insufrible.  Abordar las temáticas de La Comunidad era volver a llover sobre mojado, una válvula de escape por donde emergían  los dolores que nada sanará aunque los engaños inmediatos jugaran a los encontronazos imposibles. Suerte que cada quien comulgaba con sus aflicciones y era dueño absoluto de sus requiebros  y de las recetas donde los paliativos surten el efecto del boomerang neurológico. Años después Caribe rememoraría la voz interactiva de sus cofrades  y cómo no fue necesario incluirla en su crónica de Guerra no declarada en las noches soberbias de San Sebastián.
Nada de Pisco Capel o asados con ensalada ni choripanes el sábado en la noche. Más que por la grasa acumulada en la anatomía de muchos chilenos, el peso nacional esquivo entre la maraña de la crisis global cambió la cena. El imperio del completo clásico, el pebre fácil y la vienesa presta se amaridaron con el Control inusual de treinta y cinco grados rebajado con los edulcorantes deslaicisados de ocasión.  El fondo de trova tradicional que trajo Caribe puso un toque de exotismo al decorado y tanto fue el encanto  de voces y sonidos de guitarra que se dobló la propuesta y él sintió,  entre la alegría y el dolor, el trabajo de sus compatriotas rescatando los ritmos de los muertos en las memorias del tiempo   para regalar una música única capaz de revolcar los corazones en los lodazales más turbios del amor. Aunque tú me has echado en el abandono. Revolotean lindas gaviotas. Yo no quiero sufrir. Lindo Caibarién. La mujer de Antonio camina así. Las imágenes estaban siendo captadas por la Canon que trajo el hijo de Ella  de Arizona el invierno pasado
La playa, alargada y lisa hasta las luces del norte , de arenas profundas y olas tormentosasa y gelidez ártica eran, en la oscuridad del mes nueve, una alucinación de la memoria creativa. Abrazados ganaron la brisa y las estrellas. Había una soledad de páramo y todos los fantasmas del mar jugaban al reencuentro con las aguas invictas. La aureola de Seoanes ondeaba como si el último grumete comandara las cohortes de Pratts y este besara las ingles contestatarias de  las mujeres de Fondarte y compañía. Las algas del milenio mordían las piernas con estrépito de bisagras malditas mientras los caminantes de la noche pacífica caminaban con prisa sin prisa, se detenían, continuaban,  arrobados por la gracia perfecta de los ecos de la mar.
La dama de la piel de seda- sirena maleable- se detuvo entre las redes originales de un pescador despistado, preguntándole, quizás, por los motivos del dolor. Por si -tal vez- las razones de la dicha andaban navegando en los fondos de corales azules. Abrazos lastimados y cariños a medias.  El amor de las sombras. La exitación de la humedad bendecida por el viento que fluye. Tras las espaldas, un horizonte mudo y despiadadamente oscuro, conducía a la tropa de arcángeles capitalinos. En la noche, la playa es un ataúd lleno de rosas. Solo urge de una misa, un requiem y un filme tres x. Para que permanezcan las flores. No más.
En la penumbra, sola, la Casa entregó de nuevo su calor. Caribe percibió el resfrío que lo amenazaba y su pecho cimbró como si las erupciones del Manquehue fueran ciertas.  Estaba bien. Los fondajes del Pisco y los brebajes de mixtura y los pocos fiambres quedados en la ida les regresaron a los asientos y alguien musicalizó otra vez el espacio con la música traída de las islas del Caribe.  Para entonces el trío de damas presentaba diversos estados ambientales. Blonde Cisterna adujo sueño porque la cena a deshora y lo antiecológico le habían puesto la carne de plumífero. Requirió permiso con dubitación y se fue a la pieza de Ella, al fondo de la luz.  Ella recargó los síntomas alcohólicos y parecía en la madrugada una hembra de arrabal destornillando memorias calcinadas. Años después - y a pesar de todo- Caribe dudaría acerca de si su pose de la noche fue la actitud de una mujer curada, filme nocturno o strees de litoral. Piel de Angel mostraba tanta ecuanimidad como una virgen después de mil lecturas del Kamasutra. El mutis de Chica Blonde dejó en ascuas a Caribe. Porque era una manera de decirle al sudamericano “de eso nada”, a menos que se tratara de una acción planificada. Caribe recordó que esta noche dormiría con las dos mujeres e imaginó el par de camas personales unidas y él haciendo de la carne del emparedado entre las dos y a Chilentino pasando infurtivamente a la pieza de la dueña de la casa. Luego se enteraría de que la relación aún no pasaba de roces ingenuos, esperas conservadoras y guiños mediáticos. Desgranados los últimos tragos y deshechas las últimas golosinas se fueron de nuevo al patio para coger aire y mirar las estrellas de la baja madrugada. Piel de Angel plantó a Chilentino en el alero del beso y Caribe debió regresar con Ella casi cargada porque el alcohol le tenía nokeada. Pero estaba lista para ensañarse con él, matando su caballerosidad tan bien cotizada en los cenáculos santiaguinos. Todo había comenzado porque él no quiso bailar la trova de su país aduciendo baja capacidad técnica y Ella expresó “nadie lo ha visto bailar jamás”. El dijo algo en broma que la molestó y le lanzó un libro que destrozó su ojo izquierdo. El dijo que era una mujer borracha y ordinaria y  entonces le vertió todo un vaso de sobrantes de tragos en la cabeza y golpeó su cuerpo con sus manos de karateca en desuso. El dijo que se marchaba y preguntó si habría buses a esa hora y salió al patio frontal y no le pidió el auto a Chica Blonde porque la pensaba dormida y no estaba seguro si Chilentino le llevaría a la Terminal. El bromeaba a medias pero no se explicaba su comportamiento. Porque pensaba que Ella estaba conciente del Compás de Espera.
