Sunday, July 12, 2015

CONCIERTO AFRO PARA CAMPOS CUBANOS.-



Tomado de Grandes Nostalgias.


Mi primer encuentro con negros "de verdad" no se produjo en el Taller Mecánico de Tata en Yaguajay ni en el Reparto Pilar en Caibarién ni en la ciudad de Remedios cuando comencé allí el octavo grado. Ya he dicho en este Blog que el mejor amigo de mi infancia fue El Negro Marcial, aquel negrito que se sentaba conmigo en el aula de Primero la mañana en que reventé al pollito de su madre Cuca mientras corríamos los interiores de La Nave durante el tiempo de recreo. Marcial era el más pequeño de los negros del Vivero. Me llevaba muy bien con sus hermanos Pablo y Perico pero como eran mayores que yo siempre les miré con un poco de respeto hasta que los emparejé años más tarde. Cuca era una negra callada y misteriosa, servicial y comprometida, sin grandes aspavientos. Castellanos era un negro muy viejo, casi ciego y embastonado, que se decía había tenido amoríos con La Negra Andrea muy lejos en el tiempo y que había sido víctima de sus poderes ocultos. La Negra Andrea era algo así como el coco hembra de mi infancia. Entonces podía andar por ochenta o noventa años y se pasaba la vida en solitario, caminando los carriles para peatones de la carretera, con su blusa desgarbada, su batilongo arrastrado por la tierra, su pelo desgreñado y sus ojos sanguíneos sobre una amplia boca desdentada. La Negra Andrea siempre andaba descalza y siempre llevaba una vara como de un metro de longitud en su mano derecha, que usaba como bastón y sobre todo para machacar las cañas de azúcar que cogía de las pilas recién cortadas buscando sacarles el guarapo con más facilidad. Los jornaleros estaban cansados de la "gracia" de La Negra Andrea sobre sus pilas de caña. Cuando la abuela de Marcial se hartaba de jugo de caña retorcida se bajaba del montículo circular y dejaba otra pila de cañas destrozadas sobre la pila original. Los cortadores tenían que deshacerse de ellas porque los camioneros no querían llevarse "esos retortijones" de caña al Ingenio. Pero nadie se atrevía a requerirla. Porque La Negra Andrea estaba medio loca y porque, además, se decía, era una de las negras brujeras más poderosas de Las Villas. Mis padres no le temían y aunque mi madre me aseguraba que era cierto que se hablaba del éxito de sus daños irreversibles contra sus enemigos lo mejor que yo podía hacer, sentenciaba, era evitarla en los caminos y saludarla respetuosamente si me la topaba en la carretera o en el cañaveral. Mi papá tenía otra perspectiva de la Negra Andrea. El trataba de imitarla mientra retorcía cañas y cuando movía sus labios llenos delante de sus encías viudas intentando pronunciar alguna palabra imposible. Recuerdo que se moría de la risa cuando los contadores de cuentos citaban a la Negra Andrea convidando a Marcial, desde la cima de una pila de caña, a tomar guarapo. Parece que Marcial nunca deseaba hacerle la media y entonces La Negra Andrea se lamentaba "Mácia no quié guaraaá, caramba". Los amigos le repetíamos la fracesita a Marcial cuando estábamos de bromas y él solo sonreía con placidez. Años más tarde mi hermana haría del "miedo a La Negra Andrea" una verdadera novela de terror en serie. Tery era incapaz de caminar por donde imaginaba que podía encontrarse con ella y de solo oír mencionar su nombre caía en un estado de impotencia indescriptible que siempre terminaba en torrentes imparables de llanto nervioso.
Recuerdo que los negros del Vivero se las daban de "revolucionarios". Lo que quería decir qué eran de los "comuñangas" de Fidel Castro. Habían conseguido trabajo en el Vivero y en La Forestal y hasta les habían dado una vivienda en La Nave. Una mañana, poco antes de entrar al aula, escuché una breve conversación entre dos vecinos. "Esos negros todos son unos comunistas de cepa". "Por eso los alzados ahorcaron al pariente". Solo meses después pude dilucidar la esencia de aquel par de frases cuando mis padres conversaron del asunto con amigos que estaban de visita. Los "alzados" eran los "gusanos" que se habían ido a los montes para combatir al régimen comunista de Fidel Castro. La Cordillera del Norte de la provincia de Las Villas era uno de los focos guerrilleros y se aseguraba que por lo menos dos jovencitos del barrio estaban viajando a los campamentos - y quemando cañaverales -  y que algunos otros vecinos estaban cooperando con los alzados. Se trataba de un secreto a voces. Los gusanos de Plateros hacían la vista gorda y los negros comunistas y los blancos revolucionarios sabían que estaban "en lista" y habían tomado ciertas precauciones durante sus mítines partidistas. Recuerdo que se hablaba de que dos de los La Rosa estaban "en  cola" para ser ahorcados así como el Gallego Ventoso. Uno