Saturday, May 30, 2015

PARQUE NACIONAL EVERGLADES: UN PEDACITO.-






...y el capitán del bicho acuático gritó "alligators".



La Calle 8 del "saogué" corre desde el mar hasta el Gran Casino Mikasuki. Unos 17 kilómetros si las calles de Miami estuvieran numeradas cada 100 metros como lo están algunas calles del resto del mundo cuyas cuadras miden ese metraje. Entre ciertas calles y ciertas avenidas existen tantas "courts" y tantas "terrace" que en verdad uno nunca sabe exactamente la distancia real que hay entre los diferentes puntos de la urbe. Dicen que los cuatro primeros kilómetros de la Calle 8, partiendo desde el mar, son "propiedad de los cubanos" y se trata, ciertamente, del circuito más idiosincrático de La Pequeña Habana. Desde allí comenzó a ganar terreno - y dinero - la Primera Diáspora. A partir del kilómetro 4 Calle 8 es solo "una calle más de Miami". Lo que suena a chiste barato porque la zona sigue siendo territorio cubano a pesar de ciertas invasiones latinas que se han venido produciendo en los últimos tiempos. De modo que a la cotidiana visión escultural de una mujer que hable ingleñol y a la de un cotidiano y esculpido gentleman que también hable espanglish ahora se ha adicionado otra manera de asumir la esbeltez en las plazas occidentales de la Emblemática Vía.
El Gran Casino Mikasuki está en el campo. En el alero de Los Everglades. Un edificio de varias plantas, rodeado de prados perfectamente recortados  y  de vegetación selecta y de parqueos inmensos a donde todo el que disponga de un dolar puede acudir con el objetivo de tentar a la suerte. Saben que no están en Las Vegas ni que son invitados de Donald Trump pero se hacen a la idea de que pueden salir medio millonarios tras un golpe de ruleta o en su defecto aceptar que todo el cash de la próxima quincena se les puede esfumar como un cocodrilo entre la hierba. Mi primo recientemente fallecido se fue al Casino Mikasuki una noche con los 500 dólares que le habían entregado sus hermanos para que se los enviara a la hermana mas pequeña que agonizaba en las calles de La Habana sin poder salir de la isla ni atreverse a ofrecer su cuerpo de sirena a los turistas babeados del Malecón. Guillermo perdió todo el dinero en la primera ronda y mi prima debió esperar mas de un año en la capital de Cuba por la siguiente remesa sin que ningún extranjero profanara su cuerpo esculpido al sur de la Calle 8. Yo solo quería multiplicar la plata, dijo mi primo en aquella ocasión. Mikasuki Casino es propiedad exclusiva de la Tribu de Indios Mikasuki, cuya villa principal, Mikasuki Indian Village, está entre los tremedales de Los Evergaldes. Los nativos de hoy viajan en Chrysler de última generación, portan pistolas del Army y han decidido cambiar las piedras policromas de la tierra y las plumas de los pájaros sagrados por los papeles verdes de los bancos porque las Reservas garantizadas por el Gobierno les quedan demasiado pequeñas. El Gran Turismo está por encima de las etnias.