De pronto se dio cuenta que los habían dejado solos y Ella lo miraba con su mirada verde y se tambaleaba como una desempleada de Calle Suecia curada con un trago barato. Sin decir lo siento se metió en su habitación, donde la Marylin criolla dormiría o simularía el sueño en espera del gaucho. Caribe se sintió como el hombre primitivo en una sala demasiado grande para él. Su destino era el norte de la casa y por esta noche no dormiría con las dos mujeres. En el cuarto las camas estaban en su sitio y el sudamericano roncaba como un hipopótamo ahogado con plátanos verdes. Piel de Angel estaba cubierta por una frazada liviana y su cara de niña mala era un soneto gótico en la claridad  lunar de la pieza. Caribe se quitó la chaqueta de los Yanquis de  Nueva York, obvió el diván de Chico Gaucho y se incrustó en uno de los laterales de Piel. Qué estaba más despierta que Bin Laden el once de septiembre y bufeaba como si todas las manzanas de la Tierra se hubieran confabulado contra ella. Hasta ese instante Caribe suponía que dormir con mujeres en los tremedales verdeazules de San Sebastián no era otra cosa que compartir lechos en la difusa abstracción de los cuerpos. Dormir en el sentido legal de la palabra. Demostrar que es posible hacerlo sin dejarse dominar por las hormigas del resabio. Hasta donde fuera posible. Pero Caribe se equivoca  con mucha mas frecuencia de la que muchos imaginan. Porque es dueño de la perfecta imperfección de la perfección.  Cuando los bomberos llegaron solo encontraron cenizas calcinadas y un reguero de palomas amarillas libando azúcar transpirada. Sin embargo la ventana apenas fue tintineada y nunca supo que había más alla de las cortinas  transgresoras. Cuando despertó en el centro del sol , Piel de Angel parecía una Maja tapada a medias, de esas que copan las paredes de las cuevas de Cantabria. Y él le devolvió la razón perdida. “Podrías dejar de preguntarme que si me da verguenza ser tan bonita”, le preguntó. “No”.
Chilentino y Blonde estaban en la sala comedor soñando con desayunos reparadores. Ella parecía una estrella cuneiforme en su cama compartida. Caribe se llegó allí para requerir su calidad de anfitriona y se negó cuando le pidió un beso mañanero. “Tengo la boca quebrada”. “Pobechito”.
La carretera del Pacífico bordea la costa y a veces parece caerse al océano sobre los acantilados.  Las olas rompen con furia y se piensa más en el surfing que en las braceadas. La agenda decía Isla Negra.  Caribe, admirador y a veces alumno imitador de las Odas del poeta, no podía creer que un auto le llevara a una de las casas que erigió Pablo en la costa central. Por esos muchos escritores amateurs hablan de los sueños cumplidos. Iba sentado de nuevo entre las dos damas. Piel de Angel no sabía que hacer en materia de manos  tomadas desde que él aseguró que seguiría diciéndole la frase lapidaria. Una de las dos le tendió una hoja de agenda y garabateó. Puedo escribir los versos más alegres esta mañana. Escribir, por ejemplo, el día está soleado y titilan a lo cerca otras estrellas. Porque en días como este la tuve entre mis piernas y mi alma se conforma con haberla tenido.  Me gusta cuando hablas porque no estás como ausente.  Me gustas cuando callas y mi voz sí te  toca.  Parece que una caricia de cubriera la frente y parece que un beso te mordiera la boca. No quiero hacer contigo lo que la primavera no hace con los cerezos. Las almas gemelas de Caribe y de Ella siguieron parodiando al genio de Parral con pasión de debutantes respetuosos. Piel de Angel sonreía con su boca perfecta. La casona apareció en el horizonte, Chilentino dobló hacia la costa como había hecho su hermano en Papudo y mató cada recoveco y cada angostura de la tierra hasta que el Chevy se posó en la arena y la casa de Pablo se ofreció toda con su fondo de rocas y de mar.
