Tomado de Grandes Nostalgias.
A la memoria de Ernst Heminway y su El gran río de los dos corazones.
En el principio el río era solo una corriente de agua dulce que se deslizaba debajo de las patas de la yegua Perica cuando el padre lo llevaba a la zanca y el viaje terminaba en casa de la abuela o en la tienda de Juanito. Despues el río se convirtió en un gran espejo de aguas turbias en donde el niño se miraba los sueños y las jicoteas descansaban su modorra de carapacho duro sobre las palmas atravezadas que descansaban sus puntas en ambas orillas. Poco mas tarde el río se volvió abrevadero para las reses, proveedor de yaguas podridas para los estropajos folklóricos de la madre, pozas profundas en donde se bañaban desnudos los muchachos más grandes y en camino único para las rastras de bueyes cuando llegaba la época de sequía y había que ir a buscar agua en tanques de cincuenta y cinco galones al pozo de brocal de cemento y de bomba de Los Gucende. En el río siempre había habido pejes y por la noche se escuchaba el canto bronco y alargado de las ranas toro y cuando él regresaba con sus padres de las visitas familiares, sobre la palma que hacía de puente sobre las aguas las grandes jicoteas que cogían luna se lanzaban despavoridas delante de los zapatos haciendo un ruido de zambullidas misteriosas. El niño no supo que los pejes se cazaban hasta que no vio a Luis Navarro metido hasta las rodillas en el fango podrido de la poza de Mikel, cogiéndolos a mansalva con las manos desde las aguas escasas y echándolos en un saco de azúcar que llevaba amarrado de la cintura. Las bijacas negruzcas se amolotonaban en las charcas mínimas y saltaban buscando oxígeno porque el agua terminal se les iba de debajo de sus barrigas vacías. Luis Navarro parecía un negro carbonero entre tanto fango podrido rebozante de bijacas moribundas, pero en solo una hora cogía más bijacas que todos los demás cazadores de pejes con jamos de saco en toda una jornada normal. Cuando el cuñado de Belillo descubría al niño sentado contra el tronco de la mata de coco indio, mirándolo realizar su trabajo, le decía hola Luisito y explicaba que a él no le gustaba coger a los pejes con anzuelo porque le daba lástima pincharlos con el metal y que prefería cogerlos con la mano cuando el río estuviera casi seco aunque tuvieran un poquito mas de peste a fango. Entonces el niño lo miraba subir la ranfla de Belillo, chorreando aguas negras por el fondo de su espalda, con el saco repleto de bijacas y sujetándose con la mano libre de las yerbas del borde de la ranfla para no resbalar hasta el río moribundo. El niño siempre se preguntaba por qué motivos Luis Navarro nunca le brindaba ni una sola bijaca si parecía tan amable. Pero no le importaba. Porque él jamás hubiera aceptado aquellas cosas negras, con tanta peste a fango que le hacía restregarse la nariz todo el tiempo que duraba la cacería en la poza de Mikel.
Una media mañana el niño le preguntó al padre que qué cosa era un anzuelo de metal que pinchaba. El padre, acostumbrado a sus preguntas de persona mayor, le explicó lo que era un anzuelo. Y agregó que Luis Navarro era un vago que no se atrevía a pasarse ni una hora pescando con anzuelo al resistero del sol y que por eso prefería coger a los pejes de jamón, cuando ya no hubiera agua en las pozas aunque para poder escamarlos tranquilamente su mujer tuviera que lavarlos con jabón Batey para quitarle la peste a fango podrido. Aseguró que los pejes se debían capturar con anzuelos para darles la oportunidad de elegir entre morder la carnada o seguir comiendo comida natural del río. Por eso era mucho mas decente freír un solo pescado limpio y saludable después de haberlo capturado con el anzuelo cebado que almorzarse uno de aquellos bultos chorreantes de mierda que Luis Navarro le robaba al río cuando el sol se había llevado casi todas sus aguas. Cazar pejes era un asesinato. Pescarlos era un deporte y los chambergos como Luis Navarro eran unos asesinos de pejes, había concluido el Hombre de la Ciénaga. El niño le pidió al padre que lo enseñara a pescar y que quería que fuera lo mas rápido posible. Está bien, hijo, pero la primera vez será con un anzuelo criollo e iré contigo a las mejores pozas. El niño le dijo que nunca lo había visto cazando pejes con sacos ni pescando con anzuelos y que le parecía que él podia ir perfectamente solo. De eso nada, porque puedes resbalar desde el tronco de cualquier palma real y caer al agua y no sabes nadar todavía. Hace años que dejé de pescar, me falta la calma necesaria para hacerlo. Cuando queremos comernos un pescado fresco me voy a Caibarién y lo compro, pero si a ti te gusta pescar y crees que tengas la paciencia para hacerlo, pues arriba jovencito. Yo sé que comeré de la primera tataguaya que traigas a casa pero siempre voy a preferir el peje de agua salada, sin que te ofendas, campeón. El padre le pellizcó la punta de la nariz y se la movió hacia ambos lados y el niño se la restregó enseguida. Apuesto a que todavía tienes el olor a fango podrido ahí. El niño sonrió. Sí, huelo a Luis Navarro, dijo.
Al otro día, cuando el niño se levantó el padre lo estaba esperando sentado en el durmiente sur del comedor. Desayuna, que hoy mismo comenzarás a hacerte pescador con anzuelo, le dijo. De modo que el niño lo siguió hasta la cerca de Los Gucende por el camino que llevaba hasta el potrero. El padre se subió en el último alambre de púas y cortó un gajo seleccionado de bienvestido. Cuidado no te caiga en la cabeza, échate patrás que voy a tirarlo junto con el machete, le ordenó. El niño reculó con el gajo en sus manos. El padre se desmontó de la cerca de alambres. Vamos, le dijo. Regresaron a campo travieza. Debajo de la mata de aguacates morados el padre cogió la rama de bienvestido y apoyó la punta mas delgada en la yerba. Primero tienes que pelarla bien para que pese menos, explicó, mientras deslizaba el filo del machete por toda la rama y el niño veía como la cáscara iba cayendo en largas tiras verdosas sobre la tierra. Entonces el padre cogió un pedazo de vidrio de la base de la primera horqueta de la mata de aguacate. El niño se dio cuenta de que era parte del culo de una botella de aceite de carbón. El padre comenzó a deslizarla sobre la rama pelada. Esto es para que quede licecita y pierda la humedad y también para que siga pesando menos, le dijo. Ahora lo que caía sobre la yerba eran virutas de palo de bienvestido, diminutos rizos crespos, y al niño le pareció que se daban un aire a las virutas de acerrín que caían desde las tablas serruchadas de Pepe Siverio. Cógele el peso, pidió. El niño alcanzó la vara de bienvestido y dijo que no pesaba nada y que le gustaba mucho. Cuando seas un pescador de verdad te haré una vara de guásima derechita y liviana como una pluma de mariposa, agregó el padre. Ven, le pidió. El niño lo siguió hasta el puntal sur del comedor en donde el padre depositó la rama suavecita de bienvestido. Ahora el niño percibió que sus huevitos se encogían como dos ciruelas maduras. Porque el puntal era un gran palo de yaya que el padre había tenido que poner a la cocina comedor para que la habitación no se cayera. Hacía poco tiempo que el niño había subido gateando el puntal, hasta donde comenzaba el guano del techo y cuando se deslizaba hasta la tierra le pareció que algo había estrangulado su huevito izquierdo y después tenia mucho dolor. La madre lo había desnudado sobre la mesa y le había observado los huevitos. No tienes nada, ojalá no te hayas quebrado, no quiero que te subas más, certificó. Vuelve a mirarlo mañana también porque si es una quebradura hay que avisar a la Vieja Fela para que le saque un molde de su pie izquierdo en el tronco del almácigo y remedio santo cuando la plantilla se seque, dijo el padre. No creo que esté quebrado, aseguró la madre.El padre puso la rama sobre la sección media del puntal y comenzó a hacer una ranurita con el cuchillo en la parte mas fina. Esto es para que amarres la pita y no se resbale, explicó. Traéme un hilo blanco que está sobre el taburete roto. El niño regresó con una bolita de hilo blanco en su mano. Se había dado cuenta de que se trataba de hilo de coser sacos de azúcar prieta. Se la dio al padre. El padre amarró una de sus puntas en la ranura. Bien fuerte, dijo. Ahora vira a la cocina y traéme un corcho de alguna botella de luz brillante vacía, le ordenó. El niño lo hizo. Tiene peste a petróleo, dijo. Se le quitará,descuida. Pero menos que las bijacas sucias de Luis Navarro, recordó el