Friday, January 7, 2011

Jugo de cobre.-

                ...primero los fierros y
                   luego la fiesta. 
                              Pamela.

Parece que la Doctora se cansó de vernos cuchicheando por todas las locaciones de la clínica y una tarde nos convocó al Patio de los Alamos y nos ordenó sentarnos sobre la yerba calcinada al fondo del verano. Se paró al frente con porte marcial de celadora de Colina y nos recorrió con su mirada verde. Bajo sus cejas correctas los ojos se desplazaban como zaetas marcando el rumbo de los vientos. La veíamos circunspecta pero nada era capaz de romper la imagen de ternura que la marcaba. Suponíamos que nos retaría por cualquier nimiedad de rutina o que tal vez fuera a impartir una conferencia sobre comportamientos post altas médicas. A veces el convite era pretexto para contar cuentos divertidos pero hoy meditaba mientras se mordía los labios suaves y se golpeaba la rodilla con los dedos como si afinara un tambor  guineano. No envidiábamos su belleza sorprendente sino la especial capacidad para soportarnos y la descomunal carga de paciencia que atesoraba. La Doctora era un verdadero amor y la adorábamos en un lugar donde no había mucho que estimar y las quejas se quedaban en el buzón de los dolores. Las pacientes que no podían adorarla por su incapacidad de disernimento caminaban a su vera con la indiferencia del ausente y la esperanza de una caricia que nunca faltaba en las horas de pabellones y pasillos congestionados por los gritos, el desorden, el desespero y todo el detritus de la vida coartada. La Doctora dejó de tamborilear sus rodillas, se cruzó de brazos y asintió con la cabeza. Entonces la mantuvo quieta y oteó el horizonte como una rapaz presintiendo su presa. Mirábamos la tráquea jugar en su cuello de modelo y el gran porte que ahora era de élite. Pronunció un nombre y dijo acércate linda y todas nos volvimos para ver a la chica levantarse como si hubiera sido impulsada por todos los fuegos de infierno y sentir como nos pasaba por encima entre pisotones y manotazos buscando el sitio de la llamada. La Doctora la acurrucó en su regazo y le echó los brazos sobre los hombros. Jugó con sus cabellos chascones, ensortijándolos, y la besó en la vasta planicie de su frente. La chica nos miró, riendo, con la risa instintiva del que se siente observado sin maldad, protegido y ausente. La Doctora desabotonó su bata de paciente hasta la altura de sus muslos y le pidió sujetara el borde exterior derecho. Separó el izquierdo y todas pudimos ver un hermoso cuadro de mujer desnuda enmarcado en mamparas textiles. Se trataba de un cuerpo joven al que un cerebro dañado no había podido marchitar. Sabíamos que no superaba los diecinueve años y que padecía profundas crisis de equizofrenia desde los diez. Si podíamos obviar la mirada de beatitud estática y el abandono casi infantil bajo el abrazo de la Doctora no nos era difícil descubrir a la muchacha esbelta y primaveral que considerábamos embarazada. La Doctora colocó el borde del género entre los cuerpos y frotó con suavidad medida su vientre como si untara un elíxir mágico haciendo círculos concéntricos en la superficie de las almas. Dejó la mano abierta sobre el ombligo y nos miró,inclinada. Parecía que iba a saltar desde la posición de arranque en una pista neurológica. Está embarazada de cuatro meses, dijo, y tendrá al bebé aquí. La chica se zafó del abrazo y echó a correr golpeándose el vientre como si presidiera una conga patriótica, gritando es mi niño es mi niño y te lo llevaré para que lo veas a través de mi piel y por entre las rejas. Cuando entró al pabellón alguien preguntó quién es el padre y la Doctora dijo un hombre y agregó va hacia la ventana norte. Nos apuntó con el índice y sentenció déjenla vivir y esperar. Obedeciendo a una orden sin voz nos levantamos al unísono y marchamos en silencio hacia donde vivíamos y había una ventana con balaustres oxidados. El hombre es de aquí, oímos a nuestras espaldas.