Cuando la Calle 8 del South West ha dejado atrás al Casino Mikasuki y a la izquierda al Centro Correccional Krome - en donde aguardaban por el Dios de la Legalidad los cubanos arribados a Estados Unidos por todas las vías imaginables al encuentro de la Ley de Ajuste - y se adentra en pleno paisaje rural todavía sigue llamándose Calle 8 y con ese nombre llegará hasta la ciudad de Naples en la Costa del Golfo de México. Algunos la siguen llamando así cuando se dirige hacia el norte del Estado de La Florida. Es la calle más larga del mundo, dicen algunos miamenses, con un orgullo que defino como "orgullo peatonal de motores afuera". Poco antes de meterse en plena geografía pantanosa la Calle 8 se percibe salpicada de bares y de restaurantes que incluyen pequeños museos y espacios por donde se puede caminar mientras se observa una primicia de lo que será, más al sur o más al norte, el panorama viviente del Parque Nacional Everglades. Detrás del ligero complejo arquitectónico están los canales cubiertos de ovas y rodeados de bosque y repletos de alligators - del Missisippi y de Los Evergaldes - y habitados por los clásicos "barcos de Los Pantanos", esos que se promocionan en las Avenidas de Bayside y que no son otra cosa que una caja de aluminio o madera con asientos al aire libre y una torreta detrás desde donde un capitán guía conduce, anuncia alligators y acelera un motor capaz de mover dos hélices gigantes que muchos llaman propelas aéreas y que también son un invento de Arquímedes el Griego. Gabarras de "la periferia" que son parientes cercanos de los airboats o aerodeslizadores que se desplazan sin motor por el corazón del Parque. En algún sitio de los mini complejos arquitectónicos que palpitan a ambos lados de la Calle 8 siempre habrá algún guía americano o cubano o cubaribano que tratará de demostarte que para recorrer los interiores hay que tener un tícket - vale decir, haber pagado antes - y que te enseñará una oficinita de expendios de aquéllos que se llaman 20 usd por unos 40 minutos de recorrido en los artefactos cuya propela aérea fue inventada por un griego al que no le interesaban los eunucos ni los castratis ni las flotas persas amenazando los mares de sus islas.
Yo había transitado un par de veces - ida y vuelta - La Calle 8 poco después de llegar desde Chile en Junio del 2010. Siempre  viajé encantado por entre el paisaje a veces desolador de las planicies sin fin y por entre el bosque exuberante que casi cubría la carretera de dos vías. A veces había algún cocodrilo cogiendo sol en el Canal Norte que acompaña a la carretera hasta Naples y una vez nos detuvimos en un Museo con ínfulas de oficial en el borde norte. Recuerdo que el museo se ocupaba, sobre todo, de la fauna avícola y su taxidermia y fotografía y que no podía dejar de mostrar algún ejemplar de alligator aunque solo fuera para no despreciar al tal vez mayor atractivo del Parke. Las dos chicas rubias hablaban español con poco acento y las sometí a un cuestionario exhaustivo que solo paró cuando mi primo me dijo que saliéramos para ver a una pareja de cocodrilos que cogía sol sobre una piedra del Canal. Recuerdo, además, la noche en que veníamos de Naples y los focos del carro de Ignacio alumbraron a un animal monstruoso tendido al sur de la carretera. Debe de ser un venado muerto, dijo Maritza, su mujer. De modo que Ignacio dio la vuelta y nos acercamos. Era un gran venado grisáceo que descansaba su muerte con la cabeza hacia el este y las patas hacia el bosque sur. Intenté bajarme. No, me advirtió, tenemos que seguir urgente porque si la Policía nos coge aquí vamos a pagar los platos rotos. Los venados no solo son hiperprotegidos sino que son tan sagrados como los indios mikasuki y seminolas, agregó Maritza. Eso pensé, dije. Tengo otro recuerdo de mis viajes por la Calle 8. Pero este es una nostalgia realmaravillosa. En el Parke hay algunas panteras americanas. Grandes y hermosos gatos que apenas salen de sus escondites intrincados y que se la pasan tratando de cazar algún pájaro y de escapar de las fauces de los reptiles cuando se acercan al agua para calmar su sed. Dicen que son tan difíciles de observar como los ovnis sobre mi eficience en las noches de otoño. Pero yo le juraba a mi tío que había visto una manada comiendo yerba en el borde de la careretera y que hasta se habían dejado acariciar el lomo y levantado el rabo como todos los gatos agradecidos. Mi tío me llamaba mentiroso porque eso era "sencillamente imposible" y aseguraba que él y mi tía habían pasado mil veces por el mismo lugar y que jamás habían visto a una pantera. Entonces yo le decía que seguramente las había visto en el bosque de pinos al sur de la casa de Ignacio en Naples o en los matorrales del camino interior de Miami por donde yo iba al trabajo. Ahí sí es posible, no te digo que no, pero solo si admites que eran panteras chirriquiticas, concedía mi tío. Yo terminaba admitiéndolo. Porque lo que había visto en realidad en el Camino Interior eran ardillas cebadas.