niño. El padre le sonrió. Con esa peste no hay quien pueda, aseguró. El padre hizo otra ranura en el centro del corcho y amarró la pita con un solo nudo y dejó poco mas de medio metro suelto de pita a partir del corcho. Se le da un solo tortol por si acaso tienes que aflojarla en caso de que el agua esté mas profunda y los pejes anden por el fondo del río. Entonces se sacó un pedazo de alambre blanco del bolsillo trasero del pantalón caqui de montar. Ves este alambre brilloso, preguntó. Míralo bien, le pidió. El padre lo cogió por una de las puntas y jorobó el otro extremo entre sus dedos índice y pulgar. Lo jorobó hasta que el alambre se convirtió en una U casi perfecta. No se te parece a un bastón de ciego, le preguntó. Se me parece a una U con una pata más larga que la otra, respondió el niño. El padre volvió a sonreír. Eso es exactamente un bastón de ciego, una U con una pata más larga que la otra, concedió, y es de alambre normal de cerca. Entró al comedor y salió con un martillo medio gastado de cabo de dagame. Hizo una jorobita ligera en la otra punta de la U y golpeó allí con el martillo. El alambre se jorobó y cuando su punta se unió al resto de la U dejó ver un pequeño semicírculo parecido a una semilla de mamey colorado. El padre metió allí la punta del hilo que estaba debajo del corcho y lo ató muy fuerte. Para que el anzuelo no se zafe por nada del mundo aunque se trabe con una tabla de tea, dijo. Entonces cogió la vara por la punta libre y la levantó y simuló lanzar la pita en el río y miró detenidamente al agua y se maravilló cuando el peje picó y haló con fuerza la vara y el anzuelo cayó detrás de ellos con tremenda chancleta ensartada. Cógela, hijo, que se la come el gato, le gritó, muerto de la risa. Ahora faltan las lombrices, dijo el niño. Coño, muchacho, me lo quitaste de la boca, pero cómo carajo sabes que se usan lombrices como carnada. No lo sé, pero qué otra cosa se podría usar. Bien se ve que es primo segundo de Raúl Ferrer, coño, pensó el padre. Había una guataca vieja en el sur de la palmichera que estaba debajo de la mata de aguacates verdinos. El padre clavó el ángulo sin filo en la tierra húmeda. Tres guatacazos después las lombrices aparecieron en el fango y algunas parecían jubos rosados. El niño comenzó a recogerlas con sus manos limpias y a echarlas en una lata vacía de leche condensada que el padre había tenido la precaución de colocar sobre la punta de uno de los postes de la palmichera. No te da asco, le preguntó. No, están resbalosas y se mueven entre mis dedos, pero enseguida las tiro en la lata, respondió. Cuando les da el sol también apestan un poco y te dejarán manchas negras en los dedos que tendrás que quitarte dándote mucho jabón, explicó el padre. Está bien. Cuando tuvieron media lata llena de lombrices rosadas el padre dijo que con esas tenían por hoy y le dio la guataca. Hala la tierra que sacamos para el hueco y rellénalo. El niño lo hizo enseguida. Es para que vuelvan a venir otros bichos, inquirió. No, es solo para que no quede el hollo y no se vaya a caer algún pollo o algún lechoncito, las lombrices están por todas partes. El padre había dejado la vara del anzuelo rcostada contra la pared del comedor. La cogió y la inclinó contra el suelo enyerbafinado. Mira, dijo. Cogió el anzuelo, pasó la pita por la base de la vara de bienvestido y lo clavó en el corcho. Ahora la vara parecía un arco prmitivo. El padre pensó decirle que la flecha del arco era el anzuelo pero se quedó callado. Seis años no era edad suficiente para estar hablando de otras armas. Ahora nos vamos al río, dijo. Se echó la vara al hombro como si fuera una escopeta de cazar jutías. Rafael, ten cuidado no se resbale por alguna barranca o se le vaya una palma de las manos, recordó Laniña. Ya este culicagao es un hombre de pelo en pecho, así que olvídate. Es mejor que el cuidado lo tenga yo.
El padre había seleccionado a la Poza de Rafael para la primera lección de pesca de su hijo. La Poza de Rafael estaba delimitada por tres palmas reales en el alero occidental del río. Dos de las palmas palmicheras estaban en el sur de la Poza pero allí las aguas eran poco profundas, había demasiada yerba de guinea en las orillas y los pejes no se molestaban en ir a buscar los granos de palmiche que goteaban durante toda la temporada. Lo hacían debajo de la gran palma del norte de la Poza, que estaba detrás de la mata de guásima que crecía en el faldeo medio del río y a cuya sombra el padre y el niño cagaban en las horas diurnas. Allí el goteo era permanente porque la palma paría hasta cinco grandes racimos, el agua era mucho más profunda y había mucho limo en la superficie. Las bijacas vivían su corta vida a la sombra de la palma, cubiertas sus aguas negras por la abundante vegetación de la superficie. Así que el padre lo precedió por entre los surcos jóvenes de frijol y de maíz en el centro de Octubre mientras el niño se preguntaba por qué no estaban yendo hacia la palma del Paso en donde él había visto algunos bijacones negros de barriga rayada. Vamos a tirar la pita desde esa palma, dijo el padre. Yo bajo primero la barranca, así, suavecito, ahora sígueme tú, a ver, dame la mano. El niño se dejó conducir aunque le parecía que él podía hacer todo el trabajo solo. Quieto ahí. El padre metió la mano en la lata de las lombrices. Mira bien, hijo. Coges al bicho y lo cortas con la uña del dedo gordo y el lateral del dedo índice, así, mira, y metes la punta del anzuelo por el centro del tubito que es una lombriz, lo metes hasta la misma punta del anzuelo y tienes que tener mucho cuidado de que no quede ni un pedacito de alambre afuera para que los pejes no piensen que todo no es comida. Debes de meter el anzuelo por la parte cortada porque las punta de las lombrices tienen un huequito muy chirriquitico y cuesta trabajo meterles el anzuelo, aparte de que se mueven mucho y se pierde tiempo. También tienes que tapar la lata de la carnada para que el sol no las ponga duras, para que no la invadan otros bichos y no caguen tanto. Ahora coges la vara, la echas para alante y buscas algún hueco en caso de que haya mucho limo o yaguas para meter el anzuelo, así, ves, y entonces queda solamente esperar a que el corcho empiece a moverse y eso te indica de que algún peje está picando, pero tienes que tener calma hasta que el corcho se hunda todo, lo que quiere decir que el peje tiene todo el anzuelo dentro de su boca y es hora de halar rápido porque es casi seguro que logres engancharlo, si está bien clavado en el anzuelo puedes halar lentamente y traer la pita hasta tus manos y sacar el peje del anzuelo pero generalmente se hala muy duro y el peje cae detrás de uno, sobre la tierra y no tiene ningún chance de escapar, entiendes, hijo. Sí, papi, y los sapos pilotos y los sapos cascarrús y las jicoteas también pican. Pueden hacerlo si se topan con el anzuelo pero casi nunca se enganchan porque tienen la boca muy grande. Ahora, si estás pescando en aguas claras y ves que algún bicho de esos está persiguiendo tu anzuelo sácalo y tira para otra parte porque por lo menos a mí no me gusta sacarlos del anzuelo, además, cuando se habla de pesca nos estamos refiriendo a la pesca del peje, a los bichos con aletas, agallas y escamas, entiendes. Sí, mira se está moviendo el corcho. El padre dejó que se hundiera entre el limo y haló con fuerza. La bijaca cayó lejos, detrás de ellos, entre dos surcos de frijol y el padre fue por ella. Ven, dijo. La bijaca era un peje mediano, ligeramente negruzco y con pintas amarillentas en la barriga y daba saltos desesperados sobre el sembradío hasta que el padre levantó la pita y la miró. Hermosa, no crees, Laniña la dejará tostadita y hasta nos comeremos los huesos. Entonces agarró la pita con la mano zurda casi en el hocico del peje y con la derecha atrapó a la bijaca. Le sacó el anzuelo delicadamente y le abrió una de las abertura en donde estaban las agallas. Ya había cortado una horquetica de siguaraya y le metió la parte mas larga por allí. La bijaca cayó hasta la base de la horqueta en donde la rama más corta detuvo su caída. Así es como se colocan, una arriba de la otra, es lo que se llama una ensarta. Alguna gente hecha a los pejes capturados en sacos, en cubos con agua o los deja sobre la tierra. Yo prefiero la ensarta porque los puedo trasladar sin ningún problema, además de que evito que las hormigas intenten sopetearlos y cuando quiero saber cuántos pesqué me es muy fácil contarlos. Ya que estás aquí tú me sujetas la ensarta, cógela.
