Tomado de Grandes Nostalgias.
Noviembre y Diciembre del año 2012 fueron meses en los que hubo muy poco trabajo en mi Compañía. Este 2014 se ha repetido la dosis. Supe desde los primeros días que el mes 12 "sería low" en cuanto a ventas del "green". Ello equivalía a tener que esperar en casa que llamaran desde la Compañía por si había pedidos de última hora. No tenía otro trabajo porque las dos Empresas que me habían prometido algo de part time no pudieron hacerlo. De modo que revicé mi Presupuesto y decidí salir del país. Taché Cuba porque había estado allá en Agosto pasado y porque además los pasajes de avión estaban desaparecidos en temporada alta. Me habían dicho las chicas de la Agencia de Viajes Santa Clara que, además, "también carísimos". Opté por el DF. Todavía no me han enviado las cosas que dejé en casa de Cecy Domínguez en Junio del 2010 y que tiene en su poder mi amigo Fedex Mexicotom. Pensé que era una idea excelente darse una vuelta por la megalópolis, saludar al Charro de los Mil Sindicatos y a su familia y pedir al Semidiós Moctezuma porque Ojazos Michoacanos estuviera de regreso de España y deseara compartir unos días conmigo. Mientras me decidía entre pasar un mail a Cecy para ver si me podía reservar mi "recámara" de aquel año o alquilar una pieza de hotel barata "todo incluido", alguien, suspicazmente bien informado, me dijo que pensara dos veces en "eso de viajar a México DF". Antes de decirle "Why man" pensé que seguramente no se estaría refiriendo a los rifirrafes de "la frontera" ni a los residuos macabros de "los 42 de Guerrero". Acaso olvidaste cómo saliste de México, me preguntó. No tuve que responder que "eso jamás". Saliste de Chile "legal" con una Visa válida por seis meses, después de jurar en el Consulado Mexicano en Santiago que no irías a la "frontera norte", rompiste el juramento y lograste pasar del otro lado del Río, pero tus récords están allí, en los Discos Duros de los charros que se ocupan de los cubanos que "pasan" acogidos a la Ley de Ajuste, así que solo tienen que ver tu nombre en sus Ordenadores y lo demás puedes imaginarlo... si ellos "lo desean", aparte de que tendrías que decir la verdad "ahora" en el Consulado Mexicano de Miami. Le concedí toda la razón. Era demasiado pronto para regresar al lugar del crimen. Con todo respeto: allí nunca se sabe. Y por desgracia, ya yo era un sabedor de lo que puede ocurrir en cualquier parte de la geografía del país. Entonces taché también México DF. No obstante, coloqué un asterisco en mi Agenda y escribí "no descartar visitar Consulado y decir la verdad por si lo que pasó ayer no importa hoy. Todavía queda el Fin de Año en los Estudios Churubusco". Recordé que aún no había tachado "Tampa" para esa fecha. Esta mañana he tachado Washington, Filadelfia y Nueva York porque he leído que el frío puede ser "pólico" por esos lares para el resto de Diciembre y un Crucero a Bahamas dejó de estar en mis planes para el 2014. No me crean presuntuoso: cada uno de esos posibles viajes es relativamente barato si no es prolongado y en caso de aprietos siempre se puede acudir a los dineros de la Devolución de Impuestos.
Como cada año mi tía y mi prima me invitaron para pasar la Noche Buena y la Navidad con ellos. Tengo, además, otras invitaciones. Pero siempre que no puedo hacer algo de lo que planeo me siento bajoneado y pierdo el interés por casi todo lo que no estuvo en Agenda. Mi tía me dijo que su nieto quería "asar un puerco estilo cubano" en el patio y que ya lo había comprado. Se trata de una buena noticia. Muchos cubanos de Miami compran el puerco asado o solo hacen el barbiquiú de rutina. Todavía no he comido lechón asado a lo cubano en Estados Unidos. Recuerdo que solo una vez lo hice en Santiago de Chile y se trató de una "infamia". El hijo de la cubana que subarrendaba la casa de Calle Eudoro Garín se antojó de "asar" un puerco como "Dios manda" en casa de su novia en la Comuna de La Reina e invitó a casi todos los arrendatarios. Llegué un tanto tarde y ya había un gran grupo de cubanos en el patio tomando cerveza Báltica y esperando porque el puerco "acabara de estar". Me fijé en que no había un asador particular. Cada quien opinaba alrededor del bicho y participaba del asado. Usaban el "estilo de parrilla" metálica sobre brazas ardientes. Ciertamente muy parecido al "estilo parrilla de madera de Plateros". Jamás he asado un puerco pero he sido testigo de varias obras maestras de algunos de los mejores asadores de mi infancia. y por tanto creo que sé como hay que hacer el trabajo. De modo que me di cuenta de que el pobre cadáver porcino no tenía la más pequeña posibilidad de encantar paladares. No dije nada porque el abuelo del chico juraba que lo estaba haciendo muy bien y apenas escuchaba a nadie. Al final hubo que comérselo medio crudo y freír las partes menos digeribles. Algunos puercos no quedan bien asados, eso es obvio, explicó. Algunos tipos no tienen la menor idea de lo que es un puerco asado, no dije. Lo que debió ser la maravillosa piel crocante de un puerco bien asado se había convertido en un infame chíclet de baja tarde.
De modo que no he podido evitar regresar a los tiempos en que en Cuba se celebraba todavía la Navidad. La Navidad Campesina. Como ya he hablado en alguna parte de la manera en que mis padres compartían con la familia durante esas fechas, me limitaré a explicar la liturgia del puerco asado "a lo Plateros" y a citar a algunos de los fabuladorea más connotados que he conocido a lo largo de mi vida. Existen muchas formas de asar un puerco en Cuba. Las maneras varían de acuerdo al lugar. Lo que no quiere decir que en el mismo sitio no haya asadores que utilicen montones de maneras para hacerlo. He sido testigo, me atrevería a asegurar, de cada una de las metodologías existentes para asar un puerco. Desde el "puerco en pulla" hasta el "puerco sobre fogón improvisado" con la mitad de un tanque de 55 galones.
Esta es la manera de asar un puerco a "lo Plateros". La tarde anterior el matador le mete al puerco un cuchillo largo y afilado en su cuello, mas o menos por el sitio en donde debe estar su corazón. Si el verdugo es profesional el puerco tiene que morir tras la primera puñalada y generalmente cuando se abre al animal para prepararlo el hombre muestra, orgulloso, la herida perfecta, que hizo su pérfilo cortante en el corazón desangrado. Cualquier guajiro no es un matador de puercos. Incluso a muchos no les gusta el oficio porque terminan por amar al puerco que se han pasado meses criando y engordando. Otros son muy chapuceros y tienen que meter varias veces el cuchillo hasta que el animal se desangra sin que su corazón haya sido tocado. Mi padre nunca mató a ningún puerco. Recuerdo que para eso siempre mandaba a buscar a su hermano Cisco, a su primo Pepe Ramos o al Máster de los Verdugos, Pedro Gocéndez, el hermano de Pablo, el hombre de la radio en donde oíamos los noticieros de la Voz de América. Cisco no era más que un matador mediocre y recuerdo que alguna vez inventé un chiste sobre sus "tasajeamientos porqueriles". Le pregunté que si era verdad que una vez le dio tantas puñaladas equivocadas a un puerco que el dueño prefirió coserle las heridas y seguir engordándolo. Tío Cisco quería comerme con la mirada y me decía, impostando la voz "qué gracioso el niño de Rafael". Cuando el puerco estaba limpio de sus vísceras se tendía sobre una yagua de palma real y se colocaba sobre una mesa de madera. Para entonces ya estaba oscureciendo y las mujeres de la casa tenían listo el adobo y esperaban a que el puerco acabara de "escurrir". El adobo consistía en un adorable menjungue integrado por jugo de limón, ajo machacado, sal y en ocasiones naranja agria. A veces en algunas casas vertían otros ingredientes. Las mujeres traían el adobo en latas de pera o en cazuelas medianas y comenzaban a verterlo sobre todo el interior del puerco con cucharones de metal. Generalmente el matador hacía cortes en la carne con la punta del cuchillo para que los sumos penetraran bien adentro. Finalmente las mujeres cogían sus brochas para "pintar al lechón". Una brocha era la cubierta de una mazorca de maíz, desmenuzada en la punta, que se empapaba del adobo y se pasaba por toda la carne del puerco como si se deslizara sobre una pared, y en ocasiones se levantaba para rociarla. Los jugos y la carne sobada producían un olor exquisito. Casi nunca se untaba la piel del puerco porque ella sola se iba empapando de a poco con los jugos que iban cayendo sobre la yagua de palma. Finalmente el puerco adobado se colocaba en un lugar inasequible para gatos y perros y se le colocaba encima una gran hoja verde de mata de plátanos.
A la mañana siguiente - 24 de Diciembre - el dueño del puerco preparaba la parrilla. A veces ya estaba lista desde el día anterior y solo tenía que montarla. La parrilla es una estera de madera de unos dos metros de largo por uno de ancho. Depende del tamaño del animal. Se trata de una serie de maderos como del grueso de un palo de escoba, bien rectos y redondos, sin cáscara, para que la carne no se impregne del sabor vegetal, separados unos dos centímetros y apoyados en cinco a seis palos transversales, relativamente más gruesos. La parrilla se coloca sobre cuatro postes stándar, ligeramente recortados, que están clavados en cada esquina del hollo del suelo en donde se echa la leña. Los postes tampoco conservan su cáscara y en la punta tienen una horqueta para que se pueda apoyar cada esquina de la parrilla. El hollo tiene unos cuarenta centímetros de profundidad y mas o menos hay un metro del altura hasta la parrilla. El sitio de la liturgia estará debajo del follage de algún árbol frondoso porque la persona que asará el puerco apenas puede moverse de su asiento durante el proceso de asado. Por ese motivo es que ese día es "su día" y nadie intentará molestarlo. Allí, al lado de la parrilla, tendrá su taburete, su cubo con agua fresca, sus cigarros, si fuma, y su botella de ron o las de cerveza, si es tomador. No puede faltarle absolutamente nada. Porque necesita de toda la concentración posible. En el tronco de la mata que le da sombra está la pila de leña seca con la que tendrá que mantener vivo el fuego desde abajo. Un fuego que será eternamente lento y uniforme.El puerco comienza a asarse por su interior. Mirado desde arriba parece una alfombra voladora con un pico y cuatro patas extendidas.
Cuando el hombre considera que el puerco - él lo ama incluso sobre el fuego - está casi a tono para ser volteado es porque ya ha visto como la grasa gotea sobre los leños, intermitentemente, como la carne se ha dorado debajo de la crepitación del lomo y como las brazas se han convertido en ceniza volcánica pespunteada de puntitos rojos. Entonces se levanta, se da un trago de lo que elija y camina hacia la pila de cáscaras de coco seco, recoge todas las que le quepan en las cuencas de sus manos y regresa al hollo y las vierte allí, donde el bracero pobre comenzará a quemarlas y ellas despedirán el humo mágico que regalará el penúltimo buquet inigualable al puerco que se asa. El hombre ya sabe del instante justo en que deberá agregarles las ramas de guayaba verde que han de constituir el colofón a la fiesta de olores en que se ha convertido la carne del animal que tiene a su lado. Para entonces ya han llegado los invitados, está cayendo la tarde y las mujeres gritan que "el congrís, la yuca con mojo y la ensalada de lechuga están listos". El asador, que acaba de voltear al puerco y está removiendo las brazas con su estaca, comienza a arrancar trocitos de pellejo crocante y a repartir entre los curiosos que no se cansan de repetir que tienen la boca "hecha agua" y a fastidiar al asador con aquello de "yo pensaba que terminarías para la próxima Navidad". Casi todos andan con una cerveza en la mano, que han sacado de un tanque de 55 galones lleno de hielo que está debajo de otro árbol o dándose tragos de ron de una botella que alguien lleva inclinada sobre los vasos. Entre todos terminan por apagar el fuego, cogen la parrilla por sus esquinas y la llevan hacia la gran mesa que está del otro lado del árbol debajo de cuyas ramas el hombre ha acabado de asar al puerco. Como el puerco está muy caliente y tiene sus cuatro patas atadas a las esquina de la parrilla, lo desatan con cuidado y ayudados por ganchos y trapos lo levantan y lo ponen sobre la gran mesa. Las mujeres comienzan a desmenuzarlo mientras los niños pedimos "un trocito de pellejo que chirrée" entre los dientes y quienes esperan en la mesa fastidian hablando de "demoras irresistibles". El hombre del asado come solo, sentado sobre la raíz del árbol. La gente lo deja hacer. Porque sabe muy bien que el trabajo de un asador profesional de puerco es un misterio.Las avellanas, las nueces, los higos, los dátiles, los turrones de Alicante y de Gijona y la Sidra esperan su turno de Navidad. Pero los hombres se levantan para limpiarse la grasa de sus manos y de sus caras, estirar las piernas y recoger su taburete para llevarlo hasta la mata de mamey colorado, debajo de cuyo follage esplendoroso ya hay otros hombres sentados, listos para cantar e improvisar décimas, contar historias y fabular la noche fresca sin luna y con pocas estrellas mientras las últimas brasas del hollo se extinguen debajo del aguacate.