La chica gestada estaba arrodillada en el camarote superior y sujetaba las rejas exteriores con sus dos manos. Tenía la cara incrustada en los fierros centrales y no se movía. Alguien miró por otra de las ventanas enrejadas y dijo no hay nadie en el patio. La muchacha se bajó con un salto felino como si 
se hubiera olvidado del embarazo y se tendió en la litera inferior. Gritó muy fuerte voy a tenerlo voy a tenerlo durante mas de media hora y cuando estaba lista para la segunda temporada de aullidos llegó la Doctora y se sentó a su lado y la chica le dijo no está en el patio para decírselo y la Madre Teresa de Santiago de Chile sugirió que sería mañana temprano cuando los hombres salieran para los  ejercicios y la toma de sol. Se lo gritaré aunque estén todos mañana, dijo la chica y la Doctora dijo lo harás pequeña pero ahora duérmete para que las otras también puedan descansar.
Cuando la litera del camarote superior estaba ocupada por la Gerente de Ventas de una de las Sucursales Avón en Chile la chica se paraba entre los camarotes y miraba al patio irguiendo una cabeza que no pasaba de veinte centímetros arriba del marco de madera. En esos días se apoyaba a la altura de sus hombros con los dedos abiertos y el mentón descansando al fondo de las rejas. Pasaba horas observando en silencio y solo retornaba a la cama cuando los hombres se retiraban tras las sesiones programadas. Nosotras hacíamos lo mismo pero sin poner un toque especial al rito. Para el instante en que la Gerente oxigenada nos dejó, desestrezada y radiante, y la cama quedó libre, la chica tomó poseción del sitio y aunque mantuvo la postura pudo cambiar la posición del cuerpo.
Aunque no se trataba de una Clínica segregada había ciertas restricciones y por lo general los hombres y mujeres_ afectados de los mismos síntomas_  solo coincidían en  desayunos, colaciones y cenas, en algún ejercicio integrado o en las actividades culturales de la noche del viernes. La Doctora nos reunía esa tarde y muerta de la risa decía cuidado con el carrete porque enloquece y pronunciaba "enloquece" con tan hermosa picardía que le seguíamos el desborde hilarante con igual complicidad. Entonces agregaba señorita estrezada post primer parto compórtese, la dama con stress laboral no firme documentos sospechosos, la tierna cabra abandonada por el señor maduro no pierda tiempo fijándose en abuelos porque le bastan con dos, la joven de los electroshoks recientes que mantenga la cabeza en su lugar, la chica bipolar que no actúe porque puede ser traicionada de memorias, que nadie me diga ni diga para sus adentros voy a salir de aquí a como dé lugar romperé las puertas destrozaré pabellones, saltaré las vallas, aserraré barrotes, mataré las fronteras del odio y del oprobio, volaré, no quiero oír eso, me escuchan, a menos que digan más y aseguren lo haré cuando esté curada de verdad lista para reinsertarme en la vida extramuros y sus soles magníficos y cuando no tenga que llevar en mis hombros la mochila temerosa del regreso.
En la noche La Doctora bailaba con todos los pacientes y con todos los paramédicos y nos procuraba parejas y repartía las golosinas y dirigía los coros y hacía la vista gorda cuando dos se apartaban tomados de la mano.De
todas las medicinas no sintéticas el amor se lleva las palmas, queridas, decía, y sentenciaba, tómenlo sin recetas médicas a menos que puedan recordar que existen ginecólogos. Por la madrugada recorría cada cama, se despedía con un beso y recordaba si les faltara el jugo de cobre me avisan. 
Pero hoy era martes de ceniza y se despidió después de la novela con un chao bonitas desde el interruptor. Apagó la luz y la reencendió enseguida. De todas las noticias me quedo con la buena nueva de la espera de un hijo del amor entre murallas que aglutinan, las invito a soñar, dijo, y apagó tres veces como si quisiera colaborar en la magia de nuestros sueños.
Cerramos los ojos tras el hechizo de sus palabras y supimos que su convocatoria no se refería al sueño técnico sino a las memorias emotivas. De modo que todas vimos, del otro lado de las mentes, a la chica encaramada en la litera superior del camarote, sujetando los  fierros, incrustada de rostro observando al patio de los hombres. Todas le imitamos para apretujarnos en las dos ventanas restantes porque la suya no era compartible.
Los hombres parecían esos hombres de las películas americanas presos en San Quintín pero se desplazaban como si estuvieran drogados, solitarios y tenues, rematadamente indiferentes al entorno. Apenas agrupados, algunos fumaban o intercambiaban pelotazos sobre una mesa de tennis o leían un diario viejo. Eran unos pocos hombres afectados en verdad por  trastornos neurológicos que iban mas allá del strees de rutina. Hombres jóvenes salvables en esta clínica del Estado en la que las bondades del Plan Auge se vestían de categorías bajas Fonasa y los profesionales encontraban tiempo para la sanación entre miradas a la Bolsa y futuras empresas concesionadas.