Esa mañana de Octubre el niño aprendió que siempre que cae un peje hay que cambiar la carnada aunque el bicho no se la haya podido comer, que hay que pescar en silencio porque los pejes tienen un magnífico oído, que hay que evitar las grandes yaguas de las palmas, los troncos de las orillas y los pedazos de tablas de tea porque si el anzuelo se traba lo mas probable es que se quede enganchado debajo de las aguas y si no se tiene otro hay que tirarse para destrabarlo. Aprendió también que a veces los pejes se zafan del anzuelo por dos motivos. O porque no lo mordieron bien o porque el anzuelo es criollo, o sea que no tiene la orejita invertida en la curva de la U que evita que el peje se salga cuando ha mordido correctamente. La orejita es una trampa insalvable. Esa mañana solo se fueron de la palma norte de la Poza de Rafael porque el niño quiso pescar en El Paso. Allí el padre le dio la vara y el niño sacó una maica pequeña que estaba criando pejecitos y el padre dijo que era mejor soltarla porque a una madre no se le hacía eso. Al niño le pareció muy bien y él mismo la sacó del anzuelo y la tiró al agua y miró sus extrañas pintas negras y recordó que sus colores se parecían al de las rayas de las cebras que había visto en el Libro de Pepe el Aviador que había en casa de Mary. Casi cuando se iban el niño pudo pescar una tataguaya con repunte a bijaca y el padre le felicitó por su primera presa. La madre preparó los siete pejes en el fregadero occidental. El niño la miró trabajar desde el exterior de la cocina y él mismo le echaba las mundicias al gato que se estaba volviendo loco con el olor del pescado. Laniña le enseñó a escamar las bijacas, a abrirlas por la barriga con cuidado para no cortarse la palma de la mano sujetadora, a extraer las agallas y a cortar las aletas y a enjuagarlas con agua clara y echarle sal para freírlas en manteca de puerco en el sartén negro. Cuando el niño le preguntó que por qué no echaba los sobrantes de los pejes en el caldero del sancocho la madre le dijo que porque el olor a pescado haría que no hubiera quien se comiera la carne de puerco de la próxima matazón. Que el pescado tenía su propio olor agradable pero que sus restos consumidos por otros animales producían un olor insoportable en sus carnes. El niño también aprendió a comer pescado. De la cabeza solo se aprovechaba la masa que le quedaba en el lomo cuando se separaba del resto del cuerpo. El peje tenía dos bandas de carne blanca y blanditica en sus laterales que había que separar del espinazo y de los bordes espinosos de la barriga para poder comerla sin precaución por posibles espinas que se trabaran en la garganta. La madre le dijo que algunas mujeres preparaban el peje en caldo y que había oído decir que otras hasta lo asaban pero que ella prefería el peje frito con manteca de puerco. Había dejado la tataguaya que pescó el niño separada en un plato floreado. La había frito hasta el tope y el pejecito parecía una galletica sobre la porcelana impecable. Máscala toda a ver si se te hace polvo en la boca. El niño se metió a la bijaquita en la boca y cerró sus dientes. Sabía que solo le faltaban los ojos. La carne chirrió como si fuera una chicharrita de plátano verde y el niño mascó. Ninguna espina, preguntó la madre. No, mami. De todas formas, aunque el peje sea chiquito y quede tostaíto, siempre debes tener cuidado con alguna espina traicionera. Como tantas veces hacía cuando comían fricacé de pollo, el padre comenzó a toser y a garraspear y a hacer como que se estaba ahogando mientras se metía el dedo en la boca. Laniña lo miraba, asombrada, y le gritaba Rafael qué te pasa en la garganta por Dios, tose mas duro hombre para que se salga ese hueso de mierda. Entonces el padre dejaba de toser, hurgaba en su garganta y extraía el dedo índice y el del medio llenos de saliva y con un huesito entre las yemas y se los enseñaba. Miren, me lo saqué de la hollita, y se lo tiraba al gato que estaba de guardia al lado del taburete del niño. La madre sabía que era la broma de siempre pero nunca podía evitar caer en la trampa dramática del marido. No le hagas caso, Luisín, es tu padre chivando. El niño acaba por echarse a reír y trataba de imitar al padre con el cuento de la hollita.
Al otro día el niño llegó de la escuela, tiró los avíos escolares sobre la mesa y salió para la palmichera. El padre estaba desenyugando a los bueyes y lo vio. A dónde vas, le preguntó. A sacar lombrices, respondió. Para qué. Para pescar. La madre, que asistía al diálogo desde el cordel de tender la ropa, recordó la mañana en que el niño se había ido para la casa de Mary sin siquiera lavarse la cara en medio de su afán por comenzar el primer día de clases y Aly había tenido que devolverlo a casa para que se aseara. Qué niño mas desesperao, pensó. No puedes pescar a esta hora hijo, Por qué. Primero porque tienes que almorzar, dijo la madre. Y segundo, agregó el padre, porque se pesca por la mañana y quizás por la tardecita cuando no hay casi sol, ahora te aterrillarás al resistero y no cogerás ni un cativo, así que deja que comer mierda, almuerza y haz lo que te parezca excepto pescar hasta el sábado por la mañana. El niño dijo que no tenía hambre y que entonces pensaba esperar a los tomeguines debajo de la mata de limón para tratar de matarlos con el tirapiedras de ligas coloradas. Eso está mejor, dijo la madre, pensando en que su hijo era capaz de pasarse horas enteras disparando piedras a las chinchilas sin siquiera rozarles el rabo y por eso era, tal vez, por lo que la colonia de tomeguines casi no cabía en el follage del limonero y se había tenido que trasladar hasta la mata de chirimolla. Mejor así, decidió la madre, lo quiero pescador y no matador de pájaros. Ambas profesiones tenían como objetivo final la muerte pero los peces tenían la opción de elegir.
Esa tarde, cuando el padre había decidido acompañarlo al río para que él fuera quien pescara todo el tiempo, comenzó a llover. No iremos, porque el peje no pica cuando está lloviendo, dijo. De aquí al sábado se puede secar el río, se quejó el niño. También Ventoso puede tirarse un peo y el sonido del fotutazo puede llevarse toda el agua hasta Cambao. Yo creía que el de los peos era el Isleño Florencio. Oye, terció la madre, que el Gallego también tiene culo. Mira, mañana voy a Caibarién porque me hacen falta sogas para amarrar a los bueyes. Te traeré anzuelos de verdad, de esos con la orejita invertida e inclinados de punta, naylons de verdad para pitas de verdad y corchos de verdad que no apesten a luz brillante e iremos a la guásima para cortar una vara derechita como una vela, la pelaremos y le daremos vidrio para que pese menos que una pluma de pollito y haremos la mejor vara de anzuelo de Plateros, qué te parece. Bien, dijo el niño, que al fin estaba celebrando su primera chinchila descabezada en la copa de la mata de chirimolla. Una tataguaya y una chinchila en dos días como novato, coño, eso es récord mundial para cazador culicagao, dijo el padre. El sábado cogeré más, muchas más, aseguró el niño, y concluyó a menos que Ventoso se tire un peo y tenga que ir a pescar al Río Cambao.
