El Viejo siempre venía por el lado del potrero de Gocéndez, pegado a la cerca por debajo de los bienvestidos. Era un viejo sin llegar a ser un viejo entrado en la tercera edad. Generalmente vestía un pantalón de mezclilla cañero, una camisa manguilarga de trabajo, ocasionalmente usaba un sombrero de guano - como excepción una boina gris gallega - y calzaba zapatos nacionales baratos. El Viejo caminaba un tanto encorvado y, como todo el mundo, se inclinaba para pasar por entre los pelos de la cerca de alambre y dirigirse a mi casa. Contra su cuerpo - y sujetado con alguna de sus manos - casi siempre traía un bulto de ropa sucia, de trabajo, que mi madre le lavaba todas las semanas. El Viejo se sentaba en un taburete en el comedor y fumaba cigarros Vegueros de manera ininterrumpida. Empataba un cigarro con el otro y por eso casi nunca usaba fósforos. Cuando se le estaba acabando el cigarro agarraba la colilla con la punta de los dedos índice y pulgar y seguía chupando hasta casi quemarse la boca y entonces cerraba los ojos y colocaba sus labios de tal manera que mi padre decía que lo que parecía su boca era un culo de gallina. Mi padre le imitaría perfectamente durante toda la vida. Yo pensaba que aquella era su manera catártica de disfrutar la breva. A veces el Viejo nos visitaba entre la traída de la ropa sucia y la recogida de la ropa limpia. Le gustaba conversar con mi padre y le gustaba rememorar algunas pocas historias que recordaba de su Galicia natal. Porque el Viejo era un viejo español que una noche se había quedado en la casa de Los Gocéndez cuando vivían en San Manuel y al final había venido con ellos cuando compraron la gran finca en La Vega. El Viejo estaba jubilado y por ese motivo apenas echaba algún jornal. De modo que el Viejo era como un miembro más de la familia Gocéndez y realizaba cualquier tipo de trabajo en la finca. Era un magnífico trabajador y cuando trabajaba en grupos le encantaba llevar la delantera. Tenía un hermoso acento gallego que no había perdido con el aplatanamiento. Poco después de cumplir seis años comencé a tener noción real de las cosas y de esa manera pude calibrar mejor lo que contaba y lo que mis padres y vecinos contaban de él. Se llamaba José Ventoso. Mi padre - siempre listo para hacer humor y para endilgar apodos - le había agregado un segundo apellido que jugaba, en la rima, con el final de su primero. Cuando lo citaba decía "josé ventoso de la tosa". A la gente le gustaba y siempre se reía al escucharlo. Los niños asociábamos "tosa" con un gran mojón y reíamos más al recordar la breve poesía infantil que todos nos sabíamos y que decía "mañana es domingo se casa la gata con juan pirindingo quién es la madrina juana catalina quién es el padrino juan simón el que hable primero se traga un mojón del tamaño de la tosa de juan simón". De la Tosa incluía una pastilla de jabón Batey al bulto de su ropa sucia y cuando se la llevaba le pagaba a mi madre siete pesos si el día coincidía con el final de mes. Era muy poco dinero incluso para la época pero a mi madre le gustaba lavar y planchar ropa y lo estuvo haciendo hasta que el gallego quiso. Entonces siete pesos tenían el valor de siete dólares y por tanto un gran valor de compra si tenemos en cuenta que en el campo las necesidades reales eran mucho menores que en la ciudad. La ropa sucia de Ventoso también era considerada una "cochambrera" y necesitaba de mucha hervidura y de suficiente puño y cepillo de mi madre entre las paredes de la batea de cedro que le había hecho Pepe Siverio. Cuando el Gallego se la llevaba lo hacía con suma delicadeza. Recuerdo que la acomodaba sobre el brazo para que no se le estrujara y recuerdo que me encantaba mirarlo como pasaba por entre los pelos de la cerca sin dejar que se le trabara. En los primeros años de la Revolución alguna gente decía que Ventoso "era comunista". Y agregaban que los Alzados lo tenían en lista para ahorcarlo en cualquier momento. Y como también se decía que los Gocéndez simpatizaban con la gente de Fidel (para ellos todavía Fidel Castro era solo un guinda de Camilo Cienfuegos) pues la asociación era obligada. En verdad a veces