Siempre que había un grupo de hombres contando historias en cualquier parte yo dejaba de ser un poco niño. Los mejores contadores de cosas siempre estaban en los velorios de muertos y en los de santos, en los cumpleaños, en el portal de la tienda y en las sobremesas de Nochebuena. Mi padre era uno de los oídores permanentes y muchas veces tiraba su fábula. Mis preferencias estaban con los "mentirosos". Pero yo sabía que no se trataba de "mentiras normales" porque las cosas que contaban se iban de la realidad y por tanto no sabía como catalogar lo que contaban. Una mentira podía ser, por ejemplo, contar que "la noche anterior había crecido el río", cuando todos sabíamos de sobra que llevaba mas de seis meses sin caer una sola gota de agua. Otra cosa muy diferente era contar que "había crecido el río" pero "que las jicoteas tenían tanta sed después de tanto tiempo sin lluvia que se habían tomado toda el gua" y el río había quedado "comomismo". Yo podía apreciar muy bien la diferencia intencional y no me perdía ninguna disertación de estos mentirosos "especiales". Recuerdo que mi papá se reía muchísimo con las "ocurrencias" de los contadores y que decía "mariapurísima cucha pa eso caballero". Pero lo decía en voz baja porque a los contadores de cosas no les gustaba que se pusieran en duda sus historias y algunos se molestaban tanto que hasta llegaban a desafiar a los incrédulos. Años después me daría cuenta de que muchas de aquellas historias de mi infancia eran repeticiones de otras, o versiones, o adaptadas para el sitio elegido. Incluso me las encontré en Chile, en México y en los Estados Unidos. He elegido cinco de ellas que solo escuché en Plateros. No digo que sean originales de allí. Solo digo que no las escuché nunca en ningún otro lugar de Cuba. Si ustedes sí, pues muy bien. Debo decir que para los años de mi infancia ya se habían muerto dos de los más famosos "mentirosos" de la zona: Moronero y Arenilla. Quienes, por cierto, eran citados todo el tiempo.
El bejuco de boniato.
Un hombre sembró 200 hectáreas de boniato y cuando el campo estaba listo para cultivar una plaga de mosquitos azules, llegada desde Jamaica, se comió todo lo que encontró a su paso y los boniatos se pudrieron debajo de la tierra. El hombre volvió a limpiar el campo porque pensaba sembrar calabazas piquilargas. Mientras esperaba por las lluvias se la pasaba recorriendo las 200 hectáreas y arrancando cada uno de los brotes de yerba mala que nacieran. Un día le llamó la atención un brote verde muy saludable y le pareció que se trataba de una matica de boniato. Así que la haló suavemente y se dio cuenta de que sus raíces estaban bien sujetadas al suelo. El hombre la dejó solo por curiosidad y comoquiera que la sequía continuaba se dedicó a regarla cada día con una lata de salchichas. Dos meses mas tarde la mata había crecido una barbaridad y el hombre se dio cuenta de que la tierra se estaba levantando a su alrededor. Y una mañana vio que la tierra se estaba abriendo y que lo que salía de ella era el lomo de un boniato. Así que el hombre comenzó a limpiar la tierra sobre el boniato y por la noche todavía no había acabado. Estuvo toda una quincena sacando tierra de encima del boniato y cuando acabó se dio cuenta de que el tamaño del boniato era el tamaño exacto de las 200 hectáreas de terreno. El hombre le contó lo sucedido a toda su familia y la familia le ayudó a buscar trabajadores para trozar el gran boniato. 1500 trabajadores se pasaron un mes y medio trozando el boniato y se llenaron 12 000 camiones que llevaron los pedazos de boniato a todos los puertos de Cuba, desde donde fueron exportados a medio mundo. El hombre terminó contando que le habían pagado con cheques sin fondo y que en ese mismo momento tenía 300 de los mejores abogados de Cuba trabajando en el Caso. Prometió hacerles un regalo en metálico a todos los amigos que le estaban escuchando el mismo día en que cobrara los millones que le había dado aquel bejuquito de boniato que dejaron los condenados mosquitos azules de Jamaica.
Todo el mundo hacía silencio, aprobando con la cabeza, maravillados de lo que acababan de oír. Algunos aguantaban la risa. Otros se morían por gritarle "viejo mentiroso", pero no se atrevían. Las historias continuaron con un joven de la vecindad que estaba trabajando fuera y había venido a pasar la Navidad con su familia.
No me voy a extender mucho porque tengo que regresar esta misma noche a la Fundición. Estamos trabajando en una olla muy grande desde hace cinco meses y los dueños no quieren parar ni un minuto. La olla es tan grande que afuera no se sienten los golpes de mandarria de los 15 000 trabajadores que laboramos dentro y estamos demorando seis horas para llegar al borde a través de las escaleras de sogas y cuatro para llegar, gateando, hasta la tierra. Nos meten con grúas. Nos tiran la comida en paracaídas del Ejército y cuando nos llega no tiene sabor a nada. Me duelen mucho las piernas y apenas oigo un fotuto a tres pasos con tanto golpe dentro de la condenada olla. Cuando acabemos aquí tenemos que ir hasta La Habana para buscar las asas. Están haciendo los barcos para poder transportarlas por mar y todavía no se sabe cómo las van a traer hasta la caldera. El dueño de la Fundición está criando 1000 bueyes destarrados por si acaso. Es la última vez que trabajo en una pega de ese tipo.
Los oyentes hicieron los gestos de rutina, en silencio. Excepto el vejete de la historia del boniato. Y para qué carajo quieren una caldera tan grande, muchacho, preguntó. El chico se paró, dio dos pasos hacia atrás y encaró al señor. Para cocinar su próximo boniato, respondió. Antes de que el ocambo pudiera sacar el machete de la vaina y comenzar a insultarlo, el joven atravezó el grupo y se perdió en el campo. Tú vas a saber lo que es bueno, hijo de puta, vete a burlarte de tu madre, maricón. Entonces los oyentes no pudieron aguantar la risa y prorrumpieron en sonoras carcajadas. El viejo pensó que se reían de la carrera del muchacho, regresó a su taburete y se dispusos a esperar por la historia del próximo guajiro.
La raíz de yuca.
En el borde oriental del campo de yuca había una mata alta y flaca y el dueño la estaba dejando para el final de la cosecha, con la esperanza de que creciera y pudiera parir como las demás. Todas las mañanas, cuando el hombre salía para ordeñar la vaca, miraba a su mata raquítica y se preguntaba qué demonios habría pasado con aquella rabuja de mata de yuca. Incluso ni siquiera tenía dos troncos como la mayoría de las otras plantas. Hasta que el hombre sacó la penúltima mata de yuca y supo que para la próxima comida tendría que echarle mano a su minimata. La casa familiar estaba como a dos kilómetros del yucal y entre este y la residencia había un potrero en donde el hombre criaba toros sementales. Así que una mañana salió para sacar la última planta de yuca y enseguida comenzar a preparar el terreno para la próxima cosecha. Cuando dio el primer halón se percató de que la tierra no se removió. Reintentó. La mata no salía de la tierra y parecía que estaba soldada a ella. El hombre no se explicaba. Toda la tierra estaba blandita porque era primavera. De modo que volvió a intentarlo y el resultado fue el mismo. Se le hicieron dos ampollas en cada mano y para el medio día tenía tremendo dolor de cintura y el tórax le sonaba como si fuera un acordeón roto. Regresó después de almorzar. Traía una barreta de tres metros y un pico y una pala. Hizo un hueco con la barreta alrededor de la planta y extrajo la tierra con la pala. No había otra cosa que una gran raíz negra del mismo grozor hasta donde había llegado la barreta. Una gran raíz sin fin. Trató de picotear la raíz con el pico. La punta afilada del pico rebotaba en la raíz. Antes de irse volvió a intentar remover la planta sin resultados. El hombre no sabía qué pensar pero no dijo nada a sus hijos y familia ni a su mujer. Al otro día enyugó los bueyes y les enganchó el arado americano. Pensaba cortar la mata de yuca a ras de tierra y halar la raíz con el arado. Pero el machete Colling, despalmado hasta el cabo, no le entraba a la mata de yuca y ni siquiera pudo cortarle los salientes. Cuando los bueyes intentaron halar el arado las tiraderas se desbarataron y con el impulso que les insufló la inercia la yunta trastabilleó y rodó como doscientos metros hasta el río en donde cayeron y se ahogaron. El hombre comenzó a temer. Su amigo el Curandero se había muerto hacía dos meses y el único tractor estaba en otra provincia. Así que no tenía a quien pedir opinión ni ayuda. Decidió que no le contaría nada a nadie. Al otro día se fue al pueblo y se compró una faja especial de cuero de caimán para la cintura y dos muñequeras de castor canadienses para fortalecer sus antebrazos. Haría el último intento con la mata de yuca antes de avisar a su familia y al Ministerio de Agricultura. Esa noche soñó que un helicóptero había intentado sacarla desde el aire y que en el esfuerzo había perdido las hélices y había caído al río en el mismo sitio en que se habían ahogado sus bueyes. Por la mañana metió la faja y las muñequeras en una alforja de yute y se fue hasta la mata de yuca soldada al suelo. Se colocó los avíos protectores y aunque sabía que halar era posiblemente otra pérdida de tiempo lo hizo. No pasó nada. Empapado en sudor se sentó en el suelo y se recostó contra la mata de yuca. Era como recostarse contra una pared de mampostería. De pronto el cielo se oscureció y un viento despiadado comenzó a soplar. El hombre vio como la mata de yuca comenzó a zarandearse con las ráfagas y tuvo esperanzas de que en una de esas saliera disparada de la tierra y le sorprendiera con una manojo de yucas portentoso. Pero no pasaba otra cosa que un zarandeo sin consecuencias. Hasta que el hombre decidió ayudar al viento. Se acomodó la mata entre los muslos y haló. La mata se estremeció toda, la raíz cedió y el hombre sonrió satisfecho. Yo sabía que no era para tanto, se pavoneó. Así que esperó por la próxima ráfaga y haló de nuevo. En el preciso momento en que pensaba que la mata estaba cediendo sintió los gritos. Su mujer estaba pidiendo auxilio porque le parecía que la tierra estaba temblando y aseguraba que en cualquier instante llegaría el terremoto. El hombre corrió hacia su casa. Cuando llegó, sus hijos trataban de consolarla diciéndole que ya todo había pasado. La mujer le contó que la casa se había removido como si estuviera hirviendo porque un gran fuego interior la impulsaba en todas direcciones. Agregó que ella pensaba que se iba a derrumbar porque sabía