Por la noche Vera Obregón vino con su su madre. Rafael y el niño estaban para casa de Gucende. Mientras Laniña montaba la lata para tirarse su zambumbia de rutina el hijo y la madre comenzaron a cantar las décimas de Arturo y Magdalena. Laniña terminó el brevaje único y comenzó el reparto en los viejos vasos de cristal. Vera estaba entonando Arturo, tú me has contado que te veras te intereso y hasta en la fiebre del beso así me los has demostrado. Nata Obregón pidió a su hijo que parara un momento y puso el vaso con zambumbia sobre la mesa. Oye, Niña, ven acá, cuándo carajo piensan darle una hermanita a este sabio de Los Ferrer, inquirió. Laniña se echó a reír. Qué vá, vieja, ya he perdido tres y tengo miedo, además estoy muy mayor para eso. Vieja tú chica, eres una niña, mujer, yo he parido más vieja que tú, y qué dice Rafael de eso. Rafael hace y no dice nada, sonrió de nuevo, creo que ya cerramos la fábrica. Cuántos tienes. 42 recién cumplidos. No lo digo, eres una bebé, ponte pa las cosas, espero que no estén usando esas gomitas. Las usamos. Bueno, por suerte para ti son chinas y dicen que se rompen mas fácil que los huesos de una abuela. Ay, Nata, mira que tú eres. Ya puedo seguir, preguntó Vera. No, con esa parte tenemos, ahora lo mas importante es convencer a esta señora de que no está vieja para tener otro hijo, que espero sea una niña. Entonces Laniña cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no se protegía.
El sábado siguiente el padre acompaño otra vez al niño. Para que aprendiera a enganchar la lombriz en el anzuelo de verdad que le habían regalado sus amigos pescadores del puerto y para que fuera conociendo a los mejores sitios para pescar. Papi, dónde empieza el río. El padre meditó la pregunta. Bueno, el río para pescar empieza en el faldeo de la loma de Belillo pero el lugar en donde empieza como tal está bastante lejos en medio de la loma, en un charquito que parece un abrevadero de grillos. Y dónde se acaba. Se acaba en la Poza de Chelo Larriba porque desde allí se vuelve un arrollito que desemboca en el río Yaguey. Y se puede pescar en todo el río. No lo creo, hay lugares muy bajitos, otros en donde no hay palmas goteadoras y otros en donde no hay ningún tipo de comida, pero la gente puede intentarlo a lo largo de todo su curso. En dónde hay más pejes, en la parte de allá o en la de acá. Qué quieres decir con eso de en la parte de allá. La que está frente la caña de Mikel, desde la loma de Belillo hasta la carreretera. Ah, eso depende, ya te digo, de la profundidad y de la cantidad de comida, pero en verdad creo que hay mejores sitios en la parte de acá. Está bien, cuándo puedo pescar solo. Desde mañana mismo, cuántas has sacado hoy. Una chancleta, una maica sin hijos y tres tataguayas. Muy buena esa pesca, le daremos dos tataguayas a Chicho. Sí. La madre estaba recogiendo cocos secos en el delantal cuando regresaron. Cómo lo quieren, en torticas o a granel, preguntó. En torticas, dijo el niño. Me parece bien, dijo el padre, aunque el dulce de coco es bueno como quiera. La madre observó la ensarta. Qué clase de chancletón, exclamó, quién lo pescó. Quién va a ser, tú hijo. Te lo freiré para que te lo comas con arroz blanco y aguacate. El niño se adelantó a sus padres porque quería preparar los pejes sin ayuda de nadie. La madre detuvo al padre, sujetándolo por el codo. Oye, qué tiempo hace que no singamos con gomitas. Ni sé, ya estás muy vieja y creo que yo no preño ni a una bijaca. Nata parió con más de 42. Esa vieja es una curiela y solo con ver el calzoncillo de Beto se le hincha la barriga. Hace cuatro días que debió de haberme llegado el periodo y ni sujumo. Ves, te estás volviendo vieja. No sé. Qué, quieres que le metamos mano otra vez a las gomitas chinas. Dice Nata que no sirven. Pues vamos a comprar globitos rusos. No sé, si nos estamos poniendo viejos mejor no usamos nada. De acuerdo, tú eres la jefa de eso.
Cuando entraron a la casa el niño le estaba echando las mundicias al gato. Qué requetebién has limpiado los pejes, mi niño, dijo la madre. Había acabado de decir niño cuando le vino una arqueada. Las vísceras del peje trituradas entre las mandíbulas de Chicho le habían provocado náuseas. Dios mío, será posible a estas alturas, pensó. Ventoso venía por el camino de la mata de limón. No te vayas a tirar ningún peo, gallego hijo de puta porque si me secas el río le digo a mami que no te lave la ropa mas nunca, pensó el niño, en tanto se disponía a enjuagar la tataguaya. Ventoso entró al comedor por la puerta norte, saludó y se sentó en un taburete y cruzó una de sus piernas sobre la otra. Cómo está Ventoso, preguntó la madre. Igual, Niña, con euzta fiebre que nou ze me quita desde queu puze la última travieza deu la línea deu San Andrez en lous añoz curenta. Mucha pastilla y mucha inyección, Ventoso, que bajará algún día, dijo el padre, tratando de calcular los termómetros que habría usado el gallego desde los lejanos tiempos en que se tendía el ferrocarril de San Andrés. El niño regresó al comedor. Mami, échale tú la sal y que te queden tostaítas como las de aquel día. Oiga, niño, si usted quieure pescar muchos peces pues lléguese a las dous palmas queu están del otro laudo deu la cerca de Pablo, al lado del rancho y tire allí que allí seu tira y seu saca, dijo el Gallego. El niño recordó que solo habían llegado hasta la poza del Jaguey y que la poza de la que hablaba Ventoso era la que seguía al norte y estaba en la finca de Los Gucende. Mañana iré por alli, le dijo. Al que van a pescar es a ti, gallego comunista, si caes en manos de los alzados, pensó el Hombre de la Ciénaga. Sabía que el Gallego estaba advertido.Ventoso recogió su ropa lavada y planchada, le dio los siete pesos a Laniña y se marchó, no sin antes recordarle al padre del niño que tenia mucho miedo con ese asunto de los misiles nucleares que había en Cuba y que podían desencadenar una guerra entre Rusia y los Estados Unidos. Lo arreglarán, dijo Rafael. El niño salió por la puerta esquina del cuarto y colocó una piedra en la badana del tirapiedras de ligas coloradas. Las tensó y soltó la piedra en la dirección en que caminaba Ventoso. La hizo rebotar contra la tierra y la piedra golpeó una de las nalgas del Gallego. El Gallego se volvió pero no vio a nadie. Eso no se hace, dijo el padre. Es para ver si una buena pedrada en el culo le baja la fiebre o le quita un poco de fuerza a sus peos, dijo el niño. La madre se echó a reír. Qué cosas tiene este niño. Tiene muchas cosas excepto una hermanita. Cómo dices, preguntó la madre. Dije lo que dije. Entonces la quisieras. Dice Cuka que en la Biblia hay algunas mujeres que parieron con casi cien años, así que quién sabe. Y cómo le pondríamos. Eso depende de donde vayas a parir. Por qué. Porque si fuera en Yaguajay Lilia te convencerá de ponerle el nombre que ella quiera. Pues pudiera ser allí, aunque el niño nació en Caibarién. Entonces arriésgate a tener que ponerle un nombre de santa o de monja o de algo de eso. Estoy deseando que me de otra arqueada. El niño entró al comedor desde el patio sur. Papi, ven para que veas a un jubo comiéndose a una rana. Cuando el padre y el niño salieron la madre evocó a la rana tratando de evitar ser tragada por el jubo entre salivas y retortijones. Se llevó la mano a la boca del estómago y sintió deseos de vomitar. Para el instante en que sus hombres regresaron a la casa ella se estaba restregando los labios con el delantal.
Cuándo vas a freír las bijacas, mami.
Cuando acabe de calentarse la manteca.
Glosario mínimo.
-Rastra de bueyes.... La rastra es una gran V de madera dura tendida en el suelo, a la que se le colocan estacas y dos barales. Muy útil en el campo pues es un equipo de carga. Tirada por una yunta de bueyes.
-Biajaca....Pez de mediano tamaño, muy abundante en los ríos cubanos. De color gris negro, su carne es sabrosa pero tiene algo de sabor a tierra por lo que se fríe con manteca de puerco hasta el tope. Casi todos pronuncian "bijaca".
-Coger de jamón....Coger algo sin esfuerzo, con facilidad.
-Yaya....Arbol muy duro y útil en trabajos de carpintería ligera, y en cercados. Generalmente crece muy derecho y tiene pocas ramas.
-Almácigo....Arbol muy frondoso que crece en todo el país. De color rojizo claro, es un árbol hermoso e imponente. Se dice que tiene propiedades curativas.
