pública.
Cuando decidieron tener relaciones íntimas ella dijo que el preservativo estaría siempre en el lugar adecuado. El aclaró que jamás pondría algo extraño sobre su miembro porque era la manera primaria de separarlos y además entre la carne solo cabía la invisible placidez de la pasión sin trabas. Ella agregó que los anticonceptivos orales la aterraban, no tanto por la inseguridad porcentual sino por las consecuencias orgánicas anexas y él dijo que prescindirían de ellos en sus días infértiles y que una ginecóloga de alto rango decidiría lo demás. Ella aseguró que solo pensaba tener hijos después de concluida su carrera, que le encantarían dos y que pudieran nacer seguidos. El no objetó. Ella le pidió que le jurara si alguna vez había embarazado a una mujer y él dijo que no porque cada chica siempre tuvo el cuidado pertinente. Ella le exigió un certificado médico que asegurara estaba sano y él se lo entregó. Agradecida, ella dijo que no se refería a su condición venérea sino a la salud en sí. El sabía que ella era virgen y guardó silencio.
Ella matriculó Sociología en una Universidad para clase media y él lo hizo en una de barrio Alto y optó por Lengua y Literatura griegas. Durante el noviazgo alternaron en piezas independientes de sus hogares, en las cabañas de la playa y en las casas de alquiler aparceladas en la Precordillera.
Evitar el embarazo fue categoría y concepto y el tema funcionó como mecanismo de relojería. Ella estaba encantada con sus ciclos invictos y con la excelente solvencia de la doctora, que por lo demás, hacía un post grado sobre salud sexual en la Universidad de Denver. El encanto de él estaba dado por la satisfacción indescriptible de no ver transformado un cuerpo de Diosa helénica en una lenta y ordinaria máquina de fabricar humanos con cada una de las horrendas consecuencias del hecho durante el largo proceso y estela del post parto.Cada página vuelta en sus estudios clásicos era un golpe de cierre al sueño de ser padre.
Graduados, ella se vinculó a un Departamento del Gobierno dedicado a la atención social y él preparó los documentos para un post grado de Arqueología en la Universidad de Salónica y un Máster en Análisis Plástico en la Facultad de Artes de la Universidad de Atenas.Tuvieron apartamento propio en Vitacura, decorado con todo el insulto postmoderno de la Nueva Era y no les faltó el coche europeo. Se rodearon de amigos afines y se vanagloriaban de cenar con la familia Farcas en su casa de La Mina. Los suegros corrieron con gastos porcentuales que irían disminuyendo en la medida en que ellos alcanzaran la independencia económica.
Poco antes de que él volara a Grecia ella le pidió despedirse de los anticonceptivos porque algo superior a sus proyectos le llamaba desde las colinas de la maternidad y quería tener al bebé ahora mismo. El no hizo objeción, confiado en que las gestaciones intensamente deseadas, rara vez- había leído en algún tratado solvente- fructifican.Así que retrasó el vuelo para esperar su tiempo post menstruante como ella le pidió y a los cinco meses, cuando era conocido en las oficinas de Lan Chile como el Hombre Mutante en la Ironía del Boleto, su esposa le despidió desde la azotea del aeropuerto blandiendo una almohadilla roja Ladisán, y él, con lamentos de agrado, le gritó que recordara la opinión de la Doctora aegurando que no siempre se daba, sobre todo si se era rebelde y ansiosa contra el supremo misterio del metabolismo reproductivo.
Para el regreso de su Eros ella estaba siendo considerada una especie de Santa en los círculos desposeídos y se esperaba ocupara un cargo de relacion en el nuevo Gobierno. El traía un par de diplomas con evaluación óptima y una suculenta colección de libros que hablaban del culto heleno por lo masculino y su veneración casi enfermiza por la belleza. Esa misma tarde emprendieron una marcha interminable a galope tendido entre las sábanas que no descartaba posiciones ajenas a la tibieza de la cama buscando penetraciones exactas a través de posturas de ensayo. Contener la esperma toda era objetivo primordial de cada espasmo y el final de cada acto les parecía que asistían a una calma beatífica después de la tormenta. La pasión de la mujer por ser madre al fin le contagió a él y alguna vez consideraron que era imposible amar con tal intencidad, capacidad de fuegos y eclosión de ternura.
