Los organizadores del Festival de la Canción Viña del Mar 2010 catalogaron al evento de "especial". Era el cincuenta aniversario y decidieron que los que compitieran por el Gran Premio cantaran temas que habían sido famosos a lo largo de su historia. Estaba siguiendo muy de cerca al compatriota Coco Freeman, un baladista que venía interpretando Para vivir, de Pablo Milanés, de manera magistral y hasta se comentaba de sus grandes posibilidades. Tantas maneras de cantar el clásico de Pablo y siempre el encanto de los genios ponía un toque delicado de distinción. Muchas veces te dije que antes de hacerlo había que pensarlo muy bien que a este amor de nostros le hacía falta carne y deseo también.
El 26 de febrero Coco disertó de nuevo en una noche en que la colombiana Fanny Lu nos recordó que Shakira no es todo el panorama musical nacido allí, en que la revelación tropical chilena, La Ley, se tomó al Monstruo por sus fauces y en la que el "mexicano de origen guatemalteco" Ricardo Arjona cerró de manera espectacular con cada uno de sus hits coreados hasta el delirio sin que la madrugada fuera una sensación predeterminada de tiempo a contemplar.
Necesito unas cinco horas de sueño al día. Generalmente las ocupo en las madrugadas. Tras el cierre de la penúltima noche del Festival revisé lo que depararía la clausura del Evento. El folklor, con agregados, de la Banda local Los Jaivas. La nostalgia impresa con los Fabulosos Cadillacs, de Argentina. Y el "estadounidense de origen chileno" Beto Cuevas, ex La Ley y Jurado por demás. Estaba satisfecho: la noche antes, Raphael, una y mil veces "residente" en Viña, había demostrado por qué es el único hombre Disco de Platino de la industria y por qué cincuenta años sí es algo.
De modo que me zampé un vaso de jugo de piña y vi el Noticiero de ESPN. El digital marcaba las tres y media de la madrugada en el Hemisferio Sur. Me volteé del lado izquierdo e intenté dormir. Pero un ruidito difuso, como el que produce una rama sobre el papel de lija, no me dejaba concentrarme. Calculé que la Perra de Gloria pedía a esa hora que la dueña bajara del segundo piso y la sacara a hacer pis como hacía constantemente desde su "pieza" al Oriente de la cocina comedor del Residencial. Cuando el ruido se convirtió en rama grande sobre sábana de lija levanté la cabeza de la almohada. Entonces escuché el "ruido" real. Cada objeto colgado o sobre bases comenzó a moverse como si fuera zarandeado por manos monacales para hacer una música sublime que homenajeara al Festival. Está temblando, me dije.
Pero esta frase es casi redundancia en un país donde se pasa gran parte del año entre temblor y réplica. Y las palabras falla tectónica son cliente fijo del abecedario. Para ese entonces se me estaba pasando la rara sensación pretemblor que jamás me falló y ya podía quedarme en la cama esperando el final sin que el simpático se desbocara. Así que calculé que lo que estaba viviendo era otro temblor que "pasaría".
El ruido sublime y la música de los objetos se hizo, de repente, caos de trompetas bíblicas y las cosas comenzaron a moverse sin orden y sentí que chocaron en el piso y sobre otros muebles. Un poco de agua me salpicó un tobillo y cuando no pude explicarme que estaba pasando realmente me senté en la cama. Para cuando intenté buscar la ropa y las chancletas el ruido era misteriosamente fúnebre e inexplicable y el maremagnun de mis propiedades cayendo sin contemplación me dio la noticia entre la bruma de la hipnosis: es el temblor que están esperando hace diez años y que llega atrasado. Semiconsciente logré atrapar la toalla en mi pieza ya sin luz y tanteando llegué y abrí la puerta que daba al lobby y me coloqué debajo del arco de medio punto de la puerta que conducía al pasillo parqueo del sur.
Es lo que siempre leí y me dijeron tenía que hacer en caso de temblor. Incluso me había acabado de llegar un mail relativo. También era razonable ponerse al lado de algún mueble que dejara algún vacío.Precauciones de ocaso.
Nada mas parecido a un Cristo en cruz bajo el arco de la puerta. Tal vez estaba centrado y Leonardo me hubiera tomado como modelo para su Hombre de Vitruvio. Delante estaba un espacio como de tres metros de ancho. Al este de allí había un lugar interesante debajo de un gran árbol y al oeste la puerta enrejada que llevaba a la calle Ricardo Matte. Pero para cuando el temblor llegó a su apogeo todas esas divagaciones me pasaban por una mente nublada y atrófiada y en verdad no estaba seguro si dejar que todo se viniera abajo y escapar de milagros o lanzarme al pasillo y pedir al dios de los agnósticos porque el edificio del Sur, pegado y de tres pisos igual, no cayera sobre nosotros, sepultándonos.
De improviso escuché a la gente de arriba gritando y cuando me di cuenta que la señora de la casa lloraba con quejidos de última prueba entre los que la ayudaban a bajar por la escalera me zafé de los aleros de la puerta y con un pudor involuntario me metí al cuarto oscuro y caótico. Me quité la toalla de la cintura. Nunca he sabido cómo entonces sí pude encontrar el short, una polera, la gorra y las chancletas.
Regresé a mi trinchera en tanto los que bajaban demoraban en la horrible oscuridad y repetí la sensación sobrenatural de los primeros segundos.Patíbulo con armas del Más Allá.
