Al Este del Down Town está el Océano Atlántico.
Mapacity.
Nunca había viajado en Metro por Miami. Tampoco había utilizado el servicio de Metrorraíl desde el Aeropuerto hasta el Down Town. De modo que coloqué esa opción en mi Agenda para el 14 de Octubre, sin olvidar los montones de veces que habíamos viajado en Metro por cada una de las Líneas generalmente soterradas del excelentísimo Metro Santiago de Chile. Recuerdo que cuando salí de Chile en el año 2010 estaban construyendo la nueva línea que llegaría hasta Maipú. Para el instante de su entrega Palma Niteli casi que se olvidó de las micros y del encanto cierto de Avenida Pajaritos. La Extención hasta Maipú corre soterrada. Las cintas mecánicas nos resultaron casi interminables. A veces caminábamos sobre ellas mientras la gran cinta se deslizaba debajo de nuestras zapatillas. Desde el segundo nivel se veían los edificios de La Terminal, los grandes parqueos y al fondo los tejados entre el bosque infinito de la ciudad. El primer tren eran dos vagones conurbados que parecían salidos de la mente de Walt Disney y que nos llevaron gratis - cortesía de las autoridades aeroportuarias - hasta la Estación en donde se cobraban los billetes a un costo idéntico al de los buses, vale decir 2 usd con veinticinco centavos. Como yo desconocía que allí sí se podían cambiar los billetes porque una máquina es la que cobra y entrega el vuelto llevaba mis 4 usd con sus dos "cuoras" - 25 centavos - correspondientes. En Miami tienes que llevar el dinero exacto porque de lo contrario pueden hacerte bajar del bus. Muchas veces la gente que solicita "change" a los pasajeros y no encuentra a nadie que pueda "changiarle" tiene que bajarse porque el chofer no les permite continuar el viaje. A la derecha del chofer hay una especie de alcancía de metal en forma de torre con una ranura en la parte superior por donde se mete el billete, siempre con el rostro del Presidente de turno hacia arriba y perfectamente parejo en sus ángulos. Otra ranura estrecha permite el paso del dinero suelto. Debo decir que para mí significa una odisea tener que introducir el par de dichosos billetes en tal ranura. Casi siempre me son devueltos en forma de serpiente enroscada. Así que imaginen hacerlo con cuatro dólares y un par de cuoras. También existe la variante de comprar una tarjeta y ello abarata un poco el pasaje. Pero decidí no hacerlo si es que la estancia de Palma no pasaría de los diez días. Y porque la palabra "barato" me causa picazón.
El tren - vetusta serpiente cúbica de metal gris fúnebre - reptaba sobre el arco de los raíles y la ciudad se desplazaba por debajo, infinita, impecablemente ortogonal, boscosa y anaranjada en la memoria del viejo Flagler. Nos bajamos en la Estación Governor Center, descendimos las escaleras mecánicas tradicionales y tuvimos que marcar de nuevo con el tícket del pasaje para que se abrieran las últimas puertas de la Estación del Down Town. Los grandes rascacielos no sorprendieron a Palma Niteli, acostumbrada a las torres de Sanhattan en la Comuna de Vitacura. Pero sí comenzó a sentirse impresionada con la pulcritud apabullante del entorno, la educación de los caminantes y el silencio tranquilo de las plazas cívicas. Le pedí la maleta y la arrastré detrás de mí por debajo del elevado del Metro. A lo lejos el señor negro predicaba con elegante voz de spiritual de Alabama enfundado en sus zapatones a lo Heminway y el short americano de ocasión. Compramos dos Cocacolas al oriente del Museo Histórico de la ciudad y nos sentamos en uno de los bancos del paseo a cuya espalda está el gran edificio der La Corte. Allí mismo comenzamos las largas sesiones de fotos que se prolongarían sin descanso por todos los escenarios del Gran Miami. Decidí que camináramos por Flagler - Flagler es la calle que divide a la ciudad en Miami Norte y Miami Sur - hasta el mar. La calle - de dos vías aquí - está custodiada por comercios, tiendas exclusivas y sobre todo por rascacielos que cobijan hoteles 5 Estrellas y sedes de Grandes Compañías. Hacíamos fotos con los dos teléfonos y a veces yo colocaba mi ZTE sobre el borde superior de la maleta de Palma en tanto la filmaba con el suyo. Palma pensaba hacer "más de 1000 fotos". En el fondo oriental de Flagler está el mar. Pero todavía no se ve en todo su esplendor porque las áreas verdes se meten en el camino y solo se trata de un preámbulo de lo que luego será verdeazul intenso, yates de espanto y cruceros gigantescos con fondo de rascacielos en la lontananza única de Miami Beach y las islas urbanizadas en donde viven los artistas.Y los otros millonarios.