que lo que la hacía descuarajingarse no era el viento, que a ella le parecía que estaba ocurriendo algo parecido a lo que decían que se sentía cuando iba a ocurrir un terremoto. Hija, pero si en Cuba no hay terremotos, le consoló el hombre. No "había", dijo la mujer, aferrándose a sus brazos. Una hora después, el viento se había calmado y el hombre le pidió a los hijos que se quedaran con la madre por si volvía "eso" y regresó a la mata de yuca. No le interesaba que se hubiera acabado el viento porque ya la mata estaba removida y pensaba que le sería muy fácil terminar de sacarla. Pero la mata no se movió hasta que no regresó la ventolera y el hombre se dio cuenta de que la raíz había salido como dos metros pero no se veía ni una sola yuca. El viento redobló su furia y el hombre le ayudó otra vez, halando con todas sus fuerzas. Entonces, cuando la gran raíz hubo salido como cuatro metros, el hombre volvió a escuchar los gritos que llegaban desde su casa. Ahora era un gran concierto de gritos desesperados, lúgubres, como salidos de gargantas que habían perdido toda esperanza de sobrevivir. Cuando el hombre llegó a su casa no encontró nada especial en sus bases ni en su posición. Pero no preguntó nada porque los gritos provenían de su mujer, de sus hijos, de sus nietos y de algunos vecinos que habían presenciado "el terremoto". Sé que a la tercera será la vencida, gimoteaba la señora. El hombre llegó a pensar que estaba soñando y se pellizcó la tráquea para demostrarse lo contrario. Esa noche se acostaron como a las tres de la madrugada. El viento se había esfumado pero las nubes negras no se iban del horizonte. La mujer le pidió que no saliera por la mañana para que pudiera ver y sentir el temblor de la tierra y cómo la casa quería salirse de sus durmientes mediante una danza macabra. Cuando los vecinos aseguraron que en sus casas no estaba pasando nada el hombre pensó que, o estaba siendo lastimado por la fatalidad, o alguien le había hechado un daño a su familia y se dispuso a indagar por algún santero famoso.Se quedó con su familia durante una semana. No puedo quedarme en casa, tengo que trabajar, le dijo a su mujer. Si sales, sé que volverá, aseguró ella. Probaremos hoy por última vez, si vuelve a pasar lo mismo buscaremos a un santero. Y por qué no avisamos a los que saben de ciencias, sugirió uno de los hijos. Esto no es cosa del mundo, hijo, dijo la madre. El hombre pidió a los vecinos que se quedaran con su mujer, sus nueras y sus nietos y les dijo a sus diez hijos que lo acompañaran porque tenía que participarles una cosa muy importante. La señora se convenció a duras penas y se preparó para salir al primer temblor de la casa y comenzar a gritar con todas sus fuerzas. El hombre les señaló a sus hijos la mata de yuca y le contó la historia. Los hijos se echaron a reír y les pidieron que no jodiera con ese cuento, sobre todo ahora que estaban pasando por el lastimoso asunto del tembleque de la casa. El hombre se dio cuenta de que no había ningún hueco alrededor de la mata de yuca y de que la tierra estaba plana a su alrededor. Y de que no había viento. El sol estaba despuntando por el este y el día se presentaba excelente. Ayúdenme, por favor, les pidió el hombre. Solo seis de los hijos pudieron tomar poseción de la mata de yuca. Ustedes cuatro agárranse de nuestros cinturones y halen todo lo más que puedan para donde sale el sol, ordenó. Con el primer halón la mata de yuca cedió y comenzó a emerger de la tierra, fácilmente, como si no hubiera estado soldada. Solo que los hombres no veían las raíces. No importa, sigan halando, dijo el padre. El próximo halón les trajo un grito seco y corto desde la casa. Es de mamá, dijo el hijo más pequeño. Se detuvieron. El grito cesó. Halen otra vez, pidió el padre. Ahora el grito se escuchó débil y muy lejano, hasta que se perdió en la distancia. Seguro que se cayó la casa y la aplastó, dijo el hijo mayor. No lo creo, halen mas fuerte, solicitó el padre. A partir de ese momento los once hombres halaron durante veintitrés minutos, sin parar, hacia donde salía el sol. No hablaban. Solo halaban sin detenerse. No llegaban gritos desde la casa. Los once hombres llegaron halando hasta el río y siguieron halando metidos en sus aguas y no supieron como pudieron sortear las pencas de guano y las yaguas y los troncos y los cadáveres de los animales muertos durante la última crecida ni caminar sobre el fondo de unas aguas que, en el lugar por donde pasaron halando, tenían mas de dos metros y medio de profundidad. Casi dos kilómetros al oriente del río se percataron de que no necesitaban hacer mas fuerza y se dieron cuenta de que al fin habían logrado sacar toda la yuca. El padre les dijo que lo siguieran y encabezó una marcha forzada sobre la raíz de la yuca, convertida en puente sobre las aguas del río. La casa estaba en la ribera occidental, detrás de un manojo de raíces de yuca que parecía la mitad de un globo aerostático con forma de dedos. Los gansos nadaban en el río y los nietos estaban pescando desde la puerta de la sala. La mujer tendía la ropa en el patio sur y cuando los vio les dijo que se alegraba de que llegaran para el almuerzo pero que sentía tener que decirles que no había yuca con mojo para la ocasión sino calabaza corriente. Los hijos se incorproraron a la mesa con toda normalidad y el hombre volvió a pellizcarse la tráquea y se dijo que no estaba soñando. Cuando acabó de almorzar les dijo que no tenía sueño y que no pensaba reposar el medio día. Que iba a mudar los bueyes. Nadie le dio importancia al hecho de que él jamás mudaba los bueyes a esa hora. Solo que él sabía muy bien hacia donde se dirigía. El túnel comenzaba justo detrás del cuarto poniente y caminó toda su oscuridad hasta el sitio exacto en donde había estado la casa. El túnel tenía poco más del ancho de la casa y el hombre nunca pudo explicarse en dónde estaba toda la tiera que faltaba hasta que el próximo viento endemoniado la trajo del norte y rellenó el túnel que nadie mas que él pudo ver jamás. El hombre aseguraba que cuando llegó al terreno en donde había estado la casa vio una mata de yuca idéntica a la mata que casi lo vuelve loco y que cuando pensó cortarla de un machetazo uno de los bueyes de la otra yunta se le adelantó y se la comió de un solo bocado. La mata no tenía raíces.
Fabricantes de montaña.
El guajiro llevaba un arria de diez burros por el Camino Interior hacia la ciudad de Rmedios. Montaba su caballo alazán al frente de la tropa. Transportaba frijoles colorados para vender en la Feria del Sábado. Cerca de La Tenaza se le unió un hombre muy viejo que cabalgaba una yegua flaca y desgreñada. El guajiro no conocía al viejo de modo que no lo saludó y continuó su camino sin prestarle atención. Hasta que el viejo comenzó a contar historias increíbles. Las contaba una detrás de la otra y al parecer no estaba interesado en escuchar las posibles historias del hombre del arria de burros. No se había callado un solo segundo y el guajiro solo asentía con su cabeza y decía "mira eso, qué bien". El guajiro era un tipo callado y no le gustaba perder tiempo escuchando cuentos fabulosos. Cuando la Loma de Guajabana se dibujó en el horizonte el viejo de la yegua flaca comenzó a detallar su enésima historia. Cansado de tener que dar órdenes a sus gallos de pelea en todas las Vallas del país se le ocurrió la idea de cruzar una de sus mejores gallinas finas con una cotorra de la Ciénaga de Zapata que alguien le había cambiado por un sinsonte cantor el verano pasado. El resultado había sido un hermosísimo gallo verdigris de pico curvo y espuelas negras que nació hablando mejor que el Presidente de la República. Lo lamentable del caso era que el cotogallo había sido el único huevo que había roto el cascarón en el nidal porque los restantes 43 huevos se habían despedazado entre ellos peleando antes de nacer. El cotogallo llevaba 3211 peleas ganadas sin la sombra de una derrota y no había perdido ni una sola pluma. Pero lo mas interesante era que el viejo podía comunicarse con su gallo y de esa manera el viejo sabía qué quería comer el animal, cómo deseaba dormir y hasta charlaban acerca de los posibles contrincantes y decidían juntos estrategias y tácticas de combate. A estas alturas el viejo era casi millonario pero no le gustaba lucir su dinero delante de sus amigos y por eso era que siempre vestía como un pobre. Quería el dinero que estaba ganando con el cotogallo para comprar todos los gallos jerezanos de Andalucía y la mitad de los mejores gallos de pelea de México, incluido un bisnieto del Primer Gallo de Oro. El viejo había llegado a un acuerdo verbal con su cotogallo. Cuando la pelea estuviera terminando el cotogallo pondría una de sus patas sobre el lomo del perdedor, se volvería hacia su dueño y le preguntaría "lo mato, Conrado". Esa interrogación había salvado a unos 500 gallos porque el viejo era una persona de excelente corazón. Generalmente los gallos perdonados - medio moribundos - les eran regalados por sus dueños para que los usara como sparring para el cotogallo. El hombre del arria de burros estaba casi mareado con la retahíla de historias del vejete y ya no decía "mire eso, qué bien". Pero le habían enseñado a respetar a las personas mayores y trataba de escuchar sin interrumpirlo. No obstante no dejaba de pensar en la manera de quitárselo de encima. Todavía faltaban como cuatro kilómetros para llegar a la Feria del Sábado. Era demasido espacio. Ahora pasaban por la ladera sur de la Loma de Guajabana. La Loma de Guajabana era algo así como una gran piedra incrustada en la parte occidental del valle del Río Guaní. Famosa por sus asentamientos aborígenes y por la gran cantiad de jutías que vivían en sus predios. El hombre del arria de burros sujetó el freno de su alazán. El viejo lo imitó. El arriero miró hacia la cima más alta de la Loma. Usted ve esa loma que hay ahí, preguntó. El viejo dijo qué claro, qué la veía. Usted sabe algo sobre esa loma, preguntó de nuevo. El viejo dijo que para nada. Pues bien, sepa usted que La Gran Loma de Guajabana la hicieron dos gallegos, dando pico y pala, durante una mañana de trabajo. El viejo trató de asimilar la información y soltó las riendas de su yegua. Bueno, ha sido un placer conocerlo, hasta otro día, dijo. Cuando el viejo se perdió detrás de la próxima curva del camino el arriero aflojó las riendas de su alazán y se preguntó si los gallegos habrían hecho La Loma en medio día o en un día completo y se preguntó, además, si acaso el viejo estaría vendiendo al cotogallo.
Dos pedazos de perro.