La señora madre de mi amigo Luis García Tuero murió hace dos meses en Miami. Tenía 92 años. Una izquemia cerebral le hizo vivir casi como un vegetal los últimos anos de su vida. La hermana de Luis tuvo que hacerse cargo y Luis la visitaba con mucha frecuencia y la sacaba a la calle en su silla de ruedas incluso cuando Celia habia perdido el conocimiento. Luis había asimilado la muerte de su padre - también nonagenario - relativamente bien "porque no había sufrido". La muerte de su madre lo ha sacado de juego. Todavía no hace tres meses y ya Luis ha tenido tres accidentes de auto - dos por su culpa, según la Policía -, uno de los cuales requirió de un cambio radical de la pieza colapsada. El último ha sido solo un razguño en la defensa derecha pero como se trata de un Honda nuevo hay que "sustituir todo" porque someterlo al chapistero sería "infame". Luis - que es campesino como yo y un amante insobornable de la Naturaleza - está necesitando de mucho aire libre para desconectar y tratar de regresar a sus stándares habituales de vida. Para ello está viajando cada fin de semana hasta los rincones más alejados del centro de la ciudad de Miami en donde se detiene para observar cosas desconocidas, para preguntar inquietudes y para comprar alguna artesanía, alguna fruta de antojo o para escudriñar los espacios destinados a las exposiciones avícolas pues está interesado en comerse un fricacé de guineo. Me ha invitado dos veces a que lo acompañe. Comoquiera que siempre habrá algún sitio nuevo por descubrir en los alrededores de Miami, pues he aceptado sus invitaciones aunque estas me priven de planes personales que no tienen por qué no incluir al fútbol y al beisbol, en la televisión o hasta en el mismísimo Marlins Park. Luis necesita a algún acompañante y cuando me eligió respondí ok. Yo sé mucho de muertes de madres, por cierto. Sobre todo cuando aquellas ocurren a mas de diez mil kilómetros del lugar en donde uno recibe la noticia.
Así que le acompañé a Homestead hace unos domingos. Homestead es la zona rural de Miami. Es la ciudad más meridional de tiera firme en Estados Unidos y está rodeada de miles de hectáreas de terrenos dedicados a la agricultura y en menor escala a la ganadería. Viajando en auto se llega allí en una hora y fracción. Es posible ir por la US1 y hacer una derecha casi al final de tierra firme. Viajar por el Turnpike o coger por la Avenida Krome, al final de la Calle 8 urbana, manejar entre las primeras estribaciones de Los Everglades y toparse con los primeros terrenos roturados en espera de ser sembrados. O con la retahíla de aguacatales, de mangales, de anoncillales, de guayabales, de toronjales y de cuanta fruta es capaz de prosperar en el sur de La Florida. No faltan los cultivos creciendo debajo del agua artificial y las calles custodiadas por el bosque eterno y las mansiones de ensueño en medio de fincas impolutas y piscinas semiolímpicas y autos del año extendidas hasta el mismo alero de Los Evergaldes oficiales. Es necesario adentrarse en campo raso para descubrir, debajo y detrás de la vegetación profusa, otra ciudad campesina con todas las de la ley. Mi amigo optó por atravezar Miami de este a oeste antes de enfilar al sur y nos llegamos a Homestead por las vías menos ortodoxas. Visitamos un Orquidiario Invernadero que incluía un miniestanque con peces y cocodrilos bebés, rodeado de gravilla émbar. La finca de un cubano, cuyos frutales casi que le aplastaban la casa y en donde compramos mameyes colorados y tuvimos la suerte de comernos una tajada fresca