La Carretera US 1 se interpone en el camino de Flagler. Se trata de una Gran Autopista que va desde Key West, extremo sur de La Florida, hasta Mayne, al norte, casi en la frontera con Canadá. Desde el Down Town y hasta bien entrado el norte de Miami la US 1 se llama Biscayne Bulevard. Al oeste de la US 1 hay grandes rascacielos que en ocasiones superan los 50 pisos y de esa manera son capaces de competir con las torres de Nueva York y de Chicago. Al este hay parques, áreas de esparcimiento y una gran explanada de césped perfectamente recortado en donde este día comenzaban a montar una gran exposición sui géneris del colombiano Fernando Botero y sus gordos de antología. Palma Niteli me pidió una foto con fondo de un gordo botérico, gigantesca escultura negra que casi nos pareció un buda occidental. Mientras caminábamos al norte ella se fijó en una torre naranja que se elevaba sobre un edificio clásico, rompedor de la simetría moderna del Down Town. Así que colocó su maletín Addidas sobre el césped y me pidió que tratara de filmarla con el fondo de torre. Me desplacé hasta la yerba, me agaché y le hice como cuatro tomas. Cuando las revisamos aceptamos que habían quedado decentes, Incluso una de ellas mostraba todo el esplendor del edificio famoso. Porque se trataba nada menos que de la Torre de la Libertad, un edificio que había alcanzado celebridad a raíz de la primera diáspora cubana en los albores de los años sesenta del siglo XX cuando la nueva mentalidad de Fidel Castro había comenzado a separar a la familia cubana. Fue el primer encontronazo de Palma Niteli con el ambiente eternamente cubano de la ciudad.
Cuando llegamos a la entrada del Paseo de la Fama de Bayside Palma me pidió que le hiciera una foto con mi teléfono. Recién entonces me di cuenta que no lo llevaba en la mano. Lo busqué sobre el borde superior de su maleta en donde lo ponía a veces mientras la filmaba con el suyo. Allí no estaba. Ella registró su Addidas y yo vacié mi mochila y los bolsillos de mi mono. Mi teléfono se había evaporado en Bayside. Es un ZTE chino - de esos que se fabrican Allá por órdenes de Aquí buscando rebajar el salario de los obreros - muy grande, negro y con alta fidelidad. Es un Gran Androide y es mi segunda computadora fuera de casa. Lo adquirí hace unos meses porque mi Compañía - Metro PCS - exigió el cambio en aras de las nuevas tecnologías y yo lo escogí porque ciertamente me encantó más allá de su precio módico después de que MPCS descontó el valor de mi LG. Sin embargo no me importaba mucho perderlo. Podía comprar otro allí mismo. En materia de necesidad un teléfono sale ganando en la porfía con el auto. Díganmelo a mí. Lo importante era todo lo que contenía su Disco Duro. Sobre todo mis contactos telefónicos. Con él tenía que llamar a mi tía unos tres horas más tarde. Comencé a desesperarme. Palma me pidió que regresara al parque desde donde había filmado la Torre de la Libertad y que buscara bien en toda el área e incluso que volviera a los bajos del rascacielos de Flagler en donde nos habíamos hecho la última foto antes de entrar en la US 1. De modo que le hice caso. Pero mi fono no estaba en ningún sitio. Había un 99 por ciento de posibilidades de que la persona que lo hubiera encontrado llamara a algunos de mis contactos para devolverlo. Pero desconocíamos cuando se produciría eso. Así que regresamos al Paseo de la Fama, recorrimos las tiendas y las galerías y observamos a los grandes yates anclados sobre las miríadas de algas que se encargaban de pasear a los turistas por la bahía. Había un sol tropical, demasiada humedad, y los rostros que se paseaban por Bayside a esa hora de la mañana no eran cubanos. Las caras celtíberas se habían adueñado del entorno. Cuando al fin me pareció haber encontrado a dos cubanos me dijeron que no andaban con sus celulares y no me atreví a pedir el favor a gente de otras nacionalidades. Una vendedora de quiosco bisutero me dijo que en el segundo piso estaban los baños y que allí había dos teléfonos públicos. Los había realmente. Pero no funcionaban. Mis monedas se trabaron en la ranura y cuando al fin lograron pasar la puerta tapiada las demás tampoco pudieron hacerlo y desistí del empeño. Me preocupaba que llegara la hora de llamar a mi tía y ella se preguntara que qué demonios nos estaba pasando. Mi tía desconocía en dónde estábamos y no deseaba