de los La Rosa era el hermano del padre de Rosita, la niña "comprometida" de quien yo estaba enamorado. No olvido que la charla en el comedor de mi casa giró entonces hacia la historia del negro ahorcado en las inmediaciones de Las Tecas. Se trataba de un negro del barrio vecino de Yaguey, que era "pincho" y que lucía su "integración revolucionaria" exhibiendo un traje verde olivo y una pistola rusa. Era pariente cercano de los negros del Vivero. Fanático de la caza de jutías la mañana del hecho había subido sin la compañía de Ratón Comehilo porque mi primo segundo no había podido acompañarlo. Esa mañana los alzados lo ahorcaron y durante varios días la madre de Ratón Comehilo rezó hasta el delirio por la manera providencial en que su hijo se había escapado de la soga de "esa  gente de la loma". Porque Julián no era comunista ni la cabeza de un guanajo. Pero lo hubieran ahorcado igual por aquello de la eliminación de testigos a menos que se hubiera quedado con ellos. A mediados de los sesenta, cuando La Revolución cerró, con una "victoria aplastante", el período de la Lucha Contra Bandidos, el par de jovencitos del barrio fue condenado a treinta años de cárcel y solo pudieron evitar el paredón de fusilamiento porque eran menores de edad. Los colaboradores de los contrarevolucionarios, mayores de edad, tampo escaparon a larguísimas condenas en las ergástulas más tenebrosas del castrismo sesentero. El tío de Rosita evitó la soga.
Otro de los asiduos visitantes de La Nave era El Negro Mongo. Mongo también era pariente de Los Negros del Vivero pero su pasión estaba copada por la música y vivía alejado de los asuntos políticos. Siempre andaba con una vieja guitarra española remendada mil veces y a donde quiera que llegaba armaba el guateque. Se creía un músico de "alto rango autodidacta" y era tan bonachón que más de una vez se ofreció para enseñar a tocar guitarra a quien lo deseara. Su fuerte era el son y la guaracha. Mis conocimientos musicales era nulos en aquellos tiempos - bueno, eso apenas ha cambiado con los años - pero no sabía por qué se me antojaba que cada tema que El Negro Mongo tocaba me sonaba idéntico al anterior más allá de la letra de la canción. Mi padre me decía "ese negro lo único que sabe hacer es pasar ese pedazo de hueso por las cuerdas empatadas". Generalmente el Conjunto del Barrio lo incluía en los guateques del fin de semana que se efectuaban en las salas de algunas casas o en los amplios espacios de La Nave del Vivero. Recuerdo que El Negro Mongo - alguien sin la más mínima cuota de malicia - era objeto de la clásica broma de los cubanos para con la gente de "su raza". Oye, negro guarachero, le decían, ponte a trabajar y deja esa guitarrita de mierda que te vas a morir de hambre, opérate esa bemba colorá y desrízate ese pelo como alambre y arréglate esa nariz de porrón y póntela como la de un blanco decente y no te acerques a mis hijas porque te voy a cortar las dos cabezas, negro hijo de puta". El Negro Mongo se desternillaba de la risa y terminaba por pedir una taza de café como tinta y se ponía a rasgar la antiguitarra aunque nadie se lo pidiera.
Hubo otro negro de alcurnia en el campo de mi infancia. Recuerdo que muchas veces mi papá me llevaba a la zanca de Perica hasta el barrio de Dolores - inmediatamente después de Yaguey - en cuya casilla nosotros comprábamos la carne de res que nos ofertaba el Gobierno por la cuota. En Dolores vivía el Negro Mudo. El Negro Mudo era pariente del Negro Mongo pero no de los negros del Vivero. Reía todo el tiempo con sus encías desdentadas y expandía aquellos labios infinitos mientras daba vueltas a su cabeza y trataba de pronunciar alguna palabra desde su mudez de nacimiento. Era un negro cariñoso y acostumbraba ayudar a los vecinos haciendo mandados y colaborando en quehaceres de rutina. Me llamaba la atención que tuviera estatura de niño y un par de nalgas de mujer. Creo que es medio enano y todos los enanos son culones, me decía mi padre. El Negro Mudo era bromista y explotaba la capacidad que tenía para meter miedo a los niños. Yo aprendí a no temerle del brazo de mi padre y siempre que se acercaba a Perica me palmeaba los muslos y sonreía y le "decía" algo a mi viejo en son de "te ayudo en algo".