después de que el viento y la zazón tumbó a uno de ellos. Cuando Luis fue a pagar necesitaba de algún suelto y no tenía. Le di un dolar. No acepté el cambio. Es la propina por la tajada de mamey, ironicé. El cubano "amayamado" lo aceptó con la furia de un cobrador de impuestos de tiempos de la Colonia. Como mi amigo no acababa de estar conforme con la calidad de los mameyes de nuestros compatriotas nos dirigimos a la finca de un gringo cuarentón que él había visitado alguna que otra vez. Allí estaban los mameyes que buscaba. Así que hizo la segunda compra y dijo "senkiu ser". Poco más al este una señora estaba recogiendo los bártulos porque era la hora de cerrar su negocio. Luis vio que había algunos mameyes colorados sobre una tarima y nos bajamos para ver si la hora del cierre nos garantizaba alguna rebaja. La señora nicaraguense no transó ni en un centavo de dolar y nos fuimos con el rabo entre las piernas: donde tienen que estar todos los rabos. Desistimos de bajarnos en un ranchón colombiano en donde la gente comía y bailaba música folk de Valledupar porque se hacía tarde y Luis quería que visitáramos al cobertizo de las aves. El sitio estaba cerrado pero detrás de la malla puzzle y de los tablados chapuceros a lo Kentucky las cabras masticaban yerba pasada y las palomas se apretujaban mientras picoteaban polvo enriquecido en tanto las aves de corral nos miraban entontencidas y los pavos reales se acicalaban sobre el tronco de un árbol viejamente talado. Qué volá con los guineos, pregunté. No veo ni pinga, admitió Luis, pero sé que también tienen, parece que los han vendido. Será para la otra, dije. Cuando nos cansamos de viajar por las calles custodiadas por mansiones y fincas, hacia el oeste, sin que apareciera el Parque Nacional Everglades como tal coincidimos en que "aquello no tenía fin" y decidimos dejarlo para el próximo viaje y entonces regresamos por las mismas calles interiores de la ciudad. Luis entró a mi baño, le regalé tres caramelos y no quise ningún mamey colorado. No tengo vuelto, sonreí. Te aviso para la próxima, dijo. Hazlo y veremos como anda mi pobre Agenda.




El próximo viaje fue pensado para el lunes 25 de Mayo, que es Memorial Day. Feriado en Estados Unidos y momento para recordar a todos los caídos en las guerras que ha librado la nación. Luis me dijo que tenía algunos proyectos de viaje y que todavía no se habia decantado por ninguno. Primero su Agenda decía "Marco Island". Se trata de una isla paradisíaca, unida por un puente elevado a tierra firme, que estó al sur de la ciudad de Naples y en donde habitan gente de clase media alta y milllonarios hastiados de la polucion del norte. Dije que me parecía muy bien y recordé que allí trabaja frecuentemente mi primo Ignacio con su Compañía de Pintura de Brocha Gorda. Ignacio siempre me ha hablado maravillas de la isla, sus paisajes bucólicos y sus playas encantadoras e incluso hubo algún plan para visitarla cuando llegué desde Chile pero algo pasó que lo impidió finalmente. El otro nombre en la Agenda de García Tuero era "Isla Morada". Isla Morada es solo una más de las islas - cayos que forman parte de Los Cayos de La Florida y está relativamente cerca de Miami. En Isla Morada hay marinas - disculpen la redundancia -, malecones rústicos, palmeras, playas espectaculares y abundante comida con sabor a mariscos. Amante impertérrito del mar le dije "ok, cualquier sitio me sirve". Yo había pasado por Isla Morada en el año 2013 cuando visité Cayo Hueso en compañía de un matrimonio amigo, pero no nos habíamos detenido.
