Saturday, July 18, 2015

A ESTATUA MUERTA ESTATUA PUESTA.-


Para Florencio Gelabert, escultor de Caibarién. Post morten.


No puedo precisar en qué año de mis tres de enseñanza preuniversitaria la obra de teatro Santa Juana de América, del dramaturgo argentino Andrés Lizárraga, fue parte del Programa de Literatura. Para entonces yo había leído gran parte de La historia del teatro cubano así como un vastísimo prisma de teatro internacional que priorizaba, sobre todo, a  William Shakespeare, a Anton Chejov y a Tennessee Williams. Al principio - seducido por el ritmo y el formato de la novela y la aparente inmediatez de la poesía - me costó un poco de trabajo asimilar, para lectura stándar, la manera en que estaba redactado el drama. Para mi solaz muy pronto pude tender y caminar los puentes que me llevarían directamente de la obra de teatro escrita hasta la representación teatral. Recuerdo que La Llilla trozó Santa Juana de América para impartirla en varias clases y que en cada una de ellas los alumnos lectores relevaban a los de la clase anterior. De modo que tuve el privilegio de tratar de interpretar a Manuel Asencio Padilla en algún pasaje de su glorioso paso por la historia de su mujer. Algo que no podría hacer años más tarde sobre las tablas cuando fui estudiante de Dirección Teatral y por motivos estructurales se decidió trabajar con el montaje de La esquina de los consejales, del genial dramaturgo cubano Nicolás Dorr, por sobre el plan original de hacerlo con Santa Juana de América. La historia de la actuación en Sancti Spíritus se quedó sin mi performance para el riquísimo personaje de Manuel Ascencio Padilla pero se dio el gusto de verme haciendo de alcalde en una de las actuaciones más deplorables de todos los tiempos. Cuando la emérita profesora de Caibarién dio por finalizado el estudio de Santa Juana de América todos estábamos enamorados de aquella mujer que tanto nos recordaba a nuestra Mariana Grajales, la madre coraje de Los Maceo de las Guerras por la Independencia de finales del siglo XIX. A mí también me recordaba a la  heroína francesa Juana de Arco - Juana de Francia -, aquella chica virgen de Domremy que padeció su calvario sobre la hoguera implacable del Duque de Bedford desmontada de su caballo invicto. Para la época yo estaba metido a fondo en los conflicos anglofranceses del siglo XV y por primera vez en mi vida de devoto occidental redimencionaba mis puntos de vista sobre los pérfidos gentlemans de Albión. Mientras la zaga de Juana Azurduy y su familia se deslizaba entre las sillas y entre los pupitres del aula yo no tenía necesidad de cerrar los ojos para ver a la mujer nacida en Toroca y criada en Chuquisaca, Alto Perú, en 1780, renunciar a la vida de monja enconventada porque su rebeldía innata le había confesado que existían mejores cosas que hacer en la tierra que esperar por el llamado monofónico de los cielos. Me era tan fácil verlos conversando o discutiendo, criando y educando a sus hijos, planeando el próximo combate contra las fuerzas realistas, elaborando el futuro de las tierras que hoy son Bolivia. Yo vi a Manuel acribillado por los realistas mientras corría hacia el socorro de Juana y vi a la hija mestiza de la chola y del criollo enterrar su cuerpo y explicar a sus hijos qué era necesario continuar la lucha que se habían jurado a muerte contra el ocupante. Yo vi a Juana recibir los grados de Coronel en 1816 y sentí en el fondo de mis nervios la pérdida de sus vástagos y la orfandad de su niña, víctimas aquéllos de las mismas balas que también habían destrozado a su padre. Yo la vi dando órdenes a hombres galonados de pelo en pecho y recibiéndolas en el fragor de la batalla. Yo escuché cuando Simón Bolívar la elogió hasta el punto de expresar qué ella era la Mujer a la que "habia que Agradecer por la independencia de Bolivia" y no a él. Yo sufrí cuando la vi morir, sola y pobre, en 1862, en la ciudad argentina de Jujuy, la vi mientras la enterraban en una fosa común después de un funeral que había costado un peso, despojada entonces de los dineros jubilares que le habían conseguido el Generalísimo  Simón Bolívar y  el Gran Mariscal Antonio José de Sucre, acompañada y rica tal vez en medio de las nuevas libertades, con los realistas en bancarrota y los primeros conatos del nefasto cesarismo americano. Hoy día Juana de América "la póstuma" descansa en los aposentos del Parlamento Boliviano en la ciudad de Sucre. En el año 2009, durante un acto celebrado allí, la Presidenta de Argentina, Cristina Fernández la convirtió en General del Ejército Argentino. Seis años después, el pasado 15 de Julio, la propia Presidenta de Argentina, acompañada del Presidente Boliviano, Evo Morales, colocó una estatua monumental de Juana Azurduy en los jardines traseros de la Casa Rosada, frente a la costanera del Río de la Plata. En el mismo lugar donde estuvo, desde 1921, la estatua de Cristóbal Colon.