-Tea.... Primeros metros a partir del del tronco de la palma real, tremendamente duros. Para poder cortarlos se necesita de un machete o un hacha de factura probada.
-Dagame....Madera semipreciosa cubana. Puede ser un árbol frondoso y tiene color rosa subido. También crece derecho y sus ramas son especiales para fabricar varas de aguijón con qué pinchar a los bueyes para que caminen al gusto del arador de tierra.
-Chancleta...., Se dice de la bijaca grande.
-Guataca....Instrumento de trabajo. Un cabo de madera de unos dos metros, encajado en una plancha de metal, con un ojo, en forma de copa. La marca española Bellota era la mejor.
-Palmichera.... Corral de tablas de palma y postes de bienvestido que se usa para guardar el palmiche. El palmiche es el fruto de la palma real, que crece debajo de sus pencas y se usa para la ceba de puercos. Son grandes racimos de ramitas repletos de granos que, cuando maduran, son rojos. El bienvestido es un árbol de tamaño mediano cuyas ramas son muy floridas y por eso son muy cotizadas por los apicultores. Generalmente sus ramas se usan como postes para cercar terrenos por su durabilidad, rápido crecimiento y sobre todo porque pueden "sembrarse" y engordar hasta convertirse en madres que soporten el resto del cercado.
-Lechoncito....Puerco joven.
-Yerba fina....Pasto normal del campo, excepto que la yerba fina es más "gruesa" que el "pasto fino" usado en jardinería. Necesita de mucha poda porque crece rápidamente con la primavera.
-Horqueta.... Dos ramas de un árbol unidas por un vértice y con un mango de unos diez centímetros.
-Maica....Especie de bijaca mas pequeña, de color negro fuerte y con manchas blancas.
-Inmundicias....Vísceras del pescado. También de cualquier animal. Generalmente se pronuncia "mundicia" entre los niños.
-Sancocho....Todas las sobras de la comida que se usan para cebar cerdos.
-Tomeguín....Pequeña ave canora del campo. Mansas. Cuando tiene un collar amarillo se llaman tomeguín "del pinar". Si no, pues "de la tierra". Algunos cazadores los vendían a la gente del pueblo a precios considerables para la época.
-Tirapiedras....Una especie de honda. Una horqueta, en cuyos extremos se atan dos bandas elásticas. Las bandas van sujetadas a una badana de piel, sitio en que se coloca la piedra que será lanzada. El juguete es uno de los preferidos de los niños campesinos cubanos.
-Alzados.... Se dice de los combatientes que se "alzaron" contra Fidel Castro en los labores de su revolución.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Enero 17 del 2015.
Al otro día, cuando el niño se levantó el padre lo estaba esperando sentado en el durmiente sur del comedor. Desayuna, que hoy mismo comenzarás a hacerte pescador con anzuelo, le dijo. De modo que el niño lo siguió hasta la cerca de Los Gucende por el camino que llevaba hasta el potrero. El padre se subió en el último alambre de púas y cortó un gajo seleccionado de bienvestido. Cuidado no te caiga en la cabeza, échate patrás que voy a tirarlo junto con el machete, le ordenó. El niño reculó con el gajo en sus manos. El padre se desmontó de la cerca de alambres. Vamos, le dijo. Regresaron a campo travieza. Debajo de la mata de aguacates morados el padre cogió la rama de bienvestido y apoyó la punta mas delgada en la yerba. Primero tienes que pelarla bien para que pese menos, explicó, mientras deslizaba el filo del machete por toda la rama y el niño veía como la cáscara iba cayendo en largas tiras verdosas sobre la tierra. Entonces el padre cogió un pedazo de vidrio de la base de la primera horqueta de la mata de aguacate. El niño se dio cuenta de que era parte del culo de una botella de aceite de carbón. El padre comenzó a deslizarla sobre la rama pelada. Esto es para que quede licecita y pierda la humedad y también para que siga pesando menos, le dijo. Ahora lo que caía sobre la yerba eran virutas de palo de bienvestido, diminutos rizos crespos, y al niño le pareció que se daban un aire a las virutas de acerrín que caían desde las tablas serruchadas de Pepe Siverio. Cógele el peso, pidió. El niño alcanzó la vara de bienvestido y dijo que no pesaba nada y que le gustaba mucho. Cuando seas un pescador de verdad te haré una vara de guásima derechita y liviana como una pluma de mariposa, agregó el padre. Ven, le pidió. El niño lo siguió hasta el puntal sur del comedor en donde el padre depositó la rama suavecita de bienvestido. Ahora el niño percibió que sus huevitos se encogían como dos ciruelas maduras. Porque el puntal era un gran palo de yaya que el padre había tenido que poner a la cocina comedor para que la habitación no se cayera. Hacía poco tiempo que el niño había subido gateando el puntal, hasta donde comenzaba el guano del techo y cuando se deslizaba hasta la tierra le pareció que algo había estrangulado su huevito izquierdo y después tenia mucho dolor. La madre lo había desnudado sobre la mesa y le había observado los huevitos. No tienes nada, ojalá no te hayas quebrado, no quiero que te subas más, certificó. Vuelve a mirarlo mañana también porque si es una quebradura hay que avisar a la Vieja Fela para que le saque un molde de su pie izquierdo en el tronco del almácigo y remedio santo cuando la plantilla se seque, dijo el padre. No creo que esté quebrado, aseguró la madre.El padre puso la rama sobre la sección media del puntal y comenzó a hacer una ranurita con el cuchillo en la parte mas fina. Esto es para que amarres la pita y no se resbale, explicó. Traéme un hilo blanco que está sobre el taburete roto. El niño regresó con una bolita de hilo blanco en su mano. Se había dado cuenta de que se trataba de hilo de coser sacos de azúcar prieta. Se la dio al padre. El padre amarró una de sus puntas en la ranura. Bien fuerte, dijo. Ahora vira a la cocina y traéme un corcho de alguna botella de luz brillante vacía, le ordenó. El niño lo hizo. Tiene peste a petróleo, dijo. Se le quitará,descuida. Pero menos que las bijacas sucias de Luis Navarro, recordó el niño. El padre le sonrió. Con esa peste no hay quien pueda, aseguró. El padre hizo otra ranura en el centro del corcho y amarró la pita con un solo nudo y dejó poco mas de medio metro suelto de pita a partir del corcho. Se le da un solo tortol por si acaso tienes que aflojarla en caso de que el agua esté mas profunda y los pejes anden por el fondo del río. Entonces se sacó un pedazo de alambre blanco del bolsillo trasero del pantalón caqui de montar. Ves este alambre brilloso, preguntó. Míralo bien, le pidió. El padre lo cogió por una de las puntas y jorobó el otro extremo entre sus dedos índice y pulgar. Lo jorobó hasta que el alambre se convirtió en una U casi perfecta. No se te parece a un bastón de ciego, le preguntó. Se me parece a una U con una pata más larga que la otra, respondió el niño. El padre volvió a sonreír. Eso es exactamente un bastón de ciego, una U con una pata más larga que la otra, concedió, y es de alambre normal de cerca. Entró al comedor y salió con un martillo medio gastado de cabo de dagame. Hizo una jorobita ligera en la otra punta de la U y golpeó allí con el martillo. El alambre se jorobó y cuando su punta se unió al resto de la U dejó ver un pequeño semicírculo parecido a una semilla de mamey colorado. El padre metió allí la punta del hilo que estaba debajo del corcho y lo ató muy fuerte. Para que el anzuelo no se zafe por nada del mundo aunque se trabe con una tabla de tea, dijo. Entonces cogió la vara por la punta libre y la levantó y simuló lanzar la pita en el río y miró detenidamente al agua y se maravilló cuando el peje picó y haló con fuerza la vara y el anzuelo cayó detrás de ellos con tremenda chancleta ensartada. Cógela, hijo, que se la come el gato, le gritó, muerto de la risa. Ahora faltan las lombrices, dijo el niño. Coño, muchacho, me lo quitaste de la boca, pero cómo carajo sabes que se usan lombrices como carnada. No lo sé, pero qué otra cosa se podría usar. Bien se ve que es primo segundo de Raúl Ferrer, coño, pensó el padre. Había una guataca vieja en el sur de la palmichera que estaba debajo de la mata de aguacates verdinos. El padre clavó el ángulo sin filo en la tierra húmeda. Tres guatacazos después las lombrices aparecieron en el fango y algunas parecían jubos rosados. El niño comenzó a recogerlas con sus manos limpias y a echarlas en una lata vacía de leche condensada que el padre había tenido la precaución de colocar sobre la punta de uno de los postes de la palmichera. No te da asco, le preguntó. No, están resbalosas y se mueven entre mis dedos, pero enseguida las tiro en la lata, respondió. Cuando les da el sol también apestan un poco y te dejarán manchas negras en los dedos que tendrás que quitarte dándote mucho jabón, explicó el padre. Está bien. Cuando tuvieron media lata llena de lombrices rosadas el padre dijo que con esas tenían por hoy y le dio la guataca. Hala la tierra que sacamos para el hueco y rellénalo. El niño lo hizo enseguida. Es para que vuelvan a venir otros bichos, inquirió. No, es solo para que no quede el hollo y no se vaya a caer algún pollo o algún lechoncito, las lombrices están por todas partes. El padre había dejado la vara del anzuelo rcostada contra la pared del comedor. La cogió y la inclinó contra el suelo enyerbafinado. Mira, dijo. Cogió el anzuelo, pasó la pita por la base de la vara de bienvestido y lo clavó en el corcho. Ahora la vara parecía un arco prmitivo. El padre pensó decirle que la flecha del arco era el anzuelo pero se quedó callado. Seis años no era edad suficiente para estar hablando de otras armas. Ahora nos vamos al río, dijo. Se echó la vara al hombro como si fuera una escopeta de cazar jutías. Rafael, ten cuidado no se resbale por alguna barranca o se le vaya una palma de las manos, recordó Laniña. Ya este culicagao es un hombre de pelo en pecho, así que olvídate. Es mejor que el cuidado lo tenga yo.