Ventoso hacía ciertos comentarios que nos parecían favorables al comunismo pero como era un "extranjero" no le prestábamos mucha atención. Ciertamente los Alzados luchaban contra los fidelistas con cierta solvencia en muchos puntos de la cordillera norte de Las Villas y uno de sus hobbies favoritos era ahorcar comunistas. De hecho ya lo habían hecho en la Loma de Plateros con un vecino negro que estaba integrado al "proceso". La lista de los futuros guindados era amplia porque en Plateros también había simpatizantes públicos del "sistema". Ventoso vivía ajeno a lo que se comentaba sobre su supuesta afiliación roja. Lo que si es cierto es que poco a poco fue adoptando una postura diferente con el paso de los años. La escacez crónica que comenzó a asolar al país hizo que los familiares de los extranjeros residentes en Cuba - y de los propios cubanos - comenzaran a enviarles productos de primera necesidad. La ropa era un asunto prioritario. Un mediodía llegue a la casa desde la escuela y Ventoso estaba despotricando contra el Gobierno con sus zetas proverbiales. Su familia le había enviado algunos cortes de tela de pana para que le hicieran pantalones y la tela se había perdido en la Aduana del Aeropuerto de La Habana. Ventoso estaba absolutamente seguro de que los funcionarios "comunistas" se la habían robado y no encontraba nada que hacer para recuperarlas. Por demás era cierto. El Gallego no era el único que se quejaba de tales procederes oficiales. Recuerdo que cuando se fue mi padre dijo "ah, ahora es que el comunismo le apretó el culo a De la Tosa". Los Alzados fueron derrotados un día por los fidelistas y ni Ventoso ni los enlistados del barrio tuvieron que pasar por el aro macabro de la soga. Ventoso no era un tipo tan habilidoso para trabajar. Lo que destacaba en él era la perseverancia, la tosudez, la fuerza y la disposición. Características que en ocasiones eran muy bien aprovechadas por los vecinos. Acudir al Gallego Ventoso para liberar cualquier peo atorado era una norma rutinaria. Recuerdo que una tarde uno de los bueyes de Florencio Expósito que cuidaba y empleaba mi padre se cayó el pozo ciego que había al oeste del cocal. El buey se cansó de mirar hacia arriba y de bufear y se cansó de intentar salir y al final se dio por vencido. La única solución era tratar de encontrar una grúa y por tanto esa era una antisolución. El fondo del pozo ciego estaba como a unos cinco metros y allí crecían yerbas de guinea y había pencas y cocos secos. Cuando mi padre y Miguel y Pedrón decidieron que no sabían como hacer una rampa de verdad para que el buey la subiera a mi papá se le ocurrió lo obvio: buscar a Ventoso. El Gallego vino con mi papá y trajo una barreta, una guataca y una pala de puntera cuadrada. Mientras trabajaba el buey lo miraba, recostado contra el arco de la pared norte, y yo estaba seguro de que el animal pensaba que lo iban a enterrar vivo. Muy pronto los primos vinieron para ver como el gallego hacía un camino inclinado que llegara hasta donde estaba el bicho de Florencio. Ventoso trabajaba sin pedir ayuda, en silencio, sin descanso, como si el borde del pozo no estuviera lleno de curiosos. Una hora después la rampa estaba lista y el buey subió sin ninguna dificultad. No recuerdo que mi padre le diera las gracias porque dar gracias era algo que no estaba en el ADN del cubano del campo. El agradecimiento se manifestaba con admiración silenciosa. Algo así como pensar "este gallego es el caballo". De todas maneras cuando Ventoso se echó sus aperos al hombro para irse expresó "zi eztou lou aze cualquiera". O sea "uztedez zon unoz bagoz, izleñoz de mierda". Sin embargo a veces Ventoso se cansaba de que lo utilizaran para trabajos aparentemente fáciles y era capaz de explotar. Tampoco le gustaba que lo mandaran y mucho menos que trataran de explicarle como hacer el trabajo que estaba realizando. Cuando mi primo hermano Raúl Fumero se casó con Aracely "la bella" Gocéndez dejó su trabajo de mesero en los bares de La Habana y se metió a campesino a tiempo completo. Enamorado hasta los tuétanos. Raúl era un tipo relativamente leído e incluso se jactaba de saber un