Thursday, March 24, 2011

Flamenca epílogo._(1)


Como se arroja de costado un papel viejo.

Doris la peruana vino a buscarme para que le ayudara a levantar a Flamenca del suelo de su pieza. Estaba tirada delante de su cama “personal”, casi inmóvil, en medio del caos descomunal en que se había convertido su cuarto.  Muñeca estaba a su lado, sorda a mis plegarias para que saliera y nos dejara trabajar con su “amiga”. Como si  pensara que esta postura de  la mujer era diferente.  Esperé, porque no creía estuviera enojada. Es buena y tal vez también sea “mi amiga”. Puede disernir correctamente en asuntos de intimidad y ser traicionera como las perras sin descendencia. Cuando al fin salió, Doris se había desmarcado con su hermana como huyéndole a la peste. Tras muchas quejas de dolor e incoherencias logré subirla a la cama. Le sentí vana, como una plumita ósea flotando en la más horrenda “soleá”. Se me antojó verle una tristeza deshabitual vaciada de palabras. Como si quien la estuviera levantando no fuera "milindo" sino una fuerza providencial de antigravedad. La dejé como dormida y regresé a mi pieza. Decidí que no había pasado nada anormal. Otras veces la había ayudado en la escalera, en el patio y en la calle. Ahora solo era una caída de la cama tal vez por un mareo o por efecto de la desnutrición. Recordé su anemia, su dolor en los huesos que no eran la cadera y lo delgada que se había puesto en los últimos meses.  Se lo dije muchas veces y siempre me respondía conque era muy fuerte y que estaba muy sana y que estaba muy bien.
Aquella señora de cincuenta y nueve años, siempre elegante, culona y bella todavía en su cuerpo de niña amanecida, con las arrugas pertinentes y las secuelas del hambre, se había convertido  en un cadáver que no paraba de tarotear en terreno y en su cuarto hasta donde se lo permitían sus fuerzas. Ello solo le servía para malpagar su arriendo pero se jactaba de ganarse su plata con “harta pega” y tenía tanto orgullo de su independencia que no la hubiera claudicado bajo ningún concepto.
Desde mi “enojo”- en realidad “humor con carácter”-por sus caprichos en llamar desde mi extensión del teléfono abierto que nacía en la pieza del Inca desde que teníamos Internet en momentos en que Gustavo sospechaba que sus compatriotas le estaban robando minutos en secreto, nuestra relación se había enfriado un poco.  Pero mas bien se trataba de mi horario de trabajo: estaba llegando muy tarde y ella nunca estaba en el primer piso después de las diez de la noche y la estaba viendo menos.  Sin embargo no había dejado de regalarle golosinas, cenas completas, bebidas o cualquier detalle cuando  el hambre la obligaba a bajar desnuda de orgullos innecesarios.  Cada noche, después de la “comedia” en la pieza de la Señora, seguía escuchando su eterna diatriba con Muñeca para que “entrara” después de hacer “pis”.
Flamenca me había celebrado de manera explícita, enseñado sus fotos_-regalado una- y posado para dos “como excepción”. Flamenca casi que se mudó para mi cuarto y en él tomanos de todo, merendamos de todo, compartimos de todo y se pasaba horas contándome de sus aventuras por el mundo. Cuando caí en desgracia en el año 2006 tuvo la oportunidad de demostrarme lo que me estimaba.  Ninguna de mis negativas sirvieron para desestimularla.  Debí porfiar con tosudez de mula para no convertirme en su partenaire por la ciudad. No obstante, me llevó a un restorant medio en Seminario Oeste y a uno de mas rango una cuadra al Oriente de donde vivíamos. Se vestía como una colegiala y a veces su mano me cogía por el codo con el pretexto de apoyarse en mí. La idiosincracia me mataba ante una mujer pobre que pagaba mis gastos. Tranquilo, milindo, es solo cuestión de atender “dos o tres clientes”, me decía.  Por lo menos en cuatro ocasiones compró boletos de la Polla Chilena para mí y tuvimos que admitir, riendo, que no siempre se daban las cosas como en tiempos del banquero israelita. Porque la Mente no es infalible. La recuerdo en los pies de mi cama, vestida para salir y con la plata en la mano, incrédula porque yo no quería salir con ella y gastar sus pobres emolumentos ganados tras cuadras de andar a pie con su bastón o consultar en la soledad de su aposento. En verdad tampoco quería involucrarme demasiado. Ella misma me había dicho que en la casa se comentaba que éramos “pololos”. En cualquier caso, el affaire tenía nulas posibilidades de prosperar y en esa época yo recibía muchas visitas en casa.