sorprenderla en su casa. Había que coger un bus para llegar allá y eso llevaba tiempo. Un taxi no hubiera realizado nunca un trayecto tan corto. Finalmente decidimos irnos al hotel, rezar porque allí hubiera wifi y tratar de llamarla desde el fono de la recepción en caso de que el suyo no tuviera servicio en Estados Unidos. La carga de Palma estaba expirando y los tomacorriente portátiles de Bayside no funcionaban. Todavía ella desconocía si tendría señal. En medio de un calor sofocante, medio desesperado y con Palma semiagotada por el viaje y el contratiempo inesperado opté por estudiar los Tours en el hotel y nos fuimos a la parada del bus. Allí había un muchacho con rasgos latinos. Me acerqué y le dije lo que me acababa de pasar. Era colombiano. Para mí ese acento es inconfundible. Conocí a muchos cafeteros en Santiago, a algunos aquí y viví poco más de un año en la casa de una chica colombiana. Así que el muchacho llamó a mi tía. Su teléfono era uno de los que yo tenía garabateado en mi Agenda. Mientras lo hacía llegó su bus y tuvo que abordar. Me prometió mantener la llamada, contarle lo que me había ocurrido y decirle en dónde estábamos ahora mismo. Por supuesto que no le creí. Poco después una Van Dodge se detiene al sur de la Parada y una mujer comienza a llamar hacia donde estamos nosotros mientras bate su mano zurda a través de la ventanilla. Todavía no había visto el nuevo auto de mi tía y ni por asomo hubiera pensado que se trataba de ella y de mi tío. Te llama a tí, me dijo Palma Niteli. Entonces la conocí. Mi tío se bajó para ayudarnos a meter los equipajes en el maletero y durante el viaje hasta su casa mi tía nos contó lo que había ocurrido.
Todavía no había comenzado a preparar el almuerzo cuando recibió una llamada de un desconocido. El desconocido había elegido un número de mi teléfono al asar y había resultado el suyo. Le dijo que tenía mi fono y le dio una dirección en donde podían encontrarlo. Así que se pusieron en camino hacia Miami Beach y después de vencer algunos recovecos en La Playa encontraron al chico. Era un joven negro, dijo mi tía. Pero eso no es nada, agregó mi tío. Había ocurrido que el muchacho colombiano les había contactado, contado lo que nos había pasado y detallado el sitio exacto de Bayside en donde estábamos esperando el bus para el New Yorker Hotel. Cuando llegaron nuestro bus estaba abriendo la puerta delantera para que los pasajeros de la Ruta 3 se montaran. Bueno, yo sé que no crees en Dios, pero espero que estas "casualidades" te hagan reflexionar, ironizó mi tía. Es un día de grandes bondades, dijo Palma. Recordé en voz alta que yo también había sido bondadoso esa mañana cuando presté mi teléfono al chileno en el Aeropuerto para que pudiera contactar a a su mecenas sobre auto.
Mi tío se perdió unos minutos cuando trató de manejar por calles que no frecuentaba pero enseguida arribamos a la hermosa casa de mi tía, un apartamento en el quinto piso de una torre en el alero del Down Town, de esos que son cortesía del Gobierno de los Estados Unidos para personas de bajos recursos - Plan 8 - y cuyo costo es poco menos que simbólico. Palma se encantó con el apartamento. Mi tía lo mantiene como si fuera una casa de muñecas, patrocinado por la obseción compulsiva de su hija más pequeña por la limpieza y la organización. Yo le había pedido una comida con fondo vegetariano para complacer a Palma Niteli y la señora se despachó un arroz con pollo y vegetales con agregados que dejó a la chilena con la boca hecha agua. La sobremesa incluyó refrescos enlatados de jugo de mango, dulces y helado, observación de la ciudad a través de la ventana sur y las charlas infaltables de mis tíos relacionadas con la marca Fidel Castro y la saga de Salvador Allende antes de que Augusto Pinochet le diera el golpe de gracia. Para su deleite encontraron una interlocutora excelente en la mujer del Cono Sur. Una mujer que no oculta su admiración por el El General y que es capaz de escuchar y de preguntar con parsimonia de persona educada. Casi al oscurecer cerramos la conversación y nos llevaron al hotel. Mi tío le regaló algunas botellas de agua mineral, dos latas de néctar de mango y una tercera de malta. Cada una de las aventuras del día me había servido para prepararle una buena cábala y convertirla en número para que la lanzara al albur de la Lotería de Miami.