Luis trabajó hasta bien entrada la madrugada la noche anterior y me dijo que estaba descojonado y que había cambiado todos sus planes y que pensaba darse una vuelta por la Calle 8 y llegar como hasta la milla 45 y ver qué se nos ocurría en el camino. Igual me sirve, asi que dale pacá, le respondí. Era un buen momento para volver a mirar cocodrilos y por qué no, para montarse en uno de esos armatostes acuáticos que hacen tours por las canales de Los Everglades. Yo tenía planes para hacerlo más adelante - y en honor a la verdad, mi amigo no estaba incluido - pero me pareció que podríamos hacer el primer intento.Trataremos de ligar a dos jevas allí, dije. No lo creo, dijo Luis, allí las jevas no van solas. Por qué, acaso le temen a los aligadrilos, pregunté. Sí, a los de dos patas. Así que doblamos en Avenida 90 y fuimos hasta la Calle 8. Yo vivo en Calle 21 casi Esquina 90 del SW. De modo que estoy a 13 cuadras de la 8. Muy pronto llegamos al Casino. La Calle 8 está reparada y es un plato. Al norte, sobre la yerba que hay detrás del Canal, algunas personas estaban de picnic y otras trataban de pescar. Más al fondo hay una planicie infinita que se extiende hasta Gran Ciprés, bajo cuyos yerbazales el agua está infectada de alligators que se hacen los imbéciles mientras esperan que algún pájaro despistado se lance en picada sobre algún insecto de alguna superficie que muy bien pudiere ser su boca abierta. Parqueamos frente al tercer establecimiento, al sur de la Calle 8. Dentro todo eran tiendas de souvenirs muy caros, expendios de sodas y de dulces y gente caminando los espacios disponibles. Habíamos tomado un pequeño impreso ilustrado que aseguraba que un tour por el Parque Everglades costaba 25 usd, que incluía una visita al pueblo indio, a su zona de pesca y de artesanías y a un show con alligators al final de una jornada que se prolongaría unos 45 minutos. Nos había parecido bien y estábamos listos para comprarlo. Así que comenzamos a caminar. Nos acercamos a los barcos con hélice trasera y promontorio elevado y observamos a los alligators que descansaban en sus espacios cercados y a sus crías muy pequeñas que nadaban su cautiverio en espacios libres. Nos hicimos algunas fotos y cuando yo estaba tratando de calcular hasta dónde se metería el canal en donde estaban atracados los barcos de hélice y de promontorio un joven americano ataviado con uniforme de trabajador del Parque se nos acercó. Luis estaba de espaldas. El gringo me preguntó "guer ar yur tícket". Le enseñé el impreso y le dije que solo mirábamos antes de montar. Me dijo que no preguntaba por "eso" y que no podía estar dentro sin el tícket de viaje. Toqué a Luis por el hombro y le dije "escucha al muchacho". Luis se empingó y salimos casi corriendo a la calle. O sea, que para recorrer la instalación había que pagar antes y ello significaría que después harías el viaje por los canales. Que hacer el papel de mirones decentes estaba incluido. Wao, repitió Luis. Que se metan el viaje por el culo, estalló. Ojalá que el viaje fuera mi yerro y que el tipo fuera una american blonde, agregué.Ya te dije que no te hagas ilusiones, acabarás haciéndote una paja, compadre, lo verás. Al oeste había más establecimientos. Algunos estaban cerrados y otros contaban con pocos turistas y por tanto las gabarras no podían salir hasta que no se completaran todos los asientos. Dónde estará el Museo al que fui en el 2010, indagué. Como en la milla 40, creo. Le recordé a Luis la ocasión en que le sugerí desde Chile que fuera a Los Everglades y se diera una vueltecita en "esos barcos que tienen las propelas aéreas detrás". Luis recordó que me había hecho caso y evocamos la magnífica colección de fotos del tour que luego me enviaría.