Me había contado su vida- jamás pude sorprenderla en un error de contexto o geográfico- y como le aseguré que estaba anotando para publicarla siempre me pedía una copia de lo escrito. No se la daba porque esperaba concluir un borrador y pasarlo a un disquete para hacerlo. Sin embargo había anotado algunos detalles que tendría que corroborar más tarde. Era muy celosa con lo que consideraba “secreto” e insistía en que algunas cosas no podían salir a la luz. Yo le hablaba de Max Brod y de Kafka pero repetía lo mismo. Sí le había dado algunos poemas dedicados  y después de escucharlos en mi voz había dicho “si publicaras eso te volverías rico”. Pero cuando me contactó con un viejo amigo que era Profesor en una Universidad Humanista cercana para que tratara de hacer “algo por mí” tuve que parar la película. Ella no podía creer en mi amistad “indiferente” y simulé el enojo citado por las llamadas telefónicas y el hecho de que no me dejaba pagar sus públicas. Me sentí “humillado” y nuestra amistad apagó sus focos hasta cierto punto.
Un día llegué tamprano. Ogro me tocó a la puerta para decirme algo. “Ogro” era la “asistente” de la Señora, una mujercita pequeña, de mediana edad, difícil e histérica, con muy poca sensibilidad y un corazón tapiado, muy voluble. Flamenca- que apenas la soportaba- le nombró “Cara de caballo”. Se habían llevado a Gloria en camilla, casi inconciente, muy grave, al Hospital Salvador. La Señora me lo confirmó.  Solo que la “nueva” se me había dado seis días después. Por algo la estaba extrañando. El Hospital estaba pegado a la casa, unas tres cuadras al Oriente. A mis preguntas respondieron que apenas comía, que casi no se levantaba ni paseaba a la perra ( que fiel guardiana no se iba de su lado), que tenía una hernia estrangulada.  El doctor les había dicho que pararon la operación y cerraron porque “estaba podrida” y se moriría “pronto”. Qué en caso contrario igual no regresaría aquí e iría al Hogar de Cristo. La Señora agregó que “se había ensuciado y me debe como doscientos cincuenta mil pesos”.
Una chica y su marido estaban  desvalijando la pieza de Flamenca con “un Poder extendido por ella misma”.La claridad, liberada al fin, me causó un dolor extraño. Había que casi morir para que se hiciera la luz. Los secretos tan celosamente guardados por décadas ahora eran vapuleados y vertidos en cajas en la urgencia de la muerte segura. La pareja no me dijo mucho como si el Hospital fuera el destino final. Incluso su información era muy pobre. No podía asumir que tardaran seis días en avisarme. Entonces, para qué cawineaban con el posible “pololeo de Gloria y el cubano”?. La Señora esperaba quedarse con algún baúl “para cobrar” algo. Sabría ella qué eran los regalos de Mister Zimmerman y qué habían recorrido medio mundo para llegar a la casa de Ricardo Matte?. Conocía de la calidad humana de ambas mujeres y de cómo trataban a la Bailaora. Les quise creer.  Asumí su “dolor”. Pienso que ante la puerta de la muerte casi todas las máscaras colapsan. Parlanchinas de oscurecer aciago aún remataron “tenía más de ochenta años y hasta se cambió el nombre y se puso de apellido Rencoret”. Ellas tenían mucho más derecho que yo a saber de su pasado. Dudé del panegírico futuro. Pero, qué importaba ahora?.
De modo que pensé en que su flacura póstuma era motivada por el “cáncer” y no por el hambre ni por esa “hernia estrangulada”. Y si tenía hernia estaba afectada del hígado y la muerte sería fulminante. Me llené de hipótesis y de teorías. Estaba muy triste y me dolía haber desconocido lo que padeció esa nefasta semana. Recorrí dos veces toda la miniciudad que es el viejo Hospital Salvador y ninguno de los datos dados por las señoras y por el Maestro me sirvieron: no pude encontrar a la Flamenca. Quería verla aunque estuviera en coma. Quizás para darle la extremaunción de los agnósticos. Para escuchar su voz de primaveras. Para oirle decir milindo y preguntar por su perra. Para ese entonces ya la pieza estaba ocupada por un par de ciberméticos y cuando iba al baño no miraba para tanta claridad, respetuoso de la gloria marchada. La Señora me había dicho que “algo pudo coger como parte del pago”. Muñeca deambulaba por todos los resquicios de la casa pero hacía lo mismo  que en tiempos de su escudera. Su memoria de perra sin descendencia no podía llegar a más. La Señora le prestó un poco más de atención. Pero a la perra no le interesaba:  ya era dueña absoluta de sus espacios en la casa  y la puerta de la calle nunca mas cerró con la urgencia de los buenos tiempos.