Yo conocía perfectamente la zona en donde esta enclavado el Hotel New Yorker. Había vivido en Calle 53 Court del North East casi esquina con la Primera Avenida y trabajado en el restorant Cantaury que estuvo en Biscayne Bulevar entre la 53 y la 54 st. Había recorrido el área a pie, solo, para conocerla y volví a recorrerla cuando el Vasco Unaí, arrendador del Cantaury, me enviaba por los alrededores a repartir volantes promocionales de comida confeccionada con productos de mar. Entonces yo era un lavaplatos y un aseador de baños, sin contrato, que ganaba 7 usd con 50 la hora en tanto esperaba por los papeles que me harían un residente legal en los Estados Unidos. Seafood, caramba. Había una amplia explanada de entrada con la recepción en una oficina en forma de media luna y me fijé en los dos pisos del inmueble y en los balcones con balaustradas azul cielo y en el montículo en donde estaba la piscina y en el parqueo entre esta y las habitaciones de abajo. Las imágenes del Hotel colocadas en su Página de Internet eran excelentes y pocas veces he visto retrato tan vivo de la realidad. Mis tíos nos ayudaron a meter los equipajes y le hecharon un vistazo a la habitación. Cuando se fueron mi tía recalcó que estaba "a nuestra disposición". Pero yo no sospechaba que "estar a nuestra disposición" significaba "me llaman ustedes".
La habitación era lo más parecido a un eficience aceptable que hubiera visto en mi vida. La había pensado con una mesa y dos sillas para desayuno y cena, con una microonda para calentar desayunos y comidas, con un refrigerador stándar, con un sofá cama para sentarse a ver televisión y con un clóset para dos. Pero me equivoqué. La habitación disponía de una lámpara de noche, de una mesita sobre la que estaba un televisor LG de unas 24 pulgadas, de un espejo adosado a la pared norte, de un asiento deportivo con fondo flexible de fibras artificiales y sin espaldar, con un clóset pequeño, con un minirrefrigerador negro debajo de un estante sencillo y con un baño decente. Lo más descollante era una cama cuádruple, perfectamente hecha, con cuatro almohadas grandes y una tipo comodín que estaba colocada entre aquéllas. En el techo había una lámpara con forma de pecho de mujer con cuatro aspas que redondeaban las dos tomas centrales de aire acondicionado que estaban en el clóset y sobre el vano que comunicaba con este. No le pregunté por el costo de la habitación y nunca lo haría. Pero alguna vez ví una cifra entre sus papeles de inmigración precedida por un signo de dólar y si se trataba de ello me pareció bastante razonable. Porque ya he dicho que Palma Niteli, como buena turista no invitada por mí, se había pagado su pasaje y su hotel. Un hotel para dos. Recuerdo que esa noche ella tuvo su primer contacto con el racismo "al revés" del que yo le había hablado y que pude apreciar durante mi viaje por carreretera desde Texas a La Florida en el año 2010. La chica de la Recepción era una jovencita negra, americana. Digo "americana" porque el New Yorker está enclavado en un Area Negra en donde también reside una notable comunidad haitiana, por cierto muy diferenciada de la autóctona. Mi inglés todavía es malo pero es suficiente para comunicarme sin ningún problema, sobre todo cuando los gringos me dejan hablar. La chica negra - con su pelo corto sin desrizar a lo Angela Davis estudiante de Haigh School - revisó los papeles de Palma y cuando se dio cuenta de que su ID no coincidía con el ID de los documentos dijo, con gesto obtuso, que ello "podría traer problemas". De modo que tuve que explicarle que había sido su hijo el que se había encargado de ellos. Finalmente hizo un mohín de falsa resignación y dijo "ok, pero así no debiera ser" y nos precedió hasta la puerta de la habitación en donde nos entregó un par de tarjetas abridoras de puertas y concluyó con un "welcome" que me sonó a "váyanse altiro blancos de mierda". Palma casi que la manda para la cresta y la rechucha pero cuando se topó con mi mirada dijo "está bien, me lo habías advertido".
Desempacamos algunas cosas. Palma sacó de su maleta azul sintético una de las dos botellas de Pisco Alto del Carmen y decidimos que teníamos que visitar algún minimarket de la zona para comprar una botella de refresco Sprite, limones y alguna que otra chcuchería para agregar a la cena que nos había ofrecido mi tía. Uno de los trabajadores latinos del hotel nos dijo que en la próxima cuadra, al norte, había un negocio en donde seguramente podríamos comprar lo que nos hiciera falta. Se trataba de un minimarket en donde estaba despachando un hombre joven y taciturno que me pareció oriundo de la India o de Pakistán. El sitio estaba bastante despoblado de productos, desorganizado y con algunas frutas en mal estado. Los limones estaban literalmente podridos y optamos por no comprar ninguno. El limón en rodajas no puede faltar en el trago que se confecciona con Pisco, Sprite y cuadraditos de hielo. Pispray, como yo le había bautizado en Santiago cuando el complemento no era la Coca Cola y entonces se llamaba Piscola. Además, Palma necesitaba unas gotas de limón - no Blend - para mezclar con una pizca de aceite de oliva en ayunas, algo que constituía el último remedio que el doctor había agregado a su stok de medicamentos. Acostumbrada a cotizar todo el tiempo y llegada de un mercado en donde generalmente los alimentos son baratos se quedó helada cuando le dije lo que me había costado la canasta familiar provisional. Tranquila, que yo invito, sonreí. Pedimos permiso para pasar a la clientela negra del asiático. Raftafaris, especdrums, ropas amplísimas y ajadas, las miradas ausentes y tristes que le trasmitieron la gente de Lo que el viento se llevó a los negros auténticos del sur americano.
