… y los sueños sueños son.
Como el documental estaba mas allá de la mitad lo abandonó. Se trataba de la Historia de las huellas digitales y era un magnífico regalo de History Channel que trataría de cazar en otra occasión. Lo mismo hacía con las películas. Si no podía comenzarlas las dejaba para después. De todas formas la televisión por Cable podía ser una maravilla pero repetían los programas con tal asiduidad que si uno empleaba todo su tiempo en ver tevé gran parte sería para pasarlo esperando por el próximo enlatado no replisado. Para no hablar de los comerciales. Excepto dos o tres canales de filmes, los auspiciadores tomaban tantos minutos que tenía que hacer esfuerzos supremos para no salir de compras o quejarse del opresivo bombardeo publicitario. Como le había dicho Lachy Cornejo, no hay televisión en el sentido exacto del término sino canales de los spónsors que a veces permiten una ficción o un evento deportivo. No es que tuviera nada contra la propiedad privada y los intereses de sus ofertas. Pero creía también que los televidentes merecían algún respeto para su tiempo individual. Muy caro, por cierto, y siempre sin spónsors. De lo contrario de qué valía el slogan americano que ladraba sin parar que el tiempo es oro. Acaso ellos no eran los amos de la televisión universal.
Así que dejó el remoto sobre la cómoda y salió al patio. Había un día nublado pero nunca el clima pudo contra sus caprichos. Se dirigió al fondo, donde estaba el cobertizo del ganso de Alaska con tintes rosados de flamenco que le ragaló la domadora del último circo que pasó por la ciudad el verano pasado. Dada al regaloneo el ave lo vio venir y levantó la cabeza y abrió el pico. Aleteó como si fuera a despegar con su nuevo dueño rumbo a las islas Aleutianas. Pero como le mostró la correa con el lazo de espuma, bajó la cabeza, sumiso como un aborigen australiano en una fiesta de colonizadores. Era el único chico que se paseaba por las calles de la ciudad con una mascota emplumada y aunque muchos le miraban atónitos y guiñaban un ojo y daban vueltas alrededor de sus orejas con el dedo índice a su paso como para prevenir forasteros a él no le importaba si se acostumbraban o no. Eran el ganso y él en medio de la primavera tardía. Siempre quiso ser diferente y pasear al animal era algo que hacía por placer y porque la domadora le había pedido no separarse de él siempre que no le fuera imposible. La domadora no se refería a este tipo de separación pero eran vacaciones lluviosas y con tan poca plata consideraba que no le quedaban tantas alternativas.
El ganso lo seguía sin destensar la cuerda, balanceándose como todos los gansos y él pensaba que tenía más gansonalidad que Donald y mucha más capacidad actoral que sus gemelos amarillos que se la pasaban en las pantallas anunciando dineros fáciles. Lo llamó Patricio para tener que decirle Pato. Eso no lo sabía la domadora pero la palabra ganso se parecía harto a la palabra gansúa y su hermano estaba preso en las islas porque usó uno de esos fierros en una cerradura que no era la suya y eso le había costado golpizas, fianzas, detención y presidio. Tenía, simplemente, un ganso al que llamaba Pato y a nadie le importaba, incluida la domadora.
Resbaló sobre la primera cáscara de banana pero pudo conservar el equilibrio. Logró hacerlo con las otras dos que estaban separadas por tres pasos de distancia. La tercera cáscara estaba a igual medida según creyó y se detuvo antes de pisarla. Una larga hilera se perdía hasta el fondo de la próxima cuadra y estuvo seguro de que su disposición obedecía a un deseo de alguien para que fueran seguidas. Tendrían que ser señales. Era un reto y el joven del ganso no podía sustraerese a la tentación de lo desconocido. La última cáscara rompió el eje longitudinal perfecto y estaba dispuesta de manera que formaba un ángulo de noventa grados. En esa dirección había una pared blanca y una ventana enrejada que le llegaba a las tetillas. El ganso le picoteó el pantalón y recordó que el campo estaba cuatro cuadras después.
