Regresemos a mis notas sobre el gran cubano de la primera mitad del siglo XIX, Félix Varela. Seguramente ustedes recordarán que las abandoné a raíz de mi viaje a Cuba en la primera quincena de Agosto. Varela había zarpado del Peñón de Gibraltar, Andalucía, España, en unión de un grupo de Diputados y amigos después de que las tropas francesas habían ayudado a abortar la Constitución de Cádiz.No podían permanecer en la península ni podían regresar a Cuba. El Presbítero se había convertido en enemigo acérrimo de la Restauración Monárquica Española. y por tanto estaba condenado a muerte. Estados Unidos significaba la salvación. Nueva York era el gran puerto de entrada al país.
En 1823 Nueva York es una ciudad muy pobre en donde pululan miles de emigrantes de media Europa, hacinados en covachas paupérrimas y en fábricas improvisadas en medio de un capitalismo primigenio e insaciable. Las ratas y los mendigos son los dueños de las calles y la indigencia parece cobrar vida con cada barco que atraca y que descarga la metralla humana en la rada del puerto. La ciudad está dominada por los protestantes y los católicos son discriminados sin contemplación. El barrio irlandés está casi amurallado porque los transeúntes no quieren oír hablar de Roma. Aquí el respeto por el Papa ha dado paso a la veneración ciega por San Dólar. San Dólar es el Papa en la tierra neoyorkina. Muy pocos "reformadores" de la iglesia católica hablan del Obispo de Canterbury, de Calvino o de Lutero. El Nuevo Dios Idolatrado se viste con túnicas verdes debajo de las cabezas profanas. Félix Varela lo sospecha pero no lo sabe todavía. Los amigos que han esperado al Padre le reciben eufóricos y le brindan lo poco que tienen. Enseguida escribe a su querido Obispo Espada y Landa en La Habana para informarle de su arribo y se entrevista con el Obispo Católico de Nueva York, Jhon Connolly. El Presidente James Monroe acaba de rubricar una Doctrina que lo hará famoso. América para los americanos. Solo que cuando el señor Monroe habla de "los americanos" no está incluyendo ni a Cuba ni a Puerto Rico. Que no "aplican" porque todavía son colonias españolas. Varela no comulga con el concepto de América que tiene el Presidente (su Presidente, ahora) porque sabe que al sur del Río Bravo la América es otra, despojada ya del gentilicio.
El Padre Varela necesita pulir el inglés que aprendió a hablar en sus tiempos de San Agustín. Han pasado los años y la lengua española ha ocupado todo su tiempo. Está decidido a publicar y a traducir de manera seria y sabe que con lo que atesora en materia de idiomas no le alcanza. De modo que elije Filadelfia, la ciudad primada, que ha dejado de ser la capital del país porque a algunos sesudos se le ha ocurrido la idea de erigir una nueva ciudad que funja como tal. Acaba de rechazar una invitación del Presidente de México, Guadalupe Victoria, para que se establezca allá porque estima que su trabajo futuro está en la costa oriental estadounidense en donde viven los cubanos emigrados. Muy pronto comienza a publicar (y a traducir, para lectores anglófonos) El Habanero, "papel político, científico y literario", que es el primer periódico en español aparecido en los Estados Unidos. Desde sus páginas aboga por la independencia de Cuba, fustiga a los amos de la política española e insiste en que sus compatriotas han de pensar con prioridad. Madrid estigmatiza al Habanero y las amenazas para el que se atreva a leerlo o a compartirlo compiten con las amenazas que todavía preconizan las meduzas quedadas de la Inquisición.
Cuando el Padre Varela camina por las calles de Filadelfia y se detiene, asqueado, para mirar algunas de las mansiones que levantó Pepe Botellas con el oro de la Corona Española, no se explica cómo pudo ocurrir que tantos prominentes hombres estadounidenses pudieran compartir su amistad. El patrón oro a veces nivela las mentalidades y ello es una de las cosas más bochornosas que ejercita parte del género humano, considera. Su cubanía, en ocasiones, se sale de las páginas del Habanero. Hay tanto amor por la independencia de la Patria dentro de su corazón que siempre ha de sobrarle para la respuesta rápida y acertada. En algún momento el Embajador de Colombia le presenta al naturalista Joel Robert Poinsett, que a la zasón es Congresista por Carolina del Sur. El político, sabedor de la capacidad ecuménica del Padre y pensando en la influencia que pudiera tener en algunos sectores del Gobierno de la Isla de Cuba, le solicita que interceda ante ellos para que barcos de la Marina Estadounidense puedan perseguir hasta sus costas a los piratas que continúan asolando los mares de la vecindad continental. Poinsett remarca que "gestos de esa naturaleza nunca serían olvidados por el Gobierno de su país". Amablemente Varela dice no a la solicitud. Teme contraer deudas futuras de gratitud. Para él cualquier actitud del norte hacia el sur huele a sueño anexionista. Desde El Habanero rubrica "estoy contra la anexión de Cuba a ningún Gobierno: la deseo tan isla en política como en la naturaleza". Y aunque no lo escribe parece decir al señor Poinsett "además, no tengo ninguna influencia dentro del desgobierno de Cuba". Joel R. Poinset fue precursor de la Política del Destino Manifiesto. Y quien dio su nombre a la famosa rosa que le había seducido en Taxo de Alarcón, Sur de México, aquella rosa que crecía en invierno y que los lugareños llamaban flor de navidad.
