Durante muchos años los medios informativos de todo el mundo nos fueron preparando para que consumiéramos la noticia que aseguraba que Brasil había entrado en el reducidísimo grupo de las naciones desarrolladas. Nos decían que mandaba al sur del Río Bravo y que el obrero Lula Da Silva era el Emperador de la Iberoamérica mestiza. Brasilia había pasado de ser un gran exportador de café y de carne de vacuno, de soja y de madera, de textiles y de calzado al dominio del espacio y al control de los emporios petroleros que se habían descubierto en el Océano Atlántico. Una mañana amanecimos con la noticia de que el país también exportaba aviones y que estaba comenzando a competir con los grandes pulpos cibernéticos y que sus miradas hacia México y Argentina, que antes eran de indiferencia, se habían convertido en antimiradas. Y que ya estaba observando al Canadá con ojos que advertían de que, al menos, había paridad. Los poderosos Foros Económicos comenzaron a incluirla en sus ágapes y algunas naciones que se catalogaban de "económicamente emergentes" y que eran dueñas de las sigla BRIC, le pidieron que fuera pártner en la ronda de las contrarrestaciones a los poderosos de verdad. Encantado, Brasil se creyó el cuento y por sobre el techo de las favelas El Cristo del Corcovado parecía más Redentor que nunca a la vera del Gran Acelerador de Partículas.
Las ciudades al norte de Río de Janeiro siguieron siendo ciudades históricas, culturales y turísticas. Las ciudades al oeste de Río de Janeiro siguieron siendo ciudades amazónicas, perdidas entre las grandes selvas en donde las tribus de los albores trataban de mantener su hegemonía de cervatana y taparrabos ante el empuje del hombre blanco que sembró alguna vez Pedro Alvarez Cabral, catapulteadas por las noticias que nos llegaban desde Brasilia. Las ciudades al sur de Río de Janeiro siguieron siendo ciudades de corte occidental, civilizadas, megaurbes superpobladas que miraban al resto de los puntos cardinales del país como a "sitios del nordeste" o "del interior". La Línea Verde Atlántica de Brasil era como La Línea Amarilla de China: allí estaban los "países reales" que crecían y marcaban la diferencia con el resto de la Patria.
Por sobre todo este entramado informativo había detalles invariables. Las favelas continuaban siendo territorio sagrado en donde la pobreza se amaridaba con la droga y en donde los gatillos alegres disparaban la mortalidad inducida y las garotas se embarazaban con precocidad larval en medio de la música del trópico y la ensoñacion de los sambódromos. Los futbolistas eran exportados hacia todas las Ligas del mundo, conseguían nacionalizaciones de urgencia, y eso también disparaba el Producto Interno Bruto. Los científicos surcaban el Amazonas en busca de las iniciales de la tierra y en Manaos la nostalgia por el caucho daba paso a los nuevos sintéticos de las transnacionales del oro negro que ganaban las mejores licitaciones en la puja por dominar el futuro energético. Las turoperadores no paraban de trabajar y todas las ciudades parecían ser tesoreras de nuevas Torres de Babel en la Nueva Babilonia. La fabricación en serie de telenovelas de factura perfecta no tenía competencia y las teletransmisiones del Brasileirao estaban robando sintonía a la Premier League y a la Liga BBVA. Los ricos se hacían más ricos con la nueva riqueza y los pobres se hacían más pobres con la vieja pobreza aupada por la euforia de las falsas plusvalías. Brasil era un país cada vez más dicotómico pero la gente que lo mandaba conocía de sobra que las vitrinas se han fabricado para ocultar el fondo de los escaparates.
Hasta que Dilma Rousseff tomó el batón de manos del obrero Lula Da Silva y los pobres brasileños tomaron el suyo de los estallidistas sociales que venían conmoviendo a los cimientos de las sociedades desarrolladas. En el principio la gente consideraba que el costo del transporte público era vergonzoso, sobre todo en un país en donde la infraestructura transporteril es muy anticuada y por tanto defectuosa. Para entonces la gran mayoría de los brasileños estaba encantada conque La Poderosa FIFA hubiera otorgado la sede del Mundial de Fútbol 2014 a la nación más futbolística y ganadora del Planeta Fútbol. Regalar la Sede equivalía a otorgar también el evento que la precede y que se llama Copa Confederaciones. Por si todo esto fuera poco el Comité Olímpico Internacional le entregó la preparación de las Olimpiadas del 2016. Tres eventos de altísimo rango deportivo que solamente son confiados a naciones descollantes en el ámbito mundial capaces de edificar, remodelar y concluir obras en el tiempo exacto.