Un año después ella seguía encantando con su altruismo social y él hacía clases y daba conferencias mientras sus libros se amontonaban, leídos, llenos de notas y fichados, por toda le geografía de la residencia. Pero nada era capaz de inflar el vientre de la mujer y ella tenía pesadillas donde era sorprendida por úteros muertos y ovulaciones lánguidas danzando un baile macabro con espermas cansadas. La ginecóloga ordenó hacer pruebas diagnósticas. De modo que el hombre tuvo que posponer otro viaje a Grecia y dos meses de trabajo arquelógico en El Cuzco. La Doctora contactó a miembros de su familia y no encontró en ninguna generación signos de esterilidad. Entrevistó a cuatro de las mujeres con las que había tenido relaciones. Tres de ellas afirmaron que usaron anticonceptivos de manera esporádica, sin mucha preocupación y estimaron que solo la casualidad les habría librado de un embarazo porque "una mujer sabe de fertilidades de hombres". La cuarta mujer sacó documentos de un arca sagrada, perfectamente fechados, para demostrar que su interrupción era obra "del griego".Cada una de ellas celebró su capacidad sexual y a estas alturas todas eran madres felices. Las hembras de la familia de ella eran tan productivas que apenas encontró un aborto clínico en una prima de Curicó y no era extraño que en alguna rama familiar se hablara de "las conejas" contemporáneas.Mientras esperaban resultados exclusivos y definitorios de clínicas solventes espaciaron los coitos y trabajaron a media máquina. Vivían con temor al stress dudoso de prepaternalidad, categoría médica que habían estudiado en un publicación paquistaní y que solo logró provocar la risa de la Doctora.
En tanto las madres del otro lado de la burbuja se gestaban y parían con sin par beatitud en los suburbios o dejaban a sus bebés abandonados en la mas tenebrosa de las soledades, a la deriva de los canastillos, desesperadas o conscientes, orando por algún corazón milagroso, unas manos piadosas o resignadas a la muerte inevitable. Una guagua podía ser abandonada en una cesta de mimbre en Recife o en una caja plástica en Copenhawe el mismo día en que nacía la Princesa Leonor en Madrid entre el glamour de todas las publicaciones, mostrándola como la segunda en el orden de la Sucesión del Trono en los brazos de Leticia. O el mismo semestre en que vería la luz la hija de Iván Zamorano y la Alberó con su cordón umbilical conservado en todas las esencias. O el próximo año en que Duquesa Menen o Duque Bolocco sonreiría con doble nacionalidad.
Los ecos del Caso Lavandero y el afaire Spiniak taladraban sus conciencias y aunque ella sabía él prefirió explicarle, técnicamente, los conceptos de pedofilia y pederastia. En un final eran "malas palabras" nacidas del helénico. Pero la mujer solo atinaba a ver a la niña de Pinilla como una manzana con labios y una fresa con holluelos parecería la de Benjamín y Pampita y un caramelo de jalea serían los gemelos de Brad y Angelina y pensaba que sus ovarios eran un dátil abandonado en el desierto de Atacama y que los testículos de su hombre no eran otra cosa que dos cerezas vacías en una bolsa neutra.
Estaban llorando cuando la Doctora les citó. La extensa entrevista no arrojó resultados y mucho menos promesas. La infertilidad era irreversible. Sin embargo quedaba esperar respuestas de los laboratorios que trabajaban a tiempo completo en Estocolmo, Chicago y Berna.Perdonen la frase manida, pero la esperanza es lo último que se pierde, dijo la Doctora, y además, siempre habrá posibilidades de tener un bebé.