Varela regresa a Nueva York en 1825. Desde La Habana le han envíado sus credenciales sacerdotales y rápidamente las presenta ante Connolly. Jhon está muy enfermo y ha de morir muy pronto. Pero no sin antes dejarle integrado a la Diócesis de Nueva York. En donde será Pastor Asistente del Párroco de la iglesia Saint Peter, la primera iglesia católica de la ciudad, fundada en 1786. Varela ejerce con toda libertad. Puede ser amenazado desde los basamentos políticos españoles pero el Rey no tiene ninguna jurisdicción entre él y la iglesia católica romana. En Febrero de ese año realiza su primer bautiso. Y poco después se entera de que el Capitán General de la Isla de Cuba, Dionicio Vives, ha enviado a un matarife de poca monta para que lo asesine. Quien, acobardado, regresa con el rabo entre las piernas. "Creéis destruir la verdad asesinando a quien la dice", escribe en El Habanero. El "Tuerto" Morejón se quedaría sin tan importante palmarés. Sin embargo, continúa condenado a muerte. La Corte Suprema de Sevilla ratifica la sentencia. Madrid prohibe la difusión de El Habanero en sus colonias. El Padre Varela no teme. No teme porque el temor no tiene nada que hacer en su personalidad. Además, está en "América". En donde sigue publicando El Habanero, en donde sigue traduciendo obras políticas y económicas y en donde publica El amigo de la juventud, un texto bilingue.
Los altos costos, la falta de tiempo, la necesidad de traducir para el público anglo y la imperiosa urgencia de dedicar mas tiempo al ministerio sacerdotal, dan al traste con la publicación de El Habanero. De modo que el Padre decide poner fin a su hermosa aventura periodística en 1826. El último número - el 7 - estará dedicado al Congreso de Panamá, Que es el convite que hace Simón Bolívar a todos los gobiernos de América ( incluido el de Washington ) para tratar de encontrar un concenso que expulse definitivamente a España de las colonias que le van quedando en el Continente. Varela no se cree el cuento de la "llegada tardía" de la Delegación Estadounidense al Evento. El Presbítero sabe de sobra que Washington no quiere cambio alguno en la Isla de Cuba, que tampoco desea que pase a ninguna otra potencia europea y mucho menos que Cuba caiga en la órbita de Colombia o de México como algunas bocas desfundamentadas han estado sugiriendo. Washington no apoyará intervención alguna en la Isla. Washington esperará, en tanto se elaboran textos de relación relativos al status del traspatio mas cercano a sus costas. España ha sido expulsada de tierra firme. Dejen el mundo insular tranquilo en medio de su romanticismo y sus arenales infinitos. Se trata de las leyes de gravitación política, a lo que el periodista O' Sullivan llamó "destino manifiesto". La ambiguedad de los puntos de vista de Washington y su no presencia en Panamá 1826 hizo fracasar el Congreso. El último número de El Habanero tal vez lo hizo salir victorioso. Las advertencias nunca están de mas. Se puede ser huésped de una gran nación. Pero la palabra abierta, desbandada en la atmósfera de la verdad, es parte también de la hospitalidad. Desde entonces Varela ha de priorizar a la Patria. Pero haciendo énfasis en la persona. Los cubanos tienen que pensar con rectitud para el instante en que Cuba necesite de su sapiencia. La libertad solo les llegará a través de ellos mismos. De nosotros mismos, sentencia.
