Tomado de Grandes Nostalgias.
El padre se levantó del asiento antes de que la guagua llegara a la Terminal. El niño lo miró, incrédulo. La guagua acababa de subir la loma de la entrada al pueblo y se deslizaba lentamente hacia el este en medio del tráfico de la mañana. Vamos a quedarnos en la Parada de la esquina de Meneses porque le daremos una vueltecita a Lylia y a Rafaelito, dijo el padre antes de que el hijo preguntara. Y si Caraevieja cierra la barbería, papi. Bueno, la volverá a abrir por la tarde, qué, tienes mucho apuro. Es que también tenemos que ir al taller del Negro Tata a buscar las ligas coloradas. Estáte tranquilo chico, que es muy temprano y habrá tiempo para todo. El Hombre de la Ciénaga bajó primero y le tendió la mano al chico. No brinques hacia la acera, muchacho, que no eres un chivo, le advirtió. Cuando estaban esperando a que el trasiego de máquinas de alquiler y de camiones que doblaban desde la Calle Real hacia la calle transversal que se empataba con la carretera de Meneses amainara el padre sintió una voz potente a sus espaldas que pronunciaba su nombre. El viejo Cándido Perdomo estaba sentado, como casi todas las mañanas, en el portal de la Casa de los Negros. El padre terminó de darse la media vuelta y le dijo al niño "vamos a saludar a Cándido y no jodas más con tu desespero que acaba de amanecer, carajo". Cándido se apoyó en las palmas de sus manos y se tiró desde el alto portal enlajado de la Casa de los Negros y le apretó la mano derecha al Hombre de la Ciénaga. Vestía el pantalón caqui abombachado de todos los días, una camiseta blanca metida por debajo del pantalón, un jipijapa gastado en el borde delantero de la copa, las polainas de rutina y el par de botas avellanadas de trabajo. El pelo canoso, descuidado, se se le salía por debajo del sombrero. Era un hombre casi rechoncho y el niño lo recordó caminando por la carretera hacia la ranfla de la Sierra con sus pasos de pato con idéntica indumentaria cuando sus padres lo llevaban a la casa de Tía Estela. Rafael, me la robaron los cotorras verdes, me la robaron a lo descarado, no quise el cheque de mierda que querían darme, que se lo metan por el culo, ladrones, ladrones, cotorras verdes, nenepasomalos, pinguín pinguín, sí señor, sí señor, sí señor, cotorras verdes, roban de día, comunistas hijos de puta, sí señor, los otros ladrones roban de noche, sí señor, pinguín, pinguín. Cándido hablaba sin parar, gesticulando todo el tiempo, y Rafael tenía que soportar su conocida andanada de improperios contras los comunistas "que le habían intervenido su Sierra de aserrar madera". La mano de Perdomo se movía delante de los ojos de Rafael como una saeta batida por el viento del sur y a veces le metía el dedo índice en sus pectorales y volvía con su seguidilla de calificativos. El niño se recostó contra la columna de madera del portal de la Casa de los Negros y esperó a ver qué tenía que decir su padre cuando Cándido lo dejara hablar. Los dos milicianos caminaban hacia ellos desde el lado oriental del pueblo. El niño les miró. Vestían igual a cómo lo hacían aquellos milicianos que acamparon debajo del palmar del río hasta que recibieron la orden de subir a la loma para cazar a tiros a los alzados. El padre del niño estaba de espaldas escuchando las diatriabas de Cándido. Cándido los vio por encima del hombro del Hombre de la Ciénaga y se recostó contra el portal de la Casa de los Negros. Dejó que se acercaran. Míralos, Rafael, dijo, míralos bien para que no se te olviden. Rafael no tuvo que voltearse porque los dos milicianos vestidos de verde olivo pasaron por su lado como quien no quiere la cosa. El niño observó los cabos de sus pistolas sobresaliendo por encima de las fundas, las botas rusas negras de suela amplia y punteras de metal revestidas de cuero y los pantalones abombachados sujetados por el elástico a mitad de pantorrilla y sobre todo a sus gorras verdeolivo de vicera corta y copa ajustada, tan diferentes a aquella gorra bellísima de paleta larga acanalada y vivísimos colores con el escudo y las rayas de la bandera cubana al frente y el botón rojo en lo más alto de la copa que usaba el hombre de Jagueyal llamado Bello cuando venía los domingos a jugar pelota contra el equipo de Plateros. A sus espaldas Cándido Perdomo repetía cada uno de los adjetivos de rutina contra el par de milicianos y a veces agregaba alguno más. Sí señor, son unos desmadrados, Cándido, mira que quitarte una Sierra que tanto resolvía y que tanto trabajo daba a