Las autoridades del puerto habían dispuesto dos vagones especiales y los engancharon detrás del convoy que transportaba maquinaria para la industria gasífera boliviana. Aún quedaban cientos de personas en los malecones pero no se irían con el único objetivo de desafiar al tsunami y a los meteorálogos que aseguraban llegaría el infierno en olas después del terremoto de mediana intencidad y sus réplicas de rutina esperado durante años.
El hombre del maletín alcanzó a tomar el último vagón en movimiento y perdió tres botones de la camisa cuando se sujetaba con una mano de la puerta y el viento helado de la Cordillera lo empujaba hacia al mar con fuerza de galernas.
Era un hombre ajado, sucio y maloliente porque el largo viaje desde Santiago había consumido sus fuerzas y la poca dignidad que le quedaba y solo quería pasar la frontera y pensar que iba a ser de su vida en el futuro.No había asientos disponibles y se tiró en el piso, recostado contra la pared posterior del vagón y puso el maletín gris entre sus piernas y se durmió al instante. Cada vez que los movimientos del convoy lo lanzaba contra la muchacha recibía un suave empujón con la punta de los dedos y una mirada complaciente hasta que ella lo dejó descansar sobre su hombro y sobre su regazo cuando una curva altiplánica lo tiró casi desfallecido allí, donde muy cerca, bajo los géneros, toda la furia sexual de la mujer se desbordó y solo esperaba su despertar para inaugurar la ruta del asedio.
Pero el hombre del maletín soñaba un sueño retrospectivo y la mujer soñaba despierta un sueño presente y el joven del asiento se convenció de que ella tenía en sus proyectos al hombre que estaba en su regazo como amante recuperándose de alguna bacanal inolvidable.
El tren renqueaba por el altiplano en medio de la noche aparecida y nada mas era el frío glacial afuera y una llanura infinita y al norte el murmullo sordo del Titicaca y sus olas cobardes rompiéndose en la costa. El joven sentado dejó caer la novela de Hammet entre su cuerpo y la señora de la ventanilla y trató de dormir porque se apagaron las luces y el silencio, que ya era opresivo, se hizo total.
El insomnio de la chica la detenía en el misterio de sus entrepiernas. El dueño de la Funeraria le permitió tener romances cuando descubrió que su impotencia era crónica pero los amantes no podían seguir sus pautas en la cama. Jamás pensó tener que abandonar el país porque sus hombres no funcionaban en asuntos de sexo sobre todo ahora que había logrado status económico de la mano de este empresario de pompas fúnebres.De nada valía la estabilidad artificial si las emociones andaban a media máquina. Su hermana le tenía un prominente ganadero en Matto Grosso, Brasil, encantado con su foto de rasgos indoeuropeos nacidos del maridaje de las razas en el borde occidental del Pacífico. Este hombre, soñando en su regazo, era otro de los puentes en su ruta de pasiones descomprometidas y nada mas saludar a su desvelo habría de enjorquetarse sobre sus muslos mientras pensaba en un mañana promisorio entre becerros, ríos despiadados e infinitas planicies verdes. Puso una de sus manos sobre la cabeza del hombre del maletín y dejó caer la otra, como al descuido, sobre su cierre y esperó.
El cerebro del hombre era un pandemonium de imágenes. Los cuadros pasaban a veinticuatro por segundo y apenas alcanzaba a disernir. Sus abogados habían logrado convencer a la Fiscalía de sus "errores humanos" durante la práctica de la profesión médica en seis ocasiones.Eran leguleyos especializados y aunque casi vacían sus arcas en el extranjero cada caso nuevo signado por la suerte o bendecido por conocimientos mínimos las rellenaban con celeridad y precisión de farmacólogo alemán. Entonces el hombre se postraba ante su título de enfermero guardado en un recóndito baúl del entresuelo y miraba de soslayo al otro diploma, al comprado con las platas de las primeras intentonas con la suerte. El hombre era dueño de una clínica discreta y tenía dos ayudantes y realizaba trabajos multioficio porque las leyes del país no se inmiscuían en asuntos éticos y la medicina, como toda acción en una economía liberal, estaba signada por la oferta y la demanda y la sub ley no escrita mediante la cual el sujeto podía elegir. Los abogados de las partes demandantes se habían conformado con archivar los casos y a veces los repasaban. Una córnea dejada morir en la espera urgente de un trasplante. Un hígado abandonado con dos kilos de instrumental quirúrgico sobre la mesa de operaciones. Una defunción por parálisis cerebral debido a exceso de anestécicos durante una operación de acceso mínimo. Una válvula coronaria obsoleta que solo funcionó seis horas. Una hemorragia terminal por mal diagnóstico de leucocitos rojos. Una oreja sana amputada. El séptimo affaire estaba relacionado con audiometrías paralelas y destrucción de órganos auditivos. Pero esta vez los abogados sugirieron que tenía que salir del país con falsa identidad y maquillaje definitivo hasta que alguien inventara alguna ley que protegiera a los practicantes clínicos dudosos con la misma solvencia que la Justicia regular aplicaba en la protección de testigos.