Finalmente nos detuvimos en un gran establecimiento que había al sur de la carretera. El parqueo estaba repleto y acababa de arribar un bus con turistas orientales y una buena hornada de negros americanos. Los matrimonios andaban con sus niños y las chicas con sus amigos o parejas. Me toqué los genitales. Tendré que sentirlo, les dije. Nos dirigimos al pequeño cubículo en donde vendían los tíckets. La chica americana - una rubia es americana si no tiene el acento que adquiere, involuntariamente, de primera generación en su casa de padres cubanos - nos habló de un tour de 45 minutos que incluía el viaje por el canal y la descripción del capitán guía desde su torre helizada más un show con alligators al final de la jornada. Pero la salida demorará una media hora, aclaró. Así que le dimos las gracias y recorrimos lo persimivamente recorrible. Luis compró una paleta de helado de naranja y pudimos ver a un comensal que desgustaba un filete de cocodrilo. Recordé una película en donde alguien le pregunta a un cenador de comidas exóticas que a qué le sabía la carne de cocodrilo. A pollo con sabor a mariscos, había respondido. Eso me basta para desechar menús relativos.Yo no tenía hambre, descontando que no acostumbro comer casi nada en público a menos que el hambre me atenace. Terminamos sentados en un área al aire libre que parecía una miniterraza sobre el minipuerto del canal. Las ovas verdes cubrían la superficie como amplias sombrillas invertidas y el agua estaba rematadamente sucia pero no sentía mal olor alguno. Había un barco en la orilla sur pero al parecer no estaba de servicio. Cuando nos paramos para seguir viajando por la Calle 8 hasta que pasara el tiempo dos mujeres en la treintena me pidieron que les tomara una foto. Primero me fijé en el color se su piel. Luego en sus vestidos y en la sonrisa incondicionada de sus labios liláceos. Son de la India o de Pakistán o de Sri Lanka, pensé. Era una cámara stándar y le pregunté a la más bonita que dónde tenía que obturar. Me lo dijo. Miraron mi toma. And, pregunté, sou nice. Yes, thank you. La oriental bonita tenía una sonrisa permanente. De la India, pregunté. Yes. City....Bombay, Calcuta, Delhi, inquirí. No, Bangalore. Alguien las llamó. La voz llegaba de un matrimonio mayor que ayudaba a desplazarse a una anciana esbeltamente moruna. De modo que se despidieron. En el parqueo y en el borde de la carretera algunas negras hermosísimas charlaban y reían y claro que me recordaron a aquellas negras despampanantes del Nueva Orleans del 2010 que me sirvieron un gran sandwich con "only jam y tomatoes, sin ches" y que se me antojaron portadoras de cierto racismo al revés.
Viajamos algunas millas hacia el Oeste pero el Museo no apareció, el Canal del norte de la carretera se hizo angosto y el macadam todavía no habia hecho acto de presencia más allá de los primeros kilómetros. Cuando regresamos ya nuestro barco esperaba y compramos los tíckets. Hicimos la fila y pasamos por entre las mamparas metálicas que custodiaban al camino de cemento y nos metimos al bicho helizado. Aunque no se llenó parece que la cantidad de viajeros era suficiente para hacer rentable el tour. Uno de los empleados nos entregó dos supositorios de goma color naranja metidos en un sobrecito de nylon. Dijo que eran para tratar de amortiguar el ruido del motor del barco. Ah, menos mal, cavilé en silencio. Nos sentamos en la segunda fila de asientos y yo elegí el borde sur por si podía darle un cocotazo a algún cocodrilo despistado. La familia de Bangalore no nos acompañaba. Cuando tiré una mirada a los viajeros me pareció que fuera de algunos pocos negros americanos la mayoría eran centroamericanos y del subcontinente indio. Me metí los supositorios en las orejas porque ciertamente el ruido del motor era poco menos que infernal. En la primera fila, inmediatamente delante de mí, iba una mujer joven con jeans deshilachados en las rodillas, blusa de tirantes, gafas y un celular con la cámara lista. Hasta que no se desplazó hacia el lateral este, en donde había un hombre sentado custodiando a un niño pequeño y a una niña como de ocho años que a veces se acercaba hasta donde estaba la mujer, no supe que se trataba de un matrimonio que viajaba separado por vaya usted a saber qué motivos.
