Lilith.-
Apocalipsis.-
Mientras los chicos observaban al pájaro que se alejaba desde el alféizar de la ventana la mujer seguía recostada contra el lateral izquierdo de la puerta que daba a la calle. La mujer esperaba a que el hombre pasara, a que se detuviera y a que entrara a la casa. Pensaba tener una última charla con él. Y deseaba, en el lugar más endiabladamente remoto de su paladar, que fuera la penúltima conversación. Pero el hombre venía acompañado de una jovencita y si la mujer no hubiera sabido de qué se trataba hubiera pensado que estaba en presencia de un padre joven conduciendo a su hija al mercado. Cuando la pareja pasó frente a la mujer el hombre se detuvo y besó a la nena en los ojos. La bebita devolvió el beso en los labios del hombre. La mujer se dio media vuelta y entró a la casa. Es todo, le dijo a sus hijos.
Así que la mujer optó por merendarse un par de cajetas con leche descremada y poco después de que los chamacos se acostaron se encaminó a su panteón precolombino, extrajo cada uno de los grafemas que le servirían para edificar la palabra "hombre" y cuando los estuvo listos vertió el pedazo de papel blanco en la vieja cafetera que había traído desde el interior de la Patria. La cafetera crispaba sin los ingredientes de rutina pero logró despanzurrar la tela en donde estaba estampada la palabra maldita. Sonrió al pensar en la infinita cantidad de acepciones que puede tener el vocablo cremación. Tiró las cenizas en el tragante del baño porque hay mierdas que son más mierdas que la mierda misma. De ahora en adelante será otra cosa con mi vida, dijo para que los chamas le escucharan desde su cubículo angosto.
Para entonces la Gran Corporación del Valle del Norte se había adueñado de Ia Red y la mujer se hizo adicta a los chats de La Gran Línea. Conoció a montones de hombres y generalmente le pedía a sus dioses estatales que, al menos, alguno no aplicara para cremaciones en la vieja cafetera. Descontando a la integridad sagrada de sus hijos, la mujer paseaba su Artefacto para Ver y Ser Visto por cada uno de los intersticios de su covacha de soltera desbocada, con la esperanza de que los hombres hicieran lo mismo y de esa manera poder catalogarlos alguna medianoche de "diferentes". Algunos de los chateadores compulsivos estuvieron a punto de graduarse de "hombres no desechables". Pero la mujer siempre estaba en guardia. Y era tan exigente para aprobar exámenes mentológicos de personas mayores como lo era para revisar las pruebas de sus innumerables aprendices de ocasión. A veces los textos cuneiformes eran insoportablemente esperados y la mujer llegó a confesar que les motivaban mucho más que las imágenes y que los montajes absurdamente irrelevantes.
Uno de los chicos chat vivía a miles de millas de la aldea en donde la mujer trataba de sobrevivir y le había contado que era extranjero allí. Tanían tantas aristas identificatorias que la mujer pensó que otros hombre medio desechables podían, fácilmente, ser echados en el olvido y decidió desgranar su suculento currículum en las orejas encantadas del insular, que vivía en una región muy larga y muy estrecha. En algún instante la mujer pensó que estaba lista para morder mameyes y expresó que vivía en un estado de encantamiento sin fin porque la noticia de que él estaría de paso en su megaaldea les daría la posibilidad de curriculiculiar a una distancia despreciable. Dejó sentado que su nuevo status la había convertido en una tigresa en celo permamente pero declaraba, bajo juramento, que del cuello hacia el sur había mucho piel desgajada, miríadas de cicatrices y tanta adiposidad que posiblemente él la eligiera para conejillo de Altiplano en una caverna curanderil mas que para solaz de sus ojos y de todos los solaces imaginables sobre la faz del barrizal. El hombre de las antípodas apenas sonreía porque jamás tuvo que ver pasar, desde ninguma puerta, a ninguna pareja dispareja que se besara en los ojos y en el mentón. La mujer hermosa de los grandes ojos estatales, de la boca de bahía moruna, de la frente regia y de los dientes reparadamente bellísimos, decía palabras intoxicadamente sugestivas y el hombre estuvo seguro de que sería una magnífica anfitriona en el aquelarre coral de su habitat.