los vecinos, merecen morir, sí señor, pinguín pinguín, concedía el Hombre de la Ciénaga, sabedor de que los discursos de Perdomo contra las "cotorras verdes" que le habían "robado su Sierra" eran famosos en toda la provincia y que ninguna autoridad le hacía caso porque lo consideraban un vejete desquisiado. Piensan que estoy loco, Rafael, lo piensan, sí señor, pero estoy clarito como la miel de mis colmenas, tú verás lo que pasará si esos comunistas cotorras verdes intentan quitarme también las colmenas, tú verás, Rafael, sí señor, pinguín pinguín, mis hijos y mis nietos soportan todo en silencio pero este viejo que tú ves aquí ya no tiene nada que perder, tú verás tú verás, si nada más se les ocurre tratar de quitarme mis abejas, eso va a ser el acabóse. El Hombre de la Ciénaga le dijo que había que esperar a ver qué hacian los nenepasomalo con sus colmenas pero él sabía que los comunistas respetaban algunas propiedades que de una u otra manera eran imprescindibles para la economía del Joven Proceso y que ellos no podían controlar. Cuando al fin se pudieron deshacer de la oratoria encendida de Cándido El Colmenero enfilaron la acera hacia el oriente del pueblo. Nada más pasar la calle que se empataba con la carretera de Meneses al sur el padre y el hijo escucharon la obertura del próximo concierto en Mí Mayor. Ese Cándido habla más que una cotorra amaestrada, dijo el niño. A nadie le gusta que le quiten lo suyo y menos si la cosa es por la fuerza y él está muy bravo con el Gobierno de Fidel Castro y por eso no tiene miedo de gritar lo que piensa, el padre le puso la palma de la mano sobre su hombro derecho y pensó en lo que hubiera hecho él si los comunistas hubieran intentado arrbatárselo en los tiempos en que se hablaba de la Patria Potestad. Por qué coño tuvieron que quitarle la Sierra. No "tuvieron" que quitársela, el Gobierno dice que "todo" tiene que ser "del pueblo". Y acaso Cándido no es "del pueblo". No, hijo, Cándido es "dueño de" y los comunistas dicen que no puede haber dueños sino "dueños colectivos". Entonces esa gente me puede quitar el tirapiedras y decirme que todos los muchachos son dueños de él. Sí señor, sí señor, pinguín, pinguín, pueden hacerlo, aunque yo creo que no les haga falta un tirapiedras aunque fuera de ligas coloradas del Taller de Tata y horqueta de guevoegallo de la Cerca de Gucende. No creas, papi, yo sé que eso que le han hecho al Viejo Cándido se llama "intervención". Sé que lo sabes, hijo, ojalá que Raúl Ferrer no esté de visita en casa de su hermana para que no tengamos que oír otra perorata aunque sonara diferente. El niño se echó a reír. Lo imitas igualitico, papi. Es que cada vez que vengo a Yaguajay Cándido está sentado en el mismo lugar de siempre esperando a que llegue alguien que conozca para empezar con sus pleítos contra los comunistas, y eso que los Negros le han pedido que se vaya a otra parte y hasta han hablado con sus familiares sobre el asunto. Pero Cándido tiene razón, verdad. Claro, pero Aquí al que protesta con razón lo acusan de loco si es un viejo y si se trata de alguien más joven cuando se lo llevan no es precisamente a un Hospital Siquiátrico. No creas, papi, sé que eso a donde los llevan se llama "cárcel". Sé que lo sabes, hijo. No dejaremos que me quiten el tirapiedras ni los casillos, verdad, papi. No señor, no señor, pinguín, sonrió el Hombre de la Ciénaga, no los dejaremos jamás de los jamases, no señor. Aunque si me intervienen mis "propiedades individuales" se lo podemos decir a Cándido para que tenga otra cosa de que acusar a los comunistas. El padre se detuvo para observar a los alrededores. Muchacho, cállate ya la boca, que si te oyen nos llevarán a donde dices que sabes. El niño se paró en seco. No tendrás miedo eh, mira que Cándido puede ser mi abuelo y grita tan duro como un mallito tumbado por el tirapiedras del Chino. No tengo miedo, muchacho, pero a mí no me consideran loco y si me prenden no habrá quien atienda la finca. Yo y Neno nos bastamos, papi, qué carajo, que te prendan los cotorras verdes, el niño termino por echarse a reír y le dijo que él sabía que él era un hombre de palabra que no tenía miedo porque fue el único padre que no dejó que su hijo se colocara en su cuello la pañoleta roja de los pioneros comunistas el día que comenzó la escuela. Sube tú primero, le dijo el padre frente a la escalera de cemento que llevaba al portal de la casa de Lylia. Mientras el hijo subía los tres escalones se volvió a sentir palo detrás de la astilla.