La tercera vez encontré su Sala en el piso segundo, sur. La cama alta estaba al lado de una ventana amplia que daba a uno de los pasillos. Tan parecida, caramba, a las salas que tanto había frecuentado en mi país tras la estela de la familia en trance.  Flamenca era un esqueleto bajo sus cobijas, con la piel lívida y apergaminada, la boca abierta y respirando apenas. Una imagen idéntica a las que conocía de mi patria y que marcaba los minutos finales de una persona en coma.  No estaba entubada pero sí con sueros y demás adminículos. Sola. No me pareció intervenida quirúrgicamente. No me atreví a mirar su Hoja Clínica- apenas un vistazo- por no pecar de desubicado en un Santiago de Chile que no era mi habitat natural.  Asustado, le pregunté al encargado de sala por su condición. “Está bien, quede tranquilo”. Contestó con la desfachatez aburrida de un trabajador sin vocación y mal pagado. Lo ignoré. Después de unos minutos Flamenca abrió sus ojos.  Un cadáver lúcido, sin el brillo final,  como si la muerte solo fuera un estado de ánimo transitorio sin importancia. No dijo nada cuando me vio. Habló con sus ojos. Y el mohín de su boca. La soledad es mala compañía. Aseguró que había pedido no dejar entrar a esas “dos mujeres”, que nadie venía a verla excepto a veces la pareja que se había llevado sus cosas para que esas “diablas” no alcanzaran  a coger nada. Me dijo que en efecto tenía una hernia estrangulada y que la estaban preparando para operarla porque estaba muy débil y que parecía la iban a cambiar de sala. Pero que no podía mover la pierna sana y que se sentía como inválida, que comía algo y que tenía una pomada para las escaras en la gaveta de la cama. Hasta ahí era una enferma molesta con sus antiguos arrendatarios que esperaba una operación de hernia estrangulada. Pero cuando me dijo que no le importaba nada, que solo quería reunirse con su mamá, que sabía que no podría moverse jamás y que lo que mas deseaba era irse para una clínica privada que le había prometido el hermano de Puerto Month con el que había contactado y morir allí cuando le tocara, supe que tenía algo más. Qué estaba vencida.  Pero no que iba a morir tan pronto.
No quería saber de los otros hermanos ni de “esa víbora” de su hermana. Ni de las “señoras malditas”. Dije que volvería. Su mirada de agradecimiento y su sonrisa trunca me dejaron  muy mal. Eran los gestos de quien se siente bien porque alguien la estima pero que ya no tiene disernimiento para medir la fuerza del cariño. No me dijo milindo nunca. No sé si lo estuvo en la punta de la lengua. Las salas de hospital son demasiado lúgubres.
El Maestro me dijo que sí había podido leer su Hoja Clínica y que en efecto se trataba de una hernia estrangulada.  Esa tarde la cambiarían de sala. No me dio tiempo a regresar.  El domingo Inca me dijo “falleció”.El 21 de Septiembre. Me enteré el 23. Cómo no lo supe a través de las “señoras” o del "Maestro”?. No sabían nada, excepto que nadie había llamado a la muchacha y que estaba en la Morgue porque, al parecer, no había "quien la retirara". Solo sonreí y pedí me tuvieran al tanto.  Quería verla en su féretro y velarla, escribirle un poema póstumo. Por supuesto que nadie me tuvo al tanto y me mataba la impotencia de no poder hacer nada. Semanas después, Ogro, la Señora y el Maestro epilogaron la vida de Gloria Rencoret, la Flamenca, la Bailaora . “El amante Diputado fue otro de sus sueños”. Pensé “y sus sueños, cuáles son”?. Parece que el hermano de Puerto Month - tal vez aquel que era amigo del alemán que la volvió mujer-  la hizo trasadar allá y la cremó.
Quiero creer que Flamenca andaba por sesenta años, que el apellido Rencoret no es mas que un ancestro galo y que su historia contada sin titubeos y sin caer en ninguna trampa es real. Que posiblemente nadie la conoció como yo porque solo quien  es capaz de abrirse para escuchar a quien se abre para contar  sin preocupación por pudores ni por el tiempo puede decir que sabe de verdad. Tal vez se unió a su madre demasiado rápido. Quién unirá las cenizas?. El reloj de la vida no descrimina.
Chile tiene en su deceso de Septiembre una fecha más para la unidad. Y los posibles lectores una oportunidad para tratar de llenar las lagunas quedadas por su muerte imprevista y corroborar ciertas fechas, eventos y nomenclaturas.Para eso existen las segundas ediciones.
No me creo Max Brod. Ni ella es Kafka. Pero el periodismo ha de andar con la adarga al brazo aunque le acechen las sombras de la vida. Las existencias aparentemente intrascendentes siempre seran más que las de los hombres y mujeres que han marcado las pautas públicas.
Por eso.

Septiembre 23 del 2008.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.






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