Un verano de alas muy altas el hombre del sur se detuvo en el sitio en donde la mujer ya no esperaba porque un concierto de Panteones Sincréticos se había confabulado para que no se encontraran sobre el barrizal hirviente. Los presentes del hombre se habían quedado a merced de la maldad y él debió seguir la ruta consagratoria del Norte Obtuso. Meses después, cuando la mujer le reencontró en los petroglifos del Sabio de la Voz Viajera, se pasaron como dos horas mordiendo explicaciones vacuas y quedaron en que tratarían de reanudar una relación destiempada y ortogonalmente porosa. La mujer jadeaba y en su voz había una extraña sensación de juventud postrera.
La mujer le contó, con ingenuidad de aprendiz de sabia, que inmediatamente después de que él pasó por su aldea histórica se había dado un salto a una tierra con forma de triángulo interminado, no tanto para degustar el encanto geográfico de quienes muchas puestas de sol mas tarde serían quienes habrían de regalar Madres Patrias sino para compartir con otros miembros de su Chat Selectivo. Solo que había ocurrido que uno de los amigos se apareció fuera de ciclo solar y le mostró una colección volcánica de textos suyos pasados a mano limpia desde el fondo de su ordenador de piedra. La mujer, casi siempre muy vulnerable a pesar de sus exhabruptos lilíthticos, destrozó sus vestimenteas en el Camino del Océano y el hombre semidesechable almorzó su carne trémula en el sopor de otro verano. Minutos después expresó su decepción por un cuerpo que había imaginado casi con la solvencia del de la compatriota que había sido capaz de cantar y de animar un gran espéctaculo rupestre en la tierra desde donde había venido el insular. Lo mas curioso, había acotado la mujer, era que ella hubiera podido haber expresado lo mismo acerca del cuerpo del hombre, pero que no lo había hecho porque para ella los asuntos de la carne están por encima de toda perspectiva. Asqueada su anatomía por los inhábiles ejercicios de un mal amante, la mujer había regresado al Altiplano con la extraña inseguridad de que ya no estaba segura de seguir insistiendo en sus parafernalias del amor desbocado. A él le pareció que ella le estaba sugiriendo un epitafio.
Y deseó que lograra realizarse ahora que el padre había tenido que hacerse cargo de los hijos porque ella había perdido uno de sus trabajos medianamente renumerados en los cubículos del Clan. Lo que no había implicado que ella no tuviera que pagar - legalidad tribal de por medio - la manuntención de los vástagos. Ahora era una mujer dinosauriamente sola, para quien casi todos los asideros habían desaparecido. Excepto el arte grupal de la voz pautada y los hombres mediocres del chat. Tanto era el vacío existencial que les colmaba que ambos llegaron a pensar que las relaciones se podían reanudar como en los tiempos en que ella le decía a los chateadores quisquillosos "quiero hablar de arte rupestre toltequino". Volvieron a gastar tiempo en chupar las migajas del ayer y él repensó que posiblemente fuera un gran mujer que se merecía vivir su vida con tranquilidad. En ocasiones ella jadeaba frases que lo hacían reír y casi que lamentaba no haber sido testigo de algún beso en los ojos y en el mentón en el horizonte de una puerta olvidada.
O bromeaba con sus protestas de amante iconoclasta.
Cuando sus penurias estaban por tocar fondo el hombre del norte de su hemisferio retrotrajo la época en que sus regalos se habían perdido en alguna covacha de pensiones del sur de su habitat e intentó resarcir las pérdidas con otro presente. Solo que en esta ocasión se trataba de valores en piedra y ella lo interpretó mal. Tanto que casi estalló con un orgullo fuera de cause y él insistió con sus sonrisas intramontanas porque sabía que su propio orgullo era desestabilizadoramente contagiable. La mujer había declarado que para cuando "no hubiera nada a qué acudir siempre estaría la impronta de su madre". El hombre se volvió a sentir orgulloso de su orgullo y pensó que ella jamás aceptaría nada de nadie y mucho menos que sería capaz de pedir absolutamente nada. Que era tan estricta con el avasallamiento del orgullo como con las concesiones eróticas que ella pensaba él deseaba en los tiempos hermosos. Hasta que fue brutalmente estalladora.