Porque ocurría que aunque poquísimos cubanos fueran recistas en el sentido exacto del término todavía se bregaba con el estigma que venía acompañando a los negros desde los tiempos de La Colonia. Para muchos los negros eran vagos de nacimiento, brujeros natos y santeros por vocación ancestral. Los negros eran vistos como seres especialmente dotados para la música, para el atletismo, para robar todo cuanto se le presentara en el camino, para violar niñas y para seducir mujeres blancas con sus miembros portentosos. Nadie esperaba que un negro "llegara a nada" jamás. Se aseguraba que solo se la estaban "descobrando" por los malísimos tratos que les habían infligido todos los colonialismos desde el Siglo XVI al sacarlos por la fuerza de Africa para convertirlos en esclavos. Los negros habían tenido que simular hacerse católicos - lo que condujo al sincretismo religioso -, convertirse en cimarrones antes de ser considerados libertos y declarados finalmente hombres libres. Algunos alcanzaron grandes grados militares en las Guerras por la Independencia y otros honraron a la poesía y a la música con su talento innato para el ritmo.La gente de mi infancia continuaba estigmatizando a los negros con toda la carga peyorativa de los albores. Pero muy pocos creían en lo que les decían. Tal vez por eso muy pocos negros reaccionaban más allá de la sonrisa cómplice. La época que corría era una época de "cubanos auténticos".
Mi madre le había temido mucho a los negros durante su infancia. Se crió en el lado norte de lo que años después sería la carretera y el barrio de los negros alrededor de La Nave de la Forestal. No había vecinos negros en Plateros cuando mi madre era una niña. Por eso cuando los veía merodeando por la casa paterna se erizaba de pies a cabeza y se metía en donde no pudieran verla. Durante su infancia los negros eran personajes exóticos y ella convivía con las historias que se contaban. Una tarde de invierno estaba cuidando a sus hermanitos menores en la casa. Los hombres trabajaban y su madre y padrastro habían ido a Caibarién. Ya he dicho que mi madre era la mayor de los dos hijos que había tenido Prudencia Rodríguez con Felipe Fumero. El otro era Tiopito. De modo que mi mamá esa tarde estaba cuidando a los hijos de Ramón Leyva. Los tres negros caminaban en fila india y venían desde el terraplén. Vestían pantalones de saco de harina, camisas de dril de mangas largas, botas rústicas, sombrero de guano y todos andaban con un machete en su vaina de cuero colgada de la cintura. Los negros parecían jóvenes y cuando se acercaron a la casa comenzaron a mirar hacia todos lados porque les extrañaba que nadie anduviera por los alrededores. Mi madre cerró todas las puertas con su clavo correspondiente, todas las ventanas con su clavo correspondiente y colocó todos los objetos grandes y pesados que encontró a mano detrás de cada una de las puertas de la casa. Después se metió debajo de la cama matrimonial con sus hermanitos y los acurrucó debajo de ella y les pidió que no fueran a gritar por nada del mundo y comenzó a pedirle a todos los santos que los negros se fueran enseguida y no les diera por echar abajo puertas y ventanas y terminaran por violarla y por llevarse a los niños. Los negros le dieron como veinte vueltas a la casa y cuando se cansaron de llamar al "Señor Ramón" decidieron caminar hacia la sombra de una mata de chirimolla y se sentaron a esperarlo a la sombra. Mi madre los vio por una de las rendijas de la pared de tablas de palma. Solo cuando sintió que la puerta principal se abrió y escuchó la voz del padrastro decir "no tengo trabajo para ustedes ahora" su corazón recobró el ritmo y abrazó a sus hermanitos por haberse comportado como personitas mayores durante el tour de los negros alrededor de la casa. Mi madre no fue castigada por su encierro involuntario. Porque encerrarse erméticamente en casa hasta que llegaran los mayores si se estaba solo ante la presencia de extraños era la regla. Mucho más, si se trataba de merodeadores "de color".
Mi madre me contaba otra historia relacionada con negros pero ahora se trataba de una historia de humor, con facetas poeto - filológicas. Un joven matrimonio negro había arrendado un pedazo de tierra en una zona alejada en el alero del monte y vivían una vida plácida entre animales domésticos, campos cultivados y la eterna brisa del sur. Ninguno de los dos había visto jamás un autómovil y mucho menos  un aeroplano. Una mañana templada de verano el esposo estaba roturando la tierra para la cosecha de maíz cuando escuchó un ruido poco menos que ensordecedor sobre su cabeza. Un avión volaba a baja altura porque se estaba formando una tormenta. El negro calculó que se estaba acabando el mundo porque nunca en su corta vida había visto pájaro de tal tamaño con forma de cruz doble que cantara tan raro y tan alto y que no batiera las alas. No atinó a hacer otra cosa que lanzarse a correr hacia la casa para ver de qué manera podía proteger a su mujer. La esposa estaba recogiendo la ropa seca del cordel del patio y aunque también había sentido el gran ruido no había levantado la cabeza. El hombre llegó jadeando, con el corazón a punto de salírsele del pecho y antes de cogerla del codo y halarla para meterla en la casa le gritó