En la laguna había algunos cisnes criollos, unos pocos patos de la Florida y tres gansos rayados. Le quitó el collar y lo liberó. Siempre lo soltaba en el parqueo para aves de los suburbios porque era una ciudad sin gansímetros. Obediente, el ave jamás salía de las aguas. Sería un ganso enjaulado pero solo con ver a sus congéneres se olvidaba del cautiverio y gozaba de las humedades artificiales como si nadara en los lagos de Alaska. Era un gran ganso adaptable y estaba orgulloso de él.
La ventana enrejada estaba abierta cuando llegó. Detrás había una habitación amplia, alfombrada de rojo e impecablemente blanca con una araña ámbar colgando del techo plano. Al fondo, un caballete con una tela de un metro cuadrado. En el suelo, materiales para pintar. Supo que por algún motivo había sido elegido para mirar y se quedó hasta que apareciera el artista. El ambiente no le era extraño. Su tío gay se la pasaba pintando rostros de mujeres y cuerpos perfectos a los que después maquillaba como “práctica” para sus trabajos de maquillador en el Teatro Municipal. Se había mudado a regiones y muchas veces él era su propio modelo. Solo regresaba a Santiago cuando se cumplía aniversario de la muerte de la muchacha comunista que se había lanzado de un farallón en la Costa cuando eran conducida presa en una Van en septiembre de 1973 y que no había querido ser su modelo por mantener sus convicciones ideológicas. La veneraba y homenajeaba en el lugar de los hechos. El tío siempre lo invitaba a su casa y a los bastidores del Teatro y estaba loco con el ganso.
Entonces miró a la calle . La cuadra estaba desierta y le pareció muy curioso que todos los autos y todas las personas y todo lo que se moviera se detenía en las calles que demarcaban la cuadra y se daban vuelta. De pronto todas las puertas y ventanas de la cuadra se cerraron al unísono con estrépito de trueno lejano y el sol salió solo para la cuadra donde él esperaba que alguien comenzara a pintar la tela del fondo de la sala. Pensó de nuevo en que era un elegido pero no sabía por qué.
Antes de que la mujer desnuda entrara en su ángulo de visión recordó a la domadora en las afueras del circo comiendo bananas como monita brasileña y compartiéndolas con el ganso. El se quedó entontecido mirando la estampa y ella le preguntó si lo quería. Dijo que no comía plátanos porque el dulzor le producía caries y ella dijo que no, que se refería al ganso. El dijo que no comía animales plumados que fueran mayores que un pollo y ella dijo que no se lo ragalaba para que se lo cenara sino para que lo tuviera y lo cuidara como mascota. Al final se lo llevó porque ella agregó que estaba sordo y que ya no servía para el circo porque su número requería de buen oído y los dueños querían sacrificarlo. El nunca supo por qué se lo llevó pero cuando se dio cuenta lo tenía en un cobertizo especial comprando alimentos para gansos y paseándolo por toda la ciudad como si fuera un chihuahua o un gato siamés.
Cuando estaba tratando de asociar las huellas digitales de la televisión con las huellas dispuestas en la calle con cáscaras de bananas la mujer desnuda penetró su espacio y solo tuvo ojos para aquella beldad de espaldas que ahora se agachó y preparó las mezclas en una paleta gris y el podía ver toda la línea de la columna vertebral y la curva del cuello bajo el cabello cortísimo y el perfil dorado de su rostro. La mujer se alzó con el pincel en la mano zurda y comenzó a hacer trazos sin sentido como si quisiera pintar un relámpago o una descarga eléctrica de esas que graficaban en su clase de Física. También le pareció un encefalograma porque no eran muy diferentes de las líneas que aparecieron en la hoja rayada de su padre cuando el doctor lo vio a raíz del golpe con la pala de la retroexcavadora de la mina. La mujer cambió el pincel para la mano derecha y ahora las líneas desordenadas fueron en otra dirección y cuando acabó la tela simulaba una fantasmagoría cuboabstracta con signos de multiplicación. Entonces se dio cuenta de que pudo asistir a todo aquel galimatías plástico porque la mujer estaba vestida con plumas blancas y al volverse tenía un pico en la cara y caminaba hacia él como caminan las gansas con sus pichones a la orilla del lago. Intentó huir pero algo lo halaba desde la acera y en el momento en que se pensó liberado del asfalto ella extendió un ala mano y lo cogió por el cuello. A medio metro de sus ojos era una extraña simbiosis gansumana pero le encantó que pudiera conservar dos pechos y dos cadera humanas.
