Mirar a la modelo de bajo perfil.
Recordar a la modelo que ayer nos encantó.
Soñar a la modelo con los ojos
abiertos.
Desear a la modelo que no posa
hasta la mas equizofrénica
combustión de la piel.
Desear y abrazar a la modelo
como si
protegerla fuera la última
manifestación de la verdad.
Tener a la modelo
en la mas egoísta de las posibilidades.
Todo
el tiempo.
A la modelo
en nuestra propia pasarela.
Para Lyset.- Dios mío.
La mujer delgada con andar de lince aerodinámico.
La muchacha pulcra como las aguas de los ríos iniciales.
La femme soberbia desnuda de inocencia.
La mujer danzante en un cuerpo extremo
empinada y sonora como las caracolas vírgenes.
La muchacha regia con la deslumbrante verticalidad
de las torres babilonas que nadie descubrió.
Una female con la rara sinuosidad de los golfos perdidos
entre las montañas de cuarzo tras los prados invictos.
Una mujer bucólica despeinada en las sombras
de aquellos cocoteros.
Una muchacha fruta
ofrecida en la madrugada verde
al centro del piélago estampado.
Una frau adorable
que algún desconocido Dios ecuatorial
eligió en el octavo día.
Una roca cincelada en el aire
con huesos y piel extraídos
de los pétalos de una flor inexistente.
Un pedazo de amor volando los duraznos
del jardín encantado.
Un exagerado gramo de ternura
vademecum olímpico de belleza primaveral
frescura cierta de las mañanas tibias
quedada entre sábanas olorosas
a paraísos recobrados y manzanas mordidas.
Un cofre de jugos prohibidos
y un tarro aurífero de rodajas de miel en la bandeja del Sol.
Un torrente de células arropadas con la piel de cebolla
tocadas con el efecto especial de la rosa sanguinea
y la tesitura de la seda
y la epidermis que debió tener la hembra
que no salió de la costilla.
Raro especimen en que la Creación se detuvo
extasiada de dudas
ante tanta perfección aparecida.
La exigencia sublime se muere en su esqueleto
se arrodilla en su carne
rinde definitiva pleitesía en la base de su piel
ora y pide
porque el amor siga siendo real entre los pliegues de su sombra
y los ojos sueñen su festín de aguinaldos.
Sos perfecta mujer.
Soi espectacular mina.
Eres exquisita chica.
Oh femme mía.
Embrujado castillo donde los mayordomos anuncian
las buenas nuevas del amor
y los fosos se abren en tus géneros lirios
y nadie defiende tus conquistas
porque habrá que afrecerte a cada estación
aunque el duende te robe tu tiempo soberano
de momento.
Tal vez yo no deba profanar tu status
de modelo comprometida.
Pero qué mortal ha de prohibir
la sutil contemplación
de la belleza terminal
en los museos de la vida.
Quién pondrá valladares
entre tus efluvios óptimos
y la voraz indisciplina de mis ojos.
Qué hombre
qué arlequín
qué elfo
qué partenaire
qué fauno
qué mago
qué cíclope
qué fiera
qué monstruo
qué duende
si yo soy ese duende y ese monstruo
ese cíclope y esa fiera
ese fauno y ese mago
ese elfo y ese partenaire
ese arlequín y ese hombre.
Yo soy aquél y yo soy este y yo seré.
Y tu serás.
Voy a llevarte en mis pupilas
a detenerte en algún lugar innominado de mi tórax
entre el óvalo impaciente de mis manos
al lado de mis piernas.
Voy a enjaularte al centro de mi furia
y solo abriré la puera
cuando no quieras irte,
Lyset.
Providencia.
Santiago de Chile.
Febrero 29 del 2005.
Luis Eme Glez.-
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