El niño siempre se encantaba con la bellísima casa de Lylia Ferrer. Tenía un amplio portal con barandas de madera. pisos con mosaicos de colores muy vivos y un agradable olor interior que nunca pudo descifrar. Al niño le gustaba el gran reloj de péndulo que estaba colocado en la esquina noroeste de la saleta y que parecía un pequeño escaparate personal con puerta encristalada y que sonaba tan fuerte cuando daba las horas como el pito de los trenes del Central. Le gustaba también el portal trasero donde había una mesa con mantel a rayas y con sillas de madera listas para los almuerzos y las comidas y el patio mediano en donde había árboles frutales, un gato juguetón y dos o tres gallinas ponedoras. La casa tenía dos cuartos amplios. En el primero dormía Rafaelito, el hermano que nunca se casaba y que también era un buen poeta, siempre desinteresado en publicar sus cosas y que trabajaba con el Ministerio de Cultura Local en asuntos que tenían que ver con el diseño y construcción de carrozas en época de Carnaval. Rafaelito se parecía mucho a su hermano Raúl y tenía la misma boca triste de Los Ferrer. El niño nunca olvidó la mañana en que lo había invitado a entrar a su cuarto para que viera una escultura blanquísima de mármol que representaba a una mujer desnuda de cuerpo entero. Cuando el niño había detenido su mano en el camino hacia la mujer Rafaelito le había dicho que no, que continuara y que la tocara y le había preguntado que en dónde pensaba hacerlo y él había respondido "en las tetas" y Rafaelito le había sugerido "dí mejor en los pechos, que suena más poético". El cuarto de Rafaelito había sido el cuarto matrimonial antes de que el Señor Pfeifer muriera y Lylia hubiera decidido que el segundo cuarto era el indicado para venerar su memoria y poder comunicarse mejor con él a través del mundo de los espíritus. Rafaelito no se ocultaba para decir que su hermana se había vuelto loca después de que el ingeniero agrónomo austríaco se había muerto y que le parecía increíble el hecho de que una mujer tan educada y tan comedida pudiera creer que se comunicaba con él desde el más allá. Rafaelito aseguraba que antes de quedarse viuda Lylia no se ocupaba tanto de santos ni de misterios con los muertos ni se había interesado por sugerir nombres piadosos para los hijos de la familia. Lylia no le prestaba atención ni le acusaba de ateo porque era una mujer muy liberal y dejaba que él vertiera sus criterios en su propia presencia. Lylia se consideraba una mujer católica y espiritista, - aseguraba que no había contradicción alguna -, que no santera, y sentía la misma devoción por su hermano librepensador que la que él sentía por su piadosa hermana viuda. En el cuarto de Lylia había una mesita sencilla en donde ella tenía los perendeques que le permitían la comunicación con "Faife". Pero al niño no se le parecían a los perendeques que había sobre la mesa de los curanderos que se ocuparon del Caso Daño de Bura aquel año. El niño extrañaba a la vieja Inocencia, Bisabuela Pérez, y al Tioabuelo Segundo, Tioabuelo Ferrer. Extrañaba a Inocencia en medio de las telarañas del tiempo, ataviada con un vestido largo y ajustado, con su pelo gris bien estirado hasta el moño trasero y aquellos zapatos finos de tacón mediano. Bisabuela Inocencia parecía una gran dama que siempre estuviera lista para salir de viaje. Extrañaba también a aquel niño mayor que él que una vez le había permitido observar cómo su helicóptero se elevaba casi un metro desde el piso de la saleta comandado desde un mando manual y que alguien había llamado Pedro Luis. Extrañaba al Tioabuelo Segundo porque una mañana en que había tenido que detenerse en Plateros a recoger a su padre para hacer una gestión en Caibarién se había burlado de él mientras gritaba a moco tendido en el portal de Tiacelia al tener que quedarse solo. Después de eso siempre que Tiosegundo lo veía tenía que repetir - a petición del sentido del humor del padre - la escena en que el niño lloraba desconsolado y a Tiosegundo le pareció que los quejidos del niño hacían Juuuú Juuuú Juuú Juuú. Sentado en el portal trasero de la casa de Lylia el niño recordaba cómo después de aquella mañana de llanto incontenible en el portal de Tiacelia sus llantos casi que se habían detenido porque lo mataba la verguenza solo de pensar en que alguien le escuchara haciendo juuú juuú en cualquier escenario. Desde entonces no dejó de llorar. Pero lloró menos.