Bañadas con todos los olores de las hembras, masticando nuestros alientos dulzones, frotándonos en la playa lésbica de la involuntariedad, las mujeres disfrutábamos del elemento hombre en el Patio de los Alamos y competíamos por ganar estimaciones a la distancia de un beso telegrafiado.De pronto nuestras manos se desplazaban por nuestras tibias anatomías, generando un nuevo verano corporal y éramos presas de las más atolondrantes añoranzas.Hasta que sentimos los quejidos de placer en la primera ventana incompartida.
Entonces abrimos los ojos cegados por el furor de la mente abrasiva y vimos el patio sin hombres, rematadamente solo entre los muros de concreto con sus álamos tibios y la yerba bendecida por los grifos del Tiempo. Debimos abrir los ojos por segunda vez para poder ver al hombre sin camisa haciendo malabares con tres limones verdes, erguido y estático como las estatuas pétreas de las islas pacíficas. De alguna manera el hombre vestía un jean ajustado y calzaba botines de vaquero. No tenía cinturón y el Levy Straus enseñaba el inicio de sus caderas y el borde del pubis anclado en los vellos negrísimos de su tórax. Los cabellos del hombre se abandonaban sobre sus hombros como los de Jesús antes de la pasión en la película de Mel Gibson. El hombre solo movía los brazos para capturar los limones verdes y sus pectorales vibraban al compás como si miles de insectos le cosquillearan desde adentro. Nada mas había un hombre estupendo y joven en el centro del patio mostrándose en algún minuto detenido de la tarde y una mujer exitada hasta el paroxismo pariendo gritos orgásticos y un público hembra asistiendo a sus contorciones desde el escenario de un pabellón desnudo, repleto de literas mustias sobre un piso de maderas viejas sin alfombras.
El chico del circo monotemático quedó allá, detrás de las rejas y la pared poniente y era como si le dejáramos a la mujer todo el encanto de la visión porque solo en ella había podido provocar tal entrampamiento de pasiones. De pronto la mujer dejó de quejarse y se irguió. El pelo se  retiró como si un huracán la despeinara   y tensó los brazos y apretó los puños en el fierro y todos los balaustres se fundieron y ella quedó sujetada a la nada y metió la cabeza por el hueco de la ventana y la ventana se volvió un enorme corazón blanco y ella puso las rodillas sobre el marco inferior e intentó volar hacia el mago del patio y un aire alucinado la desvistió y la ropa voló sobre nosotras   con olor a duraznos en flor y cuando pudimos alcanzarla no era mas que un manojo de tules y un polvo de luces ardiendo entre las manos. En el piso la ropa de la mujer encantada fue una gota de ámbar donde se concentraba todo el furor de los sueños y brindamos por las eclociones de la vida cualquier atardecer.
Alguien recogió la gota de ámbar y la dejó correr entre sus pechos y cuando levantamos la cabeza la ventana había recuperado su certidumbre y la chica dormía con placidez de madonna. En el patio un hombre desnudo se perdía tras el último álamo mientras malabareaba con limones maduros y gigantes. Una mujer de mirada verde le cedió el paso al filo de la puerta y se dirigió a nuestro pabellón. Pero cuando llegó estábamos dormidas.
Poco antes de las siete todas las pacientes nos volteamos en la cama para seguir soñando un sueño de memorias emotivas. Levantamos las rodillas con los muslos abiertos y colocamos las manos cruzadas bajo la cabeza para sentir la presión del cerebro amortiguada por la suavidad de las plumas de las almohadas. La chica bailaba con el mago.
Llevaban bailando como veinte piezas y nos daba la impresión  de que se consideraban absolutos dueños del ambiente, privilegiados danzarines de una música celestial pensada para dos en la noche del viernes.Se trataba de música mecánica y sabíamos de sobra que nuestro DY desconocía el género Bolero. Pero a ellos no les importaba. Bailaban pegados, tremendamente fundidos sobre el ladrillo mítico, dos seres perfectos en el vórtice de un mundo intruso que les colmaba la paciencia. Los segundos puentes que llevaban al próximo tema eran relax de mentón sobre los hombros, manos detenidas en las retaguardias tibias y quietud de éxtasis supremo. Como decía la Doctora, el verdadero y loco amor loco.Mas música de moda, avalancha infinita de ritmos y los amantes de la clínica bailando un bolero sin meta en el túnel deslumbrante del delirio. Otra vez les dejamos el escenario libre para la fiesta dionisíaca y fuimos de nuevo espectadores en un mundo sin ventanas y sin patio, enclaustrado entre cuatro paredes donde los amantes, al fin, se habían encontrado.