Deprimida y con tal valoración profesional se fue con él al Perú. Pero obviaron al Cuzco y en el camino de Sipán se olvidaron del propósito que los había llevado allí y siguieron copulando en el delta del Iquitos en espera de un milagro yerberil brotado de las pócimas mágicas que los nativos ofrecían con pasión de curanderos infalibles. La falsa ilusión del vientre hinchado con regla demorada les regresó a Lima delante de un enjambre de mosquitos insaciables y en medio de una oscuridad de tormenta invernal. Pero solo se trataba del ponzoñazo de un insecto preamazónico que le había contagiado un virus perfectamente curable. El médico de la Embajada lo confirmó y les entregó un mail acabado de llegar de Chicago. El breve texto decía "lo siento, caballeros" y lo firmaba la Doctora. Agregaba una posdata."Vayamos al complemento".No adoptaremos, dijeron a una voz. El Embajador les sugirió regresar en un yate de recreo que había prestado Anacleto Angelinni al equipo fílmico de la Universidad Diego Portales que trabajaba en un documental sobre los herederos peruanos de los combatientes de la Guerra del Pacífico.
Ahogada en el mal del milenio le pidió terminar su depresión en la casa recién adquirida en Chicureo.Allí, las hembras del mundo animal se gestaban y parían con precocidad de larvas y las flores se morían cada noche para amanecer dando a luz en la mañana y lo mismo hacía el sol para el alba y la luna en el crepúsculo y ella se sentía Yerma sin saber qué hado maligno le había privado a ellos de realizar la más absoluta de las sencilleces.
Coincidieron definitivamente en que no adoptarían bebés de otros padres y en que no intentarían nada mas. Sin la capacidad de ser madre y sin poder confirmar la de ser padre, consideraron que el amor no bastaba para hacerlos felices. La buena vida nacida de salarios altos y profesiones y familias históricas eran un insulto a su pobreza reproductiva y se estimaron seres inferiores, por tanto aislantes. Ella dijo que se pondría a disposición de la Compañía de la Madre Teresa de Calcuta y él que dejaría todos sus proyectos para trabajar con niños aficionados a las antiguedades clásicas. No perderían la comunicaciún pero solo se verían en lo mediato si apareciera algo novedoso en Ciencias que les regresara sus sueños destrozados en la horrenda pesadilla de la aridez.
Los mails de ella llegaban desde los mas disímiles puntos de la Tierra y solo hablaban de avances en leprosorios, detención de virus en selvas casi impenetrables, vidas robadas al flagelo del SIDA, nuevas Fundaciones a la sombra de la Madre Teresa. Jamás él supo si había violado el cinturón de castidad o si lo recordaba como hombre o cuándo regresaría. Sus preguntas trampas eran obviadas con toda la respetuosa desfachatez de alguien que ha tomado una decisión definitiva. Solo en un correo trató de ser clara. Decía que la muerte de su Sistema era irreversible, que amaba a cierta versión de la vida que no podía definir aún y que Dios no era otra cosa que algo doble con una i en el medio, señal de que los humanos no estaban diseñados para la sencillez. Suerte que concluía "sigamos en pantalla". El prometió seguir la línea sobria e insultante de sus correos pero dejó bien claro que no deseaba leer mas la palabra "irreversible" y la frase "no es otra cosa que". Así que los mails para ella en el futuro dirían solamente sigo con los niños helénicos.
Todas las Embajadas, Legaciones Militares y comerciales y familias de primera generación vinculadas al Imperio de Alejandro Magno pusieron sus niños en manos del especialista chileno en asuntos griegos. Los niños no podían ser mayores de doce años y consiguió paridad porque, en el fondo, esperaba enamorarlos y juntarlos para conservar la raza nacida en un lugar donde los hombres hacían guerras por honor y eran tan tremendamente religiosos que inventaban a sus dioses porque los verdaderos dioses solo moraban en la fértil imaginacion de los hombres. No importaba que después otros hombres sin imaginación acuñaran el embelezo griego con un nombre atroz llamado Paganismo. De tres sesiones conferencias por semana el griego pasó a cuatro pero los niños exigieron cinco y al final lograron redondear el domingo.