Pero para el instante en que los presupuestos elaborados para la confeccción de los proyectos se hicieron realmente públicos la gente estalló.Tal vez el gasto para La Copa Confederaciones no fuera tan oneroso porque no se trataba de un Campeonato Mundial y además Brasil la ganó con relativa solvencia. Ahora bien, organizar un Campeonato Mundial de Fútbol para treinta y dos selecciones equivalía a remodelar stadiums, construir nuevas infraestructuras y desarrollar una madeja operativa de grandes pretenciones. Muy pronto los jerarcas de LA FIFA se dieron cuenta de que los numeritos en sus carpetas estaban inflados y que las medidas de seguridad en las obras adolecían de los requisitos mínimos. Comenzaron a morir obreros, a colapsar estructuras y las cuentas del tiempo no daban. Se empezó a temer por una debacle y algunos países, pescadores de aguas revueltas, se ofrecieron como sustitutos en caso de incapacidad de Brasil para finiquitar las obras. Nadie se explicaba por qué los organizadores decidieron agregar más sedes mundialistas a las que FIFA consideraba suficientes. De esa manera el Mundial habría de contar con stadiums en demasía, lo que alargaba las distancias a recorrer y lastraba el tiempo de descanso y de recuperación para los futbolistas, amén de que el futuro de las instalaciones era un monumento a la ineptitud pues algunas de ellas no tenían ninguna posibilidad de llenarse jamás, dada la poca afición al fútbol en tales lares. Esto no es una paradoja. Porque el hecho de que Brasil sea conocido como "el país del fútbol total" no significa que todo el país sea un devoto de la bola pateada. Por demás, la palabra corrupción ha sido el mejor acompañante que han tenido los organizadores del Vigésimo Campeonato Mundial de Fútbol.
La mujer exguerillera, proletaria y progresista que es la Mandataria Dilma Rousseff ha expresado que "la democracia permite a sus ciudadanos manifestarse en todos los foros" pero "que no podrán ganarle la batalla" y que "el Mundial tiene que ser un éxito porque es el último acápite que está rubricando la Marca Brasil y hay cosas que son sagradas". Casi todo el mundo piensa que cuando Brasil clasifique y pase a los partidos de muerte súbita cada uno de los manifestantes de las afueras de los stadiums van a bajar la guardia, a engavetar sus carteles, a aplacar sus voces de protesta y a torcer por La Canarinha que busca sus sexta Copa del Mundo y que se van a concentrar en el nuevo Maracaná para que no se repita la sangría que protagonizó Uruguay en 1950.
Pero - consideran los manifestantes que todavía no han parado de protestar por gastos tan vergonzozos en un país con altísimos índices de pobreza y de desigualdad - cómo es posible que la organización del Mundial no esté marcada por el descaro y por la corrupción si la propia FIFA está señalada como corrupta mayor en relación con el otorgamiento de los Mundiales del 2018 y del 2022 a Rusia y a Qatar, un petropaís del Golfo Arábigo Pérsico donde la tradición futbolística es poco más que cero y en donde el calor es tan infernal bajo un sol siempre enamorado del desierto que han prometido se jugará con aire acondicionado. Las arcas petroeúricas de los prohombres de Moscú y de Doha están tan repletas que hasta un tipo tan famoso y tan rico como Joseph Blatter ha caído en la tentación junto a muchos de sus secuaces en Lausana, Suiza. Pero lo mas importante es que Monsieur Battler ha renunciado a su promesa de no postularse otra vez a la Presidencia de La FIFA después de Brasil 2014 y que una de las figuras mas queridas y respetadas en el universo fútbol y que responde al nombre de Franz Beckenbauer se ha negado a responder en relación con la zaga corrupta - probada - que llevó a FIFA a conceder las dos sedes próximas a Rusia y a Qatar. Franz ha sido castigado por su silencio pero no ha podido evitar que salgan a la luz pública algunos de sus contactos "civiles" con instituciones de ambos países. Como decía mi madre "con estos truenos no hay quien duerma".
Los cálculos financieros fueron tan amateurs - a veces el "amateurismo" es cosa de profesionales - que los primeros números se dispararon en la medida en que el tiempo se acababa. Dicen que el costo total del Mundial de Fútbol rondará los 10 mil millones de dólares, una cifra con la descomunal amplitud del delta amazónico, capaz de doblar el costo agregado de los Mundiales de Alemania 2006 y de Sudáfrica 2010. Gran parte de esa plata es dinero público. De contra el Estado dejará de ingresar alrededor de trescientos millones de dólares por concepto de erogaciones fiscales, un ardid económico muy socorrido que ha venido disparando la competencia zonal en las miras de los inversores foráneos.