El hombre sentado no soñaba. Porque los miembros de la Brigada Antinarcóticos no sueñan. Ellos descansan mientras la presa espera y los chacales creen que están seguros.
Cuando la voz desesperada irrumpió desde el primer vagón la chica levantó su mano de los cabellos y del cierre del hombre del maletín y el joven despertó como disparado por un cohete de propulsión nuclear. La voz salía de la boca de un hombre mayor que nadie podía ver y repetía necesitamos a un médico o a una matrona por favor alguien que nos ayude con el parto. La muchacha no sabía nada de partos pero se paró apoyada en el hombro de su antiguo galán y le dijo disculpe y escuchó al hombre del maletín preguntar de qué se trata. Ella le dijo que parecía que una mujer iba a parir en el otro vagón y que alguien buscaba a un médico para que se ocupara y que ella iba a ver que podía hacer. Algunos pasajeros se movieron en sus asientos y continuaron durmiendo. Un anciano que mascaba coca, sigiloso,se levantó y siguió a la muchacha. El joven se les agregó pero ella le dijo que no se congraciara con su ayuda pues no tenía posibilidades y él le golpeó la espalda y ordenó camina, anda, que malpare.
En el oriente del primer vagón una señora madura se retorcía en el asiento que le habían dejado y se quejaba y gritaba viene pero de nada sirve que puje porque no sale creo que viene de patitas dios mío que alguien me ayude. La chica le dijo que se sujetara del mango del asiento, se reclinara y siguiera pujando. Estaban solos porque en este vagón nadie se había despertado. El anciano le tocó el lateral del vientre y movió su mano hasta el ombligo y luego la auscultó cruzando las dos y miraba al techo del vagón como si sus manos fueran un aparato de última generación que enviaran órdenes al cerebro y dijo viene bien pero es muy grande y necesita tiempo para nacer tranquila mi Doña. Escupió contra la pared del vagón y miró detenidamente a la mujer que trataba de dar a luz y agregó calma señora que todo saldrá de maravillas.
El anciano parecía un brujo patrón del país al que se dirigían y algo irradiaba de él y ellos se pusieron en sus manos. Ahora las contracciones aflojaron y la mujer sonreía con beatitud. Una voz dijo quién es el padre. El hombre de los gritos contestó yo y continuó usted sabe también. El hombre del maletín dijo una cifra por el trabajo y extrajo cierto instrumental para demostrar que hablaba en serio. La parturienta jadeó señor solo tenemos un abrigo de alpaca pero podemos dejar que lo bautice y el hombre se dio vuelta para irse pero el joven lo sujetó por el codo y le ordenó trabaje si sabe de verdad porque se muere y la muchacha dijo por favor y el hombre continuó al fondo para seguir la retrospectiva de sus falsos sueños altiplánicos que ahora le recordaban como su hermano había roto los lazos familiares por su indigna conducta ética en la capital de Chile mientras se pudría en el sur tratando de clonar mariposos verdes capaces de producir miel sintética solo con la ayuda de una Fundación suiza, abandonado por su esposa y con una hija snob y alocada.El anciano le siguió para decirle si sabe de verdad, ayúdeme, porque es una mujer blanca y no confío en mis sortilegios con otras razas. El hombre del maletín se limpió el jugo de coca que le expelió hasta la pechera con la yema del pulgar y antes de repetir la cifra le dijo mire mejor para donde escupe señor. El anciano se metió una mano en el bolsillo y le tendió un fajo de billetes del país vecino. No es suficiente pero intentémoslo. Regresaron y el anciano dijo en voz alta le pagué y hará el trabajo.Antes del próximo quejido la mujer de parto dijo que Dios se lo pague,el marido agregó será su ahijado y le nombraremos como usted.La joven dijo te ayudaré pero me das asco y se volvió al chico para decirle haz algo mi amor.