Una madrugada, cuando el guajiro se levantó para salir a mear, escuchó unos ladridos quejumbrosos de perro en algún lugar del solar de la casa. Le pareció que salían de la garganta de un cachorrito. Se dijo que para cuando aclarara le pediría al niño que tratara de encontrarlo entre las yerbas. Pero no tuvo necesidad de esperar. Inmediatamente después de que cerró la puerta los quejidos se convirtieron en gruñidos y en arañazos contra la pared. Se trataba de una bolita de algodón dorado y parecía ser un cachorrito sano. El guajiro le acarició la punta del rabo y supo que sería un gran perro jutíero. Así que le dio un poquito de leche del día anterior y se puso a hacer el café. El perrito se echó a su lado y el guajiro le acarició el lomo. Le nombraron Sultán. Como al perro anterior, que se había perdido misteriosamente hacía unos seis meses, después que la Delegación China que estudiaba los arrozales de secano en Cuba, había pasado por el barrio. Con el tiempo Sultán se convertiría en el mejor perro jutíero que había existido jamás. Aprendió que cuando salía el sol después de un aguacero había que partir hacia el monte porque las jutías salían de sus cuevas a calentarse y era muy fácil hacerlas bajar de los árboles y capturalas antes de que penetraran en sus guaridas. Aprendió a distinguirlas en las alturas y a precisar si eran hembras o machos. Porque a su dueño no le gustaban las hembras: había oído decir que tenían la regla, como las mujeres, y él sentía mucho respeto por el género femenino.Aprendió a estar listo siempre que su dueño lo requiriera. Su dueño había dejado de practicar la agricultura porque estaba viviendo de la venta de jutías, que vendía en la ciudad, de sus pieles, que vendía a los peleteros de Haití, y de alquilar a Sultán como semental infalible. Hacía una semana que no paraba de llover en medio de la primavera de Mayo y Sultán se estaba muriendo de aburrimiento, tirado en el rancho de desahogo, entre avíos de bueyes y cagadas de gallina. Hasta que una mañana amaneció sin agua y salió el sol. Sultán se preparó para partir hacia La Loma. Y para esperar. Su dueño estaba para el pueblo. Esa noche se había quedado en el hospital, acompañando a una tía anciana que acababa de sufrir una embolia pulmonar. Por algún motivo su dueño no llegaba y Sultán decidió darse una vueltecita por la casa de un amigo de su dueño, en donde había una perra en celo. Después que la hubo montado se quedó tendido debajo del almácigo de la arboleda, esperando a que el dueño de la perra le colocara el importe de la preñada en una bolsa de tela que llevaba amarrada a su cuello. Pero el dueño no estaba en casa y su señora le indicó que vendría un poco tarde pues estaba atendiendo a una vaca recién parida en la ciénaga del potrero. Sultán esperó debajo del almácigo. Cuando su dueño llegó del hospital no quiso perder tiempo porque traía doce pedidos de jutías congas y después de llamar a Sultán durante veinte minutos decidió partir solo. Llevaba el saco de siempre al hombro y el machete Gallito despalmado hasta el cabo y con tres centímetros de filo en la mano derecha. Cada cierto tiempo gritaba "Sultán, Sultán", pero no recibía respuesta. Otras veces había pasado lo mismo y el perro se aparecía de improviso a su lado y comenzaba la cacería. El dueño entró al monte y enseguida vio las cagarrutas de jutía, frescas, sobre las piedras. Arriba, los bichos estaban de fiesta después de la tormenta implacable. Pero él no usaba escopetas. Adoraba hacerlas bajar por los bejucos y tirarse contra el suelo para ver como Sultán las cazaba sin contemplación, salvando sus pieles maravillosas y su carne impoluta. Sobre las diez de la mañana comenzó a preocuparse. Sus llamadas no eran respondidas desde ningún lugar. El dueño pensó que ello podía deberse a dos motivos. Sultán estaba detrás de alguna perra celosa demasiado lejos de la casa y no podía oír sus voces o alguien lo había envenenado con trinina, por envidia. De modo que se sentó sobre una piedra. A esperarlo. Porque si no estaba muerto vendría en cualquier momento, con absoluta seguridad. Una hora después, desesperado, gritó "Sultaaán" con todas sus fuerzas y el eco retumbó a decenas de kilómetros. Sultán, que ahora regresaba de la casa del dueño de la perra en celo, con su bolsa de tela sujeta al cuello, se lanzó a correr a cuanto le daban las patas. El dueño, fuera de sí, clavó el machete en el suelo y comenzó a maldecir a los hijos de puta que le habían matado a su perro. Entonces escuchó el tropelaje por el camino del monte. El tropelaje conocido. Y le volvió el alma al cuerpo. Y se preparó para abrazarlo. Sultán venía a velocidad incalculable y cuando dobló para entrar en el sitio en que lo esperaba su dueño chocó con el machete clavado en la tierra. Y el dueño vio, sin poder asumirlo, como el perro se había partido en dos mitades exactas, cada una de las cuales descansaba a ambos lados del machete clavado en el suelo. Mientras el hombre miraba cómo manaba la sangre de Sultán y cómo la mitad exacta de sus vísceras se retorcían de impotencia recomenzó la lluvia. El hombre estaba hipnotizado y no sabía qué hacer. Hasta que se activaron sus alertas. Sacó el machete ensangrentado de la tierra y cortó cuatro bejucos ubí muy largos que colgaban de una yagruma como lianas malditas. Recogió las dos mitades perfectas de Sultán y las unió, apretándolas fuertemente para tratar de que no continuara perdiendo sangre. Entonces las amarró con los bejucos y cerró el atado con un tortol maestro en cada punta del perro. Sultán volvió rápidamente a la vida y el hombre vio como sus ojos relampagueaban de emoción. Lo depositó suavemente en la tierra. Para entonces la lluvia había hecho descender a todas las jutías de sus asoleaderos y el dueño solo deseaba que su perro se recuperara y que la carne produjera el milagro de la resurrección y que se soldaran las dos mitades exactas del animal. Sultán se movió. en efecto. Pero el dueño se dio cuenta de que caminaba en ambas direcciones, como si fuera un perro sonámbulo. Un poquito hacia delante y otro poquito hacia detrás. Y que sus pasos eran incoherentes, como automatizados. En algún instante se detuvo en el medio del tramo y miró a su dueño. Dos lágrimas se desprendieron de sus ojos sin brillo. Y cayó fulminado. Los bejucos de zafaron y el par de mitades perfectas de Sultán se desmadejaron sobre la tierra. Entonces fue que el dueño se percató de que había empatado a su perro al revés y que cada mitad actuaba de acuerdo a como le indicara la mitad de su cerebro. Y de que todo se había producido porque cuando clavó el machete en el suelo, desesperado, el horrendo filo había quedado en la dirección en que venía Sultán. Entonces le quitó la bolsa del cuello con el importe de la preñada a la perra de su vecino, enterró al perro debajo de la piedra en que se había sentado a esperarlo y retomó el camino de regreso. Cuando terminó de bajarlo escuchó un leve sonido a sus espaldas. Se volvió. Una larguísima fila de jutíos le seguían en silencio y llegaron con él hasta su casa. El vecino y la perra gestada lo esperaban. El vecino le agradeció por el trabajo de su semental. Miró a la fila de jutíos. Han venido para que los mates, le dijo. Lo sé, dijo el dueño. El vecino comenzó a cargar su escopeta. No, dijo el dueño, los meteré en el corral techado. El vecino enfundó el arma. Está bien, dijo. Los jutíos no habían roto filas. Hasta que se destapó la luz debajo del manto de nubes negras y el sol salió con fuerza inusual. El dueño se preparó para pastorear a los jutíos hasta el corral techado. Ayúdame, le dijo al vecino. Cuando el vecino comenzó a moverse la fila de jutíos se desintegró y los hombres no se dieron cuenta hasta diez minutos después que todos los jutíos estaban en la copa de la gran mata de ceiba que estaba en el poniente de la casa. El dueño miró a la perra del vecino. El vecino miró a la copa de la ceiba. Tócale la barriga, pidió el dueño al vecino. El vecino acarició el vientre de su perra. Se está moviendo, dijo. Quiero ese cachorro, expresó el dueño, y le tendió la bolsa con el dinero. Es tuyo y gracias por el dinero, dijo el vecino. Qué, achujamos a la perra, preguntó el dueño. Claro, dijo el vecino. La perra preñada no se levantó de su sitio. Los jutíos comenzaron a chillar en la copa de la ceiba. Dicen que serán mascotas, que no los maten, dijo el hijo del dueño. Los jutíos se desprendieron de la copa de la ceiba y comenzaron a jugar con la perra del vecino.
La palma real.
Hubo una época en que escaceó el petróleo y la gente de la ciudad tuvo que regresar al uso de leña para resolver sus necesidades más parentorias. Viendo las bondades económicas que podría ofrecer la nueva situación un campesino productor de leche decidió vender casi todas sus vacas y dedicarse al negocio de hacer carbón vegetal. Era dueño de un gran bosque virgen. Así que se compró un nuevo caballo bermejo y cincuenta mulos jóvenes y los apertrechó con cincuenta aparejos de paquete para montar sobre ellos los cien sacos de carbón que podrían cargar sobre sus lomos. Su único hijo varón sería el ayudante carbonero. El carbón vegetal se producía amontonando la madera en forma de embudo invertido, tapándola con paja y tierra y prendiéndole fuego desde adentro. Después de cinco días de cuidados extremos y vigilancia perenne, para que el horno no se volara, se eliminaba la tierra y los pedazos de madera salían del infierno convertidos en hermosos carbones negros, listos para montones de usos. El campesino había dado seis viajes a la ciudad y consideraba que el negocio marchaba viento en popa. Hasta que se perdieron el resto de de sus vacas sin dejar rastro. De modo que el carbonero debió comprarse una nueva vaca lechera hasta que investigara las causas de la pérdida del resto de su manada, que hasta ahora solo había producido leche para hacer algunos quesos, para el consumo familiar y para alimentar a los pocos mulos que sentían deseos de tomarla. El campesino acostumbraba hacer una parada de media hora en una Fonda que había a mitad de camino entre el lugar donde vivía y la ciudad. Un mediodía, al llegar a la Fonda, comenzó a llover de manera inusual y muy pronto los alrededores estaban inundados y los mulos comenzaron a patear el suelo porque se sentían inquietos, tenían hambre y los cien sacos de carbón que descansaban sobre los aparejos de sus lomos ya los estaban cansando. El campesino no tuvo mas alternativas que desmontar los cincuenta aparejos, dejar que los mulos se alimentaran y esperar a que amainara el temporal. Detrás de la Fonda había una gra palma real tumbada en el suelo y el campesino se maravilló porque jamás habia visto una palma real tan larga ni tan gorda. Colocó los cincuenta aparejos sobre la palma para que no se siguiera mojando su interior y se volvió a meter en la Fonda para comer boniato frito con cerveza hasta que parara el agua. Le pareció que la palma real era un gran mulo largo, con cincuenta aparejos colocados en V invertida sobre su lomo. Sobre las tres de la tarde escampó y el hombre salió por sus mulos, los pastoreó hasta detrás de la Fonda y los colocó en fila india para cargarlos con los cincuenta aparejos. Como estaban tan mojados pensó que no podría con cada uno más sus dos sacos de carbón. De modo que regresó al interior de la Fonda y salió con un guajiro muy fuerte al que prometió pagarle cuarenta pesos por su ayuda. Solo que detrás de sus mulos no había ninguna palma real aparejada. Nadie de los que estaba en la Fonda podía dar crédito a lo que estaba oyendo y casi todos habían visto la hilera de aparejos sobre la palma en el