Al sur de los parqueos estaba el Gran Comedor en donde se desayunaba gratis. Porque el desayuno era lo único incluido en el paquete turústico. Yo sabía en qué consistían los desayunos americanos y por eso me había apertrechado en casa. Esta noche, sin embargo, usaríamos el comedor para bajar algunos vasos de Pisco Control con Sprite y hielo en cuadraditos con los agregados de siempre. Heché una mirada al comedor bajo las estrellas pero dejé los detalles para la próxima mañana. No había nadie y la noche amenazaba lluvia. Palma preparó el primer trago. Como hacía siempre Allá. Ahora el almanaque no tenía ninguna posibilidad de fastidiar. Las estaciones se repiten en idénticas longitudes de onda.
Pero habían pasado más de nueve años técnicos. La cama era demasiado amplia y tenía una maldita almohada divisoria. Volví a observar los interiores del cuarto.
Y volví a certificar que no había ningún sofá cama.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Otubre 24 del 2015.
El tren - vetusta serpiente cúbica de metal gris fúnebre - reptaba sobre el arco de los raíles y la ciudad se desplazaba por debajo, infinita, impecablemente ortogonal, boscosa y anaranjada en la memoria del viejo Flagler. Nos bajamos en la Estación Governor Center, descendimos las escaleras mecánicas tradicionales y tuvimos que marcar de nuevo con el tícket del pasaje para que se abrieran las últimas puertas de la Estación del Down Town. Los grandes rascacielos no sorprendieron a Palma Niteli, acostumbrada a las torres de Sanhattan en la Comuna de Vitacura. Pero sí comenzó a sentirse impresionada con la pulcritud apabullante del entorno, la educación de los caminantes y el silencio tranquilo de las plazas cívicas. Le pedí la maleta y la arrastré detrás de mí por debajo del elevado del Metro. A lo lejos el señor negro predicaba con elegante voz de spiritual de Alabama enfundado en sus zapatones a lo Heminway y el short americano de ocasión. Compramos dos Cocacolas al oriente del Museo Histórico de la ciudad y nos sentamos en uno de los bancos del paseo a cuya espalda está el gran edificio der La Corte. Allí mismo comenzamos las largas sesiones de fotos que se prolongarían sin descanso por todos los escenarios del Gran Miami. Decidí que camináramos por Flagler - Flagler es la calle que divide a la ciudad en Miami Norte y Miami Sur - hasta el mar. La calle - de dos vías aquí - está custodiada por comercios, tiendas exclusivas y sobre todo por rascacielos que cobijan hoteles 5 Estrellas y sedes de Grandes Compañías. Hacíamos fotos con los dos teléfonos y a veces yo colocaba mi ZTE sobre el borde superior de la maleta de Palma en tanto la filmaba con el suyo. Palma pensaba hacer "más de 1000 fotos". En el fondo oriental de Flagler está el mar. Pero todavía no se ve en todo su esplendor porque las áreas verdes se meten en el camino y solo se trata de un preámbulo de lo que luego será verdeazul intenso, yates de espanto y cruceros gigantescos con fondo de rascacielos en la lontananza única de Miami Beach y las islas urbanizadas en donde viven los artistas.Y los otros millonarios.
La Carretera US 1 se interpone en el camino de Flagler. Se trata de una Gran Autopista que va desde Key West, extremo sur de La Florida, hasta Mayne, al norte, casi en la frontera con Canadá. Desde el Down Town y hasta bien entrado el norte de Miami la US 1 se llama Biscayne Bulevard. Al oeste de la US 1 hay grandes rascacielos que en ocasiones superan los 50 pisos y de esa manera son capaces de competir con las torres de Nueva York y de Chicago. Al este hay parques, áreas de esparcimiento y una gran explanada de césped perfectamente recortado en donde este día comenzaban a montar una gran exposición sui géneris del colombiano Fernando Botero y sus gordos de antología. Palma Niteli me pidió una foto con fondo de un gordo botérico, gigantesca escultura negra que casi nos pareció un buda occidental. Mientras caminábamos al norte ella se fijó en una torre naranja que se elevaba sobre un edificio clásico, rompedor de la simetría moderna del Down Town. Así que colocó su maletín Addidas sobre el césped y me pidió que tratara de filmarla con el fondo de torre. Me desplacé hasta la yerba, me agaché y le hice como cuatro tomas. Cuando las revisamos aceptamos que habían quedado decentes, Incluso una de ellas mostraba todo el esplendor del edificio famoso. Porque se trataba nada menos que de la Torre de la Libertad, un edificio que había alcanzado celebridad a raíz de la primera diáspora cubana en los albores de los años sesenta del siglo XX cuando la nueva mentalidad de Fidel Castro había comenzado a separar a la familia cubana. Fue el primer encontronazo de Palma Niteli con el ambiente eternamente cubano de la ciudad.