poco de inglés. Su tío Virgilio Barrios había contribuido mucho a su educación mientras lo apadrinó en el Central Victoria en donde Raúl llegó a ser un gran purgador de azúcar. Raúl siempre estaba tratando de inventar cosas y de mejorar otras. Los muchachos del Barrio - molestos por su "sapiencia" y sobre todo porque les había arrebatado a la bella Aracely de delante de los ojos - comenzaron a decirle - despectivamente - "el técnico" y al final el mote se le quedó. Raúl no se molestaba porque conocía la enorme diferencia intelectual que había entre él y sus vecinos contemporáneos "del campo". No estaba interesado en los negocios ganaderos de su padre. De modo que se vinculó a las labores agrícolas en casa de su suegro. Sobre todo cuando comenzó la gran escacez de productos de primera necesidad. Esto y una sequía con ribetes bíblicos le llevaron a implementar cierta técnica de regadío. Pablo Gocéndez tenía un campo de arroz como de cuarenta cordeles en el lado occidental del potrero que estaba al norte de la carretera. Vale decir lindando con la finca de Tionene. La sequía comenzó cuando todavía el río tenía cierta cantidad de agua. Entonces a Raúl se le ocurrió represar el río a la altura del puente porque era el lugar mas idóneo para tratar de llevar al agua hasta el arrozal. Podría haber unos cuatrocientos metros hasta el sitio de destino del agua. Muy pronto acometió el trabajo y con la ayuda de Ventoso - al que la idea del riego le sonaba magnífica - levantó una represa como de dos metros de altura por uno de ancho al norte del puente. Postes de bienvestido, tablas y pencas de palma real, tierra apisonada y piedras de resistencia. Enseguida se preparó para hacer la zanja que llevaría el agua hasta el campo de arroz. El puente parecía un punto de concentración popular. Todo el mundo se reunía allí para ver al gallego y al "loco de Nene" perdiendo tiempo con el pico y con la pala. Nadie creía que el agua llegaría hasta allá porque era "muy lejos" y porque no tenían ni la menor idea del esfuerzo ingenieril que iba a acometer Raúl con respecto a los niveles reales que habrían de hacer de la zanja el camino correcto. Además también se decía que el río no tendría fuerza para desviarse. La mayoría de la gente deseaba que el invento no funcionara. Raúl apenas esbozaba una sonrisa con su boca morena de labios gruesos - "Bembaetoro" le decían sus enemigos "viudos de Ara" - porque sabía que sus cálculos no le fallarían. Según algunas personas de las asistentes al "show de la represa" Raúl estaba "matando al Gallego" porque solo dirigía los trabajos desde el puente como si fuera un capataz ingeniero de verdad y no disparaba ni "un chícharo". Lo más interesante era que el Gallego también parecía estar pensando lo mismo. Así que una mañana, cuando la zanja avanzaba lentamente hacia el oeste por la orilla sur de la cerca, en plena cuneta de la carretera y Raúl impartía órdenes desde el puente, Ventoso se levantó desde su viejo cuerpo encorvado, se apoyó contra el cabo del pico y levantó su cabeza buscando al técnico. Oiga - dijo - deje la técnica y coja la pala. Raúl se echo a reír y bajó a trabajar. La escena fue vista por varios testigos y la frase lo perseguiría para toda la vida. Pero la zanja prosperó - unos cincuenta centímetros cuadrados -, llegó al arrozal y la poca agua que pudieron robarle al río terminal en el corazón de la sequía salvó al campo de arroz. Poco después Pablo Gocéndez cambió el campo de arroz para el sur franco de la finca (muy cerca de mi casa) y aumentó la cantidad de cordeles y entregó parte de sus tierras a los vecinos que la trabajaron a negocio. Recuerdo que los vecinos hacían todo el trabajo y le entregaban una tercera parte, limpia, a Pablo. Trabajamos con Los Gucéndez a la "tercera" - decían. Entonces había que depender de la lluvia porque era imposible represar el río a esa altura y trasladar el agua a los nuevos campos. Pablo consideró que el campo inundado no era muy bueno para la siembra de arroz por un asunto de fertlidad. Generalmente para la época de la cosecha se hacía un Equipo y todo el mundo contribuía sin ánimos de renumeración monetaria. El