Se trató de un viaje sencillo y atrozmente monótono. El piloto guia americano - no hablaba ni una sola palabra en español -, acelerando y deteniendo su bote helizado, metiéndolo en algunas ensenadas, en una de las cuales "había parido una mamá alligueitor ocho crías hacia diez años", la misma que "aún vivía en el sitio" entre aguas podridas y ovas descomunales. Por mucho que trató de que mamá alligator apareciera nos tuvimos que marchar sin el encanto de su maternal presencia. El piloto guía americano recorriendo los alerones del barco para recoger plantas autóctonas y explicarnos la gran "capacidad calórica" de algunas, señalando alligators en los bordes del canal o nadando de urgencia por entre las ovas delante de la proa o gritando "alligueitors" desde su puesto de vigía cuando algún bicho portentoso dejaba ver su lomo parduzco a la distancia. Hice algunas tomas del canal, de la proa del barco, del puesto promontorial del guía capitán y de los muslos deshilachados de la joven mamá que viajaba a nuestro lado y que a veces se volvía para hecer alguna toma del cocodrilo de estribor y me sonreía como si pidiera disculpas. Una de las fotos incluyó - y juro que no me lo propuse - una sección de su hombro espalda y de su brazo derecho, así como  parte de su cabeza de perfil. Cuando apenas podía contener los deseos de rozar su espalda con la yema de mi dedo pulgar y decir "tranquila, te espanto un  alligueitor bonsai" el piloto guía frenó y giró al barco en el medio del canal. Me parecía que llevábamos muy poco tiempo de viaje y además, me preguntaba en dónde estaría el barco que nos precedía y que no veíamos desde hacía rato. Quizás se trate de otro tour, pensé. El regreso incluyó más avisos de alligators a proa y otra visita a la guarida de la alligator ermitaña. Pensé en que tal vez la vieja mamá alligator estaba visitando a sus hijos y a sus nietos en alguna ensenada de los pantanos. Me quité las gomitas para preguntarle a Luis si él sentía algún mal olor en el agua podrida. Claro, es insoportable. Dije que no olía ni tranca. Estarás tupido, cojones, porque a mi hasta me duele la naríz.
El barco atracó con la ayuda de la gente de tierra. Como atracan todos los barcos. Nos subimos al pequeño andén y como yo no tenía suelto Luis le dio un dolar de propina al guía porque un cartel en la proa de la gabarra decía "el capitán trabaja por la propina" y entonces caminamos el sendero de cemento hasta donde otro guía nos señaló el próximo camino que llevaba hasta el rústico anfiteatro techado en donde se habría de efectuar el Show con Alligators. Antes recorrimos el minimuseo con esculturas de madera de la zona, con fondos pantanosos y vegetación autóctona, con cocodrilos y caimanes disecados y con miniestanques en donde nadaban alligators bebés entre piedras ocres y flora artificial. Detrás de los grandes vitrales los alligators de verdad descansaban su modorra sobre acantilados fangosos mientras algunos pelícanos y garzas azules se acicalaban en las ramas más altas del bosque nativo. El anfiteatro estaba casi lleno. Ocupado por los viajeros del par de tours y por los turistas que esperaban por el Show. Predominaban los niños y las familas orientales. Me preguntaba de dónde habrían salido tanta gente con fisonomía hindú. Sin embargo no vimos a la familia de Bangalore. No se trató de un Show grandilocuente. Sencillo, como el Show de los Delfines al que había asistido en Los Cayos, Cuba, durante mi último viaje.