Los hombres se marcharon y la Doctora se acercó. Como todas, observaba el embelezo con nostalgia inmotivada.Que ponga boleros de verdad, le pedimos ordenara al DY. La Doctora no escuchó y se lo repetimos y cuando dijo qué, le vimos en los ojos esmeralda la fijeza lejana de cuando le cedió el paso al hombre que bailaba boleros no boleros en la despedida del acto malabárico del Patio de los Alamos.Ya, dijo, se lo diré. La vimos marchar por la sala de baile y palmear las espaldas de la pareja y levantar las manos como si dijera arriba chicos. Cuando sonó la letra de Agustín Lara cantada por un clásico y todas las estridencias hicieron mutis la pareja se separó y miró al sitio del DY con desprecio y cogidos de la mano se encaminaron al baño. En la puerta se besaron tiernamente y cuando penetraron sentimos el golpetazo  como si quisieran dejar bien claro que detrás era territorio marcado.
Pueden tomarlo sin prescripción médica, dijo la Doctora, pero quién nos garantiza que recuerden a los ginecólogos si ni el propio DY sabe de ritmos. Preguntamos que cómo pudo poner un bolero auténtico entonces. No le pedí nada, dijo, se trata de mi Equipo. Y qué le habló tan cerca del oído,agregamos.Un secreto breve, contestó,es el hermano gemelo del malabarista pero está pelado. Esa noche la Doctora no nos despidió en el pabellón. Allí mismo realizó la rutina y dijo tras una noche mágica sé que les faltará el jugo de cobre así que no me avicen.
Todas nuestras miradas coincidieron en un punto neutro de la sala. De espaldas, la Doctora nos recordaba aquella historia dolorosa de un amor frustrado.Le había entregado todo a un hombre,sin condiciones. Y había recibido a cambio, una indiferencia sospechosa. Su hombre estaba casado con la fertilización de mariposas argentinas y sentía una inclinación  maldita por el voyeurismo adolescente.
Al filo de las siete las luces se encendieron y enseguida escuchamos las campanitas de las ovejas que liberaba el nochero sirio. Tras el póstrer campanazo la Doctora entró al pabellón. Vayan a las ventanas, pidió. La chica embarazada de cuatro meses no se había despertado y ella decidió zarandearla con delicadeza para lograrlo. Mira por tu ventana, gatita, le ordenó con toda la dulzura de Santiago. Si apenas amanece. No importa, mira. El está. Mira, querida. La muchacha se levantó y subió a la litera libre. El malabarista estaba muy cerca de la ventana y dijo lo sé amor y lo tendrás  pero ahora entra que te vas a resfriar. De todas formas, la chica lo gritó. Pero esta vez no se fundieron las columnas y no encontramos ningún polvo de ámbar en el piso.Quizás porque el polvo de estrellas solo aparece en los instantes de suprema catarsis.
El hombre del torso romano se esfumó por la puerta oriental y la Doctora le pidió a la chica que se bajara y se mantuviera de pie al lado de la ventana. No abandonen sus ventanas, nos  dijo. Tú tampoco, nena. Subió a la cama faro vigía y mientras se desnudaba de sus ropas impolutas otras ropas de paciente le iban cubriendo su hermoso cuerpo. Era algo así como un fantasmagórico juego de strep tease ejecutado por una mujer sin hombres. Cuando se sujetó de los fierros vimos al DY aparecer por la puerta occidental ataviado idéntico al malabarista de marras. Se dirigió a la ventana de nuestra Doctora y casi al filo de la pared se arrodilló y se persignó y al levantarse le ofreció una serenata con melodía de cueca acústica. Entre la música y nosotras la Doctora gemía y cuando vimos fundirse los barrotes nos preparamos para el viento y   para el flujo de ámbar y para el polvo de soles y  todas nos miramos esperando la selección de un varón en el Patio de los 
Alamos para mirar en silencio y sin gemidos en tanto no nos regalara su presencia única y contorcionante y asistir al dulce desmantelamiento de los fierros como preámbulo de pasiones futuras, fiestas conveniadas y la adorable posibilidad de que la Doctora nos convocara de nuevo ante el grupo de las internas para decir estamos embarazadas de tantos meses déjennos vivir y esperar.


Marzo 5 del 2006.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.







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