Los padres habían logrado un Nano, un Preceptor y un Académico a prueba de ruindades al que pagaban en euros y prometían vacaciones por las islas del Egeo. Cuando sus hijos salían de sus casas en los barrios exclusivos los pensaban pequeños Alejandros de la mano de Aristóteles encaminados al banquete del conocimiento sin mácula, purísimo, y con toda la gama ecléctica exigida por los tiempos que se vivían. Mientras, los nuevos argonautas arribaban a casa hablando de Jaky Onasis y de María Callas, de las Olimpiadas antiguas y modernas, de Rivaldo, de los buques gigantes de Stavros Niarchos, de los trabajos en la Acrópolis, de Karamanlis y la división de Chipre, de fiestas dionisíacas y festivales pastoriles. Los padres se vanagloriaban de la deslumbrante cultura humanística que iban adquiriendo sus vástagos en la compañía de una especie de sacerdote joven que vestía como Aquiles el día de la batalla por Helena. Pero cuando diez chicos disertaron en televisión acerca de la influencia griega en la cultura occidental y específicamente en Chile, con los conocimientos y la elocuencia de Fernando Villegas, le doblaron el salario, le consiguieron un Aula Magna en Lo Barnechea, le compraron un Van de Volvo montado en las plantas del Pireo y pusieron todas sus influencias al servicio del viaje a Grecia cuando él lo decidiera, acompañado de sus niños y con los gastos pagados.
Pero para ese entonces él pasaba por un extraño período de confusión valórica y muy agradecido pidió una quincena de vacaciones y se fue a Chiloé a meditar. Aunque no lo decía en sus correos para su mujer él no había violado el celibato y ello incluía la masturbación. Mientras el hombre educaba y estudiaba el varón sufría y ni siquiera podía conformarse con la Regla de Onán. Los niños lo imitaban mas allá de la adoración y las niñas se restragaban contra su cuerpo esbelto con la ingenuidad de quien ve en otro hombre a la edad del saltimbanqui a otro padre diferente. A veces alguna niña encontraba famosos del cine en sus ojos o en su pelo u otra le preguntaba por qué tenía tan estrecha su cintura y tan anchos los hombros o por qué caminaba con Brad Pitt en Troya. El sabía que se trataba de la educación púber en el camino de los fuegos y se reía para decir que quería mostrarse hermoso para sus niños. Los niños"suyos" que no tuvo. Que no "tuvieron".
En la piscina los niños mostraban sus cinturas perdiendo la redondez de la infancia en retirada y sus bellos cambiaban de tersura y de color y sus voces se olvidaban de la gravedad gutural.Las niñas redondeaban sus ancas y sus poleras se disparaban adelante, incontenibles, y sus pestañas temblaban con otros ritmos y las manos encontraban otros quehaceres y las sonrisas se preparaban para los grandes desafíos del coqueteo. Las mutaciones de sus pupilos le hicieron cerrar los ojos y mirar hacia adentro.
Una tarde se dio cuenta que deseaba que los niños conservaran su cintura hermosamente redondeada y sus pieles de ángel y su voz imprecisa. Eso no hubiera sido suficiente para el colapso si dos niñas con zancadas de gacelas menárquicas no le acorralan riéndose de su bulto debajo del short, preguntándole si era un pene o un látigo para castigarlas. Eso tampoco hubiera bastado si una de las niñas no lo toca y aprieta y otra no lo abraza por la espalda incrustándole sus pechos nacientes en los dorsales y diciéndole que querían él las castigara y las sacrificara a una Diosa, desnudándolas y asándolas a fuego lento. El pensó que se trataba de un sacrificio "ecléctico" pero se sintió erecto y percibió el latigazo milenario conque el Dios inventado preparó al hombre creado para perpetuar la especie. Se separó ruborizado y dijo que se iban por hoy y todavía oyó que una de las niñas decía, asombrada de su estado, queremos que nos desflores.
Desde el montículo miró al Canal.Evitaremos el Puente, se dijo, y regresó a la cabaña chilota. Todo lo que une es puente y no hay por qué violar las esencias de las uniones. Un puente no es mas puente porque lo transformen. Siempre habremos de llegar al Continente.
Se sentó sobre un tronco de madera que descansaba al oeste de la cabaña y puso la Notebook en su regazo. Antes de redactar algunas notas para su esposa ausente se preguntó si acaso Baltazar de Cordes habría pasado por ditirambos de esta índole durante su autoproclamado interinato como Rey de las Islas en la Remota Novedad.