A Poniente de su cama en Santiago Caribe tenía afiches apaisados de Chile que había pedido a los comerciantes de Pío Nono recién llegado al país. Dos destacan del conjunto. Uno por la tipicidad del campo con su  vivienda clásica de clase media, los pastos y vacunos, el bosque siempreverde y detrás la infaltable  e imponente Cordillera de Los Andes. Y la casa de Pablo en Isla Negra.  Una vista tomada desde el mar. Casona y parterres, las piedras oscuras y la Torre, la segunda planta y la vegetación exhuberante a retaguardia.  A la derecha, el poema 20 sobre fondo verde. De modo que cuando llegaron él sabía donde estaba y no hubiera necesitado tener anotado en la Agenda el itinerario del día. En las terrazas y veredas había turistas nacionales y los curiosos merodeaban por la zona baja buscando souvenires.  Las cinturas de avispa y los cabellos de trigo parecían desmentir la aseveración de alguien que dijo que “hoy no había extranjeros del Norte”. Subieron por un camino de tierra dando curvas hasta donde una escultura da la bienvenida.  Subiendo más se tropezaron con una explanada que era patio frontal y él besó el espacio anta tanta suerte demorada. Al norte, una maraña enrevezada de verde vegetal, piedra bruta, escaleras, anuncios publicitarios y la sin par arquitectura de la costa, custodia Isla Negra.  Caribe había trabajado en Museos en su patria y conocía muy bien los macanismos que mueven al sistema. Así que no se asombró al enterarse de que cada visita era dirigida y pedida con antelación.  Y qué por tanto, esta vez habrían de conformarse con lo permitido al público general. Los costos eran acequibles para cualquier bolsillo y por eso, decían, la casa nunca se vaciaba.
El isleño conocía la otra casa de Pablo en Bellavista, Santiago. Toda una tarde, junto a cuatro japoneses y un matrimonio venezolano enemigo de Castro y de Chávez, había recorrido La Chascona de la voz guial de una estudiante de tercer año de Derecho, quien evidentemente hacía un tiempo extra en la casa Museo, habida cuenta de sus lagunas culturales relativas a la vida y obra del poeta. La pobre chica- con una cicatriz de quemadura en el lado izquierdo de su rostro- no pudo responder una pregunta del samurai en relación con el origen del seudónimo de Pablo. Con una sinceridad digna de celebrar la leguleya dijo que no lo sabía y Caribe esperó por si los morochos lo conocían y casi al final de la gira no pudo soportar dejar en el limbo del desconocimiento a los visitantes ni a la chica y dijo que no deseaba aplastar a nadie con una erudicción que estaba lejos de poseer  pero que le encantaría aclarar el detalle. Pablo admiraba mucho al escritor checo Jan Neruda y a su libro Cuentos de la Mala Strana. Había tomado el apellido, nada más. La chica lo anotó en su agenda y lo agradeció. La Chascona y su forma de barco, llena de recuerdos, quedó atrás, y él volvió a su máquina de vainas de cuchuflís a la vera del Cerro San Cristóbal.
