El hombre de las ocho décadas estaba hojeando el último borrador recostado contra la pared derecha de la aeronave. Había depositado el sombrero alón sobre el cuero beige del asiento de su izquierda y su celular sobre la copa combada del sombrero. La voz en off dijo que en media hora estarían llegando a Nueva York y el hombre acarició su teléfono como si se tratara de la espina dorsal de una mujer compartiendo su cama en los buenos tiempos en que él trabajaba delante de las cámaras. Mientras leía el hombre se preguntó qué cuántos pájaros se necesitarían realmente para que su vuelo intruso pudiera haber detenido los motores de un Airbus A 320 de US Airways y obligar a Chesley Sullenberger a tirarse en las aguas del Río Hudson como alternativa única. Se preguntó, además, si el Gran Piloto era más o menos Héroe Nacional que su Francotirador y cuántas personas asistirían al descenso del aparato sobre el río desde los malecones de Manhattan y qué tiempo demorarían en asumir lo que estaba pasando antes de dar todos los avisos pertinentes y observar a los ferris recogiendo a los pasajeros que se lanzaban desde las alas y desde el lomo del Airbus hacia la salvación en medio de las aguas y detrás de las palabras calmadas de un Capitán de leyenda que había tomado el arríosage como si fuera una aventura de niño. El hombre abrió el libro que estaba debajo de su equipaje de mano por una página marcada con una vitola de Partagás y subrayó tres párrafos nuevos. Jeffrey Zaslow escribe muy bien, le pediré a Todd Komarniki que lo consulte si fuera necesario, decidió. Cuando el hombre volvió a estar seguro de que su próximo filme se llamaría Sully y no El milagro del Hudson - tal vez porque Frank Marshall tenía los derechos de Highest duty: my search for what really matters a la vera de Warners Bross desde el año 2010 - se volvió hacia el vacío que vegetaba a su derecha. Los suburbios del oeste de la Gran Manzana anunciaban las miríadas de rascacielos de la Isla. El hombre atrapó su celular y marcó un número. Que liberen a los pájaros, ordenó.
Las palomas mensajeras no equivocaron su rumbo pero una corriente de aire gélido no pronosticada que sorprendió desde Terranova, Canadá, las hizo descender seis minutos antes de que el avión en el que viajaba el hombre de las ocho décadas y otras 123 personas volara sobre la zona de impacto. De modo que el Airbus 320 de US Airways realizó su aterrizaje de rutina en el Aeropuerto John F. Kennedy y el hombre le dijo a su equipo que no les quedaba otra alternativa que comenzar a trabajar con el guión original porque no todos los intentos secretos de realities show tenían posibilidades reales de prosperar. Cuando los periodistas de farándula se enteraron de que el Afamado Director octogenario estaba en La Zona Cero observando la corniza imponente del nuevo rascacielos de la ciudad se lanzaron hacia el sitio con velocidad de bisontes desbocados y le abordaron por la espalda. El Director se volvió cuando los zapatos de los jornaleros apagaron su ruido sobre el macadam atemperado. Acaso no se dan cuenta de que estoy disfrazado de bombero, les preguntó. Cree que superará a American Sniper, le respondieron a coro. En qué sentido, quiso saber. Taquilla, corearon de nuevo. Claro, los americanos tienen sus propios raseros para entronizar héroes. Podría explicarse, recorearon. Chris Kyle mató a más de 500 potenciales enemigos para resguardar a más de 300 millones de vidas, Sully salvó a 150 personas a cambio de destrozar a un miserable avión que no valía nada. El próximo arpegio coral fue detenido por el bombero. Por favor, respeten las memorias, les pidió y giró para seguir mirando hacia el cielo. Tiene aunque sea algunas notas aguionadas sobre el 11 - 9, musitaron las voces a su espalda que intentaban ser de respeto. El hombre se volvió de nuevo, lentamente, y cuando les dio la cara los periodistas estaban corriendo a calle travieza. El hombre sonrió. Es posible, les gritó.
El comprador de boletos de avión de regreso a California le entregó el plegable. El director estaba observando a los niños correr en Central Park. Tenemos algo nuevo, le dijo. El Director se volvió cuando los niños comenzaron a montar en bicicleta. A ver, expresó. Usted había comentado que la historia de los dos reos condenados a 25 años y a cadena perpetua que habían sido capaces de escapar de una cárcel de alta seguridad en el norte del Estado de Nueva York no era un asunto seriamente filmable. En efecto, lo dije, y dije, además, que Alacatraz no era remakeable, que 1400 empleados para 3000 presos era demasiada erogación pública pese a las teorías de las altas peligrocidades, que 100 000 dólares recompensados por información era una cifra ridícula, que el encierro en celdas contiguas y el agujero en las paredes de acero posteriores, el ascenso y bajada hasta los sótanos con todo el entramado sensacionalista de las infinitas tuberías y los túneles misteriosos y esa salida tan cursi por la alcantarilla de siempre me sonaban tan poco originales como mis películas spaguetis con Sergio Leone y finalmente dije que ya tenía más de ochenta años aunque apenas aparentara más de ochenta años. Ciertamente usted ha dicho eso. Y conste que no he hablado absolutamente nada de esos muñecos prefabricados con ropas para despistar a los carceleros, de esas rondas cada ciento veinte minutos - a propósito sabe usted si hubo algún juego de extrainings esa noche -, de esas anticinematográficas seis horas de ventaja y mucho menos de la frasecita manida debajo del dibujo chino ni de los sueños mexicanos de los expresos ni de la cercanía de Vermont ni de la imperiosa frontera canadiense, que conste. Constará, señor, pero no estoy seguro de si usted ha hablado de los 150 años invictos de la cárcel en materia de fugas de reos desde sus aposentos de alta seguridad. Jamás he hablado de obviedades porque las cárceles se levantan para que nadie ose ni mucho menos logre burlar sus paredes.