Con la ayuda de los amigos el Padre Varela logra comprar - a muy buen precio - un edificio en Calle Ann. Que incluye la Casa Episcopal Christ Church. Sería su primera iglesia como párroco. Jhon Dubois - que para entonces se ha convertido en el tercer Obispo Católico de Nueva York - hace el nombramiento y la dedicará en 1827. El cubano inscribe su iglesia a nombre de Dubois, acción que le da autoridad ante los fedeicomisarios. Costumbre que trae desde Cuba y que luego se implantará en el mundo religioso norteamericano. La colaboración de los amigos es apreciable. Pero el Padre conoce que se está metiendo en sotanas de onca varas, en una ciudad donde las deudas son la guillotina de cada día. El sueño de su propia iglesia ha despertado con buenas nuevas, no obstante.
Instalado en su Casa, trabajando para sus semejantes necesitados, el Padre encuentra tiempo para lanzar una nueva edición de sus Lecciones de Filosofía, para publicar un Catecismo concebido para "clases de religion" y para fundar escuelas gratuitas para niños y niñas desposeídos. Su gran amigo Jose Antonio Saco está en Nueva York. Saco es un reformista convencido pero la tolerancia de Varela le permite cultivar su amistad sin máculas. Le colabora en su Mensajero Semanal y en su Revista Bimestre. Todavía tiene tiempo de escribir para periódicos norteamericanos. Siente nostalgia de su Habanero. Pero la empresa es inabarcable. Mejor la pincelada pensante en la ronda de las publicaciones. De esa manera el nombre del Padre Varela permanecerá en la retina de los lectores de la buena prosa comprometida.
En 1829 el Obispo Dubois se marcha a Europa. Va en busca de fondos y de almas católicas. Se necesita mucho dinero y mas amantes del Dios verdadero, capaces de poner un valladar ante las hordas de protestantes sin sentido que se siguen apoderando de las plazas de una ciudad pobre y promiscua. El francés nombra a Varela Vicario General para que haga yunta con Jhon Powers. Ante tal nombramiento de alcurnia España pone el grito en Finisterre. "Ese tal Varela es mal español y peor cura", sale la frase hiriente desde La Habana y desde Madrid. Varela no responde. Porque sus respuestas tienen otro Destinatario. Y las grandes voces que le sorprenden siempre tienen otros puntos de partida. Una dama pudiente, de esas que todavía tienen un gran corazón y a las que el Nuevo Papa no ha podido doblegar, le dona 800.00 us. El dinero le quema en sus manos sacras. Enseguida lo invierte. Para erigir el Asilo Católico de Huérfanos.
En tanto los fundamentalistas protestantes continúan destrozando instituciones católicas en el Este de los Estados Unidos. Y el Padre Varela se prepara para ripostar. A veces se llega a la rada del puerto. Pero no siempre está allí para recibir inmigrantes ni para desconectar de la vida entregada a los pobres. Necesita que regrese Dubois. Urge de que sus arcas lleguen rebosantes. De plata y de nuevos feligreses que puedan ayudar en la cruzada contra los fanáticos fundamentalistas sin fundamento alguno.Es el año 1831. Gregorio XVI ha alcanzado la Cúspide Papal en Roma. José Antonio Saco retorna a La Habana y cuando al fin regresa el Obispo Dubois de Europa sus arcas le preceden, casi vacías, y no le acompaña ni un solo católico. El Padre Varela lucha contra la tristeza.
La pobreza se ceba en Nueva York.
Pero el Padre Varela no ha de cruzarse de brazos. Hay mucho por hacer en la ciudad. Y mucho que hacer por los esclavos - negros y blancos - que sufren el despotismo de Madrid en Cuba.
El Padre escucha un rumor.. Dicen que el cólera amenaza.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Septiembre 20 del 2014.
Los altos costos, la falta de tiempo, la necesidad de traducir para el público anglo y la imperiosa urgencia de dedicar mas tiempo al ministerio sacerdotal, dan al traste con la publicación de El Habanero. De modo que el Padre decide poner fin a su hermosa aventura periodística en 1826. El último número - el 7 - estará dedicado al Congreso de Panamá, Que es el convite que hace Simón Bolívar a todos los gobiernos de América ( incluido el de Washington ) para tratar de encontrar un concenso que expulse definitivamente a España de las colonias que le van quedando en el Continente. Varela no se cree el cuento de la "llegada tardía" de la Delegación Estadounidense al Evento. El Presbítero sabe de sobra que Washington no quiere cambio alguno en la Isla de Cuba, que tampoco desea que pase a ninguna otra potencia europea y mucho menos que Cuba caiga en la órbita de Colombia o de México como algunas bocas desfundamentadas han estado sugiriendo. Washington no apoyará intervención alguna en la Isla. Washington esperará, en tanto se elaboran textos de relación relativos al status del traspatio mas cercano a sus costas. España ha sido expulsada de tierra firme. Dejen el mundo insular tranquilo en medio de su romanticismo y sus arenales infinitos. Se trata de las leyes de gravitación política, a lo que el periodista O' Sullivan llamó "destino manifiesto". La ambiguedad de los puntos de vista de Washington y su no presencia en Panamá 1826 hizo fracasar el Congreso. El último número de El Habanero tal vez lo hizo salir victorioso. Las advertencias nunca están de mas. Se puede ser huésped de una gran nación. Pero la palabra abierta, desbandada en la atmósfera de la verdad, es parte también de la hospitalidad. Desde entonces Varela ha de priorizar a la Patria. Pero haciendo énfasis en la persona. Los cubanos tienen que pensar con rectitud para el instante en que Cuba necesite de su sapiencia. La libertad solo les llegará a través de ellos mismos. De nosotros mismos, sentencia.