Según las opiniones de expertos financieros de solvencia garantizada La FIFA habrá de ingresar a sus arcas saneadísimas, durante la celebración del Mundial, unos 5000 millones de us, que saldrán de la venta de entradas, de los derechos de televisión y de todo el gran entramado del merchandising. Me quedé perplejo cuando los derechos de tevé comprados por la Cadena ESPN no incluían a las voces en español de sus narradores y comentaristas. Suerte que el portugués futbolero es casi un español con problemas de semántica aplicada. Aunque la tajada monumental que se llevará La FIFA incluye a los países participantes, a los países miembros y por ende a los deportistas en la medida en que sus selecciones se acerquen al podio, las cifras son tan ridículas que un personaje tan hermosamente controvertido y autor de tantas frases para la historia del fútbol ha dicho que "la FIFA se está comiendo la pelota". Por cierto, Maradona - que asiste al Evento a título personal - también ha dicho que ahora se podrá ver que "la diferencia entre Messi y Neymar es la misma que existe entre Maradona y Pelé".
Los cálculos financieros fueron tan amateurs - a veces el "amateurismo" es cosa de profesionales - que los primeros números se dispararon en la medida en que el tiempo se acababa. Dicen que el costo total del Mundial de Fútbol rondará los 10 mil millones de dólares, una cifra con la descomunal amplitud del delta amazónico, capaz de doblar el costo agregado de los Mundiales de Alemania 2006 y de Sudáfrica 2010. Gran parte de esa plata es dinero público. De contra el Estado dejará de ingresar alrededor de trescientos millones de dólares por concepto de erogaciones fiscales, un ardid económico muy socorrido que ha venido disparando la competencia zonal en las miras de los inversores foráneos.
Según las opiniones de expertos financieros de solvencia garantizada La FIFA habrá de ingresar a sus arcas saneadísimas, durante la celebración del Mundial, unos 5000 millones de us, que saldrán de la venta de entradas, de los derechos de televisión y de todo el gran entramado del merchandising. Me quedé perplejo cuando los derechos de tevé comprados por la Cadena ESPN no incluían a las voces en español de sus narradores y comentaristas. Suerte que el portugués futbolero es casi un español con problemas de semántica aplicada. Aunque la tajada monumental que se llevará La FIFA incluye a los países participantes, a los países miembros y por ende a los deportistas en la medida en que sus selecciones se acerquen al podio, las cifras son tan ridículas que un personaje tan hermosamente controvertido y autor de tantas frases para la historia del fútbol ha dicho que "la FIFA se está comiendo la pelota". Por cierto, Maradona - que asiste al Evento a título personal - también ha dicho que ahora se podrá ver que "la diferencia entre Messi y Neymar es la misma que existe entre Maradona y Pelé".
Finalmente, los países declarados autosustitutos de Brasil 2014 se quedaron con las ganas organizativas. El Mundial comenzó este jueves y ya los árbritos abrieron su zaga de beneficiencia. Brasil fue favorecido ante Croacia en el primer partido. Dicen algunos investigadores que el evento fue diseñado para que nada haga que se repita aquel Maracanazo y que Brasil - hoy mismo una seleción discreta - no puede perder por nada del mundo. Espero que estén equivocados. Tenemos un mes por delante. Y dos años para que Brasil inaugure las Olimpiadas del 2016. Cuántos muertos más, cuántos derrumbes, cuántos reales fuertes gastados en las obras que faltaran, cuánta corrupción explícita, cuánto hombre y cuánta mujer en las calles expresando que es mentira que Brasil sea una potencia económica de categoría mundial y que es, ni mas ni menos, solo una gran nación que en verdad crece a ritmos jamás vistos, pero en donde la diferencia abismal entre los que tienen más y los que tienen menos puede llevar los estallidos sociales a niveles que están mas allá de protestas por presupuestos mínimos, erogaciones fiscales y corruptelas de ocasión. Entre tanto muchos de los faveleros que habían plantado sus covachas en terrenos de nadie y que por tanto no poseían títulos de propiedad andan de gregarios porque sus predios se necesitaban para levantar anexos de Mundial.
Yo tengo mi televisor.
El mundo tiene a los deportistas del balón y la patada.
Los contestatarios de Brasil tienen las calles.
Dilma tiene la palabra.
Junio 14 del 2014.
Luis Eme Glez.
Westchester, Miami, USA.
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