Bueno, dijo Rafaelito, es verdad que a Cándido no le pasará nada con la Policía, pero llegará un momento en que la cogerán con el nieto Yeyo aquí en Yaguajay o con el hijo que está al frente de las Colmenas y de la finca en Plateros. Dicen que ni les dio agua a los que fueron a buscar la Sierra, Lylia estaba escogiendo el arroz sobre el mantel rayado de rojo de la mesa. El Hombre de la Ciénaga sabía que sus primos hermanos estaban esperando por su versión de los hechos y no esperó a que se la pidieran. El niño - que se sabía la zaga de memoria - se levantó de la silla y bajó al patio con el pretexto de que se había caído una guayaba madura de la mata y pensaba comérsela. Baja poquito a poco los escalones, Luisito, dijo Lylia. Cándido Perdomo era un campesino más que tenía una finca como la tenían algunos de sus vecinos. Una finca que La Revolución le había "autenticado" a cambio de que jamás pudiera disponer de ella por su cuenta. Aunque Cándido cultivaba la tierra y criaba animales era dueño de una pasión tan desbordante como solo suelen tenerla los verdaderos profesionales. Cándido era colmenero y había logrado levantar un pequeño Imperio en su propia finca y en otros lugares del Municipio de Yaguajay. Las cajas cuadradas de madera con las colmenas estaban en la Gran Arboleda detrás de la Sierra, sobre listones aserrados, y desde la Sierra se sentía el ruido monótono y compacto que hacían las abejas mientras trabajaban a tiempo completo. Las abejas disponían de suficientes flores de campanilla y de bienvestido para fabricar miel. La miel siempre fue un producto codiciado y Los Perdomo -Cándido Jr. y los nietos mayores habían seguido con la profesión - vivían relativamente bien con las ventas al Estado, a los vecinos y a clientes ocasionales. Cuando el dinero se fue acumulando Cándido decidió invertir. Lo hizo comprando una Sierra que trabajaba con un potente motor diésel que había en el fondo sur de la nave que cobijaba a los equipos aserradores. Los lugareños, que antes llevaban su madera a la Sierra de Seibabo, ahora tenían una en sus propias narices y algunos campesinos encontraron en la Sierra de Cándido una nueva fuente de trabajo. Entonces los montes estaban repletos de maderas preciosas y todavía el Gobierno no había tomado el control absoluto de las "riquezas forestales de todos los cubanos". Francisco - Cisco -, el hermano del Hombre de la Ciénaga, había comenzado a trabajar con Cándido y casi que se había librado del corte de caña y de la atención a su pedazo de tierra familiar. También lo estaba haciendo, a medio tiempo, el carpintero Pepe Siverio, marido de la hermana Celia, que tenía en la Sierra de su amigo Cándido la madera garantizada para sus trabajos impecables. La Sierra marchaba a toda máquina hasta que un día se comenzó a hablar de que el Gobierno estaba interviniendo todas las propiedades privadas de cierta importancia. Cándido sabía que su Equipo tenía algo más que "cierta importancia" y se preparó para si aquella noticia significaba otra cosa que solo una bola de humo. Los Perdomo no habían colaborado con los rebeldes en su lucha contra Batista porque eran un Clan al que no le interesaba la política pero eran disciplinados y acataban las leyes que estuvieran vigentes. No eran comunistas pero los comunistas estaban en el poder. Cándido tenía la ilusa esperanza de que los mayimbes respetarían su Sierra y sus Colmenares más alla de las advertencias de algunos terratenientes que le habían asegurado que sus propiedades "estaban en remojo". La Revolución había reducido, otra vez, la tierra de los grandes dueños mediante una Segunda Ley de Reforma Agraria que solo les permitía poseer cinco caballerías. El día que lo citaron a Yaguajay para decirle que "la Revolución habia decidido intervenir su Sierra" porque la Revolución "no se podía dar el lujo de continuar permitiendo que alguna gente explotara a los más pobres y se siguiera haciendo rica" a costa de ellos, Cándido no abrió la boca ni una sola vez pero no firmó ningún documento que le comprometiera con su aceptación de intervención. Solo cuando el Oficial del INRA le explicó que, por supuesto, recibiría el precio "adecuado" por la Sierra Cándido despegó sus labios y movió su lengua para decir "de qué precio está hablando usted si yo no le he vendido nada". Muy pronto un funcionario del Comité Interventor de La Revolución se apareció por la Sierra para que Cándido supiera el día exacto en que vendrían por ella y le pidió que parara el trabajo inmediatamente. Cándido se limitó a escuchar al comunista sin mirarlo. Cisco hizo lo propio y Pepe Siverio siguió recolectando recortes utilizables para su carpintería entre el ruido opaco del motor diésel y el zumbido cercano de las abejas trabajando debajo de la arboleda sur. El día en que vendrían los hombres de Fidel Castro a llevarse su Sierra Cándido convocó a toda su familia