momento de entrar a la Fonda. El guajiro calculaba que alguno de los viandantes tenía que ver con el robo espectacular de su carbón. No dijo nada. Pidió al guajiro forzudo que le cuidara los mulos mientras él iba al pueblo a denunciar el robo y le prometió otros cuarenta pesos por su colaboración. En la Estación de Policía le dijeron que solo podrían ocuparse del asunto al otro día porque todos los policías en servicio estaban ayudando a los Bomberos y tratando de desenterrar tres cuadras del pueblo que habían sido sepultadas por un alud de tierra colorada que había llegado delante del viento desde la mina de dolomita del sureste. Le aseguraron que al otro día estarían en terreno sobre las diez de la mañana. El campesino decidió no regresar esa noche a su casa porque estaba seguro de que también le robarían los mulos. Para suerte suya otro carbonero que regresaba al barrio le llevó el recado a su familia y el hombre le pidió que tratara de calmarlos pues esperaba que todo se solucionara al día siguiente. Los pusiste sobre una palma, dices, le preguntó al campesino. Sí, sobre una palma larguísima que había detrás de la Fonda. El otro carbonero se quedó pensando, pero no dijo nada. Había dejado descansar a sus cinco burros en el mismo lugar el día antes y juraba que no había visto ninguna palma. Uno de los policías del pueblo llegó temprano, a bordo de un yipi Willy. Ya el campesino - que había dormido en el portal de la Fonda - lo estaba esperando. Contestó a las preguntas de rigor y después el dueño de la Fonda fue interrogado. Estoy a su disposición, señores, pero en honor a la verdad, detrás de la Fonda nunca hubo una palma real. Entonces el campesino recordó la pregunta del otro carbonero y algunas de las miradas extrañas que le dirigieron en la Fonda cuando contó lo que le había pasado a sus aparejos encarbonados. Me estás diciendo mentiroso o insinuando que estoy loco, preguntó. No, señor, solo digo que cuando me levanté ayer por la mañana ahí no había ninguna palma. O sea, que alguien colocó la palma real allí después de que usted abrió la Fonda y antes de que llegara el carbonero, inquirió el policía. Con toda seguridad, señor. El policía se volvió al carbonero. Otras veces hizo lo mismo con los aparejos, quiso saber. Jamás, fue la primera vez que me topé con una palma real en este lugar. Vamos allí, por favor. El fondero y el carbonero le siguieron. El policía recorrió la marca evidente sobre la tierra que había dejado la palma debajo de los aparejos. Cuando llegó al límite occidental les llamó. Observen, hasta aquí el rastro es parejo, y si se fijan mejor el rastro continúa al oeste, sutilmente. Los dos hombres tuvieron que aceptar que, efectivamente, había una marca en el suelo más allá de donde estuvo el primer aparejo. El policía continuó caminando al oeste y ellos lo siguieron. Qué tienen que decir, preguntó. Si es verdad que había una palma real, alguien la arrastró suavemente como para no dejar casi huellas, dijo el fondero. Ya te he dicho que no miento, compadre, dijo el carbonero. Tranquilos, tranquilos, señores, qué prueba tiene usted de que le han robado cien sacos de carbón, le preguntó al carbonero. Ninguna, señor, excepto que es la séptima vez que paso por aquí con mis mulos cargados, mire los mulos. El fondero asintió. Muy bien, no tengo evidencias de que la palma haya sido halada con tracción animal ni con algún motor porque el único rastro que existe es el de ella misma. Por tanto, no me queda mas alternativa que tratar de seguir el rastro y admito que esa no es mi especialidad. El carbonero, satisfecho de que no lo consideraran un mentiroso ni un loco, y sabedor de que en efecto alguien se había llevado la palma con los cincuenta aparejos cargados, le dio las gracias al policía y le dijo que él mismo se encargaría de resolver el asunto. El policía le aseguró que no estaba cerrando el Caso porque sabía lo que costaba hacer cien sacos de carbón, sino que solamente le estaba diciendo que continuaría las pesquizas con especilaistas, de manera ordenada. Pero que si con la acción que él iba a emprender por su cuenta, terminaba por encontrar la mercancía, que por favor se lo comunicara. El carbonero esperó a que pasara de regreso otro colega del barrio y envió el segundo aviso a su mujer y a su hijo. Temía que el rastro se fuera a perder si volvían las lluvias, de modo que mandó a buscar al guajiro fortachón y le pidió que lo acompañara en la búsqueda, por lo que le pagaría otros cuarenta pesos. El guajiro dijo "correcto" y se pusieron en camino sobre las cuatro de la tarde. No es que él tuviera miedo de seguir el rastro en soledad. Solo estaba siendo precavido ante un hecho que lo tenía alucinando. Después de cinco semanas, en las que habían recorrido la provincia de norte a sur, en las que habían perdido el rastro montones de veces, en las que habían pasado hambre y vicisitudes de toda índole, llegaron moribundos a la costa sur y perdieron de nuevo el rastro entre los pantanos de los manglares. Para suerte suya el rastro se perdía en una península pequeña repleta de uvas caletas. Así que calcularon que la palma tenía que estar en ese pedazo de tierra entre las aguas del mar. El hombre ya no tenía esperanzas de encontrar a sus cien sacos de carbón. Solo esperaba recuperar los cincuenta aparejos y que las huellas en la palma real dieran las pistas necesarias a la policía para poder descubrir al ladrón. El guajiro fortachón fue quien primero vio al aparejo al oeste de la península, en un sitio que parecía ser una playa abandonada. Los cincuenta aparejos estaban intactos, con sus cien sacos de carbón entripados sobre la palma real, que ahora había perdido su color blanco beige y parecía mucho más gorda que el día en que el carbonero la utilizó como descanso de aparejos. Asombrados, los dos hombres recorrieron la palma hasta el final. Detrás del último aparejo sobresalía una especie de cabeza vacuna, orlada por un par de cuernos monumentales, muy abiertos. El carbonero se puso de frente a la cabeza de res porque aquellos cuernos le recordaban mucho a su vaca Guacamaya. La cabeza de vaca tenía un par de ojos que lo miraban lánguidamente y unos belfos moribundos que dejaban escapar sus últimas gotas de saliva. La cabeza de res tenía un gran lucero café en forma de chirimoya en la frente. No puede ser, madre mía, por favor, murmuró el hombre. Cogió los dos cuernos con sus manos y trató de halar. La cabeza se movió adentro de lo que parecía la boca de un tanque de 55 galones. Ayúdame con esto, anda, le pidió al guajiro fortachón. Entre los dos lograron sacar a la vaca de la boca del tanque. Cuando la vaca salió la boca del tanque se cerró y rápidamente se volvió a expandir. Los hombres vieron una hilera de dientes afilados y una maravillosa congestión de cartílagos antes de que se sintieran obligados a recular debido a la irrupción de una lengua larga y quisquillosa. El hombre encontró su cuchilla de picar tabaco en el bolsillo trasero del pantalón y apuñalo al majó cinco veces en el sitio en donde calculaba estaba su corazón. Cuando el maja murió los hombres le sacaron los cincuenta aparejos de encima y los colocaron sobre las arenas de la playa. Voy a abrirlo de tajo a ver qué mierda es lo que tiene dentro este condenado hijo de puta, dijo el carbonero. Todo el interior del bicho estaba relleno de cosas muertas, ya digeridas y apestaba. De todas formas se hubiera muerto, dijo el carbonero, los cuernos de Guacamaya no dejaron que se la tragara y estaba pasando hambre desde mucho antes de llevarse los aparejos. El carbonero terminó de desollar al majá y tendió la piel al lado de los aparejos en la playa. Vamos a descansar un poco a ver que se nos ocurre, dijo el ayudante, que se sentía viviendo la aventura de su vida. Correcto, dijo el carbonero. Entonces la vaca resopló con fuerza sobrenatural, se revolvió sobre la arena e inclinó su cabeza demoníacamente astada. Su vómito incluía alimentos semidigeridos que el par de hombres jamás habían visto. Cuando el animal acabó de vomitar se dirigió hacia el bosque de uvas caletas y se las comió todas sin parar. Los hombres se miraron en silencio. Las uvas caletas eran su único alimento. Una hora mas tarde los hombre vieron que se acercaba una chalana desde el sur. Se deslizó hasta la arena. Se desmontaron cuatro negros, ataviados con shorts de camuflaje y sin camisa. Los hombres pensaron que eran pescadores y estaban listos para pedir ayuda. Eso es carbón, preguntó uno de los negros, sin saludar. Los hombres se percataron de que no había hablado en "cubano". Si señor, dijo el carbonero. Lo compramos todo, dijo el negro que parecia ser el jefe. Cuánto pagan, inquirió el guajiro fortachón. Pongan un precio, dijo el negro. El carbonero dijo una cifra que decuplicaba el precio real de su carbón en el mercado de la ciudad. Lo dijo en broma. El tercer negro descamisado sacó un gran fajo de billetes cubanos y comenzó a contarlos. Tenga, dijo. El carbonero extendió la mano y cogió el dinero. Los negros montaron los cincuenta sacos de carbón en la chalana en tiempo récord y no aceptaron su ayuda. Quieren esa piel de majá, preguntó el carbonero. Claro, dijo el negro financiero. Partieron enseguida. El negro de los billetes cubanos se paró sobre la esquina de popa y les gritó "gracias, hermanos, somos colombianos de la isla de San Andrés, vivimos en Gran Caimán y trabajamos en un barco oceonográfico inglés". El guajiro fortachón les gritó que si no tenían algo de comer porque se estaban muriendo de hambre. El jefe de los negros les tiró seis panes de centeno, un gran rollo de mortadella italiana y una botella de Irombel de dos litros. El carbonero dijo "coño, ese negro tiene más brazo que Aquino Abréus". El guajiro fortachón le pidió algunos billetes al carbonero y los miró a trasluz. Crees que serán legales, preguntó. A mí que me importa, respondió el carbonero. Sobre las cuatro de la tarde decidieron comenzar a caminar hacia el norte y hacerlo hasta que llegara la noche. Si para entonces no habían salido de los manglares de la costa acamparían como pudieran hasta la mañana siguiente. El primer mulo asomó su cabeza por detrás del último mangle rojo que se metía en la arena.
Glosario mínimo.
-Bejuco.... Rama de la planta de boniato (papa dulce en Usa y en algunos países de América).
-Rabuja.... Se dice de un animal que nace muy pequeño dentro de una camada. Generalmente se aplica al puerco y casi siempre se cría separado de sus hermanos.
-Arado americano....El arado que sustituyó al arado clásico del campo cubano: una reja de hierro con una aleta y un brazo de madera sujeto al yugo de los bueyes. El "americano" tenía una aleta doble ajustable y un par de agarraderas fácilmente maniobrables. Todo de hierro.
-Alforja.... Tipo de mochila de saco que se cuelga del hombro. También puede colocarse en parejas, sobre el lomo de los caballos, para usarse como objeto de carga.
-Descuarejingarse...Destruirse, desbaratarse, romperse.
-Arria....Conjunto de animales de carga que caminan cargados en fila, siguiendo a un guía.
-Machete Gallito....El machete chino que sustituyó al Colling americano cuando "la Revolución" giró hacia los "camaradas comunistas". Tenía un gallo grabado inmediatamente después del final del cabo, en la barra de metal. Su uso es indicativo de la época vivida en Cuba.
-Ubí....Bejuco de monte, muy largo y muy fuerte que se puede usar para amarrar. Flexible.
-Tortol....Nudo muy fuerte que se hace en cualquier soga o hilo. También se puede usar la palabra "ballestrinque".
Westchester, Miami, Usa.
Diciembre 25 del 2014.
Luis Eme Glez.
La raíz de yuca.