Estaba en las islas para meditar. No se trataba de una meditación religiosa. Tenía dudas acerca de lo que le pasaba en los últimos días. No sabía si tenía que ver con la abstinencia forzada- y prometida- o con la condición humana enfrentada a objetos semejantes ( y contrarios) durante tanto tiempo, viviendo la irrealidad de una separación incongruente. Había tenido que desertar de la educación y compañía de sus alumnos porque comenzaban a asaltarle deseos extraños nacidos de sentimientos confusos y tenía miedo. Su cuerpo, adaptado a la tranquilidad ascética, se revelaba sin contemplación, recorriéndolo con dulces vibraciones añoradas y reconocidas. Pero no nacían desde las tinieblas de la traición, circunscritas a su entorno de niñas y niños en el camino de la madurez o estancados en el limbo sin edad de los humanos. Fuera de las niñas y su madre no había otra mujer y su esposa no significaba nada mas que una mujer allá lejos, purgando una culpa contra la que no podía rebelarse en las antípodas del mundo.
Estaba casi convertido en un poidos erastes. En un eraste de los poidos. Convertido en una palabra griega de gestos y acciones convulcionados ante la sagrada carne núbil. Su deseo incontrolado por las niñas no estaba relacionado con ningún temor a la mujer hecha y exigente que estaba a miles de millas náuticas de su cama. Era un deseo asaltante y sorpresivo, inevitable, por la despiadada pulcritud de la belleza en formación. Las vaginas dentadas pasaban a su lado sin que él volviera la cabeza y se lanzara a una carrera desenfrenada. Cada Gorgona hechizada- y hechicera- mordiendo el pene minúsculo de Hansel era como la Meduza con sus enormes dientes blancos y los cabellos repletos de serpientes, como la Diosa Madre Cibeles, bajando de sus sitios para obligar a los sacerdotes a castrarse, como Diana de Efeso, exhibiendo sus generosos pechos planetoides para que los niños se estrellaran en el bronce, como esas Dalilas cortadoras de cabellos que buscan truncar la fuerza condenada al patíbulo pagano de las cabezas depiladas- las novicias de hoy deberían saber que para eso le cortan los cabellos- , como la dudosa reciedumbre de Diana Atenea.
No adoraba a las niñas de los helénicos por temor a la madurez femenina. Cuando los niños enrumbaban a la madurez pasaban a llamarse hombres y sus músculos, entonces, servían para la guerra o el deporte pero lastraban el encanto de los tiempos albóricos. Se trataba de una belleza apolínea y seductora que hacía olvidar a la belleza tierna y admirable de la inocencia. El no formaba deportistas para el Circo Olímpico ni guerreros o caminantes de cuarenta y dos kilómetros y fracción que dieran cuenta de noticias decisivas para la historia de la Hélade. Buscaba detener la zaga de la belleza mitológica y pagana custodiada por dioses únicos en una longitud de onda imprecisa que no marcara nada como no fuera el limbo de la pulcritud donde todo sería acequible y venerado, no acequible y disfrutado. Una clonación, quizás, de Cástor y Polus en el Olimpo. La deificación de Sócrates y Alcibíades.
No recordaba las marcas de los juegos íntimos infantiles. Por tanto no era un niño hombre con neurosis quedada. Entonces,no era un pederasta.Jamás compitió por un harén de niñas y nadie lo violó en su espera del golpe a través del mazazo del jefe de la manada. No era un simio núbil, por tanto. Como no pasó el Servicio Militar nadie le hizo cumplir novatadas sexuales con obligaciones de debutante. Así que no tenía memoria emotiva de rencores. No era dueño de las posibles aberraciones de Michael Jakson o del Barón de Feria, del cura Tato o Monseñor de Boston. Aunque no descartaba sus inclinaciones estéticas al estilo Woody Allen. El sabía que vibraba con la tranquila belleza de Apolo y que se maravillaba con las posturas mayores de los niños mártires de Chapultepec.