La Casa Museo de la Isla está disponible para quienes van sin convenio, en las terrazas, en el patio interior, en los alrrededores y en ciertos resquicios a donde no llega el afán bursátil de los jerarcas de la Fundación Neruda. En las paredes habitan cuadros cómplices- Alejo Carpentier parece decir que su amistad con Pablo estaba más allá de toda remembranza-  y los Poemas Ejemplares encuadran los textos como visión de voz en lontananza. Caribe les declamó con su timbre olvidado y en cada inflexión final articulada (e impostada) suspiraba con los ecos guturales de los tiempos idos. Hasta que la voz telúrica y altiplánica y nostálgica de Pablo retumbó en los espacios permitidos. Como si poemas, entrevistas, exordios, retazos espontáneos de charlas cogidas al vuelo, se aunaran en  maridaje único. Al regreso un fotógrafo solicitado realizó una toma de  los capitalinos con decorado de créditos de la Casa y en la bajada Caribe descubrió un trasero aerodinámico sobre muslos gruesos y cintura de nada y una piel bronceda y un caminar con aspavientos y algo así como la inovidable reminiscencia de las carnes pretéritas, pero no tuvo tiempo de abordar a la chica. Cuando el gaucho, ex fotógrafo profesional, descubrió sombras impecables en la ladera plana de Isla Negra y quiso plasmarlas para la posteridad, Piel de Angel quedó a retaguardia oteando los pequeños mercados de souvenires. Caribe supuso que se trataría de curiosidad de hembra y se dejó filmar con orgullo de Divo solicitado donde la luz imponía su sello magistral. Piel regateaba como mora de Isla Negra  frente a un tapiz con incrustaciones carísmas de factura naif, sin retenerlo, hasta que le mostró un diminuto pedazo de piel geométrico semicurtido y graficado con caracteres negros que decía te traeré de las montañas flores alegres, copihues, avellanas oscuras y cestas silvestres de besos. Quiero hacer contigo lo que la primavera hace con los cerezos, Pablo Neruda. “Es para ti”, dijo.  Caribe acarició su pelo pigmentado por los millones de etnias que le cargan y dijo “gracias querida, pero si te ripostara no sería original”. Era demasiado tacto y parece ambos recordaron el creyón de labios que ella atesoraba desde que el almanaque le visitó y él le había enviado el presente desde la más dolorosa presencia de su madre muerta diez mil kilómetros al norte. La deuda estaba saldada. Poco antes del regreso Ella le vio el pedazo de piel en sus manos. “Qué es”. “Mira”. Ella leyó. ‘Oh, el texto que tanto te gusta y tanto usas, maldito poeta loco”. "Sí señora”. “Dónde lo conseguiste”. “Piel me lo acaba de regalar”. “Ah, qué bueno”.
Decidieron echarse en la arena, entre las piedras del oeste de la Casa. Ella evocó la polera con imagen frontal del Che Guevara que él le había regalado hacía poco como si quisiera decir “luego irá por mí”. Por suerte  el sol de verano calentaba sin nubes intrusas y Caribe se quitó el pulóver.  Piel estaba recorriendo los acantilados buscando flores inventadas y Ella se quedó con él charlando de la sinrazón existencial.  Chica Blonde se tendió con Chilentino. Cuando Piel regresó comenzó a dorar su espalda con un gel  de marca mientras observaba la distorción de sus músculos y Ella la miraba hacer con sonrisa cortada de mixtos verdeazules. Caribe disertó acerca de cochinadas perversas y urgentes después que Chica Profesora estimara que la pornografía no es otra cosa que un almacén de semen desparramado en las mentes ignotas y el Gaucho fabricara un monumento a la cosa gráfica fornicativa como solaz demoníaco de libre albedrío.  Ellas dijeron “no, sigue” cuando Caribe pensó que podría aburrirlas y él terminó demostrando que la virginidad es antihigiénica. Caribe cree que aburrir a una mujer es la quintaesencia del desastre y siempre tiene mucho cuidado. Sabe que no siempre ha logrado mantenerlas interesadas.
Ahora la carretera de la costa fue eso, una carretera más. En la Casa de San Sebastián les esperaba un arroz a la cubana con pollo al jugo y los restos guardados en el refrigerador. Sin suficientes ollas  no quedó otra alternativa que mezclar los manjares y Chilentino les asombró con un suculento arroz con pollo condimentado con todas las esencias del jardín chileno y la cena improvisada fue complemente de la Once a destiempo que prepararían Ella y Caribe con las compras en el almacén de la esquina. En el filo de la noche, sentados en el portal de la Casa, Piel terminó de leer los textos de Piel Ferlizzi. A saber, una minibiografía artística y un intento de novela en ciernes. Caribe prometió tallerear los  trabajos la próxima semana y abundó acerca de estilos y posibilidades literarias. Los hojeó, por demás.  Piel conversaba como la mujer de Michael Corleone después de la desfloración en Sicilia y Caribe se estaba sintiendo maffioso tropical para el instante en que Piel dijo “cuando tenía pareja y lo hacíamos con harta frecuencia usaba anticonceptivos” y él expresó “de modo qué tienes telarañas” y ella “porque nadie las quitó denantes” y él “así que estás bien viva con las trompas desafiantes” y ella “puedo concebir aún” y él miró su vientre recorrido y lo vio hincharse y latir y descubrió los retoños inteligentes doble y bellos simples y se levantó diciendo “fue hermoso en verdad”. En la cocina Ella daba los últimos toques y él le palmeó las nalgas y dijo “vamos”.