En el borde oriental del campo de yuca había una mata alta y flaca y el dueño la estaba dejando para el final de la cosecha, con la esperanza de que creciera y pudiera parir como las demás. Todas las mañanas, cuando el hombre salía para ordeñar la vaca, miraba a su mata raquítica y se preguntaba qué demonios habría pasado con aquella rabuja de mata de yuca. Incluso ni siquiera tenía dos troncos como la mayoría de las otras plantas. Hasta que el hombre sacó la penúltima mata de yuca y supo que para la próxima comida tendría que echarle mano a su minimata. La casa familiar estaba como a dos kilómetros del yucal y entre este y la residencia había un potrero en donde el hombre criaba toros sementales. Así que una mañana salió para sacar la última planta de yuca y enseguida comenzar a preparar el terreno para la próxima cosecha. Cuando dio el primer halón se percató de que la tierra no se removió. Reintentó. La mata no salía de la tierra y parecía que estaba soldada a ella. El hombre no se explicaba. Toda la tierra estaba blandita porque era primavera. De modo que volvió a intentarlo y el resultado fue el mismo. Se le hicieron dos ampollas en cada mano y para el medio día tenía tremendo dolor de cintura y el tórax le sonaba como si fuera un acordeón roto. Regresó después de almorzar. Traía una barreta de tres metros y un pico y una pala. Hizo un hueco con la barreta alrededor de la planta y extrajo la tierra con la pala. No había otra cosa que una gran raíz negra del mismo grozor hasta donde había llegado la barreta. Una gran raíz sin fin. Trató de picotear la raíz con el pico. La punta afilada del pico rebotaba en la raíz. Antes de irse volvió a intentar remover la planta sin resultados. El hombre no sabía qué pensar pero no dijo nada a sus hijos y familia ni a su mujer. Al otro día enyugó los bueyes y les enganchó el arado americano. Pensaba cortar la mata de yuca a ras de tierra y halar la raíz con el arado. Pero el machete Colling, despalmado hasta el cabo, no le entraba a la mata de yuca y ni siquiera pudo cortarle los salientes. Cuando los bueyes intentaron halar el arado las tiraderas se desbarataron y con el impulso que les insufló la inercia la yunta trastabilleó y rodó como doscientos metros hasta el río en donde cayeron y se ahogaron. El hombre comenzó a temer. Su amigo el Curandero se había muerto hacía dos meses y el único tractor estaba en otra provincia. Así que no tenía a quien pedir opinión ni ayuda. Decidió que no le contaría nada a nadie. Al otro día se fue al pueblo y se compró una faja especial de cuero de caimán para la cintura y dos muñequeras de castor canadienses para fortalecer sus antebrazos. Haría el último intento con la mata de yuca antes de avisar a su familia y al Ministerio de Agricultura. Esa noche soñó que un helicóptero había intentado sacarla desde el aire y que en el esfuerzo había perdido las hélices y había caído al río en el mismo sitio en que se habían ahogado sus bueyes. Por la mañana metió la faja y las muñequeras en una alforja de yute y se fue hasta la mata de yuca soldada al suelo. Se colocó los avíos protectores y aunque sabía que halar era posiblemente otra pérdida de tiempo lo hizo. No pasó nada. Empapado en sudor se sentó en el suelo y se recostó contra la mata de yuca. Era como recostarse contra una pared de mampostería. De pronto el cielo se oscureció y un viento despiadado comenzó a soplar. El hombre vio como la mata de yuca comenzó a zarandearse con las ráfagas y tuvo esperanzas de que en una de esas saliera disparada de la tierra y le sorprendiera con una manojo de yucas portentoso. Pero no pasaba otra cosa que un zarandeo sin consecuencias. Hasta que el hombre decidió ayudar al viento. Se acomodó la mata entre los muslos y haló. La mata se estremeció toda, la raíz cedió y el hombre sonrió satisfecho. Yo sabía que no era para tanto, se pavoneó. Así que esperó por la próxima ráfaga y haló de nuevo. En el preciso momento en que pensaba que la mata estaba cediendo sintió los gritos. Su mujer estaba pidiendo auxilio porque le parecía que la tierra estaba temblando y aseguraba que en cualquier instante llegaría el terremoto. El hombre corrió hacia su casa. Cuando llegó, sus hijos trataban de consolarla diciéndole que ya todo había pasado. La mujer le contó que la casa se había removido como si estuviera hirviendo porque un gran fuego interior la impulsaba en todas direcciones. Agregó que ella pensaba que se iba a derrumbar porque sabía que lo que la hacía descuarajingarse no era el viento, que a ella le parecía que estaba ocurriendo algo parecido a lo que decían que se sentía cuando iba a ocurrir un terremoto. Hija, pero si en Cuba no hay terremotos, le consoló el hombre. No "había", dijo la mujer, aferrándose a sus brazos. Una hora después, el viento se había calmado y el hombre le pidió a los hijos que se quedaran con la madre por si volvía "eso" y regresó a la mata de yuca. No le interesaba que se hubiera acabado el viento porque ya la mata estaba removida y pensaba que le sería muy fácil terminar de sacarla. Pero la mata no se movió hasta que no regresó la ventolera y el hombre se dio cuenta de que la raíz había salido como dos metros pero no se veía ni una sola yuca. El viento redobló su furia y el hombre le ayudó otra vez, halando con todas sus fuerzas. Entonces, cuando la gran raíz hubo salido como cuatro metros, el hombre volvió a escuchar los gritos que llegaban desde su casa. Ahora era un gran concierto de gritos desesperados, lúgubres, como salidos de gargantas que habían perdido toda esperanza de sobrevivir. Cuando el hombre llegó a su casa no encontró nada especial en sus bases ni en su posición. Pero no preguntó nada porque los gritos provenían de su mujer, de sus hijos, de sus nietos y de algunos vecinos que habían presenciado "el terremoto". Sé que a la tercera será la vencida, gimoteaba la señora. El hombre llegó a pensar que estaba soñando y se pellizcó la tráquea para demostrarse lo contrario. Esa noche se acostaron como a las tres de la madrugada. El viento se había esfumado pero las nubes negras no se iban del horizonte. La mujer le pidió que no saliera por la mañana para que pudiera ver y sentir el temblor de la tierra y cómo la casa quería salirse de sus durmientes mediante una danza macabra. Cuando los vecinos aseguraron que en sus casas no estaba pasando nada el hombre pensó que, o estaba siendo lastimado por la fatalidad, o alguien le había hechado un daño a su familia y se dispuso a indagar por algún santero famoso.Se quedó con su familia durante una semana. No puedo quedarme en casa, tengo que trabajar, le dijo a su mujer. Si sales, sé que volverá, aseguró ella. Probaremos hoy por última vez, si vuelve a pasar lo mismo buscaremos a un santero. Y por qué no avisamos a los que saben de ciencias, sugirió uno de los hijos. Esto no es cosa del mundo, hijo, dijo la madre. El hombre pidió a los vecinos que se quedaran con su mujer, sus nueras y sus nietos y les dijo a sus diez hijos que lo acompañaran porque tenía que participarles una cosa muy importante. La señora se convenció a duras penas y se preparó para salir al primer temblor de la casa y comenzar a gritar con todas sus fuerzas. El hombre les señaló a sus hijos la mata de yuca y le contó la historia. Los hijos se echaron a reír y les pidieron que no jodiera con ese cuento, sobre todo ahora que estaban pasando por el lastimoso asunto del tembleque de la casa. El hombre se dio cuenta de que no había ningún hueco alrededor de la mata de yuca y de que la tierra estaba plana a su alrededor. Y de que no había viento. El sol estaba despuntando por el este y el día se presentaba excelente. Ayúdenme, por favor, les pidió el hombre. Solo seis de los hijos pudieron tomar poseción de la mata de yuca. Ustedes cuatro agárranse de nuestros cinturones y halen todo lo más que puedan para donde sale el sol, ordenó. Con el primer halón la mata de yuca cedió y comenzó a emerger de la tierra, fácilmente, como si no hubiera estado soldada. Solo que los hombres no veían las raíces. No importa, sigan halando, dijo el padre. El próximo halón les trajo un grito seco y corto desde la casa. Es de mamá, dijo el hijo más pequeño. Se detuvieron. El grito cesó. Halen otra vez, pidió el padre. Ahora el grito se escuchó débil y muy lejano, hasta que se perdió en la distancia. Seguro que se cayó la casa y la aplastó, dijo el hijo mayor. No lo creo, halen mas fuerte, solicitó el padre. A partir de ese momento los once hombres halaron durante veintitrés minutos, sin parar, hacia donde salía el sol. No hablaban. Solo halaban sin detenerse. No llegaban gritos desde la casa. Los once hombres llegaron halando hasta el río y siguieron halando metidos en sus aguas y no supieron como pudieron sortear las pencas de guano y las yaguas y los troncos y los cadáveres de los animales muertos durante la última crecida ni caminar sobre el fondo de unas aguas que, en el lugar por donde pasaron halando, tenían mas de dos metros y medio de profundidad. Casi dos kilómetros al oriente del río se percataron de que no necesitaban hacer mas fuerza y se dieron cuenta de que al fin habían logrado sacar toda la yuca. El padre les dijo que lo siguieran y encabezó una marcha forzada sobre la raíz de la yuca, convertida en puente sobre las aguas del río. La casa estaba en la ribera occidental, detrás de un manojo de raíces de yuca que parecía la mitad de un globo aerostático con forma de dedos. Los gansos nadaban en el río y los nietos estaban pescando desde la puerta de la sala. La mujer tendía la ropa en el patio sur y cuando los vio les dijo que se alegraba de que llegaran para el almuerzo pero que sentía tener que decirles que no había yuca con mojo para la ocasión sino calabaza corriente. Los hijos se incorproraron a la mesa con toda normalidad y el hombre volvió a pellizcarse la tráquea y se dijo que no estaba soñando. Cuando acabó de almorzar les dijo que no tenía sueño y que no pensaba reposar el medio día. Que iba a mudar los bueyes. Nadie le dio importancia al hecho de que él jamás mudaba los bueyes a esa hora. Solo que él sabía muy bien hacia donde se dirigía. El túnel comenzaba justo detrás del cuarto poniente y caminó toda su oscuridad hasta el sitio exacto en donde había estado la casa. El túnel tenía poco más del ancho de la casa y el hombre nunca pudo explicarse en dónde estaba toda la tiera que faltaba hasta que el próximo viento endemoniado la trajo del norte y rellenó el túnel que nadie mas que él pudo ver jamás. El hombre aseguraba que cuando llegó al terreno en donde había estado la casa vio una mata de yuca idéntica a la mata que casi lo vuelve loco y que cuando pensó cortarla de un machetazo uno de los bueyes de la otra yunta se le adelantó y se la comió de un solo bocado. La mata no tenía raíces.
Fabricantes de montaña.
El guajiro llevaba un arria de diez burros por el Camino Interior hacia la ciudad de Rmedios. Montaba su caballo alazán al frente de la tropa. Transportaba frijoles colorados para vender en la Feria del Sábado. Cerca de La Tenaza se le unió un hombre muy viejo que cabalgaba una yegua flaca y desgreñada. El guajiro no conocía al viejo de modo que no lo saludó y continuó su camino sin prestarle atención. Hasta que el viejo comenzó a contar historias increíbles. Las contaba una detrás de la otra y al parecer no estaba interesado en escuchar las posibles historias del hombre del arria de burros. No se había callado un solo segundo y el guajiro solo asentía con su cabeza y decía "mira eso, qué bien". El guajiro era un tipo callado y no le gustaba perder tiempo escuchando cuentos fabulosos. Cuando la Loma de Guajabana se dibujó en el horizonte el viejo de la yegua flaca comenzó a detallar su enésima historia. Cansado de tener que dar órdenes a sus gallos de pelea en todas las Vallas del país se le ocurrió la idea de cruzar una de sus mejores gallinas finas con una cotorra de la Ciénaga de Zapata que alguien le había cambiado por un sinsonte cantor el verano pasado. El resultado había sido un hermosísimo gallo verdigris de pico curvo y espuelas negras que nació hablando mejor que el Presidente de la República. Lo lamentable del caso era que el cotogallo había sido el único huevo que había roto el cascarón en el nidal porque los restantes 43 huevos se habían despedazado entre ellos peleando antes de nacer. El cotogallo llevaba 3211 peleas ganadas sin la sombra de una derrota y no había perdido ni una sola pluma. Pero lo mas interesante era que el viejo podía comunicarse con su gallo y de esa manera el viejo sabía qué quería comer el animal, cómo deseaba dormir y hasta charlaban acerca de los posibles contrincantes y decidían juntos estrategias y tácticas de combate. A estas alturas el viejo era casi millonario pero no le gustaba lucir su dinero delante de sus amigos y por eso era que siempre vestía como un pobre. Quería el dinero que estaba ganando con el cotogallo para comprar todos los gallos jerezanos de Andalucía y la mitad de los mejores gallos de pelea de México, incluido un bisnieto del Primer Gallo de Oro. El viejo había llegado a un acuerdo verbal con su cotogallo. Cuando la pelea estuviera terminando el cotogallo pondría una de sus patas sobre el lomo del perdedor, se volvería hacia su dueño y le preguntaría "lo mato, Conrado". Esa interrogación había salvado a unos 500 gallos porque el viejo era una persona de excelente corazón. Generalmente los gallos perdonados - medio moribundos - les eran regalados por sus dueños para que los usara como sparring para el cotogallo. El hombre del arria de burros estaba casi mareado con la retahíla de historias del vejete y ya no decía "mire eso, qué bien". Pero le habían enseñado a respetar a las personas mayores y trataba de escuchar sin interrumpirlo. No obstante no dejaba de pensar en la manera de quitárselo de encima. Todavía faltaban como cuatro kilómetros para llegar a la Feria del Sábado. Era demasido espacio. Ahora pasaban por la ladera sur de la Loma de Guajabana. La Loma de Guajabana era algo así como una gran piedra incrustada en la parte occidental del valle del Río Guaní. Famosa por sus asentamientos aborígenes y por la gran cantiad de jutías que vivían en sus predios. El hombre del arria de burros sujetó el freno de su alazán. El viejo lo imitó. El arriero miró hacia la cima más alta de la Loma. Usted ve esa loma que hay ahí, preguntó. El viejo dijo qué claro, qué la veía. Usted sabe algo sobre esa loma, preguntó de nuevo. El viejo dijo que para nada. Pues bien, sepa usted que La Gran Loma de Guajabana la hicieron dos gallegos, dando pico y pala, durante una mañana de trabajo. El viejo trató de asimilar la información y soltó las riendas de su yegua. Bueno, ha sido un placer conocerlo, hasta otro día, dijo. Cuando el viejo se perdió detrás de la próxima curva del camino el arriero aflojó las riendas de su alazán y se preguntó si los gallegos habrían hecho La Loma en medio día o en un día completo y se preguntó, además, si acaso el viejo estaría vendiendo al cotogallo.