Cuando llegamos a la entrada del Paseo de la Fama de Bayside Palma me pidió que le hiciera una foto con mi teléfono. Recién entonces me di cuenta que no lo llevaba en la mano. Lo busqué sobre el borde superior de su maleta en donde lo ponía a veces mientras la filmaba con el suyo. Allí no estaba. Ella registró su Addidas y yo vacié mi mochila y los bolsillos de mi mono. Mi teléfono se había evaporado en Bayside. Es un ZTE chino - de esos que se fabrican Allá por órdenes de Aquí buscando rebajar el salario de los obreros - muy grande, negro y con alta fidelidad. Es un Gran Androide y es mi segunda computadora fuera de casa. Lo adquirí hace unos meses porque mi Compañía - Metro PCS - exigió el cambio en aras de las nuevas tecnologías y yo lo escogí porque ciertamente me encantó más allá de su precio módico después de que MPCS descontó el valor de mi LG. Sin embargo no me importaba mucho perderlo. Podía comprar otro allí mismo. En materia de necesidad un teléfono sale ganando en la porfía con el auto. Díganmelo a mí. Lo importante era todo lo que contenía su Disco Duro. Sobre todo mis contactos telefónicos. Con él tenía que llamar a mi tía unos tres horas más tarde. Comencé a desesperarme. Palma me pidió que regresara al parque desde donde había filmado la Torre de la Libertad y que buscara bien en toda el área e incluso que volviera a los bajos del rascacielos de Flagler en donde nos habíamos hecho la última foto antes de entrar en la US 1. De modo que le hice caso. Pero mi fono no estaba en ningún sitio. Había un 99 por ciento de posibilidades de que la persona que lo hubiera encontrado llamara a algunos de mis contactos para devolverlo. Pero desconocíamos cuando se produciría eso. Así que regresamos al Paseo de la Fama, recorrimos las tiendas y las galerías y observamos a los grandes yates anclados sobre las miríadas de algas que se encargaban de pasear a los turistas por la bahía. Había un sol tropical, demasiada humedad, y los rostros que se paseaban por Bayside a esa hora de la mañana no eran cubanos. Las caras celtíberas se habían adueñado del entorno. Cuando al fin me pareció haber encontrado a dos cubanos me dijeron que no andaban con sus celulares y no me atreví a pedir el favor a gente de otras nacionalidades. Una vendedora de quiosco bisutero me dijo que en el segundo piso estaban los baños y que allí había dos teléfonos públicos. Los había realmente. Pero no funcionaban. Mis monedas se trabaron en la ranura y cuando al fin lograron pasar la puerta tapiada las demás tampoco pudieron hacerlo y desistí del empeño. Me preocupaba que llegara la hora de llamar a mi tía y ella se preguntara que qué demonios nos estaba pasando. Mi tía desconocía en dónde estábamos y no deseaba sorprenderla en su casa. Había que coger un bus para llegar allá y eso llevaba tiempo. Un taxi no hubiera realizado nunca un trayecto tan corto. Finalmente decidimos irnos al hotel, rezar porque allí hubiera wifi y tratar de llamarla desde el fono de la recepción en caso de que el suyo no tuviera servicio en Estados Unidos. La carga de Palma estaba expirando y los tomacorriente portátiles de Bayside no funcionaban. Todavía ella desconocía si tendría señal. En medio de un calor sofocante, medio desesperado y con Palma semiagotada por el viaje y el contratiempo inesperado opté por estudiar los Tours en el hotel y nos fuimos a la parada del bus. Allí había un muchacho con rasgos latinos. Me acerqué y le dije lo que me acababa de pasar. Era colombiano. Para mí ese acento es inconfundible. Conocí a muchos cafeteros en Santiago, a algunos aquí y viví poco más de un año en la casa de una chica colombiana. Así que el muchacho llamó a mi tía. Su teléfono era uno de los que yo tenía garabateado en mi Agenda. Mientras lo hacía llegó su bus y tuvo que abordar. Me prometió mantener la llamada, contarle lo que me había ocurrido y decirle en dónde estábamos ahora mismo. Por supuesto que no le creí. Poco después una Van Dodge se detiene al sur de la Parada y una mujer comienza a llamar hacia donde estamos nosotros mientras bate su mano zurda a través de la ventanilla. Todavía no había visto el nuevo auto de mi tía y ni por asomo hubiera pensado que se trataba de ella y de mi tío. Te llama a tí, me dijo Palma Niteli. Entonces la conocí. Mi tío se bajó para ayudarnos a meter los equipajes en el maletero y durante el viaje hasta su casa mi tía nos contó lo que había ocurrido.