_ Por qué le cambiaste el nombre?- preguntó.
El le oyó pero no podía dejar de mirar sus pechos redondos y suaves como un par de lágrimas de luna nueva.
_ Me oíste?.
Sus caderas se curvaban como cerros jóvenes y brillaban como si mil puntitos de oro adornaran su piel.
_ Qué tipo de cosa eres?.
_ No contestes con preguntas a mis preguntas.
_ Qué hay debajo de esas plumas?.
Con sus manos de pata apretó la garganta del chico.
_ Me da escalofrío la membrana de tus dedos, suéltame.
Ella apretó más.
El intentó meter la mano entre las rejas negras para coger su pico pero el pico afilado de la mujer gansa se clavó en su dorso y él gritó como si lo hubieran crucificado.
_ No se lo cambié. Solo le di un nombre. Se sigue llamando ganso.
_ Por qué no le pusiste Donald?.
_ Porque es un ganso chileno.
_ Es un ganso norteamericano emigrado. Pero eso no quiere decir que ha perdido la nacionalidad.
_ Estás loca, suéltame si es que no estoy soñando.
La mujer gansa sacó el pico de su mano y cogió uno de sus dedos y lo llevó a sus pechos.
_ Toca- dijo.
Eran pechos de mujer y cuando tuvo el pezón en el mismo centro de su mano sintió el vendaval de su sexo disparando el pantalón.
_ Déjame tocarte con la otra.
_ Métela.
El sacó la mano picada y sangrante y la metió en el bolsillo. Le extendió la otra, esperando que ella la tomara con el pico y la llevara a aquel regazo tan cálido y tan tierno. Pero la mujer gansa retrocedió para halar tan fuerte que no supo como pasó entre las rejas y se vio tendido bocarriba sobre la alfombra roja. Cuando recobró la conciencia ella estaba sentada sobre él y se movía como una pata hciendo el amor.
_ Por dónde te tengo?.
_ Por el único lugar por donde puede poseerse a una mujer pata.
_ Me estás quemando el pene.
_ Si fuera un termómetro sabrías a la temperatura que te follo.
_ Pensé que eras una mujer gansa norteamericana.
_ No soy una mujer gansa y no soy de ese lugar. El ganso sí.
_ Por qué dices follar?.
_ Porque soy española.
_ Por eso te crees “Picassa”?.
_ Por qué le cambiaste el nombre?.
_ Te dije.
_ Acelera que ya casi acabo.
_ Te estoy hacienda sexo anal.
_ Yo te hice “dexo” oral.
El se extendió en detalles.
_ Mira a la tela.
_ Sal de mi miembro.
_ Estoy sentada, muy lejos de tu pene, domador.
El se masturbaba.
_ Ese es mi hermano?.
El no podía creerlo.
_ Sí. Y esas son las gansúas.
_ No importa, pónle el nombre que ella quiera.
La voz del hermano salía como a empellones de la tela pantalla y era como si estuviera poniendo su voz para un personaje del mundo animal.
_ Cómo quieres que se llame?.
_ Deja ver que dice él.
El ganso apareció en la tela y el hermano hizo mutis.
_ Quiero que me llamen ganso. Ganso a secas.
_ De modo que recuperaste el oído. Te vas conmigo.
El ganso Ganso a Secas salió de la tela y se tendió a su lado.
_ No tengo inconveniente, aunque te extrañaré.
_ Lo cuidaste bien siempre que te fue posible. Ganso a Secas, tócame una pluma.
El Ganso a Secas le picó una pluma y la sacó. Y entonces todas las plumas desaparecieron por el techo plano como si fueran un enjambre de volantines y nada más quedó en la sala una mujer con el rostro de la domadora.
_ Déjanos solos Ganso A Secas, que quiero que le haga el amor a una mujer.
El chico del ganso nunca supo como salio de allí. Solo recordaba que el ganso lo seguía como siempre, que al llegar a la casa su hermano estaba libre y que en la tele comenzaba un programa de History Channel llamado Historia de las huellas digitales y que Ganso a Secas lo acompañaba en el sofá cama.
Octubre 1 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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