en la casa del hijo mayor y les pidió que salieran al patio oriental en el minuto justo en que el camión plancha y la grúa bajaron la ranfla para que no olvidaran jamás el oprobio "oficial" de que estaban siendo testigos. Nieto Doraldo - Cándido le decía Doringa - no pudo aguantar las lágrimas y se metió a llorar desconsoladamente en la otra arboleda de la finca y Nieta Mireya ni siquiera se dio cuenta cuando Pedrón le hizo señas desde la carretera para significarle que lo sentía muchísimo. Para cuando los Desmontadores de Sierra de Yaguajay sintieron necesidad de tomarse un jarro de agua se dirigieron a la casa de Los Perdomo. Isabelita, la nuera de Cándido, se dispuso a servirlos pero su suegro la detuvo. No te muevas, Isabel, que en esta casa no se le da ni un buche de agua a los ladrones. Los "ladrones de sierra" se fueron hacia la casa de Nene Fumero, al norte de la carretera, pero se encontraron conque sus puertas se habían cerrado herméticamente como por arte de magia. Al igual que las puertas de la casa de Carmelo Coronel. Muertos de la sed, en medio del sopor del eterno verano, al fin los Hombres del Gobierno lograron montar todos los engranajes de la Sierra de Cándido en el camión plancha y se fueron a media tarde. Un año después la Sierra de Cándido Perdomo estaba cien por ciento oxidada entre la maleza de un campo yermo en las inmediaciones de Mayajigua y su ex dueño no se cansaba de gritar improperios de factura mayor en la cara de todos los hombres y mujeres vestidos de verde olivo. Nunca más Cándido Perdomo pasó por la carretera en su diminuta camioneta Ford color beige de los años treinta y por tanto Pepe Siverio y familia se perdieron su parada obligada para saludarlos desde la ventanilla. También se la perdió el hijo del Hombre de la Ciénaga que muchas tardes venía a la casa de Tiacelia para jugar a contar el paso de carros en ambas direcciones por la carretera con Luis Enrique y con Imeldo. Desde entonces solo dos autos verdaderamente conocidos transitaban por la carretera. La máquina lilácea, Chevorolet 55, de Juanito el de la Tienda, - eterno mal conductor, incapaz de quitar ni un solo segundo la vista del frente de la vía - y el pizicorre gris paloma de Cachaco, el hombre de Yaguajay que buscaba ataúdes para los muertos de su pueblo en la Funeraria de Caibarién.
Cuando el niño oyó los comentarios de Rafaelito y de Lylia supo que su padre había acabado de contar el epílogo de la historia de la Sierra de Cándido. Entonces lo llamó con el pretexto de que había una guayaba pintona en el copo de la mata y quería que se la tumbara. Qué coño quieres realmente, muchacho, preguntó el padre en voz baja. Pregúntales que qué ha opinado el "socialista" Raúl de esa intervención comunista. No, Raúl se ocupa ahora de cosas intelectuales y ni siquiera importa lo que piense de una sierra intervenida en el barrio de sus primos. Ah, no, en serio. Sí señor, pinguín pinguín, dijo el padre. Qué, acaso tienes miedo de que Lylia no nos invite a almorzar. Posiblemente. Apuesto a que sé lo que verdaderamente molestaría a Raúl acerca de este asunto. Sí, a ver dímelo abogado del diablo. Quizás Raúl encuentre bien que se acaben los "dueños de cosas que den mucho dinero" pero lo que no soportaría es que sus amigos comunistas boten un equipo tan caro en un potrero para que se llene de mierda y nadie le saque provecho. Cojones, muchacho, esas sí son palabras bien dichas. Pero no olvides, papi, que Raúl Ferrer vive en una casa de mampostería en La Habana. Eso es verdad, para qué carajo necesitaría una sierra. A lo mejor para aserrar algunas tablas de cedro y repararle la casa a la hermana o para aserrarle el culo a Fidel Castro algún día. Cuando yo lo digo, eres candidato a cadena perpetua en una cárcel infantil. Cuando vayan a buscarme no le des agua. Lo juro, y hasta sacaré a Mandunga y a Laniña al patio para que sean testigos del oprobio.
Después del almuerzo Lylia le preguntó al niño que si ya se había leído el último libro que le había regalado. El niño respondió que sí y Lylia le pidió que recitara al menos una estrofa de alguno de los tres poemas de Raúl que contenía. Lylia no creía que el niño ni siquiera hubiera hojeado el Libro de Lecturas y Ejercicios porque corrían tiempos de vacaciones. De cuál poema, del Romance de la niña mala, del Romancillo de las cosas negras o del de los Acentos de las Palabras y sus Sílabas. Lylia se quedó de una pieza. A ver del de Las Palabras y sus Sílabas. Cucha "una aguda quiere usted aquí la tiene pared una llana pues ventana una esdrújula pues brújula pared brújula ventana qué fácil es la lección y que alegre el corazón cuando la sepa mañana". Muy bien, muy bien, aplaudió Lylia, serás un genio de las letras como tu primo segundo, muchacho. No tienes más libros por ahí. No, ahora no, pero enseguida que me caiga alguno interesante te lo mando con Rafael. Gracias.