primer trabajo del Equipo consistía en cortar el arroz. Para lo cual se utilizaban las famosas hoces españoles marca Bellota. Cada hombre marcaba cuatro surcos e iba colocando los mazos de arroz en el primer surco a su izquierda para que el segundo hombre agregara sus mazos y formara la pila que después se cargaba hasta el telón de saco en donde sería trillado. Todavía el arroz se trillaba golpeando los mazos sobre el tablero de una parrilla de madera. Faltarían años para que el camión V-8 de Tite le pasara por encima - ida y vuelta - como a cincuenta metros de arroz apilado sobre un telón e hiciera el trabajo más humano y se ahorrara tiempo. Por supuesto que el orden de los cortadores estaba marcado por la calidad del cortador. Y por supuesto que Ventoso siempre abría el corte de arroz. Dentro del batallón de amigos que tenían Los Gocéndez había uno muy emblemático que siempre estaba invitado para la cosecha del arroz. También era de la zona de San Manuel y era una persona muy jocosa y muy peculiar en medio de su falsa seriedad. Tenía mas de seis pies y fácilmente unas doscientas libras metidas en un cuerpo atlético que sobrepasaba los sesenta años. Pepe Marrero era uno de los grandes amigos de mi padre. Siempre nos visitaba y yo me embelezaba escuchando las miles de historias que siempre nos compartía. Tanto me embelecé que cuando fui capaz de redactar con cierta solvencia escribí todas sus aventuras. Dejaré su biografía detenida aquí por si acaso apareciera en Mi personaje inolvidable. Pepe Marrero era un humorista de marca registrada y un jodedor cubano de primera categoría. Pepe Marrero siempre era el segundo en el orden de los cortadores de arroz. O sea el que iba detrás de Ventoso. En realidad Ventoso no estaba ya para comandar la Tropa pero la gente lo dejaba porque el corte de arroz también era un gran pretexto para hablar de todo, para reír de todo y para enjaular al tiempo el tiempo que uno quisiera. Pepe prefería ser el segundo hombre por un solo motivo. Ello le daba la oportunidad de "equivocarse" con su hoz a cada rato y pinchar el zapato de Ventoso a la altura del tobillo. El Gallego calculaba que Pepe lo estaba "alcanzando" y redoblaba su esfuerzo con el consiguiente reguero de mazos de arroz y la risa contenida del gigantón y sus amigos "enterados". Cuando Ventoso cogía otra vez cierta ventaja entonces Pepe apretaba el paso y de nuevo se repetía la historia. Ninguno decía nada. Excepto Ventoso que parecía decir sin decirlo "a mí sí que no hay quien me siga". En algún momento Ventoso comenzó a resfriarse constantemente. Tosía mucho y a veces le daban fiebres ligeras. Tomaba cocimientos y todas las pastillas y jarabes que le recetaban los médicos. A veces picaba alguna pastilla en mi casa y otras mi mamá le hacía cocimientos con otras hierbas tradicionales. Pero Ventoso no se mejoraba aunque casi nadie notara nada en su sistema respiratorio. Estaba encaprichado y un buen día recordó que la primera fiebre grande la tuvo "cuando puso la última traviesa en la Línea de San Andrés". Desde el día del recuerdo la frase se convirtió en su muletilla irremplazable. Ezta fieubre no zeu me quita dezde que pouze la última travieza en la línea de zan andrés - repetía como un mantra. Creo que no se podría asegurar que Ventoso fuera un aficionado natural del beisbol. Pero entonces el juego de pelota del Domingo en Plateros convocaba a todo el Barrio y a muchos de los vecinos fanáticos de otros barrios. Plateros tenía un magnífico equipo de pelota. Ventoso también se hizo fanático y era uno más de los que ocupaba el Domingo por la tarde en el campo de pelota "de Justino Martínez". Recuerdo que una vez se formó tremendo correcorre debajo de la mata de mango que estaba por la línea de tercera base y que cuando me acerqué oí que alguien dijo que "un lineazo de foul había matado al Gallego Ventoso". Ocurría que un foul de línea le había golpeado en la cabeza mientras "estaba hojeando una Biblia" y lo había tumbado sobre la hierba. Recuerdo que traté de encontrar el famoso libro y que me pregunté que cómo era posible que un comunista arrepentido estuviera leyendo "cosas como