Cole Flacica volando
tlaca pueta tlaca to
metete abajo e fogó
que la munda se tá cabando.
Ayó la conuca arando
siete ruido mu tremendo
tiela se tá tlemeciendo
cuando yo mirá palante
animá como lefante
de lo cielo tá viniendo.


Como mis padres no eran buenos traductores del afroñol siempre esperábamos que llegara Poeta Vera para que él tratara de convertir la décima al español y la cantara con su exquisito punto cubano de tonada personalísima. Bueno, metámosle mano todos, nos pedía. Así que después de algunos intentos linguísticos esto era lo que nos quedaba

Corre Francisca volando
tranca puertas, tranca todo,
métete debajo del fogón
que el mundo se está acabando.
Pues yo en el conuco arando
sentí un ruido muy tremendo.
La tierra se estaba estremeciendo,
cuando yo miré para alante
un animal como un elefante
de los cielos estaba viniendo.

Así no puedo cantarla - nos repetía Vera -, es que no "pega" y tiene algunos renglones más largos que los otros. Años después yo sabría que Vera se referia a la métrica sagrada de la espinela española y por ende a su dificultad para cantar la décima que tuviera más de ocho sílabas. Por eso él prefería declamarla como si fuera un poema y entonces mi mamá, tirada de la risa, trataba de entonarla como si ella fuera el negro asustado con el primer avión de su vida. Qué negro más comemierda, definía mi papá.
Están bajando la Bandera Confederada en un pueblo de Carolina del Sur. Las autoridades de una ciudad del norte de La Florida se niegan a hacerlo. Los Orioles de Baltimore están ganando el partido. La negra hermosa que maneja uno de los buses locales en la ciudad de Miami me trató con indiferencia cuando le dije que desconocía que ahora el costo del transporte público se había disparado una cora y alguien tuvo que regalarme veinticinco centavos para que pudiera pasar al interior. Barac Obama no puede postularse para un tercer período en La Casa Blanca.
Viva la libertad de expresión.

Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Julio 11 del 2015.


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