Todavía no había comenzado a preparar el almuerzo cuando recibió una llamada de un desconocido. El desconocido había elegido un número de mi teléfono al asar y había resultado el suyo. Le dijo que tenía mi fono y le dio una dirección en donde podían encontrarlo. Así que se pusieron en camino hacia Miami Beach y después de vencer algunos recovecos en La Playa encontraron al chico. Era un joven negro, dijo mi tía. Pero eso no es nada, agregó mi tío. Había ocurrido que el muchacho colombiano les había contactado, contado lo que nos había pasado y detallado el sitio exacto de Bayside en donde estábamos esperando el bus para el New Yorker Hotel. Cuando llegaron nuestro bus estaba abriendo la puerta delantera para que los pasajeros de la Ruta 3 se montaran. Bueno, yo sé que no crees en Dios, pero espero que estas "casualidades" te hagan reflexionar, ironizó mi tía. Es un día de grandes bondades, dijo Palma. Recordé en voz alta que yo también había sido bondadoso esa mañana cuando presté mi teléfono al chileno en el Aeropuerto para que pudiera contactar a a su mecenas sobre auto.
Mi tío se perdió unos minutos cuando trató de manejar por calles que no frecuentaba pero enseguida arribamos a la hermosa casa de mi tía, un apartamento en el quinto piso de una torre en el alero del Down Town, de esos que son cortesía del Gobierno de los Estados Unidos para personas de bajos recursos - Plan 8 - y cuyo costo es poco menos que simbólico. Palma se encantó con el apartamento. Mi tía lo mantiene como si fuera una casa de muñecas, patrocinado por la obseción compulsiva de su hija más pequeña por la limpieza y la organización. Yo le había pedido una comida con fondo vegetariano para complacer a Palma Niteli y la señora se despachó un arroz con pollo y vegetales con agregados que dejó a la chilena con la boca hecha agua. La sobremesa incluyó refrescos enlatados de jugo de mango, dulces y helado, observación de la ciudad a través de la ventana sur y las charlas infaltables de mis tíos relacionadas con la marca Fidel Castro y la saga de Salvador Allende antes de que Augusto Pinochet le diera el golpe de gracia. Para su deleite encontraron una interlocutora excelente en la mujer del Cono Sur. Una mujer que no oculta su admiración por el El General y que es capaz de escuchar y de preguntar con parsimonia de persona educada. Casi al oscurecer cerramos la conversación y nos llevaron al hotel. Mi tío le regaló algunas botellas de agua mineral, dos latas de néctar de mango y una tercera de malta. Cada una de las aventuras del día me había servido para prepararle una buena cábala y convertirla en número para que la lanzara al albur de la Lotería de Miami.
Yo conocía perfectamente la zona en donde esta enclavado el Hotel New Yorker. Había vivido en Calle 53 Court del North East casi esquina con la Primera Avenida y trabajado en el restorant Cantaury que estuvo en Biscayne Bulevar entre la 53 y la 54 st. Había recorrido el área a pie, solo, para conocerla y volví a recorrerla cuando el Vasco Unaí, arrendador del Cantaury, me enviaba por los alrededores a repartir volantes promocionales de comida confeccionada con productos de mar. Entonces yo era un lavaplatos y un aseador de baños, sin contrato, que ganaba 7 usd con 50 la hora en tanto esperaba por los papeles que me harían un residente legal en los Estados Unidos. Seafood, caramba. Había una amplia explanada de entrada con la recepción en una oficina en forma de media luna y me fijé en los dos pisos del inmueble y en los balcones con balaustradas azul cielo y en el montículo en donde estaba la piscina y en el parqueo entre esta y las habitaciones de abajo. Las imágenes del Hotel colocadas en su Página de Internet eran excelentes y pocas veces he visto retrato tan vivo de la realidad. Mis tíos nos ayudaron a meter los equipajes y le hecharon un vistazo a la habitación. Cuando se fueron mi tía recalcó que estaba "a nuestra disposición". Pero yo no sospechaba que "estar a nuestra disposición" significaba "me llaman ustedes".