Con la ayuda de los amigos el Padre Varela logra comprar - a muy buen precio - un edificio en Calle Ann. Que incluye la Casa Episcopal Christ Church. Sería su primera iglesia como párroco. Jhon Dubois - que para entonces se ha convertido en el tercer Obispo Católico de Nueva York - hace el nombramiento y la dedicará en 1827. El cubano inscribe su iglesia a nombre de Dubois, acción que le da autoridad ante los fedeicomisarios. Costumbre que trae desde Cuba y que luego se implantará en el mundo religioso norteamericano. La colaboración de los amigos es apreciable. Pero el Padre conoce que se está metiendo en sotanas de onca varas, en una ciudad donde las deudas son la guillotina de cada día. El sueño de su propia iglesia ha despertado con buenas nuevas, no obstante.
Instalado en su Casa, trabajando para sus semejantes necesitados, el Padre encuentra tiempo para lanzar una nueva edición de sus Lecciones de Filosofía, para publicar un Catecismo concebido para "clases de religion" y para fundar escuelas gratuitas para niños y niñas desposeídos. Su gran amigo Jose Antonio Saco está en Nueva York. Saco es un reformista convencido pero la tolerancia de Varela le permite cultivar su amistad sin máculas. Le colabora en su Mensajero Semanal y en su Revista Bimestre. Todavía tiene tiempo de escribir para periódicos norteamericanos. Siente nostalgia de su Habanero. Pero la empresa es inabarcable. Mejor la pincelada pensante en la ronda de las publicaciones. De esa manera el nombre del Padre Varela permanecerá en la retina de los lectores de la buena prosa comprometida.
En 1829 el Obispo Dubois se marcha a Europa. Va en busca de fondos y de almas católicas. Se necesita mucho dinero y mas amantes del Dios verdadero, capaces de poner un valladar ante las hordas de protestantes sin sentido que se siguen apoderando de las plazas de una ciudad pobre y promiscua. El francés nombra a Varela Vicario General para que haga yunta con Jhon Powers. Ante tal nombramiento de alcurnia España pone el grito en Finisterre. "Ese tal Varela es mal español y peor cura", sale la frase hiriente desde La Habana y desde Madrid. Varela no responde. Porque sus respuestas tienen otro Destinatario. Y las grandes voces que le sorprenden siempre tienen otros puntos de partida. Una dama pudiente, de esas que todavía tienen un gran corazón y a las que el Nuevo Papa no ha podido doblegar, le dona 800.00 us. El dinero le quema en sus manos sacras. Enseguida lo invierte. Para erigir el Asilo Católico de Huérfanos.
En tanto los fundamentalistas protestantes continúan destrozando instituciones católicas en el Este de los Estados Unidos. Y el Padre Varela se prepara para ripostar. A veces se llega a la rada del puerto. Pero no siempre está allí para recibir inmigrantes ni para desconectar de la vida entregada a los pobres. Necesita que regrese Dubois. Urge de que sus arcas lleguen rebosantes. De plata y de nuevos feligreses que puedan ayudar en la cruzada contra los fanáticos fundamentalistas sin fundamento alguno.Es el año 1831. Gregorio XVI ha alcanzado la Cúspide Papal en Roma. José Antonio Saco retorna a La Habana y cuando al fin regresa el Obispo Dubois de Europa sus arcas le preceden, casi vacías, y no le acompaña ni un solo católico. El Padre Varela lucha contra la tristeza.
La pobreza se ceba en Nueva York.
Pero el Padre Varela no ha de cruzarse de brazos. Hay mucho por hacer en la ciudad. Y mucho que hacer por los esclavos - negros y blancos - que sufren el despotismo de Madrid en Cuba.
El Padre escucha un rumor.. Dicen que el cólera amenaza.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Septiembre 20 del 2014.
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