Entre la vibración y la tranquilidad hay una estela de misterios y él sabía que vagaba por ahí, sin posibilidad de aterrizaje.Giles de Rais, amigo entrañable de Juana de Arco, se entretenía maltratando a los niños con actuaciones sádicas mientras gozaba de sus encantos. Lewis Carrol poseyó todo un álbum de fotos de Alicia y nunca ocultó sus deseos para con la niña real de apenas trece años. Todavía nadie sabe si la disfrutó en el País de las Maravillas. Y Lewis era Preceptor y Abate. El Barón alemán Wilhem Von Gloeden desertó de las Cortes estilo Sissi por estimarlas pacatas y se fue a Sicilia. Consiguió la mayor colección de fotos con niñas de la época lo que no le impidió seguir siendo un fiel personero de la Dinastía Hohenzollern. Si bien deseaba conservar intactas las formas de sus niños jamás paso por su mente la posibilidad de castraciones para encontrar angelotis y castratis, eunucos de las Cortes de antaño. Las formas redondeadas, la piel suave, la voz eternamente infantil, la nada capilar. Quería eso.Pero sin excesos ni aditamentos. Estancar el tiempo en la dermis, hacerlo incontinuable, detenidamente bello.Sin embargo, sabía muy bien que anhelaba tocar, auscultar, sobar, tener, poseer.Lo que tal vez no fuera incompatible con la praxis griega. Pero sí con la suya.
La esposa ripostó con un mail de urgencia que solo contenía una palabra. Ven. De modo que dijo a los padres de sus niños que la esposa estaba grave en una población del Ganjes y que debía partir al instante. Los chicos podían tomar vacaciones adelantadas.Cuando su hermana le despidió en el Merino tras contarle que acababa de tomar las notas mas increíbles de su joven carrera de novelista intentó leer un trabajo crítico sobre Bolaños. Pero dos chicas le visitaron. Se trataba de las dos niñas del sacrificio cuando Chiloé aún eran un archipiélago donde casi nadie meditaba. Sabemos por qué te vas, le dijeron, mientras otra vez masajeaban su pene y taladraban sus laterales con pezones turgentes.Sé que me engañaron, les dijo. Sabemos que lo sabes, agregaron.Hoy cumplen trece años. Y tú cumples veintiséis. El doble. Sabemos que no volverás. Por qué. Las niñas no contestaron. Apretaron lo que atesoraban entre sus manos. Estaban casi de su alto y él podía percibir el efluvio de la carne en flor inundando el espacio como azahar maldito. Es que no piensas erectarte, preguntaron. El les juntó las cabezas por su izquierda y las besó suavemente en la boca como si soplara un plumón de libélula. Claro, dijeron. Por qué no volveré, preguntó. Porque somos vaginas dentadas.Con dientes de leche, aclaró. Pero dientes al fin, corearon. Era el último pasajero en el avión y debió despedirse. Nuestro pechos son carne y queremos que choques sin estrellarte, gritaron.Encantado, Eros.
El avión hizo escala en Salvador de Bahía pero nadie pudo bajarse porque se trataba de una escala técnica. A la altura de Islas Baleares, una abalancha de pasajeros hacia el ala derecha le hizo mirar al abismo. Una tormenta en las capas altas de la atmósfera obligó al piloto a perder altura y todos pudieron asistir a una escena que luego resultaría inolvidable.
Sobre la cubierta de un mercante un helicóptero planeaba y ametrallaba animales que resbalaban y caían al mar tintos de sangre mientras algunas de las personas que viajaban a bordo permanecían como estatuas.Parece que filman una película de alto presupuesto_ dijo alguien a su lado.
Qué tipo de animales cree que son. No sé, se me parecen a toros con el lomo dañado. Una cara semicubierta apareció sobre el asiento delantero.Son camellos, señores, dijo con un español enrevesado que no parecía de América.
Sobre Micenas había manchas infinitas de nubes y en Creta llovía a raudales y en lo que debió ser Troya había ejercicios militares. Bajo Bagdad el humo no dejaba ver al Tigris y el Eúfrates era una línea café que parecía no correr.El aeropuerto de Calcuta padecía un aterrizaje forzoso y debieron esperar dos horas antes de salir del túnel.