El hombre que miraba al complejo de rascacielos nuevos de la Zona Cero regresó a su Infiniti y comenzó a manejar hacia el puente que lo comunicaría con Long Island. Necesitaba urgentemente dejar a la maraña de concreto y de asfalto de Manhattan para poder recordar con visión de sabio a su Carmel estacionada al sur de San Francisco desde la campiña de Suffolk. El puente estaba a doscientos metros cuando sonó el teléfono. Y si le dijera que una de las trabajadoras del Penal de Dennamore, Clinton, se enamoró de Richard Matt hasta dejarse seducir completamente. Ya me lo ha dicho, qué espera de mis reacciones. La mujer estaba casada con un funcionario de la prisión y tenían un hijo. Muy bien, segunda noticia para un cuerno intrascendente, todavía no reacciono. La mujer les proveyó de todo lo necesario para que prepararan la huida y si no los esperó al lado de la alcantarilla fue por otros motivos. El hombre que manejaba hacia Long Island levantó poco a poco su botín café del acelerador. Parqueó debajo de de una fila de árboles cuyas ramas se entrelazaban arriba con las ramas de la fila de enfrente. La noche de la fuga la mujer estuvo en el médico y recibió el acta por la madrugada. Tienes acceso a esa mujer. Lo tendré en cualquier momento. Mientras observaba al puente sobre el East River el Gran Director pensó en su Propio Puente y se vio sujetando a la Diva por la cintura en la euforia de Madison. Compra los derechos, ordenó. Ok, dijo el hombre que hablaba del otro lado y cuando colgó estalló "wao".
El hombre que manejaba el Infiniti continuó su marcha y cuando cruzó el puente sobre el East River decidió visitar las locaciones exteriores del Padrino 1 en State Island. En tres años podría estar listo para El padrino 4, pensó. Scott estaba podando un rosal calabrés. Entra, papá, que nadie se está casando. Antes de bajarse del auto sacó la cabeza para mirar a la bandada de pájaros que volaban muy alto hacia el sur. De todas formas East River no es un río cinematográfico, consideró, mientras los aviones despegaban hacia el norte. Cuando terminó de desmontarse la pareja de hombres le pasó por el lado. Uno de ellos parecía tener poco más de treinta años, era calvo y al hombre se le pareció a un profesor universitario de Berkely. El otro podría rondar los cincuenta, tenía facciones de estibador irlandés y al hombre se le pareció a un leñador de los alrededores de Yosemite. La mujer los estaba esperando en la esquina donde terminaban los árboles exuberantes. El Director no podía verle la cara pero le pareció que tenía rictus de mujer infiel.
Toma 1, dijo.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Junio 13 del 2015.
El hombre que miraba al complejo de rascacielos nuevos de la Zona Cero regresó a su Infiniti y comenzó a manejar hacia el puente que lo comunicaría con Long Island. Necesitaba urgentemente dejar a la maraña de concreto y de asfalto de Manhattan para poder recordar con visión de sabio a su Carmel estacionada al sur de San Francisco desde la campiña de Suffolk. El puente estaba a doscientos metros cuando sonó el teléfono. Y si le dijera que una de las trabajadoras del Penal de Dennamore, Clinton, se enamoró de Richard Matt hasta dejarse seducir completamente. Ya me lo ha dicho, qué espera de mis reacciones. La mujer estaba casada con un funcionario de la prisión y tenían un hijo. Muy bien, segunda noticia para un cuerno intrascendente, todavía no reacciono. La mujer les proveyó de todo lo necesario para que prepararan la huida y si no los esperó al lado de la alcantarilla fue por otros motivos. El hombre que manejaba hacia Long Island levantó poco a poco su botín café del acelerador. Parqueó debajo de de una fila de árboles cuyas ramas se entrelazaban arriba con las ramas de la fila de enfrente. La noche de la fuga la mujer estuvo en el médico y recibió el acta por la madrugada. Tienes acceso a esa mujer. Lo tendré en cualquier momento. Mientras observaba al puente sobre el East River el Gran Director pensó en su Propio Puente y se vio sujetando a la Diva por la cintura en la euforia de Madison. Compra los derechos, ordenó. Ok, dijo el hombre que hablaba del otro lado y cuando colgó estalló "wao".
El hombre que manejaba el Infiniti continuó su marcha y cuando cruzó el puente sobre el East River decidió visitar las locaciones exteriores del Padrino 1 en State Island. En tres años podría estar listo para El padrino 4, pensó. Scott estaba podando un rosal calabrés. Entra, papá, que nadie se está casando. Antes de bajarse del auto sacó la cabeza para mirar a la bandada de pájaros que volaban muy alto hacia el sur. De todas formas East River no es un río cinematográfico, consideró, mientras los aviones despegaban hacia el norte. Cuando terminó de desmontarse la pareja de hombres le pasó por el lado. Uno de ellos parecía tener poco más de treinta años, era calvo y al hombre se le pareció a un profesor universitario de Berkely. El otro podría rondar los cincuenta, tenía facciones de estibador irlandés y al hombre se le pareció a un leñador de los alrededores de Yosemite. La mujer los estaba esperando en la esquina donde terminaban los árboles exuberantes. El Director no podía verle la cara pero le pareció que tenía rictus de mujer infiel.
Toma 1, dijo.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Junio 13 del 2015.
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