Un mediodía de furia invernal, Mario Alhambra Leyva, mi Jefe, se acercó a la vainera y me dijo "mañana por la noche nos vamos a Conce". Sabía que yo no había pasado de la ciudad de San Fernando en la Sexta Región, a donde fui tres veces con una mujer preotoñal para conocer a su familia, entre el 2002 y el 2006. Siempre me decía "tú no sabes nada del Chile auténtico, un día te llevaré para que lo conozcas". Amante empedernido de los viajes, esperaba como un futbolista con posibilidades sueña con ser llamado a las filas de la U.
Durante la tarde repletamos al Iveco de seis ruedas con conos para helados, vainas de cuchuflís y algunas cajas de Sustancia que el comprador había conseguido en el Oriente de Santiago. Poco antes de media noche estuvimos listos. Nos acompañaría un amigo del cliente para indicarnos el lugar de descarga en Talcahuano.
Entre Santiago de Chile y San Fernando hay unas dos horas de rueda y solo la ciudad de Rancagua en medio de la Panamericana que corre entre las montañas chilenas con ínfulas ciertas de carretera primermundista. Al Oriente la interminable cadena de Los Andes, a veces nevada, y a Poniente, la inestable Cordillera de la Costa con picos deslumbrantes y colinas medianas parapetando valles hermosos, ortogonalmente sembrados de todas las frutas del Eden.En la noche, con frío bajo cero y a setenta millas por hora, el paisaje pasó casi inadvertido entre chíclets de menta, cigarros y algún que otro chiste de ocasión.
Imaginaba que al sur de San Fernando los ecosistemas serían diferentes. Pero sin Sol el viaje solo fue una ruta de tinieblas, sin baches, hacia donde los hielos eran una realidad atolondrante en mi mente tropical."Ahora doblaremos hacia el Pacífico",- Mario se metió en un trébol de la autopista pero la carretera a Poniente no desmerecía de la Gran Autopista.
Amaneciendo, el Iveco fiable mató la última colina sembrada de los árboles que se ha de comer la gran Papelera Arauco y enfiló una suave pendiente. A la derecha de un piélago de pantanos y marismas, la bahía de Talcahuano fosforecía en su encanto de bolsa y en el verde inmaculado de sus aguas. Para mí era la tercera vez que veía al Océano Pacífico. Pero la primera en que se trataba de una bahía.
Talcahuano es una ciudad con adoquines y edificaciones antiguas sin mucha altura. Casas vetustas con frontis sin portales y pintadas con colores ocres, opacos, bajo una neblina eterna. Decepcionado de la "gran ciudad portuaria del sur", descargamos, tomamos café instantáneo con choripanes en la casa del cliente y tras conversar del viaje y de "cómo está Fidel", Alhambra dijo "vayamos a dar una vuelta".
Hay una isla a la entrada de la bahía y el Huáscar, orgulloso de su permanencia en zona de ganadores, se balanceaba sobre el oleaje benigno, como museo indeleble de los años gloriosos. No había mucho movimiento de mercantes a esa hora y el conato de malecón con estructuras en forma de barcos a su vera me hizo recordar a Lord Jim y sus preparativos de salida en la mente provilegiada de Joseph Conrad.No sentí el olor a sal ni vi vendedores callejeros en los alrededores de los grandes almacenes de la rada. Pero no faltaron las poblaciones encaramadas en los cerros con sus escaleras suigéneris que suben a las cimas. Ni el concierto de gaviotas despistadas en el alba inconclusa.
Mario recordó quehaceres olvidados para este domingo y me dijo "tenemos que salir ya". De modo que mi Agenda se quedó virgen del "sur". Casi virgen. Y los Astilleros. Y la Base Naval. Y el resto de la ciudad en el litoral pacífico. Y la visita a Penco la Vieja y a Concepción la Nueva. Y el Puente sobre el Bío Bío. Y la minera Huachipato. Y el Aeropuerto. Vendremos otra vez, Luchito,- aseguró.
Con el sol las marismas refulgían y el piélago de la gran bahía era una sabana iridiscente de gránulos de esmeralda. Cuando íbamos a entrar en los cerros plantados para las fauces de la Arauco me volví. Desde lo alto el llano en que está Talcahuano parecía una vista satelital y entonces sí había varios mercantes faenando en los tinglados y la isla de la boca parecía la cabeza de una sirena chascona saludando al sol. Caramba, Mario, si hubiera un terremoto seguro habría un sunami y no quedaría nada en Talcahuano, -dije, como al descuido. El señor Alhambra, porfiando con el viento en tanto trataba de prender un Belmont y con la sabiduría que le daban sesenta y cinco años lidiando con aconteceres telúricos respondió "capaz cubano".
Entre el desvío panamericano a Concepción y San Fernando hay casi cinco horas de timón. Pero el paisaje, fuera de la lejanía y acercamiento pausado de ambas cordilleras, apenas cambia entre una Autopista casi recta y los eternos sembradíos de frutales y los viñedos interminables con sus Bases intactas. Y como Alhambra insistió en su premura las "grandes ciudades del sur"- entiéndase Curicó, Talca, Chillán, Parral- también quedaron en mi Agenda llorona hasta que otro viaje peregrino me enseñara que al parecer el verdadero sur de Chile está mas allá de Concepción.
Esa noche, en casa, mientras veía televisión, un auto explotó un neumático en la calle.En una ciudad donde tiembla la tierra todo el tiempo con gradaciones Mercalli que van desde los tres hasta los seis grados, no me fue extraño saltar y prepararme.
Y no supe por qué volví a pensar en la horrenda y mística vulnerabilidad de Talcahuano.
Febrero 4 del 2011.
North East,Miami,USA.
Luis Eme Glez.
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