El padre había seleccionado a la Poza de Rafael para la primera lección de pesca de su hijo. La Poza de Rafael estaba delimitada por tres palmas reales en el alero occidental del río. Dos de las palmas palmicheras estaban en el sur de la Poza pero allí las aguas eran poco profundas, había demasiada yerba de guinea en las orillas y los pejes no se molestaban en ir a buscar los granos de palmiche que goteaban durante toda la temporada. Lo hacían debajo de la gran palma del norte de la Poza, que estaba detrás de la mata de guásima que crecía en el faldeo medio del río y a cuya sombra el padre y el niño cagaban en las horas diurnas. Allí el goteo era permanente porque la palma paría hasta cinco grandes racimos, el agua era mucho más profunda y había mucho limo en la superficie. Las bijacas vivían su corta vida a la sombra de la palma, cubiertas sus aguas negras por la abundante vegetación de la superficie. Así que el padre lo precedió por entre los surcos jóvenes de frijol y de maíz en el centro de Octubre mientras el niño se preguntaba por qué no estaban yendo hacia la palma del Paso en donde él había visto algunos bijacones negros de barriga rayada. Vamos a tirar la pita desde esa palma, dijo el padre. Yo bajo primero la barranca, así, suavecito, ahora sígueme tú, a ver, dame la mano. El niño se dejó conducir aunque le parecía que él podía hacer todo el trabajo solo. Quieto ahí. El padre metió la mano en la lata de las lombrices. Mira bien, hijo. Coges al bicho y lo cortas con la uña del dedo gordo y el lateral del dedo índice, así, mira, y metes la punta del anzuelo por el centro del tubito que es una lombriz, lo metes hasta la misma punta del anzuelo y tienes que tener mucho cuidado de que no quede ni un pedacito de alambre afuera para que los pejes no piensen que todo no es comida. Debes de meter el anzuelo por la parte cortada porque las punta de las lombrices tienen un huequito muy chirriquitico y cuesta trabajo meterles el anzuelo, aparte de que se mueven mucho y se pierde tiempo. También tienes que tapar la lata de la carnada para que el sol no las ponga duras, para que no la invadan otros bichos y no caguen tanto. Ahora coges la vara, la echas para alante y buscas algún hueco en caso de que haya mucho limo o yaguas para meter el anzuelo, así, ves, y entonces queda solamente esperar a que el corcho empiece a moverse y eso te indica de que algún peje está picando, pero tienes que tener calma hasta que el corcho se hunda todo, lo que quiere decir que el peje tiene todo el anzuelo dentro de su boca y es hora de halar rápido porque es casi seguro que logres engancharlo, si está bien clavado en el anzuelo puedes halar lentamente y traer la pita hasta tus manos y sacar el peje del anzuelo pero generalmente se hala muy duro y el peje cae detrás de uno, sobre la tierra y no tiene ningún chance de escapar, entiendes, hijo. Sí, papi, y los sapos pilotos y los sapos cascarrús y las jicoteas también pican. Pueden hacerlo si se topan con el anzuelo pero casi nunca se enganchan porque tienen la boca muy grande. Ahora, si estás pescando en aguas claras y ves que algún bicho de esos está persiguiendo tu anzuelo sácalo y tira para otra parte porque por lo menos a mí no me gusta sacarlos del anzuelo, además, cuando se habla de pesca nos estamos refiriendo a la pesca del peje, a los bichos con aletas, agallas y escamas, entiendes. Sí, mira se está moviendo el corcho. El padre dejó que se hundiera entre el limo y haló con fuerza. La bijaca cayó lejos, detrás de ellos, entre dos surcos de frijol y el padre fue por ella. Ven, dijo. La bijaca era un peje mediano, ligeramente negruzco y con pintas amarillentas en la barriga y daba saltos desesperados sobre el sembradío hasta que el padre levantó la pita y la miró. Hermosa, no crees, Laniña la dejará tostadita y hasta nos comeremos los huesos. Entonces agarró la pita con la mano zurda casi en el hocico del peje y con la derecha atrapó a la bijaca. Le sacó el anzuelo delicadamente y le abrió una de las abertura en donde estaban las agallas. Ya había cortado una horquetica de siguaraya y le metió la parte mas larga por allí. La bijaca cayó hasta la base de la horqueta en donde la rama más corta detuvo su caída. Así es como se colocan, una arriba de la otra, es lo que se llama una ensarta. Alguna gente hecha a los pejes capturados en sacos, en cubos con agua o los deja sobre la tierra. Yo prefiero la ensarta porque los puedo trasladar sin ningún problema, además de que evito que las hormigas intenten sopetearlos y cuando quiero saber cuántos pesqué me es muy fácil contarlos. Ya que estás aquí tú me sujetas la ensarta, cógela.