La habitación era lo más parecido a un eficience aceptable que hubiera visto en mi vida. La había pensado con una mesa y dos sillas para desayuno y cena, con una microonda para calentar desayunos y comidas, con un refrigerador stándar, con un sofá cama para sentarse a ver televisión y con un clóset para dos. Pero me equivoqué. La habitación disponía de una lámpara de noche, de una mesita sobre la que estaba un televisor LG de unas 24 pulgadas, de un espejo adosado a la pared norte, de un asiento deportivo con fondo flexible de fibras artificiales y sin espaldar, con un clóset pequeño, con un minirrefrigerador negro debajo de un estante sencillo y con un baño decente. Lo más descollante era una cama cuádruple, perfectamente hecha, con cuatro almohadas grandes y una tipo comodín que estaba colocada entre aquéllas. En el techo había una lámpara con forma de pecho de mujer con cuatro aspas que redondeaban las dos tomas centrales de aire acondicionado que estaban en el clóset y sobre el vano que comunicaba con este. No le pregunté por el costo de la habitación y nunca lo haría. Pero alguna vez ví una cifra entre sus papeles de inmigración precedida por un signo de dólar y si se trataba de ello me pareció bastante razonable. Porque ya he dicho que Palma Niteli, como buena turista no invitada por mí, se había pagado su pasaje y su hotel. Un hotel para dos. Recuerdo que esa noche ella tuvo su primer contacto con el racismo "al revés" del que yo le había hablado y que pude apreciar durante mi viaje por carreretera desde Texas a La Florida en el año 2010. La chica de la Recepción era una jovencita negra, americana. Digo "americana" porque el New Yorker está enclavado en un Area Negra en donde también reside una notable comunidad haitiana, por cierto muy diferenciada de la autóctona. Mi inglés todavía es malo pero es suficiente para comunicarme sin ningún problema, sobre todo cuando los gringos me dejan hablar. La chica negra - con su pelo corto sin desrizar a lo Angela Davis estudiante de Haigh School - revisó los papeles de Palma y cuando se dio cuenta de que su ID no coincidía con el ID de los documentos dijo, con gesto obtuso, que ello "podría traer problemas". De modo que tuve que explicarle que había sido su hijo el que se había encargado de ellos. Finalmente hizo un mohín de falsa resignación y dijo "ok, pero así no debiera ser" y nos precedió hasta la puerta de la habitación en donde nos entregó un par de tarjetas abridoras de puertas y concluyó con un "welcome" que me sonó a "váyanse altiro blancos de mierda". Palma casi que la manda para la cresta y la rechucha pero cuando se topó con mi mirada dijo "está bien, me lo habías advertido".
Desempacamos algunas cosas. Palma sacó de su maleta azul sintético una de las dos botellas de Pisco Alto del Carmen y decidimos que teníamos que visitar algún minimarket de la zona para comprar una botella de refresco Sprite, limones y alguna que otra chcuchería para agregar a la cena que nos había ofrecido mi tía. Uno de los trabajadores latinos del hotel nos dijo que en la próxima cuadra, al norte, había un negocio en donde seguramente podríamos comprar lo que nos hiciera falta. Se trataba de un minimarket en donde estaba despachando un hombre joven y taciturno que me pareció oriundo de la India o de Pakistán. El sitio estaba bastante despoblado de productos, desorganizado y con algunas frutas en mal estado. Los limones estaban literalmente podridos y optamos por no comprar ninguno. El limón en rodajas no puede faltar en el trago que se confecciona con Pisco, Sprite y cuadraditos de hielo. Pispray, como yo le había bautizado en Santiago cuando el complemento no era la Coca Cola y entonces se llamaba Piscola. Además, Palma necesitaba unas gotas de limón - no Blend - para mezclar con una pizca de aceite de oliva en ayunas, algo que constituía el último remedio que el doctor había agregado a su stok de medicamentos. Acostumbrada a cotizar todo el tiempo y llegada de un mercado en donde generalmente los alimentos son baratos se quedó helada cuando le dije lo que me había costado la canasta familiar provisional. Tranquila, que yo invito, sonreí. Pedimos permiso para pasar a la clientela negra del asiático. Raftafaris, especdrums, ropas amplísimas y ajadas, las miradas ausentes y tristes que le trasmitieron la gente de Lo que el viento se llevó a los negros auténticos del sur americano.
Al sur de los parqueos estaba el Gran Comedor en donde se desayunaba gratis. Porque el desayuno era lo único incluido en el paquete turústico. Yo sabía en qué consistían los desayunos americanos y por eso me había apertrechado en casa. Esta noche, sin embargo, usaríamos el comedor para bajar algunos vasos de Pisco Control con Sprite y hielo en cuadraditos con los agregados de siempre. Heché una mirada al comedor bajo las estrellas pero dejé los detalles para la próxima mañana. No había nadie y la noche amenazaba lluvia. Palma preparó el primer trago. Como hacía siempre Allá. Ahora el almanaque no tenía ninguna posibilidad de fastidiar. Las estaciones se repiten en idénticas longitudes de onda.
Pero habían pasado más de nueve años técnicos. La cama era demasiado amplia y tenía una maldita almohada divisoria. Volví a observar los interiores del cuarto.
Y volví a certificar que no había ningún sofá cama.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Otubre 24 del 2015.




No comments:
Post a Comment