El hombre el maletín pidió que alguien tratara de conseguir que prendieran la luz. Dijo que necesitaba un cuchillo bien afilado y cuatro o cinco cordones de zapato y le pidió a la mujer que se volteara lo suficiente hasta quedar de lado. El anciano dijo que él tenía el cuchillo y saliva de coca y le dio sus dos cordones largos de piel de cocodrilo amazónico porque los demás andaban con mocasines. El joven dijo que nadie pediría favores en este tren indiferente y le entregó una linterna de haz poderoso capaz de colaborar en el alumbramiento de una ameba. El hombre del maletín se acomodó detrás de la mujer, le subió la falda y le dijo que levantara todo lo posible las nalgas y no se moviera porque se trataba de una incisión de cuidado.Levantó el cuchillo afilado hasta el mango, lo apretó bien y puso una mano en el glúteo derecho de la mujer. Pon una mano en el otro y abre todo lo que seas capaz cuando te avice, le dijo a la muchacha. Qué vas a hacer. Cortar. Tengo que unir la vagina con el ano porque se trata de una guagua gigante y requiere de una cesárea especial. Entonces la mujer gritó tan alto que ellos pensaron lo hacía por temor y algunos pasajeros se despertaron imaginando ser asaltados por lo modernos beduinos del Altiplano y el hombre del maletín bajó el cuchillo en el preciso instante en que la chica iba a decir algo y la vagina sagrada de la mujer se expandió y vertió un líquido preamniótico y el hombre del maletín llevó el pérfilo cortante hasta el perineo y un segundo antes de que todos vieran los primeros cabellos negrísimos el joven sujetó la muñeca del hombre del maletín y apretó hasta el dolor y el cuchillo cayó en tanto la cabeza seguía saliendo de aquel regazo húmedo y angelical y el joven dijo levante su pantalón doctor y el doctor fue a agacharse para alcanzar el cuchillo pero uno de los que se había despertado lo pisó y dijo para qué lo quiere si ya parió y el joven dijo gracias y él mismo le levantó el pantalón y cuando el hombre del maletín intentó escapar del asedio el pisador de cuchillos lo esposó y le dijo asesino y el joven vio la cicatriz bajo la rodilla derecha como su fuera una araña de rincón enroscada y dijo es un asesino y algo más y la chica expresó qué puede un asesino incompetente contra la vida que amanece a puro grito de alegría.
El anciano dijo voy a seguir durmiendo porque ella no es primeriza y venía preparada. Pero antes le dio una bolsita al joven. Contiene un polvillo muy tenue, tómelo con jugo de limón por si acaso. Las mujeres que dicen frases bonitas ante una vagina primaveral regalando una vida nueva generalmente son muy fogozas y no estará de mas. El joven le preguntó al levantado providencial de donde había sacado las esposas. Soy escolta de Evo Morales. El escolta del Candidato le preguntó acerca del misterio de la cicatriz aráñica. El joven dijo que era cazador de nazis y policía antinarcóticos y archivero de casos sublimes en su país.
La chica le dijo al joven vamos al baño de mujeres que me estoy orinando y agregó me hago amor. El le acompañó y entró al baño de hombres del vagón especial para evadir posibles tsunamis. Ella le preguntó qué haces cariño y él le preguntó tienes jugo de limón y ella le miró asombrada y él repitió pregunté si tenías jugo de limón y antes de que ella dijera que no el anciano le dijo dí que sí y le entregó un tarrito de plástico con un líquido verde claro hasta la mitad. Dáselo, agregó, por si acaso, es cortesía del Veterinario de Isluga. Cuando el anciano se retiraba oyeron que musitaba tengo que mejorar la memoria y oyeron, además, los gritos incontenibles del niño en el nuevo refugio de su vida y la chica dijo adiós Brasil y el joven sacó el cuchillo del bolsillo posterior y lo lanzó a la oscuridad.
Octubre 21 del 2005.
Providencia, Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
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