Dos pedazos de perro.
Una madrugada, cuando el guajiro se levantó para salir a mear, escuchó unos ladridos quejumbrosos de perro en algún lugar del solar de la casa. Le pareció que salían de la garganta de un cachorrito. Se dijo que para cuando aclarara le pediría al niño que tratara de encontrarlo entre las yerbas. Pero no tuvo necesidad de esperar. Inmediatamente después de que cerró la puerta los quejidos se convirtieron en gruñidos y en arañazos contra la pared. Se trataba de una bolita de algodón dorado y parecía ser un cachorrito sano. El guajiro le acarició la punta del rabo y supo que sería un gran perro jutíero. Así que le dio un poquito de leche del día anterior y se puso a hacer el café. El perrito se echó a su lado y el guajiro le acarició el lomo. Le nombraron Sultán. Como al perro anterior, que se había perdido misteriosamente hacía unos seis meses, después que la Delegación China que estudiaba los arrozales de secano en Cuba, había pasado por el barrio. Con el tiempo Sultán se convertiría en el mejor perro jutíero que había existido jamás. Aprendió que cuando salía el sol después de un aguacero había que partir hacia el monte porque las jutías salían de sus cuevas a calentarse y era muy fácil hacerlas bajar de los árboles y capturalas antes de que penetraran en sus guaridas. Aprendió a distinguirlas en las alturas y a precisar si eran hembras o machos. Porque a su dueño no le gustaban las hembras: había oído decir que tenían la regla, como las mujeres, y él sentía mucho respeto por el género femenino.Aprendió a estar listo siempre que su dueño lo requiriera. Su dueño había dejado de practicar la agricultura porque estaba viviendo de la venta de jutías, que vendía en la ciudad, de sus pieles, que vendía a los peleteros de Haití, y de alquilar a Sultán como semental infalible. Hacía una semana que no paraba de llover en medio de la primavera de Mayo y Sultán se estaba muriendo de aburrimiento, tirado en el rancho de desahogo, entre avíos de bueyes y cagadas de gallina. Hasta que una mañana amaneció sin agua y salió el sol. Sultán se preparó para partir hacia La Loma. Y para esperar. Su dueño estaba para el pueblo. Esa noche se había quedado en el hospital, acompañando a una tía anciana que acababa de sufrir una embolia pulmonar. Por algún motivo su dueño no llegaba y Sultán decidió darse una vueltecita por la casa de un amigo de su dueño, en donde había una perra en celo. Después que la hubo montado se quedó tendido debajo del almácigo de la arboleda, esperando a que el dueño de la perra le colocara el importe de la preñada en una bolsa de tela que llevaba amarrada a su cuello. Pero el dueño no estaba en casa y su señora le indicó que vendría un poco tarde pues estaba atendiendo a una vaca recién parida en la ciénaga del potrero. Sultán esperó debajo del almácigo. Cuando su dueño llegó del hospital no quiso perder tiempo porque traía doce pedidos de jutías congas y después de llamar a Sultán durante veinte minutos decidió partir solo. Llevaba el saco de siempre al hombro y el machete Gallito despalmado hasta el cabo y con tres centímetros de filo en la mano derecha. Cada cierto tiempo gritaba "Sultán, Sultán", pero no recibía respuesta. Otras veces había pasado lo mismo y el perro se aparecía de improviso a su lado y comenzaba la cacería. El dueño entró al monte y enseguida vio las cagarrutas de jutía, frescas, sobre las piedras. Arriba, los bichos estaban de fiesta después de la tormenta implacable. Pero él no usaba escopetas. Adoraba hacerlas bajar por los bejucos y tirarse contra el suelo para ver como Sultán las cazaba sin contemplación, salvando sus pieles maravillosas y su carne impoluta. Sobre las diez de la mañana comenzó a preocuparse. Sus llamadas no eran respondidas desde ningún lugar. El dueño pensó que ello podía deberse a dos motivos. Sultán estaba detrás de alguna perra celosa demasiado lejos de la casa y no podía oír sus voces o alguien lo había envenenado con trinina, por envidia. De modo que se sentó sobre una piedra. A esperarlo. Porque si no estaba muerto vendría en cualquier momento, con absoluta seguridad. Una hora después, desesperado, gritó "Sultaaán" con todas sus fuerzas y el eco retumbó a decenas de kilómetros. Sultán, que ahora regresaba de la casa del dueño de la perra en celo, con su bolsa de tela sujeta al cuello, se lanzó a correr a cuanto le daban las patas. El dueño, fuera de sí, clavó el machete en el suelo y comenzó a maldecir a los hijos de puta que le habían matado a su perro. Entonces escuchó el tropelaje por el camino del monte. El tropelaje conocido. Y le volvió el alma al cuerpo. Y se preparó para abrazarlo. Sultán venía a velocidad incalculable y cuando dobló para entrar en el sitio en que lo esperaba su dueño chocó con el machete clavado en la tierra. Y el dueño vio, sin poder asumirlo, como el perro se había partido en dos mitades exactas, cada una de las cuales descansaba a ambos lados del machete clavado en el suelo. Mientras el hombre miraba cómo manaba la sangre de Sultán y cómo la mitad exacta de sus vísceras se retorcían de impotencia recomenzó la lluvia. El hombre estaba hipnotizado y no sabía qué hacer. Hasta que se activaron sus alertas. Sacó el machete ensangrentado de la tierra y cortó cuatro bejucos ubí muy largos que colgaban de una yagruma como lianas malditas. Recogió las dos mitades perfectas de Sultán y las unió, apretándolas fuertemente para tratar de que no continuara perdiendo sangre. Entonces las amarró con los bejucos y cerró el atado con un tortol maestro en cada punta del perro. Sultán volvió rápidamente a la vida y el hombre vio como sus ojos relampagueaban de emoción. Lo depositó suavemente en la tierra. Para entonces la lluvia había hecho descender a todas las jutías de sus asoleaderos y el dueño solo deseaba que su perro se recuperara y que la carne produjera el milagro de la resurrección y que se soldaran las dos mitades exactas del animal. Sultán se movió. en efecto. Pero el dueño se dio cuenta de que caminaba en ambas direcciones, como si fuera un perro sonámbulo. Un poquito hacia delante y otro poquito hacia detrás. Y que sus pasos eran incoherentes, como automatizados. En algún instante se detuvo en el medio del tramo y miró a su dueño. Dos lágrimas se desprendieron de sus ojos sin brillo. Y cayó fulminado. Los bejucos de zafaron y el par de mitades perfectas de Sultán se desmadejaron sobre la tierra. Entonces fue que el dueño se percató de que había empatado a su perro al revés y que cada mitad actuaba de acuerdo a como le indicara la mitad de su cerebro. Y de que todo se había producido porque cuando clavó el machete en el suelo, desesperado, el horrendo filo había quedado en la dirección en que venía Sultán. Entonces le quitó la bolsa del cuello con el importe de la preñada a la perra de su vecino, enterró al perro debajo de la piedra en que se había sentado a esperarlo y retomó el camino de regreso. Cuando terminó de bajarlo escuchó un leve sonido a sus espaldas. Se volvió. Una larguísima fila de jutíos le seguían en silencio y llegaron con él hasta su casa. El vecino y la perra gestada lo esperaban. El vecino le agradeció por el trabajo de su semental. Miró a la fila de jutíos. Han venido para que los mates, le dijo. Lo sé, dijo el dueño. El vecino comenzó a cargar su escopeta. No, dijo el dueño, los meteré en el corral techado. El vecino enfundó el arma. Está bien, dijo. Los jutíos no habían roto filas. Hasta que se destapó la luz debajo del manto de nubes negras y el sol salió con fuerza inusual. El dueño se preparó para pastorear a los jutíos hasta el corral techado. Ayúdame, le dijo al vecino. Cuando el vecino comenzó a moverse la fila de jutíos se desintegró y los hombres no se dieron cuenta hasta diez minutos después que todos los jutíos estaban en la copa de la gran mata de ceiba que estaba en el poniente de la casa. El dueño miró a la perra del vecino. El vecino miró a la copa de la ceiba. Tócale la barriga, pidió el dueño al vecino. El vecino acarició el vientre de su perra. Se está moviendo, dijo. Quiero ese cachorro, expresó el dueño, y le tendió la bolsa con el dinero. Es tuyo y gracias por el dinero, dijo el vecino. Qué, achujamos a la perra, preguntó el dueño. Claro, dijo el vecino. La perra preñada no se levantó de su sitio. Los jutíos comenzaron a chillar en la copa de la ceiba. Dicen que serán mascotas, que no los maten, dijo el hijo del dueño. Los jutíos se desprendieron de la copa de la ceiba y comenzaron a jugar con la perra del vecino.
La palma real.