El edificio de tres plantas, clásico, de mediados del siglo XX, se balanceaba como una pluma en un estanque, para todas partes, en medio del sonido de ultratumba. Porque se puede, tal vez, soportar el bamboleo de una casa recia, pero lo que le acompañaba era algo indescriptible.Nunca pude hallar comparación. Es como el zumbido de una mosca dinosaúrica. El rugido de mil leones hambrientos y de cien mil tigres cebados. Es como el ruido seco y lejano de la tormenta acercándose. Como el escape de los motores de un Jet que se aleja. Quizás como la cabalgata cansada de los cuatro jinetes del Apocalipsis y el galope misterioso del caballo que nos pintó Juan en su libro profético.No sé. Bamboleo y ruido ultrahumano que me hicieron ver a mis deudos muertos en el pasado, jóvenes y lozanos y calaveras prontas, a mis seres de la contemporaneidad con todas las edades y espectros del almanaque. A la vida no vida y al sol apagado y a la luna crepuscular y sentirme muriendo en cada golpe y en cada decibel atrofiado de la noche maldita.
Tenía conciencia de que iba a morir sin alternativas y me preparé para ello contra el vano de la puerta, esperando el derrumbe seguro, sin haber conocido que hado macabro había elegido a Chile para destrozar la vida en unos segundos increíbles. Solo atinaba, mirando al piso, a decir Ay, mi madre, Dios mío, Ay, mi madre, Dios mío. Cacofonía que enseña lo pequeño que es el ser humano metido sin querer en la ruleta de lo incognocible.Mi alma habitaba un cuerpo no cuerpo y el corazón latía tan acelerado que pensé me daría un infarto o iba a quedar con taquicardia crónica. De mis codos a las muñecas un temblor infantil me hacía parecer un aquejado de Mal de Parkinson inicial. Y respiraba a pedazos, como si el aire escaseara en el aquelarre del ruido sobrehumano y el baile macabro de la casa sufrida.
Jamás, desde que fui operado del maxilar superior con anestesia general en 1984, había percibido la muerte y sus misterios insondables tan cercana. Pero no tengo talento para describir de otra forma lo que pasó en gran parte del sur de Chile esos minutos fatídicos.
Cuando la comitiva llegó al lobby el pre Armagedón paró de repente y dejó una calma rara y plúmbea. Di gracias a nada por estar vivo. Los chilenos se relajaron. Pensé en la peligrosa recurva de los huracanes en mi geografía. Durante su regreso, completan el "trabajo". Un chileno "dijo tranquilos, de ahora en adelante serán solo réplicas, ya pasó lo peor".
No pude bajar de mi garganta una cerveza que me regaló una chica acabada de llegar de Cuba ni el café que luego repartieron cuando pudieron prender una cocina portátil encontrada en la oscuridad. Nadie tenía radio y no había baterías para uno que apareció. El Sistema de telefonía estaba colapsado y a duras penas comenzamos a enterarnos de lo que había pasado.
Michelle Bachelet estaba en pie de guerra pocos minutos después, así como el próximo presidente, Sebastián Piñera.
Se hablaba de un epicentro cerca de Concepción, en el mar, de daños inmensos en Curicó, de la posibilidad de un sunami y de los primeros muertos y heridos. Salí a la cuadra. Cada cable del tendido en su sitio, todo normal. Como si la ciudad, construida en un gran por ciento con aditamentos antisísmicos, se hubiera burlado del fin del mundo. Apenas una cornisa goteando escombros en el chalet de dos plantas de enfrente.La gente del Condominio no se había levantado.
Poco antes del amanecer supimos un poco más. También Santiago había sido tocada. El sur estaba destrozado. Los muertos y heridos y enterrados entre detritus aumentaban con cada parte informativo. Los chilenos se acostaron tranquilos pese al semillero de réplicas. Decidí quedarme en la pieza vacía del peruano que estaba para su país, con la puerta abierta y vestido. Aún temblaba y tenía taquicardia y el salto del estómago me hacía la vida imposible. Una réplica poderosa me levantó de la cama y terminé por esperar la calma real en la acera de la calle, sentado como un Buda artificial, pensando en nadas retrospectivas.
No tenía dudas: después de esta experiencia sería otra persona para el resto de mi vida. Pude vivir para contarlo y no me explicaba cómo a esa hora del 27 de Febrero no estábamos todos muertos o heridos bajo una ciudad en ruinas.
Mi pieza estaba llena de agua vertida y casi toda la cristalería en el piso alfombrado. Pero los objetos de valor habían resistido el baile macabro y permanecido en sus soportes. Me avergoncé por mis pérdidas mínimas en una nación que amanecía desolada y mustia, derrumbada y frágil ante el capricho natural de los elementos irredimidos.
Alguien pasó y en la escalera le dijo a un residente "llegó con quince años de atraso pero llegó, ahora le toca al que vendrá por el Norte".
Sin poder dormir salí a buscar un Cyber Café. Por suerte en la capital de Chile todo el sistema se restableció muy rápido.Ya había preguntas de muchas partes del mundo en mi Bandeja de Entrada. Las respondí con un "estoy vivo aún" y redacté un texto explicativo para mis amigos y amigas cyber y para mi hermana en Cuba, cuya edición es esta.
Durante el regreso solo se hablaba del caos en el sur. En el Mercadito de Gandarillas con Ricardo Matte el dueño decía "el centro de Conce está en ruinas".Me pregunté "y Talcahuano".
Pero el amigo del dueño dijo "el sunami causó mas daño que el terremoto en Talcahuano, que está barrido".
Me golpeé las dos rodillas con los puños apretados, cerré los ojos e hice una mueca de dolor e impotencia.
Maldito profeta caribeño,lamenté. Febrero 4 del 2011.
North East, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
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