esas". No lo encontré y nunca más volví escuchar hablar del tema valórico. Todo un misterio. A pesar de que el cuadro de pelota era propiedad del Testigo de Jehová Justino Martínez quien, con su esposa Ofelia Fuentes y con mi tía Kuka "la isleña" González, eran los adalides de la Congregación en Plateros. No creo que Ventoso tuviera ninguna relación especial con los susodichos creyentes. Años después - mientras recordábamos la anécdota en una sobremesa de Nochebuena - alguien me aseguró que Ventoso sí estaba leyendo un libro aquel Domingo y que lo hacía entre ining e ining. Pero que el libro que leía no era la Biblia. Sino El capital, de Carlos Marx. Entonces entendí y supe que la lectura de la Obra Maestra del teutón la había realizado antes del robo de la tela de pana. Finalmente no ocurrió nada en el cerebro del señor De la Tosa. Pero desde ese Domingo José Ventoso de la Tosa no fue jamás a un juego de pelota. Pocos domingos antes de esa historia otra línea de foul había sido bateada por el zurdo Armandito Pitirre y había golpeado a la señora Lela Martinez - que estaba recostada sobre la cerca de postes que había a unos metros de la línea de tercera base - en la cabeza y cuando Lela cayó al piso se le fue un peo tan fabuloso que obligó al público a atenderla entre la risa y el temor. Lela sí continuó asistiendo a los juegos del domingo. Cuando crecí comencé a hacer preguntas históricas a Ventoso relacionadas con su Galicia natal y con España en general. Pero el Gallego se estaba poniendo viejo y me contestaba con incoherencias. Ventoso fue solo un emigrante más llegado desde la pobre Galicia en busca del Eldorado Americano. Y creo que ni siquiera había tenido problemas con aquel asunto de los "quintos" que buscaba enviar a uno de cada cinco jóvenes españoles a las guerras que todavía libraba el alicaído Imperio Español en sus magras poseciones por el mundo. Un buen día José Ventoso consideró que había llegado a una edad en que su familia real era quien debía ocuparse de sus últimos años. Así que se fue a La Habana en donde se decía que tenía una hermana. Y otro mal día nos enteramos que, como todos, había muerto. Para entonces mucha gente del Barrio lo había olvidado. Excepto mi familia. Excepto yo.
Anexo.
Raúl Fumero se divorciaría alguna vez de Aracely Gocéndez. Tuvieron dos hijos. La separación le destruyó para el resto de su vida. Sobre todo porque siempre asumió que Ara lo había engañado con su primer novio, un vecino (primo mío de tercera generación isleña) que todavía hoy mismo lo niega. Jamás se recuperó ni intentaría hacerlo. Muy pronto caería en el alcohol y en una serie de matrimonios forzados que no siempre se desarrollaron en la casa de campo. De uno de ellos nacería su tercer hijo. La madre, Rayza Vicent, nacida en Victoria, estuvo de invitada, siendo casi una niña, en la boda con Aracely. Rayza fue la profesora que me llevó a comenzar mi breve período como Profesor de Español, contratado, en la Secundaria Camilo Cienfuegos de Yaguajay. Un buen día fue premiada por el Sorteo de Visas Americano - el famoso "Bombo" - y viajó a los Estados Unidos con el hijo de Raúl y con una hija que había tenido de otro matrimonio. Tuve contactos con ella en Las Vegas durante un tiempo hasta que los perdí. Raúl debió lidiar, solo, con las enfermedades terminales - neurológicas - de su madre Estela Barrios y de mi tío Manuel Fumero. Solo por ello merecería una medalla mas allá de algunos despropósitos. Le visité o ví en mi casa en cada uno de mis viajes a Cuba después del 2012. Para entonces vivía en situacion terminal. Casi como un marginal. Nada le importaba. Pero era uno de mis primos hermanos mas allegados. En mi peúltimo viaje - 2017 - estaba muy deteriorado y apenas podia caminar o sentarse debido a un problema en su próstata. Para entonces el alcohol era su alimento predilecto. Me dijo que estaba "bien", que todo era "pasajero". No le creí. Le noté casi grave. Cuando regresé en el 2018 sus hijos se lo habían llevado para Matanzas, en donde vivían. Allí moriría a finales del año 2019. La información que obtuve en Miami y la de se nieto en Cuba no me han aportado suficiente.