Hubo una época en que escaceó el petróleo y la gente de la ciudad tuvo que regresar al uso de leña para resolver sus necesidades más parentorias. Viendo las bondades económicas que podría ofrecer la nueva situación un campesino productor de leche decidió vender casi todas sus vacas y dedicarse al negocio de hacer carbón vegetal. Era dueño de un gran bosque virgen. Así que se compró un nuevo caballo bermejo y cincuenta mulos jóvenes y los apertrechó con cincuenta aparejos de paquete para montar sobre ellos los cien sacos de carbón que podrían cargar sobre sus lomos. Su único hijo varón sería el ayudante carbonero. El carbón vegetal se producía amontonando la madera en forma de embudo invertido, tapándola con paja y tierra y prendiéndole fuego desde adentro. Después de cinco días de cuidados extremos y vigilancia perenne, para que el horno no se volara, se eliminaba la tierra y los pedazos de madera salían del infierno convertidos en hermosos carbones negros, listos para montones de usos. El campesino había dado seis viajes a la ciudad y consideraba que el negocio marchaba viento en popa. Hasta que se perdieron el resto de de sus vacas sin dejar rastro. De modo que el carbonero debió comprarse una nueva vaca lechera hasta que investigara las causas de la pérdida del resto de su manada, que hasta ahora solo había producido leche para hacer algunos quesos, para el consumo familiar y para alimentar a los pocos mulos que sentían deseos de tomarla. El campesino acostumbraba hacer una parada de media hora en una Fonda que había a mitad de camino entre el lugar donde vivía y la ciudad. Un mediodía, al llegar a la Fonda, comenzó a llover de manera inusual y muy pronto los alrededores estaban inundados y los mulos comenzaron a patear el suelo porque se sentían inquietos, tenían hambre y los cien sacos de carbón que descansaban sobre los aparejos de sus lomos ya los estaban cansando. El campesino no tuvo mas alternativas que desmontar los cincuenta aparejos, dejar que los mulos se alimentaran y esperar a que amainara el temporal. Detrás de la Fonda había una gra palma real tumbada en el suelo y el campesino se maravilló porque jamás habia visto una palma real tan larga ni tan gorda. Colocó los cincuenta aparejos sobre la palma para que no se siguiera mojando su interior y se volvió a meter en la Fonda para comer boniato frito con cerveza hasta que parara el agua. Le pareció que la palma real era un gran mulo largo, con cincuenta aparejos colocados en V invertida sobre su lomo. Sobre las tres de la tarde escampó y el hombre salió por sus mulos, los pastoreó hasta detrás de la Fonda y los colocó en fila india para cargarlos con los cincuenta aparejos. Como estaban tan mojados pensó que no podría con cada uno más sus dos sacos de carbón. De modo que regresó al interior de la Fonda y salió con un guajiro muy fuerte al que prometió pagarle cuarenta pesos por su ayuda. Solo que detrás de sus mulos no había ninguna palma real aparejada. Nadie de los que estaba en la Fonda podía dar crédito a lo que estaba oyendo y casi todos habían visto la hilera de aparejos sobre la palma en el momento de entrar a la Fonda. El guajiro calculaba que alguno de los viandantes tenía que ver con el robo espectacular de su carbón. No dijo nada. Pidió al guajiro forzudo que le cuidara los mulos mientras él iba al pueblo a denunciar el robo y le prometió otros cuarenta pesos por su colaboración. En la Estación de Policía le dijeron que solo podrían ocuparse del asunto al otro día porque todos los policías en servicio estaban ayudando a los Bomberos y tratando de desenterrar tres cuadras del pueblo que habían sido sepultadas por un alud de tierra colorada que había llegado delante del viento desde la mina de dolomita del sureste. Le aseguraron que al otro día estarían en terreno sobre las diez de la mañana. El campesino decidió no regresar esa noche a su casa porque estaba seguro de que también le robarían los mulos. Para suerte suya otro carbonero que regresaba al barrio le llevó el recado a su familia y el hombre le pidió que tratara de calmarlos pues esperaba que todo se solucionara al día siguiente. Los pusiste sobre una palma, dices, le preguntó al campesino. Sí, sobre una palma larguísima que había detrás de la Fonda. El otro carbonero se quedó pensando, pero no dijo nada. Había dejado descansar a sus cinco burros en el mismo lugar el día antes y juraba que no había visto ninguna palma. Uno de los policías del pueblo llegó temprano, a bordo de un yipi Willy. Ya el campesino - que había dormido en el portal de la Fonda - lo estaba esperando. Contestó a las preguntas de rigor y después el dueño de la Fonda fue interrogado. Estoy a su disposición, señores, pero en honor a la verdad, detrás de la Fonda nunca hubo una palma real. Entonces el campesino recordó la pregunta del otro carbonero y algunas de las miradas extrañas que le dirigieron en la Fonda cuando contó lo que le había pasado a sus aparejos encarbonados. Me estás diciendo mentiroso o insinuando que estoy loco, preguntó. No, señor, solo digo que cuando me levanté ayer por la mañana ahí no había ninguna palma. O sea, que alguien colocó la palma real allí después de que usted abrió la Fonda y antes de que llegara el carbonero, inquirió el policía. Con toda seguridad, señor. El policía se volvió al carbonero. Otras veces hizo lo mismo con los aparejos, quiso saber. Jamás, fue la primera vez que me topé con una palma real en este lugar. Vamos allí, por favor. El fondero y el carbonero le siguieron. El policía recorrió la marca evidente sobre la tierra que había dejado la palma debajo de los aparejos. Cuando llegó al límite occidental les llamó. Observen, hasta aquí el rastro es parejo, y si se fijan mejor el rastro continúa al oeste, sutilmente. Los dos hombres tuvieron que aceptar que, efectivamente, había una marca en el suelo más allá de donde estuvo el primer aparejo. El policía continuó caminando al oeste y ellos lo siguieron. Qué tienen que decir, preguntó. Si es verdad que había una palma real, alguien la arrastró suavemente como para no dejar casi huellas, dijo el fondero. Ya te he dicho que no miento, compadre, dijo el carbonero. Tranquilos, tranquilos, señores, qué prueba tiene usted de que le han robado cien sacos de carbón, le preguntó al carbonero. Ninguna, señor, excepto que es la séptima vez que paso por aquí con mis mulos cargados, mire los mulos. El fondero asintió. Muy bien, no tengo evidencias de que la palma haya sido halada con tracción animal ni con algún motor porque el único rastro que existe es el de ella misma. Por tanto, no me queda mas alternativa que tratar de seguir el rastro y admito que esa no es mi especialidad. El carbonero, satisfecho de que no lo consideraran un mentiroso ni un loco, y sabedor de que en efecto alguien se había llevado la palma con los cincuenta aparejos cargados, le dio las gracias al policía y le dijo que él mismo se encargaría de resolver el asunto. El policía le aseguró que no estaba cerrando el Caso porque sabía lo que costaba hacer cien sacos de carbón, sino que solamente le estaba diciendo que continuaría las pesquizas con especilaistas, de manera ordenada. Pero que si con la acción que él iba a emprender por su cuenta, terminaba por encontrar la mercancía, que por favor se lo comunicara. El carbonero esperó a que pasara de regreso otro colega del barrio y envió el segundo aviso a su mujer y a su hijo. Temía que el rastro se fuera a perder si volvían las lluvias, de modo que mandó a buscar al guajiro fortachón y le pidió que lo acompañara en la búsqueda, por lo que le pagaría otros cuarenta pesos. El guajiro dijo "correcto" y se pusieron en camino sobre las cuatro de la tarde. No es que él tuviera miedo de seguir el rastro en soledad. Solo estaba siendo precavido ante un hecho que lo tenía alucinando. Después de cinco semanas, en las que habían recorrido la provincia de norte a sur, en las que habían perdido el rastro montones de veces, en las que habían pasado hambre y vicisitudes de toda índole, llegaron moribundos a la costa sur y perdieron de nuevo el rastro entre los pantanos de los manglares. Para suerte suya el rastro se perdía en una península pequeña repleta de uvas caletas. Así que calcularon que la palma tenía que estar en ese pedazo de tierra entre las aguas del mar. El hombre ya no tenía esperanzas de encontrar a sus cien sacos de carbón. Solo esperaba recuperar los cincuenta aparejos y que las huellas en la palma real dieran las pistas necesarias a la policía para poder descubrir al ladrón. El guajiro fortachón fue quien primero vio al aparejo al oeste de la península, en un sitio que parecía ser una playa abandonada. Los cincuenta aparejos estaban intactos, con sus cien sacos de carbón entripados sobre la palma real, que ahora había perdido su color blanco beige y parecía mucho más gorda que el día en que el carbonero la utilizó como descanso de aparejos. Asombrados, los dos hombres recorrieron la palma hasta el final. Detrás del último aparejo sobresalía una especie de cabeza vacuna, orlada por un par de cuernos monumentales, muy abiertos. El carbonero se puso de frente a la cabeza de res porque aquellos cuernos le recordaban mucho a su vaca Guacamaya. La cabeza de vaca tenía un par de ojos que lo miraban lánguidamente y unos belfos moribundos que dejaban escapar sus últimas gotas de saliva. La cabeza de res tenía un gran lucero café en forma de chirimoya en la frente. No puede ser, madre mía, por favor, murmuró el hombre. Cogió los dos cuernos con sus manos y trató de halar. La cabeza se movió adentro de lo que parecía la boca de un tanque de 55 galones. Ayúdame con esto, anda, le pidió al guajiro fortachón. Entre los dos lograron sacar a la vaca de la boca del tanque. Cuando la vaca salió la boca del tanque se cerró y rápidamente se volvió a expandir. Los hombres vieron una hilera de dientes afilados y una maravillosa congestión de cartílagos antes de que se sintieran obligados a recular debido a la irrupción de una lengua larga y quisquillosa. El hombre encontró su cuchilla de picar tabaco en el bolsillo trasero del pantalón y apuñalo al majó cinco veces en el sitio en donde calculaba estaba su corazón. Cuando el maja murió los hombres le sacaron los cincuenta aparejos de encima y los colocaron sobre las arenas de la playa. Voy a abrirlo de tajo a ver qué mierda es lo que tiene dentro este condenado hijo de puta, dijo el carbonero. Todo el interior del bicho estaba relleno de cosas muertas, ya digeridas y apestaba. De todas formas se hubiera muerto, dijo el carbonero, los cuernos de Guacamaya no dejaron que se la tragara y estaba pasando hambre desde mucho antes de llevarse los aparejos. El carbonero terminó de desollar al majá y tendió la piel al lado de los aparejos en la playa. Vamos a descansar un poco a ver que se nos ocurre, dijo el ayudante, que se sentía viviendo la aventura de su vida. Correcto, dijo el carbonero. Entonces la vaca resopló con fuerza sobrenatural, se revolvió sobre la arena e inclinó su cabeza demoníacamente astada. Su vómito incluía alimentos semidigeridos que el par de hombres jamás habían visto. Cuando el animal acabó de vomitar se dirigió hacia el bosque de uvas caletas y se las comió todas sin parar. Los hombres se miraron en silencio. Las uvas caletas eran su único alimento. Una hora mas tarde los hombre vieron que se acercaba una chalana desde el sur. Se deslizó hasta la arena. Se desmontaron cuatro negros, ataviados con shorts de camuflaje y sin camisa. Los hombres pensaron que eran pescadores y estaban listos para pedir ayuda. Eso es carbón, preguntó uno de los negros, sin saludar. Los hombres se percataron de que no había hablado en "cubano". Si señor, dijo el carbonero. Lo compramos todo, dijo el negro que parecia ser el jefe. Cuánto pagan, inquirió el guajiro fortachón. Pongan un precio, dijo el negro. El carbonero dijo una cifra que decuplicaba el precio real de su carbón en el mercado de la ciudad. Lo dijo en broma. El tercer negro descamisado sacó un gran fajo de billetes cubanos y comenzó a contarlos. Tenga, dijo. El carbonero extendió la mano y cogió el dinero. Los negros montaron los cincuenta sacos de carbón en la chalana en tiempo récord y no aceptaron su ayuda. Quieren esa piel de majá, preguntó el carbonero. Claro, dijo el negro financiero. Partieron enseguida. El negro de los billetes cubanos se paró sobre la esquina de popa y les gritó "gracias, hermanos, somos colombianos de la isla de San Andrés, vivimos en Gran Caimán y trabajamos en un barco oceonográfico inglés". El guajiro fortachón les gritó que si no tenían algo de comer porque se estaban muriendo de hambre. El jefe de los negros les tiró seis panes de centeno, un gran rollo de mortadella italiana y una botella de Irombel de dos litros. El carbonero dijo "coño, ese negro tiene más brazo que Aquino Abréus". El guajiro fortachón le pidió algunos billetes al carbonero y los miró a trasluz. Crees que serán legales, preguntó. A mí que me importa, respondió el carbonero. Sobre las cuatro de la tarde decidieron comenzar a caminar hacia el norte y hacerlo hasta que llegara la noche. Si para entonces no habían salido de los manglares de la costa acamparían como pudieran hasta la mañana siguiente. El primer mulo asomó su cabeza por detrás del último mangle rojo que se metía en la arena.
Glosario mínimo.
-Bejuco.... Rama de la planta de boniato (papa dulce en Usa y en algunos países de América).
-Rabuja.... Se dice de un animal que nace muy pequeño dentro de una camada. Generalmente se aplica al puerco y casi siempre se cría separado de sus hermanos.
-Arado americano....El arado que sustituyó al arado clásico del campo cubano: una reja de hierro con una aleta y un brazo de madera sujeto al yugo de los bueyes. El "americano" tenía una aleta doble ajustable y un par de agarraderas fácilmente maniobrables. Todo de hierro.
-Alforja.... Tipo de mochila de saco que se cuelga del hombro. También puede colocarse en parejas, sobre el lomo de los caballos, para usarse como objeto de carga.
-Descuarejingarse...Destruirse, desbaratarse, romperse.
-Arria....Conjunto de animales de carga que caminan cargados en fila, siguiendo a un guía.
-Machete Gallito....El machete chino que sustituyó al Colling americano cuando "la Revolución" giró hacia los "camaradas comunistas". Tenía un gallo grabado inmediatamente después del final del cabo, en la barra de metal. Su uso es indicativo de la época vivida en Cuba.
-Ubí....Bejuco de monte, muy largo y muy fuerte que se puede usar para amarrar. Flexible.
-Tortol....Nudo muy fuerte que se hace en cualquier soga o hilo. También se puede usar la palabra "ballestrinque".
Westchester, Miami, Usa.
Diciembre 25 del 2014.
Luis Eme Glez.
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