El Hombre de la Ciénaga decidió salir poco antes de las 2 de la tarde. Oye, si Andresito abre a las 2, dijo Rafaelito. No, es que primero tenemos que pasar por el Taller del Negro Tata a buscar ligas coloradas, aclaró el niño. El Hombre de la Ciénaga miró a sus primos y les hizo una seña con el ceño fruncido y una sonrisa de resignación. Cuidado con Tata que es un negro brujero y a lo mejor no matas ni a una chinchila con las ligas que te regale, amenazó Lylia. Sí, porque ese negro es capaz de dártelas embrujadas, agregó Rafaelito. El niño no dijo nada pero pensó en la mala puntería que siempre había tenido y además, todavía no estaba completamente seguro de si la brujería era un cuento chino o una realidad irrebatible. Las paso por humo como hago con las palomas después de pelarlas y fuera brujería, pensó. La voz de Rafaelito les llegó desde la sala cuando el padre y el hijo estaban en el portal con Lylia y comenzaban la ceremonia de la despedida. Oye, Luis Manuel, te voy a hacer una pregunta a ver se de verdad tienes la memoria tan buena como dicen. Al niño le encantaban retos de esa índole. Rafaelito se les unió en el portal. Recuerdas cuando te mostré mi estatua de mujer desnuda. Claro, dijo el niño. Recuerdas que intentaste tocarla y de pronto echaste tu mano para atrás como asustado. No estaba asustado, solo estaba respetando a una obra de arte que no sabía si se podía tocar. Recuerdas qué parte de la estatua deseabas tocar. El niño lo miró de arriba abajo. Vamos, papi, pidió. Qué pasa, no te acuerdas o qué, preguntó el Hombre de la Ciénaga. Vamos, papi, anda, por favor. Yo lo sabía, tu memoria no es tan buena como dicen algunos por ahí, se burló Rafaelito, que acababa de escribir un gran poema sobre el pudor. Veinte pasos al sur de la casa el niño se volvió. Todavía los hermanos estaban en el portal y les miraban mientras se alejaban. Rafaelito, gritó el niño. Sí, dime, muchacho.
Pechos suena más poético.
Glosario mínimo.
#- Cotorras verdes......Les llamaba así a los milicianos debido al color verde de sus uniformes.
#- Nene Pasomalo.....Famoso ladrón de la zona en los años sesenta del siglo XX.
#- Pinguín....Una manera de nombrar a la pinga (pene).
#- Mallito.....Pájaro mediano de color negro que cuando es herido grita con estridencia para que sus congéneres se acerquen.
#- INRA....Sigla "revolucionaria". Instituto Nacional de Reforma Agraria.
#- Cucha.....Apócope de "escucha".
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 27 del 2015.
Bueno, dijo Rafaelito, es verdad que a Cándido no le pasará nada con la Policía, pero llegará un momento en que la cogerán con el nieto Yeyo aquí en Yaguajay o con el hijo que está al frente de las Colmenas y de la finca en Plateros. Dicen que ni les dio agua a los que fueron a buscar la Sierra, Lylia estaba escogiendo el arroz sobre el mantel rayado de rojo de la mesa. El Hombre de la Ciénaga sabía que sus primos hermanos estaban esperando por su versión de los hechos y no esperó a que se la pidieran. El niño - que se sabía la zaga de memoria - se levantó de la silla y bajó al patio con el pretexto de que se había caído una guayaba madura de la mata y pensaba comérsela. Baja poquito a poco los escalones, Luisito, dijo Lylia. Cándido Perdomo era un campesino más que tenía una finca como la tenían algunos de sus vecinos. Una finca que La Revolución le había "autenticado" a cambio de que jamás pudiera disponer de ella por su cuenta. Aunque Cándido cultivaba la tierra y criaba animales era dueño de una pasión tan desbordante como solo suelen tenerla los verdaderos profesionales. Cándido era colmenero y había logrado levantar un pequeño Imperio en su propia finca y en otros lugares del Municipio de Yaguajay. Las cajas cuadradas de madera con las colmenas estaban en la Gran Arboleda detrás de la Sierra, sobre listones aserrados, y desde la Sierra se sentía el ruido monótono y compacto que hacían las abejas mientras trabajaban a tiempo completo. Las abejas disponían de suficientes flores de campanilla y de bienvestido para fabricar miel. La miel siempre fue un producto codiciado y Los Perdomo -Cándido Jr. y los nietos mayores habían seguido con la profesión - vivían relativamente bien con las ventas al Estado, a los vecinos y a clientes ocasionales. Cuando el dinero se fue acumulando Cándido decidió invertir. Lo hizo comprando una Sierra que trabajaba con un potente motor diésel que había en el fondo sur de la nave que cobijaba a los equipos aserradores. Los lugareños, que antes llevaban su madera a la Sierra de Seibabo, ahora tenían una en sus propias narices y algunos campesinos encontraron en la Sierra de Cándido una nueva fuente de trabajo. Entonces los montes estaban repletos de maderas preciosas y todavía el Gobierno no había tomado el control absoluto de las "riquezas forestales de todos los cubanos". Francisco - Cisco -, el hermano del Hombre de la Ciénaga, había comenzado a trabajar con Cándido y casi que se había librado del corte de caña y de la atención a su pedazo de tierra familiar. También lo estaba haciendo, a medio tiempo, el carpintero Pepe Siverio, marido de la hermana Celia, que tenía en la Sierra de su amigo Cándido la madera garantizada para sus trabajos impecables. La Sierra marchaba a toda máquina hasta que un día se comenzó a hablar de que el Gobierno estaba interviniendo todas las propiedades privadas de cierta importancia. Cándido sabía que su Equipo tenía algo más que "cierta importancia" y se preparó para si aquella noticia significaba otra cosa que solo una bola de humo. Los Perdomo no habían colaborado con los rebeldes en su lucha contra Batista porque eran un Clan al que no le interesaba la política pero eran disciplinados y acataban las leyes que estuvieran vigentes. No eran comunistas pero los comunistas estaban en el poder. Cándido tenía la ilusa esperanza de que los mayimbes respetarían su Sierra y sus Colmenares más alla de las advertencias de algunos terratenientes que le habían asegurado que sus propiedades "estaban en remojo". La Revolución había reducido, otra vez, la tierra de los grandes dueños mediante una Segunda Ley de Reforma Agraria que solo les permitía poseer cinco caballerías. El día que lo citaron a Yaguajay para decirle que "la Revolución habia decidido intervenir su Sierra" porque la Revolución "no se podía dar el lujo de continuar permitiendo que alguna gente explotara a los más pobres y se siguiera haciendo rica" a costa de ellos, Cándido no abrió la boca ni una sola vez pero no firmó ningún documento que le comprometiera con su aceptación de intervención. Solo cuando el Oficial del INRA le explicó que, por supuesto, recibiría el precio "adecuado" por la Sierra Cándido despegó sus labios y movió su lengua para decir "de qué precio está hablando usted si yo no le he vendido nada". Muy pronto un funcionario del Comité Interventor de La Revolución se apareció por la Sierra para que Cándido supiera el día exacto en que vendrían por ella y le pidió que parara el trabajo inmediatamente. Cándido se limitó a escuchar al comunista sin mirarlo. Cisco hizo lo propio y Pepe Siverio siguió recolectando recortes utilizables para su carpintería entre el ruido opaco del motor diésel y el zumbido cercano de las abejas trabajando debajo de la arboleda sur. El día en que vendrían los hombres de Fidel Castro a llevarse su Sierra Cándido convocó a toda su familia en la casa del hijo mayor y les pidió que salieran al patio oriental en el minuto justo en que el camión plancha y la grúa bajaron la ranfla para que no olvidaran jamás el oprobio "oficial" de que estaban siendo testigos. Nieto Doraldo - Cándido le decía Doringa - no pudo aguantar las lágrimas y se metió a llorar desconsoladamente en la otra arboleda de la finca y Nieta Mireya ni siquiera se dio cuenta cuando Pedrón le hizo señas desde la carretera para significarle que lo sentía muchísimo. Para cuando los Desmontadores de Sierra de Yaguajay sintieron necesidad de tomarse un jarro de agua se dirigieron a la casa de Los Perdomo. Isabelita, la nuera de Cándido, se dispuso a servirlos pero su suegro la detuvo. No te muevas, Isabel, que en esta casa no se le da ni un buche de agua a los ladrones. Los "ladrones de sierra" se fueron hacia la casa de Nene Fumero, al norte de la carretera, pero se encontraron conque sus puertas se habían cerrado herméticamente como por arte de magia. Al igual que las puertas de la casa de Carmelo Coronel. Muertos de la sed, en medio del sopor del eterno verano, al fin los Hombres del Gobierno lograron montar todos los engranajes de la Sierra de Cándido en el camión plancha y se fueron a media tarde. Un año después la Sierra de Cándido Perdomo estaba cien por ciento oxidada entre la maleza de un campo yermo en las inmediaciones de Mayajigua y su ex dueño no se cansaba de gritar improperios de factura mayor en la cara de todos los hombres y mujeres vestidos de verde olivo. Nunca más Cándido Perdomo pasó por la carretera en su diminuta camioneta Ford color beige de los años treinta y por tanto Pepe Siverio y familia se perdieron su parada obligada para saludarlos desde la ventanilla. También se la perdió el hijo del Hombre de la Ciénaga que muchas tardes venía a la casa de Tiacelia para jugar a contar el paso de carros en ambas direcciones por la carretera con Luis Enrique y con Imeldo. Desde entonces solo dos autos verdaderamente conocidos transitaban por la carretera. La máquina lilácea, Chevorolet 55, de Juanito el de la Tienda, - eterno mal conductor, incapaz de quitar ni un solo segundo la vista del frente de la vía - y el pizicorre gris paloma de Cachaco, el hombre de Yaguajay que buscaba ataúdes para los muertos de su pueblo en la Funeraria de Caibarién.