Esa mañana de Octubre el niño aprendió que siempre que cae un peje hay que cambiar la carnada aunque el bicho no se la haya podido comer, que hay que pescar en silencio porque los pejes tienen un magnífico oído, que hay que evitar las grandes yaguas de las palmas, los troncos de las orillas y los pedazos de tablas de tea porque si el anzuelo se traba lo mas probable es que se quede enganchado debajo de las aguas y si no se tiene otro hay que tirarse para destrabarlo. Aprendió también que a veces los pejes se zafan del anzuelo por dos motivos. O porque no lo mordieron bien o porque el anzuelo es criollo, o sea que no tiene la orejita invertida en la curva de la U que evita que el peje se salga cuando ha mordido correctamente. La orejita es una trampa insalvable. Esa mañana solo se fueron de la palma norte de la Poza de Rafael porque el niño quiso pescar en El Paso. Allí el padre le dio la vara y el niño sacó una maica pequeña que estaba criando pejecitos y el padre dijo que era mejor soltarla porque a una madre no se le hacía eso. Al niño le pareció muy bien y él mismo la sacó del anzuelo y la tiró al agua y miró sus extrañas pintas negras y recordó que sus colores se parecían al de las rayas de las cebras que había visto en el Libro de Pepe el Aviador que había en casa de Mary. Casi cuando se iban el niño pudo pescar una tataguaya con repunte a bijaca y el padre le felicitó por su primera presa. La madre preparó los siete pejes en el fregadero occidental. El niño la miró trabajar desde el exterior de la cocina y él mismo le echaba las mundicias al gato que se estaba volviendo loco con el olor del pescado. Laniña le enseñó a escamar las bijacas, a abrirlas por la barriga con cuidado para no cortarse la palma de la mano sujetadora, a extraer las agallas y a cortar las aletas y a enjuagarlas con agua clara y echarle sal para freírlas en manteca de puerco en el sartén negro. Cuando el niño le preguntó que por qué no echaba los sobrantes de los pejes en el caldero del sancocho la madre le dijo que porque el olor a pescado haría que no hubiera quien se comiera la carne de puerco de la próxima matazón. Que el pescado tenía su propio olor agradable pero que sus restos consumidos por otros animales producían un olor insoportable en sus carnes. El niño también aprendió a comer pescado. De la cabeza solo se aprovechaba la masa que le quedaba en el lomo cuando se separaba del resto del cuerpo. El peje tenía dos bandas de carne blanca y blanditica en sus laterales que había que separar del espinazo y de los bordes espinosos de la barriga para poder comerla sin precaución por posibles espinas que se trabaran en la garganta. La madre le dijo que algunas mujeres preparaban el peje en caldo y que había oído decir que otras hasta lo asaban pero que ella prefería el peje frito con manteca de puerco. Había dejado la tataguaya que pescó el niño separada en un plato floreado. La había frito hasta el tope y el pejecito parecía una galletica sobre la porcelana impecable. Máscala toda a ver si se te hace polvo en la boca. El niño se metió a la bijaquita en la boca y cerró sus dientes. Sabía que solo le faltaban los ojos. La carne chirrió como si fuera una chicharrita de plátano verde y el niño mascó. Ninguna espina, preguntó la madre. No, mami. De todas formas, aunque el peje sea chiquito y quede tostaíto, siempre debes tener cuidado con alguna espina traicionera. Como tantas veces hacía cuando comían fricacé de pollo, el padre comenzó a toser y a garraspear y a hacer como que se estaba ahogando mientras se metía el dedo en la boca. Laniña lo miraba, asombrada, y le gritaba Rafael qué te pasa en la garganta por Dios, tose mas duro hombre para que se salga ese hueso de mierda. Entonces el padre dejaba de toser, hurgaba en su garganta y extraía el dedo índice y el del medio llenos de saliva y con un huesito entre las yemas y se los enseñaba. Miren, me lo saqué de la hollita, y se lo tiraba al gato que estaba de guardia al lado del taburete del niño. La madre sabía que era la broma de siempre pero nunca podía evitar caer en la trampa dramática del marido. No le hagas caso, Luisín, es tu padre chivando. El niño acaba por echarse a reír y trataba de imitar al padre con el cuento de la hollita.
Al otro día el niño llegó de la escuela, tiró los avíos escolares sobre la mesa y salió para la palmichera. El padre estaba desenyugando a los bueyes y lo vio. A dónde vas, le preguntó. A sacar lombrices, respondió. Para qué. Para pescar. La madre, que asistía al diálogo desde el cordel de tender la ropa, recordó la mañana en que el niño se había ido para la casa de Mary sin siquiera lavarse la cara en medio de su afán por comenzar el primer día de clases y Aly había tenido que devolverlo a casa para que se aseara. Qué niño mas desesperao, pensó. No puedes pescar a esta hora hijo, Por qué. Primero porque tienes que almorzar, dijo la madre. Y segundo, agregó el padre, porque se pesca por la mañana y quizás por la tardecita cuando no hay casi sol, ahora te aterrillarás al resistero y no cogerás ni un cativo, así que deja que comer mierda, almuerza y haz lo que te parezca excepto pescar hasta el sábado por la mañana. El niño dijo que no tenía hambre y que entonces pensaba esperar a los tomeguines debajo de la mata de limón para tratar de matarlos con el tirapiedras de ligas coloradas. Eso está mejor, dijo la madre, pensando en que su hijo era capaz de pasarse horas enteras disparando piedras a las chinchilas sin siquiera rozarles el rabo y por eso era, tal vez, por lo que la colonia de tomeguines casi no cabía en el follage del limonero y se había tenido que trasladar hasta la mata de chirimolla. Mejor así, decidió la madre, lo quiero pescador y no matador de pájaros. Ambas profesiones tenían como objetivo final la muerte pero los peces tenían la opción de elegir.
Esa tarde, cuando el padre había decidido acompañarlo al río para que él fuera quien pescara todo el tiempo, comenzó a llover. No iremos, porque el peje no pica cuando está lloviendo, dijo. De aquí al sábado se puede secar el río, se quejó el niño. También Ventoso puede tirarse un peo y el sonido del fotutazo puede llevarse toda el agua hasta Cambao. Yo creía que el de los peos era el Isleño Florencio. Oye, terció la madre, que el Gallego también tiene culo. Mira, mañana voy a Caibarién porque me hacen falta sogas para amarrar a los bueyes. Te traeré anzuelos de verdad, de esos con la orejita invertida e inclinados de punta, naylons de verdad para pitas de verdad y corchos de verdad que no apesten a luz brillante e iremos a la guásima para cortar una vara derechita como una vela, la pelaremos y le daremos vidrio para que pese menos que una pluma de pollito y haremos la mejor vara de anzuelo de Plateros, qué te parece. Bien, dijo el niño, que al fin estaba celebrando su primera chinchila descabezada en la copa de la mata de chirimolla. Una tataguaya y una chinchila en dos días como novato, coño, eso es récord mundial para cazador culicagao, dijo el padre. El sábado cogeré más, muchas más, aseguró el niño, y concluyó a menos que Ventoso se tire un peo y tenga que ir a pescar al Río Cambao.
Por la noche Vera Obregón vino con su su madre. Rafael y el niño estaban para casa de Gucende. Mientras Laniña montaba la lata para tirarse su zambumbia de rutina el hijo y la madre comenzaron a cantar las décimas de Arturo y Magdalena. Laniña terminó el brevaje único y comenzó el reparto en los viejos vasos de cristal. Vera estaba entonando Arturo, tú me has contado que te veras te intereso y hasta en la fiebre del beso así me los has demostrado. Nata Obregón pidió a su hijo que parara un momento y puso el vaso con zambumbia sobre la mesa. Oye, Niña, ven acá, cuándo carajo piensan darle una hermanita a este sabio de Los Ferrer, inquirió. Laniña se echó a reír. Qué vá, vieja, ya he perdido tres y tengo miedo, además estoy muy mayor para eso. Vieja tú chica, eres una niña, mujer, yo he parido más vieja que tú, y qué dice Rafael de eso. Rafael hace y no dice nada, sonrió de nuevo, creo que ya cerramos la fábrica. Cuántos tienes. 42 recién cumplidos. No lo digo, eres una bebé, ponte pa las cosas, espero que no estén usando esas gomitas. Las usamos. Bueno, por suerte para ti son chinas y dicen que se rompen mas fácil que los huesos de una abuela. Ay, Nata, mira que tú eres. Ya puedo seguir, preguntó Vera. No, con esa parte tenemos, ahora lo mas importante es convencer a esta señora de que no está vieja para tener otro hijo, que espero sea una niña. Entonces Laniña cayó en la cuenta de que hacía mucho tiempo que no se protegía.
El sábado siguiente el padre acompaño otra vez al niño. Para que aprendiera a enganchar la lombriz en el anzuelo de verdad que le habían regalado sus amigos pescadores del puerto y para que fuera conociendo a los mejores sitios para pescar. Papi, dónde empieza el río. El padre meditó la pregunta. Bueno, el río para pescar empieza en el faldeo de la loma de Belillo pero el lugar en donde empieza como tal está bastante lejos en medio de la loma, en un charquito que parece un abrevadero de grillos. Y dónde se acaba. Se acaba en la Poza de Chelo Larriba porque desde allí se vuelve un arrollito que desemboca en el río Yaguey. Y se puede pescar en todo el río. No lo creo, hay lugares muy bajitos, otros en donde no hay palmas goteadoras y otros en donde no hay ningún tipo de comida, pero la gente puede intentarlo a lo largo de todo su curso. En dónde hay más pejes, en la parte de allá o en la de acá. Qué quieres decir con eso de en la parte de allá. La que está frente la caña de Mikel, desde la loma de Belillo hasta la carreretera. Ah, eso depende, ya te digo, de la profundidad y de la cantidad de comida, pero en verdad creo que hay mejores sitios en la parte de acá. Está bien, cuándo puedo pescar solo. Desde mañana mismo, cuántas has sacado hoy. Una chancleta, una maica sin hijos y tres tataguayas. Muy buena esa pesca, le daremos dos tataguayas a Chicho. Sí. La madre estaba recogiendo cocos secos en el delantal cuando regresaron. Cómo lo quieren, en torticas o a granel, preguntó. En torticas, dijo el niño. Me parece bien, dijo el padre, aunque el dulce de coco es bueno como quiera. La madre observó la ensarta. Qué clase de chancletón, exclamó, quién lo pescó. Quién va a ser, tú hijo. Te lo freiré para que te lo comas con arroz blanco y aguacate. El niño se adelantó a sus padres porque quería preparar los pejes sin ayuda de nadie. La madre detuvo al padre, sujetándolo por el codo. Oye, qué tiempo hace que no singamos con gomitas. Ni sé, ya estás muy vieja y creo que yo no preño ni a una bijaca. Nata parió con más de 42. Esa vieja es una curiela y solo con ver el calzoncillo de Beto se le hincha la barriga. Hace cuatro días que debió de haberme llegado el periodo y ni sujumo. Ves, te estás volviendo vieja. No sé. Qué, quieres que le metamos mano otra vez a las gomitas chinas. Dice Nata que no sirven. Pues vamos a comprar globitos rusos. No sé, si nos estamos poniendo viejos mejor no usamos nada. De acuerdo, tú eres la jefa de eso.