Una tarde porteña Hugo Chávez Frías se asomó a los balcones que daban a los jardines del fondo de La Casa Rosada en Buenos Aires. Realizaba una de sus visitas de rutina en plan de trabajo y aprovechó para saludar a su amiga de causa Cristina Fernández de Kirchner en su Búnker de Mando. Cuando estaba tarareando Ella ya me olvidó y trataba de pronunciar la palabra "costanera" como lo hacía Leonardo el Magnifico detuvo su mirada en la estatua de Cristóbal Colón. Desconocía que estaba allí desde el año 1921. Desconocía que había sido donada por la Comunidad Italiana. Jamás había oído hablar del escultor Arnaldo Zocchi ni de que la materia prima había viajado desde Carrara. El acervo cultural del monaguillo de Barinas no daba para tanto. De modo que terminó de calibrarla y se volvió hacia CF. Qué hace ahí ese genocida, yo ya hace rato que lo boté de Caracas, le preguntó. CF sonrió y no dijo que el adjetivo le sonaba demasiado duro. Pero tomó nota. Se decía que el Colón de la Casa Rosada estaba demasiado viejo y que no era imposible que cualquier madrugada se desplomara desde su base y se ahogara en el Río después de asplastar a una manada de transeúntes. Eran solo habladurías pero no era una mala idea hacer caso de las palabras del Profeta Chávez y bajarlo hasta la tierra con el pretexto de que necesitaba una reparación de urgencia. Mientras los defensores de la cultura constitucional peleaban porque nadie osara mover la obra de Zocchi, CF se reunió con el Gobernador de Buenos Aires, Mauricio Macri y lo convenció para que le ayudara a expulsar al genovés - o  lo que fuera el "descubridor" - de "sus" jardines. Así que trocearon a Don Cristóbal - 623 toneladas de mármol - y lo llevaron hasta La Costanera como preámbulo de su viaje a Mar del Plata, ciudad en donde sería restaurado. El Congreso y el Parlamento aplaudieron la idea y de paso se burlaron de una orden judicial que prohibía el movimiento de la estatua. Cada una de las maquetas de las tres caravelas que había en el Gran Buenos Aires entonaron un requiem.
No es necesario ser detéctive cultural con algunos postgrados en Historia de Iberoamérica para descubrir cómo se tejió el affaire. Ni siquiera se necesita del genio del Fiscal Alberto Nisman. CF no es mestiza pero Argentina no escapa del mestizaje americano. Buenos Aires hace mejor honor a la Gran Patria Americana Mestiza exhibiendo una estatua de la heroína con sangre autóctona que nació allá y murió aquí cabalgando toda una vida sobre el potro de los ideales libertarios que padeciendo eternamente la prepotencia de alguien extranjero que vino en nombre de España a traernos toda la hediondez de su european way of live. Andrés Zarneri, un escultor argentino de mentalidad centrípeta, se puso enseguida a trabajar el bronce para sacar desde sus profundidades a Juana de Azurduy. Lo logró en las naves del Museo de la Memoria Histórica, que está en el antiguo centro de tortura de las Dictaduras. Juana de América tiene nueve metros y fracción y veinticinco toneladas de peso. Mucho menos que Cristóbal Colón de Europa. Pero lo que importa hoy mismo es la esencia del ejemplo nacido desde tierra adentro para que las futuras generaciones beban el agua de otras pilas bautismales. En un final en cualquier momento el español será una lengua muerta que dará paso a todos los fonemas taitas de la región. Al diablo con Cervantes y con el Siglo de Oro, con Torquemada y con Goya, con Cortés y con Pizarro, con el honor y con el garbo y con la falsa caballerocidad de "esos genocidas". Al diablo con José María Aznar y con Felipe González. Y con ese ex Rey estúpido mandador de silencios a Presidentes de verdad en las Cumbres Falsas. Perdón para José Mujica y sus rioplatadas de micrófono abierto mientras se dilucida lo indilucidable del Caso Nisman. Juana de Azurduy está en los Jardines de la Casa Rosada porque le metió un gol de chilena al portero Cristóbal Colón y porque será la primera mujer doblemente bronceada que adornará las playas del Océano Pacífico Boliviano cuando los chilenos tengan que devolver el Mar Robado durante Aquella Guerra Imperialista.




Sin embargo parece que la estatua de Cristóbal Colón en La Habana habrá de salvarse de la razzia mestiza.


Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Julio 17 del 2015.



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