En la gran sala de salida alguien se paseaba con un cartel en el pecho. El cartel tenía un nombre con apellidos.Esperaba al dueño del nombre.La anciana ponchó la tecla de un teléfono celular. Se lo tendió. La voz de su mujer dijo síguela. Afuera esperaba un destartalado Austin azul conducido por un joven cetrino de mirada ausente.Lo llevó a un aeródromo en el sureste de la ciudad. Un piloto no menos cetrino voló a baja aaltura sobre el gran delta del Río y lo depositó en el Leprosorio de la ribera norte tras aterrizar con pericia de marine. La esposa vestía un short de camuflaje, una polera verde descotada y un sombrero de cazadora de leones. Calzaba unas sandalias chinas y estaba idéntica al último día que la vio en Santiago de Chile cuando le dijo te pareces a Merril Strep en Africa mía tomando un descanso en la ciudad. Le saludó con un beso insípido en la mejilla y lo condujo a su cabaña entre los juncos que anunciaban la selva. Ordenó a los guardias de seguridad que se fueran y no regresaran esa noche. Hizo una llamada en inglés nativo y mientras preparaba un té de flores entonó una canción dedicada a Gandhi, compuesta por ella cuando Tagore la obigó a dedicar tiempo a la buena literatura del Subcontinente indio.Uno de los guardias de menor rango trajo a una señora de la segunda edad vestida de embarazo. El guardia se marchó y la señora se sentó en una estera de bambú. Es mi marido que acaba de llegar. La mujer se inclinó y sonrió como haría una japonesa.Cuéntale, pidió.
La mujer dijo en inglés clásico que tenía cuarenta y seis años y nunca había podido concebir porque ambos eran estériles. Hasta este momento había fallado el secreto del Río pero siempre estuvieron seguros de que tarde o temprano se haría realidad. El último baño con cópula pública en uno de los afluentes sagrados produjo el milagro. Aclaró que se trataba del milagro de ella pero que podía dar crédito de montones de milagros con la presentación de las parejas y los niños nacidos al conjuro del Afluente. Estaba gestada de ocho meses y dispuesta a llevarlos al brazo del Ganjes cuando lo estimaran conveniente.
La mujer se marchó con la promesa de ser avisada para emprender la Ruta de la Concepción. Cuando quedaron solos a él le pareció que estaba leyendo una novela de Kipling y qué en cualquier momento llegaría un mercante cargado de especias para Valparaiso y los hombres correrían al barco para evitar a los tigres cebados y a los elefantes salvajes despavoridos delante del monzón.
Leíste mis notas, preguntó. Ella le llevó al computador. Lee, dijo. Me pasa lo mismo, decía la pantalla.Pulsó el mause. Lee, agregó. Pero con los enfermos, leyó. La última magnitud de la belleza, pensó. Intentó abrazarla y buscó su boca. Ella dijo estás muy sano de cuerpo. El se tomó otra taza de té de flores. En el Afluente estaré así.En el brazo del Río Sagrado es otra cosa.Crees de verdad.No, pero lo intentaremos.Esta es su ciencia y parece ser la novedad que estábamos esperando.
La esposa se levantó para encender un cigarro.Qué sabes de mi amiga la judía,pregunto.Mi hermana me contó poco antes de viajar. Insiste en que está embarazada y asegura que tiene eso ahí dentro desde que murió el marido y que late y está segura de que es un milagro de Alberto Hurtado.Muy bien.Estamos con ventaja. Tenemos al Padre Alberto y a la Madre Teresa. Verdad. Pasó algo con tus enfermos. Claro, mejoraron o murieron. Y con tus dedos.Eres"imprescindible" como no fueras otra cosa. Por mi parte, te lo juro. Y los niños "griegos". Les dejé programa para un buen tiempo. Y. Con monitores. Y. Para nueve meses. Ella prendió el gran foco de la puerta de entrada de la cabaña y dos guardias se acercaron.Llévenlo a su dormitorio, les ordenó. No es una pieza del Taj Mahal pero casi. El la miró, incrédulo. Síguelos. Dice la leyenda que en las fuentes del Afluente del Río sagrado está la corola de la vida. Déjame dormir aquí por favor. Estás muy joven y estás muy sano y para el instante de la cópula pública será otra cosa.
Febrero 4 del 2006.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
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