Armando Pablo - Armandito Pitirre - fue uno de los mejores peloteros que paso por el Equipo Plateros. Zurdo, pequeño de estatura, era capaz de fildear como un artista, de correr como un guineo, de batear como un profesional y de pitchear como un consagrado. Era de Cambao, hermano de Ana, la mujer de Eliseo Cabrera (padres de María Julia y de Amaury) y se casaría con una de las hijas de Inocencia Martínez, la hermana de mi tío político Cuso Martínez, marido de mi tía Fela Leyva. Fui testigo - muy pequeño - del "doble juego" que le ganó al trabuco del Central Narcisa (el otro Ingenio de Yaguajay) pitcheando sin relevo. Por cierto un juego que decidió mi gran amigo Angel Tico González (fallecido recientemente) con un metrallazo por encima de la primera base. Hace poco me enteré de que Pitirre también había muerto el año pasado.
Lela Martínez. Hermana de mi tío Cuso y esposa de Julio de la Rosa. Se decía que los "la Rosa" eran fuertes candidatos a la soga de los Alzados por su afiliación comunista. Sin embargo creo que solo se trataba de simpatías intelectuales por los "barbudos". Uno de ellos, Manuel "el carpintero", se casaría mas tarde con mi tía Kuka la Isleña.
Luis Eme González.
Swetwater. Miami.
Usa.
Enero 26 del 2020.
Anexo.
Raúl Fumero se divorciaría alguna vez de Aracely Gocéndez. Tuvieron dos hijos. La separación le destruyó para el resto de su vida. Sobre todo porque siempre asumió que Ara lo había engañado con su primer novio, un vecino (primo mío de tercera generación isleña) que todavía hoy mismo lo niega. Jamás se recuperó ni intentaría hacerlo. Muy pronto caería en el alcohol y en una serie de matrimonios forzados que no siempre se desarrollaron en la casa de campo. De uno de ellos nacería su tercer hijo. La madre, Rayza Vicent, nacida en Victoria, estuvo de invitada, siendo casi una niña, en la boda con Aracely. Rayza fue la profesora que me llevó a comenzar mi breve período como Profesor de Español, contratado, en la Secundaria Camilo Cienfuegos de Yaguajay. Un buen día fue premiada por el Sorteo de Visas Americano - el famoso "Bombo" - y viajó a los Estados Unidos con el hijo de Raúl y con una hija que había tenido de otro matrimonio. Tuve contactos con ella en Las Vegas durante un tiempo hasta que los perdí. Raúl debió lidiar, solo, con las enfermedades terminales - neurológicas - de su madre Estela Barrios y de mi tío Manuel Fumero. Solo por ello merecería una medalla mas allá de algunos despropósitos. Le visité o ví en mi casa en cada uno de mis viajes a Cuba después del 2012. Para entonces vivía en situacion terminal. Casi como un marginal. Nada le importaba. Pero era uno de mis primos hermanos mas allegados. En mi peúltimo viaje - 2017 - estaba muy deteriorado y apenas podia caminar o sentarse debido a un problema en su próstata. Para entonces el alcohol era su alimento predilecto. Me dijo que estaba "bien", que todo era "pasajero". No le creí. Le noté casi grave. Cuando regresé en el 2018 sus hijos se lo habían llevado para Matanzas, en donde vivían. Allí moriría a finales del año 2019. La información que obtuve en Miami y la de se nieto en Cuba no me han aportado suficiente.
Armando Pablo - Armandito Pitirre - fue uno de los mejores peloteros que paso por el Equipo Plateros. Zurdo, pequeño de estatura, era capaz de fildear como un artista, de correr como un guineo, de batear como un profesional y de pitchear como un consagrado. Era de Cambao, hermano de Ana, la mujer de Eliseo Cabrera (padres de María Julia y de Amaury) y se casaría con una de las hijas de Inocencia Martínez, la hermana de mi tío político Cuso Martínez, marido de mi tía Fela Leyva. Fui testigo - muy pequeño - del "doble juego" que le ganó al trabuco del Central Narcisa (el otro Ingenio de Yaguajay) pitcheando sin relevo. Por cierto un juego que decidió mi gran amigo Angel Tico González (fallecido recientemente) con un metrallazo por encima de la primera base. Hace poco me enteré de que Pitirre también había muerto el año pasado.
Lela Martínez. Hermana de mi tío Cuso y esposa de Julio de la Rosa. Se decía que los "la Rosa" eran fuertes candidatos a la soga de los Alzados por su afiliación comunista. Sin embargo creo que solo se trataba de simpatías intelectuales por los "barbudos". Uno de ellos, Manuel "el carpintero", se casaría mas tarde con mi tía Kuka la Isleña.
Luis Eme González.
Swetwater. Miami.
Usa.
Enero 26 del 2020.
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