San Sebastián se prolonga al sur bajando y subiendo las estribaciones de la costa hasta unirse con Cartagena, la ciudad de las playas más cotizadas, de La Popular, de la arquitectura ecléctica, de las edificaciones cayendo sobre las aguas, del Malecón breve, de las grandes piedras negras conteniendo la furia del mar, de los sitios donde el hombre venera a sus dioses y rinde homenaje palpable a los santos y vírgenes que le han hecho algún favor. Era casi noche pero Caribe no quería irse sin conocerla.  El dulce nombre le recordaba a la ciudad española del País Vasco, playera y portuaria también, pero sin el desorden estructural de sus construcciones.  Cartagena de Chile era una copia errada de Cartagena de Indias en Colombia, donde el estilo colonial se repetía en cada Fuerte y el mar era benigno.  Cartagena de Colombia le recordaba a las ciudades caribeñas emplazadas en los litorales.  Cartagena de Chile en la noche no era nada parecido a ninguna otra ciudad que él recordara.  Caribe nunca había salido de su país pero pocos podían darse el lujo de atesorar tal cantidad de fotos y de textos sobre la parte urbanizada del mundo.  Y Cartagena de Chile, a pico sobre el mar, sembrada en los acantilados, desteñida y reptante, sucia y olvidada, con su malecón distorcionado a medio camino entre el sueño y la pesadilla, era una congestión indescriptible de otras ciudades dispersas por la Tierra. Como esas ciudades portuarias desde las que salían los navegantes eternos y los filibusteros patentados después de meses de organización y detalles.  Para él fue Estambul y San Juán de Accre, Valparaíso y Papudo, Santiago de Cuba y Haiffa, los castillos europeos y las fortalezas inexpugnables de los tártaros. Todo y nada.  Como algo puesto en Chile Central sin el más pequeño respeto arquitectónico por la idiosincracia criolla. Pero era solo el exterior, la mirada externa. Porque en cada calle que se mete hasta los cerros están los mismos comercios y restaurantes, idénticos comerciales y pubs, las mismas baldosas y el mismo asfalto destartalado, las mismas reconditeces religiosas con las miles de imágenes que venera el pueblo codeado con la crema social media que la visita en sus ratos de ocio. Cartagena es una ciudad fantasma, como salida de la pluma de Hobert Lovecraft y la desbordante imaginación de Seoanes.  Parece que en sus lares pululan los innumerables personajes del mar y cuando se está apoyado en las verandas del malecón, debajo, bien al fondo, las olas rebotan con fuerza ciclópea contra muros y piedras, algas y detritus y se alejan como para regresar con todos los bríos de la borrasca invencible, la sensación es de presencia de Simbad y de Drake, Lord Jim y el Capitán Nemo,  Marco Polo y el navegante fantasma de las Mil y Una Noches, Orca y Moby Dick, Nimitz y Okuragua, el Ultimo Grumete y los Capitanes Sucumbidos en el Triángulo de las Bermudas, escenario póstumo donde Caribe improvisó fragmentos de poemas al filo del abismo y Ella preguntó “estás circuncidado” y él dijo “nací en las islas tropicales y no soy un ciego admirador de los tentáculos del Imperio Romano de Occidente pero sí soy alguien de prepucio atrasado en la corona” y  Piel de Angel caminaba como sonámbula debajo de los mausoleos amateurs separada de Sandro Gaucho y tal vez pensando en la próxima ocasión íntima en que no tuviera que ladrar “no pasa nada”. Cartagena es un mosaico de demonios y de retazos en la memoria del mar. Popeye es litografía perenne y parece que Pratts vendrá en cualquier momento a poner orden.  Perito náutico, cuando llegará para beber los soles del misterio.
En la casa de Blonde Rubia, en Santiago esperaba una belleza de Talca. Caribe, despedido de todos, no pudo volver la cara cuando Piel de Angel le incrustó sus labios en su boca parlante y asombrada mientras Ella miraba con el mutismo del que piensa ha perdido la batalla de la costa. Luego, tendido en su cama de Recoleta, vencido y victorioso, decidió que si bien no había dormido con las dos mujeres en la playa iba a ser muy difícil no continuar haciendo de emparedado en los intríngulis futuros de las puertas afuera.
La tricotomía de la Costa- mujer, playa y arte- era, ahora, nostalgia primigenia.

Octubre 13 del 2002.
Recoleta.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.





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