Cuando el niño oyó los comentarios de Rafaelito y de Lylia supo que su padre había acabado de contar el epílogo de la historia de la Sierra de Cándido. Entonces lo llamó con el pretexto de que había una guayaba pintona en el copo de la mata y quería que se la tumbara. Qué coño quieres realmente, muchacho, preguntó el padre en voz baja. Pregúntales que qué ha opinado el "socialista" Raúl de esa intervención comunista. No, Raúl se ocupa ahora de cosas intelectuales y ni siquiera importa lo que piense de una sierra intervenida en el barrio de sus primos. Ah, no, en serio. Sí señor, pinguín pinguín, dijo el padre. Qué, acaso tienes miedo de que Lylia no nos invite a almorzar. Posiblemente. Apuesto a que sé lo que verdaderamente molestaría a Raúl acerca de este asunto. Sí, a ver dímelo abogado del diablo. Quizás Raúl encuentre bien que se acaben los "dueños de cosas que den mucho dinero" pero lo que no soportaría es que sus amigos comunistas boten un equipo tan caro en un potrero para que se llene de mierda y nadie le saque provecho. Cojones, muchacho, esas sí son palabras bien dichas. Pero no olvides, papi, que Raúl Ferrer vive en una casa de mampostería en La Habana. Eso es verdad, para qué carajo necesitaría una sierra. A lo mejor para aserrar algunas tablas de cedro y repararle la casa a la hermana o para aserrarle el culo a Fidel Castro algún día. Cuando yo lo digo, eres candidato a cadena perpetua en una cárcel infantil. Cuando vayan a buscarme no le des agua. Lo juro, y hasta sacaré a Mandunga y a Laniña al patio para que sean testigos del oprobio.
Después del almuerzo Lylia le preguntó al niño que si ya se había leído el último libro que le había regalado. El niño respondió que sí y Lylia le pidió que recitara al menos una estrofa de alguno de los tres poemas de Raúl que contenía. Lylia no creía que el niño ni siquiera hubiera hojeado el Libro de Lecturas y Ejercicios porque corrían tiempos de vacaciones. De cuál poema, del Romance de la niña mala, del Romancillo de las cosas negras o del de los Acentos de las Palabras y sus Sílabas. Lylia se quedó de una pieza. A ver del de Las Palabras y sus Sílabas. Cucha "una aguda quiere usted aquí la tiene pared una llana pues ventana una esdrújula pues brújula pared brújula ventana qué fácil es la lección y que alegre el corazón cuando la sepa mañana". Muy bien, muy bien, aplaudió Lylia, serás un genio de las letras como tu primo segundo, muchacho. No tienes más libros por ahí. No, ahora no, pero enseguida que me caiga alguno interesante te lo mando con Rafael. Gracias.
El Hombre de la Ciénaga decidió salir poco antes de las 2 de la tarde. Oye, si Andresito abre a las 2, dijo Rafaelito. No, es que primero tenemos que pasar por el Taller del Negro Tata a buscar ligas coloradas, aclaró el niño. El Hombre de la Ciénaga miró a sus primos y les hizo una seña con el ceño fruncido y una sonrisa de resignación. Cuidado con Tata que es un negro brujero y a lo mejor no matas ni a una chinchila con las ligas que te regale, amenazó Lylia. Sí, porque ese negro es capaz de dártelas embrujadas, agregó Rafaelito. El niño no dijo nada pero pensó en la mala puntería que siempre había tenido y además, todavía no estaba completamente seguro de si la brujería era un cuento chino o una realidad irrebatible. Las paso por humo como hago con las palomas después de pelarlas y fuera brujería, pensó. La voz de Rafaelito les llegó desde la sala cuando el padre y el hijo estaban en el portal con Lylia y comenzaban la ceremonia de la despedida. Oye, Luis Manuel, te voy a hacer una pregunta a ver se de verdad tienes la memoria tan buena como dicen. Al niño le encantaban retos de esa índole. Rafaelito se les unió en el portal. Recuerdas cuando te mostré mi estatua de mujer desnuda. Claro, dijo el niño. Recuerdas que intentaste tocarla y de pronto echaste tu mano para atrás como asustado. No estaba asustado, solo estaba respetando a una obra de arte que no sabía si se podía tocar. Recuerdas qué parte de la estatua deseabas tocar. El niño lo miró de arriba abajo. Vamos, papi, pidió. Qué pasa, no te acuerdas o qué, preguntó el Hombre de la Ciénaga. Vamos, papi, anda, por favor. Yo lo sabía, tu memoria no es tan buena como dicen algunos por ahí, se burló Rafaelito, que acababa de escribir un gran poema sobre el pudor. Veinte pasos al sur de la casa el niño se volvió. Todavía los hermanos estaban en el portal y les miraban mientras se alejaban. Rafaelito, gritó el niño. Sí, dime, muchacho.
Pechos suena más poético.
Glosario mínimo.
#- Cotorras verdes......Les llamaba así a los milicianos debido al color verde de sus uniformes.
#- Nene Pasomalo.....Famoso ladrón de la zona en los años sesenta del siglo XX.
#- Pinguín....Una manera de nombrar a la pinga (pene).
#- Mallito.....Pájaro mediano de color negro que cuando es herido grita con estridencia para que sus congéneres se acerquen.
#- INRA....Sigla "revolucionaria". Instituto Nacional de Reforma Agraria.
#- Cucha.....Apócope de "escucha".
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Septiembre 27 del 2015.
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