Cuando entraron a la casa el niño le estaba echando las mundicias al gato. Qué requetebién has limpiado los pejes, mi niño, dijo la madre. Había acabado de decir niño cuando le vino una arqueada. Las vísceras del peje trituradas entre las mandíbulas de Chicho le habían provocado náuseas. Dios mío, será posible a estas alturas, pensó. Ventoso venía por el camino de la mata de limón. No te vayas a tirar ningún peo, gallego hijo de puta porque si me secas el río le digo a mami que no te lave la ropa mas nunca, pensó el niño, en tanto se disponía a enjuagar la tataguaya. Ventoso entró al comedor por la puerta norte, saludó y se sentó en un taburete y cruzó una de sus piernas sobre la otra. Cómo está Ventoso, preguntó la madre. Igual, Niña, con euzta fiebre que nou ze me quita desde queu puze la última travieza deu la línea deu San Andrez en lous añoz curenta. Mucha pastilla y mucha inyección, Ventoso, que bajará algún día, dijo el padre, tratando de calcular los termómetros que habría usado el gallego desde los lejanos tiempos en que se tendía el ferrocarril de San Andrés. El niño regresó al comedor. Mami, échale tú la sal y que te queden tostaítas como las de aquel día. Oiga, niño, si usted quieure pescar muchos peces pues lléguese a las dous palmas queu están del otro laudo deu la cerca de Pablo, al lado del rancho y tire allí que allí seu tira y seu saca, dijo el Gallego. El niño recordó que solo habían llegado hasta la poza del Jaguey y que la poza de la que hablaba Ventoso era la que seguía al norte y estaba en la finca de Los Gucende. Mañana iré por alli, le dijo. Al que van a pescar es a ti, gallego comunista, si caes en manos de los alzados, pensó el Hombre de la Ciénaga. Sabía que el Gallego estaba advertido.Ventoso recogió su ropa lavada y planchada, le dio los siete pesos a Laniña y se marchó, no sin antes recordarle al padre del niño que tenia mucho miedo con ese asunto de los misiles nucleares que había en Cuba y que podían desencadenar una guerra entre Rusia y los Estados Unidos. Lo arreglarán, dijo Rafael. El niño salió por la puerta esquina del cuarto y colocó una piedra en la badana del tirapiedras de ligas coloradas. Las tensó y soltó la piedra en la dirección en que caminaba Ventoso. La hizo rebotar contra la tierra y la piedra golpeó una de las nalgas del Gallego. El Gallego se volvió pero no vio a nadie. Eso no se hace, dijo el padre. Es para ver si una buena pedrada en el culo le baja la fiebre o le quita un poco de fuerza a sus peos, dijo el niño. La madre se echó a reír. Qué cosas tiene este niño. Tiene muchas cosas excepto una hermanita. Cómo dices, preguntó la madre. Dije lo que dije. Entonces la quisieras. Dice Cuka que en la Biblia hay algunas mujeres que parieron con casi cien años, así que quién sabe. Y cómo le pondríamos. Eso depende de donde vayas a parir. Por qué. Porque si fuera en Yaguajay Lilia te convencerá de ponerle el nombre que ella quiera. Pues pudiera ser allí, aunque el niño nació en Caibarién. Entonces arriésgate a tener que ponerle un nombre de santa o de monja o de algo de eso. Estoy deseando que me de otra arqueada. El niño entró al comedor desde el patio sur. Papi, ven para que veas a un jubo comiéndose a una rana. Cuando el padre y el niño salieron la madre evocó a la rana tratando de evitar ser tragada por el jubo entre salivas y retortijones. Se llevó la mano a la boca del estómago y sintió deseos de vomitar. Para el instante en que sus hombres regresaron a la casa ella se estaba restregando los labios con el delantal.
Cuándo vas a freír las bijacas, mami.
Cuando acabe de calentarse la manteca.
Glosario mínimo.
-Rastra de bueyes.... La rastra es una gran V de madera dura tendida en el suelo, a la que se le colocan estacas y dos barales. Muy útil en el campo pues es un equipo de carga. Tirada por una yunta de bueyes.
-Biajaca....Pez de mediano tamaño, muy abundante en los ríos cubanos. De color gris negro, su carne es sabrosa pero tiene algo de sabor a tierra por lo que se fríe con manteca de puerco hasta el tope. Casi todos pronuncian "bijaca".
-Coger de jamón....Coger algo sin esfuerzo, con facilidad.
-Yaya....Arbol muy duro y útil en trabajos de carpintería ligera, y en cercados. Generalmente crece muy derecho y tiene pocas ramas.
-Almácigo....Arbol muy frondoso que crece en todo el país. De color rojizo claro, es un árbol hermoso e imponente. Se dice que tiene propiedades curativas.
-Tea.... Primeros metros a partir del del tronco de la palma real, tremendamente duros. Para poder cortarlos se necesita de un machete o un hacha de factura probada.
-Dagame....Madera semipreciosa cubana. Puede ser un árbol frondoso y tiene color rosa subido. También crece derecho y sus ramas son especiales para fabricar varas de aguijón con qué pinchar a los bueyes para que caminen al gusto del arador de tierra.
-Chancleta...., Se dice de la bijaca grande.
-Guataca....Instrumento de trabajo. Un cabo de madera de unos dos metros, encajado en una plancha de metal, con un ojo, en forma de copa. La marca española Bellota era la mejor.
-Palmichera.... Corral de tablas de palma y postes de bienvestido que se usa para guardar el palmiche. El palmiche es el fruto de la palma real, que crece debajo de sus pencas y se usa para la ceba de puercos. Son grandes racimos de ramitas repletos de granos que, cuando maduran, son rojos. El bienvestido es un árbol de tamaño mediano cuyas ramas son muy floridas y por eso son muy cotizadas por los apicultores. Generalmente sus ramas se usan como postes para cercar terrenos por su durabilidad, rápido crecimiento y sobre todo porque pueden "sembrarse" y engordar hasta convertirse en madres que soporten el resto del cercado.
-Lechoncito....Puerco joven.
-Yerba fina....Pasto normal del campo, excepto que la yerba fina es más "gruesa" que el "pasto fino" usado en jardinería. Necesita de mucha poda porque crece rápidamente con la primavera.
-Horqueta.... Dos ramas de un árbol unidas por un vértice y con un mango de unos diez centímetros.
-Maica....Especie de bijaca mas pequeña, de color negro fuerte y con manchas blancas.
-Inmundicias....Vísceras del pescado. También de cualquier animal. Generalmente se pronuncia "mundicia" entre los niños.
-Sancocho....Todas las sobras de la comida que se usan para cebar cerdos.
-Tomeguín....Pequeña ave canora del campo. Mansas. Cuando tiene un collar amarillo se llaman tomeguín "del pinar". Si no, pues "de la tierra". Algunos cazadores los vendían a la gente del pueblo a precios considerables para la época.
-Tirapiedras....Una especie de honda. Una horqueta, en cuyos extremos se atan dos bandas elásticas. Las bandas van sujetadas a una badana de piel, sitio en que se coloca la piedra que será lanzada. El juguete es uno de los preferidos de los niños campesinos cubanos.
-Alzados.... Se dice de los combatientes que se "alzaron" contra Fidel Castro en los labores de su revolución.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Enero 17 del 2015.
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