Cinco o seis gradas de cemento en semicírculo con una cerca alta de malla que las separa del pequeño espacio en donde el adiestrador - el mismo capitán del barco helizado - realiza su Show. La capacidad profesional del capitán guía del Pantano me habia convencido a pesar de su inglés clásico y de mis entendederas discretas. Su capacidad de presentador de shows con alligators me convenció todavía más. Con su uniforme beige y su gorra de pelotero y sus gafas oscuras recorría todo el pasillo interior del anfiteatro haciendo gala de una dicción perfecta y de una voz potente que me hacía recordar a aquellos sempiternos conductores de subastas de las grandes películas americanas de los tiempos sublimes. Mientras los espectadores observábamos a los tres cocodrilos que descansaban dentro de su jaula el artista salió por detrás con una serpiente amarilla enredada en el cuello, sujetándola por un sitio cercano a su cabeza y disertando sobre la manera en que los bichos no tienen por qué ser peligrosos si se les sabe tratar y sobre todo si no se les molesta. La serpiente es parte de la fauna del Parque. A veces decía "eni cueschon" y siempre alguien le hacía alguna pregunta. Sobre todo los niños americanos. Generalmente sus respuestas rebotaban llenas de humor que el público celebraba con risas conscientes. Así fue que nos enteramos de que el alligator más pequeño de los tres tenía diez años y que no es recomendable tratar de sorprender a un gran bicho por alguno de sus laterales porque su velocidad de reacción es aún mayor que la que vienen mostrando los camarógrafos de Nat Geo. El showman le daba pedazos de carne a los tres animales. Qué tipo de carne les da, preguntó alguien. Chicken, dijo. Los sacaba de una cubeta blanca. Les golpeaba en sus lomos y en sus barrigas y los reptiles solo reaccionaban con la comida y cuando él, siempre de frente, les metía su mano en la boca la sacaba con velocidad supersónica porque los monstruos domesticados cerraban sus fauces con malas intenciones y hacían tremendo ruido con el choque de sus mandíbulas. Cuando estábamos más involucrados en el espectáculo el hombre lo dio por terminado y calculé que por tanto no era mucho lo que había quedado de los 25 usd. Afuera, otra tropa de trabajadores uniformados hacía todo lo posible porque nos sacáramos una foto con el Showman. Qué va, dijo Luis, nos fuimos. Finalmente compré dos latas de Coca Cola en 4 usd y tuve que pedirle a mi amigo que me diera otro dolar porque ya he dicho que no tenía suelto. Le extendí el billete a la chica americana. No, dijo con lenguaje de señas, solo cuestan dos usd. Ai nou, agregué, is yur tip. Oh, senkiu sou moch. Nos sentamos en la terraza y vimos como otro barco helizado estaba saliendo repleto de visitantes.
Durante el regreso Luis me dijo que el próximo viaje sería a "esa carretera que tú dices entra en el Parque y que esté llena de zonas de descanso, de miradores de aves, de islas y de pinares y de cipreses y de canales mayores que llega hasta la costa del Golfo". Luis cree que la carretera debe estar a medio camino por la Calle 8. Yo sé que no. Porque la carretera que entra al corazón de Everglades Park sale desde Florida City - algo así como un suburbio de Homestead - y llega hasta la pequeña ciudad de Flamingo en la costa oeste y es la Carretera Nacional 9336. Yo sé que cuando regresemos y entremos por allí estaremos en presencia del Verdadero Pantano, del Cañaveral Real y que podremos observar ibis y carraos, pelícanos y águilas cazadoras, charranos y rayadores arribados desde la bahía de La Florida, garzas y aringas. Disfrutar de siervos y panteras, pumas y manatíes, serpientes y tortugas y toda la gama de alligators que pueblan al Parque Nacional, único lugar en el mundo donde caimanes y cocodrilos conviven sin ninguna dificultad más allá de diatribas de rutina. Y que nos bastará con su auto hasta que decidamos adentrarnos en algún lago o canal o alquilar un bote que nos permita navegar por Canal Shark River, el gran surco de agua dulce que sale del lago Okichobbe y se adentra hasta la costa suroeste de La Florida. O visitar a la gran colonia de flamencos rosados. O llegar hasta Cayo Sable, el lugar más meridional de Estados Unidos Continental. Y convencernos de la necesidad de preservar un sitio único que tiene mas de 6000 kilómetros cuadrados ( casi como mi provincia de Villa Clara en Cuba) al que acaba de visitar el Presidente Barac Obama para dar su espaldarazo conservacional en aras de combatir al cambio climático y al que la Unesco ha declarado Reserva de la Biosfera, Humedal de Rango Internacional y Patrimonio de la Humanidad.
Pero para ello tendríamos que salir mucho más temprano de casa. Que preparar con antelación mis sandwiches y mis refrescos y mis caramelos. Y visitar al Consulado de la India en Miami para saber si algunas chicas del Subcontinente Indio están de visita en el Parque.
Solas.


Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Mayo 30 del 2015.







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