El hombre del norte estaba habituado a que ella le hablara de sus múltiples contactos y de las variopintas charlas que mantenía en horarios de meridiano insobornable. El último vivía al noreste de la tierra con forma de triángulo interminado y relativamente cerca del adefesio que había osado burlarse de su anatomía escudado detrás de sus pieles manuscritas. Era un tipo quebrado truecalmente en horas de penurias anunciadas y esa su pobreza de minuto postrero le hacía mantener charlas con la sapiencia del manco famoso y jugar a la seducción como lo hacían los cortadores de melenas de la historia lejana. Un fracasado que hacía del fracaso un flirt desahuciado. Una madrugada le dijo que en sus horas de cavernas afuera se entretenía haciendo cosas con géneros de los bosques exhúberos. Llegó un momento en que la esposa y los hjos del fracasado pasaron a quinto término y el Hacedor de horas libres insistió en su capacidad bestial para fabricar enseres con objetos de los bosques. Hasta que la mujer cayó en la trampa. Y le pidió que le hiciera un artefacto a su antojo con esas cosas de valor de los bosques. Esta información hizo palidecer al hombre del norte. Entonces, la mujer pedía o no pedía?. Es que había excepciones para su orgullo?. La mujer había "caído" en la trampa o la habría tendido?. Cuando la mujer dijo que el hacedor de cosas con madera había consentido en construir el receptáculo para ella y que lo haría como un regalo especial, el hombre no podía creer lo que estaba escuchando. Para el segundo en que ella dijo que había aceptado su obsequio, encantadísima, el hombre hizo seis estaciones de tiempo de silencio. Entonces, la mujer aceptaba regalos importantes o no los aceptaba?. El hombre, entre un asombro y otro asombro, llegó a pensar que su madre había fallecido y que por eso ella había perdido sus alternativas. Pero no, la anciana vivía plácidamente en algún lugar del Altiplano. Entonces el hombre le hizo un interrogatorio muy profundo y muy serio, y ella respondió con tal capacidad de sinceridad que ni se dio cuenta cuando él fue drásticamente irónico y sarcástico.
Meses después el hombre del norte "copió a mano" la última charla que habría de mantener con la mujer que había presenciado un par de besos desde la puerta de su casa. La mujer había confesado que ella misma le había pedido la fabricación del artefacto, que el material utilizado era palo de selva y que para ella significaba tanto que, sencillamente, no tenía precio. Agregó que el plan era que una de sus hermanas - que vivía en la tierra atriangulada - fuera por el presente, pero que por esos días una colega del Vocerío Grupal viajaría al norte de aquella tierra y que le haría el favor. La mujer reagregó que, según la amiga, "el fabricante de adminículos con palo de selva hacía agua de sus ojos cada vez que nombraba su nombre de guerrera". Nada, que, al parecer, el orgullo es ambivalente. El hombre hubiera jurado siempre que ella, jamás de los jamases, hubiera aceptado nada de nadie y mucho menos que fuera capaz de hacer ningún pedido. Incluso algún pedido que incluyera al cobre. Por eso no siempre es recomendable acariciar presas emplumadas en los dinteles de las ventanas. De modo que el hombre no pidió mas explicaciones - en un final no tenía derecho a hacerlo - se paró de su artefacto novedoso y le dijo a los hijos que no tenía "muy bien, es todo".
Después de catervas de llamadas a través de los hilos pétreos - que él nunca respondió - y de burdajadas de textos cuneiformes - que tampoco devolvió - ella detuvo su marcha hacia ningún lugar hasta que se sintió aludida por unas pocas palabras que él redactó en una plancha de plata que salía al espacio cada cierto tiempo y que a veces ella oteaba aunque solo fuera para denostar de su estilo formalmente informal. Tampoco él mordió el anzuelo cebado con trampas irresignadas por el simple motivo de que él no ha sido jamás Aludidor. Cuando pensaba que ella había hecho borrón y cuenta vieja, la mujer se apareció con un texto en una placa de bronce en la que poesitaba con la posibilidad de que "alguien le acompañara unas horas" en "cierta estación de tránsito" hacia tierras en donde habían tratado de humillarla en materia de carnes y en donde una persona caída en desgracia lloraba como un miembro segundón de clan entre los listones de palo de selva que domaba para quien había hecho un pedido especial en tiempos de búsquedas aplazables. La mujer no citaba el nombre de le geografía real hacia donde se dirigía y el hombre se sintió orgulloso de ese detalle porque eso significaba que todavía le quedaban aditamentos creativos en sus neuronas traspasadoras de la media rueda.Y el hombre se preguntó, en el mismo centro del lago de sarcasmos "será que los trasbordos son tan caros para la estación de tránsito en donde vivo?".Suerte que el hombre adora la palabra obviedad.
Cualquier asimilitud con la irrealidad es impura descoincidencia.
Westchester, Miami, Usa.
Luis Eme Glez.
Octubre 25 del 2014.
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