Thursday, September 12, 2013

EL HOMBRE DEL RIO.-

Durante mas de cuarenta años el hombre había recalado en las más importantes ciudades portuarias de la Tierra. Había ejercido la profesión de Capitán de Barco en cada una de sus categorías ascencionales. Para cuando se estaba acercando la fecha de su retiro padeció un estado depresivo que casi lo mata. La Compañía no quiso renovarle el contrato y cuando decidió que ninguna otra lo emplearía jamás quemó su Licencia en una pira confeccionada con secuoyas enanas de Oregón. Mientras el humo de la fogata copulaba con las nubes bajas el Hombre del Río pensó que en realidad siempre le habían emocionado más las ciudades con pequeños puertos lacustres. Recordó cómo los cadetes novatos le decían respetuosamente Senor Melville para que él les contara historias fabulosas relacionadas con ballenas jorobadas.
Entonces regresó a su casa  de campo en el Delta Medio del Gran Río y compró cuarenta millas del Afluente Menor a una de las Compañías subsidiarias del gigante químico Monsanto. Como sabía que  el Afluente nunca sería represado hizo lo que siempre quiso realizar y que siempre había impedido su profesión de Capitán de Barco a tiempo completo. Se dedicó a  la cría fluvial de camarones azules. Para la época su esposa declinó el intento de reconciliación desde su guarida en  las playas de Maine y las gemelas solo dijeron que si deseaba verlas que tomara un Jumbo 747 hasta Glasgow. Su matrimonio con el mar le había sumido en una soledad de espanto agridulce porque la esposa, cincuenta por ciento amisch, detestaba la poligamia con pasión de virgen aunque las relaciones extramatrimoniales de su marido  solo se desarrollaran con las trombas marinas. Sin embargo esperaba que para cuando el Afluente se llenara de camarones azules la esposa y las gemelas vendrían para verlo faenar en otras aguas aunque su cabeza canosa estuviera orlada por una gorra de beisbol de los Cardenales de San Luis y no por aquella gorra de Capitán que le daba tanta personalidad  cuando se volvía desde la escalera de subida al Gran Mercante.
La esposa y las gemelas nunca vinieron al Pequeño Delta del Afluente y él tuvo que contactarlas por teléfono porque le parecía que sus voces eran tan importantes como su presencia negada. Tenía un viejo teléfono de la época de Edison amarrado al tronco de un pino milenario y desde allí se complacía en mirar crecer su Gran Colonia de camarones azules mientras sus tres mujeres le decían que se se dejara de comer tanta basura y regresara a la ciudad sin río ni afluente ni delta.
Cuando el hombre creyó que había suficientes camarones en el Afluente mejoró la malla que les impedía seguir su viaje hacia el Gran Río y comenzó a llenar las orillas de carteles enormes en donde anunciaba que estaba comenzando a comercializar sus bichos y que estaba listo para comprar nuevas especies. Tres meses después los contenedores  llegados de todo el país urgieron de mano de obra adicional y el Hombre del Río pensó que alguna vez llegaría a ser millonario. Se consideró mucho mejor camaronero que Forrest Gump.
Un fin de semana el temporal de rutina descerrajó las fuentes del Afluente y la crecida fue de tal dimensión que él creyó era digna de la sabiduría de William Faulkner. El Afluente se llenó de grandes troncos y de animales ahogados y de techos de hogares que bogaban hacia todas las derivas. Los remolinos eran casi bíblicos y el agua se desbocaba con colores de atardecer sin sol y en las noche el hombre creía ver maquetas del Arca de Noé chocando contra los bordes colapsados del Afluente. En las mañanas miríadas de camarones azules salían del agua y saltaban y se desplazaban como peces voladores tratando de desembarazarse de la furia de la crecida monumental. El Hombre del Río les miraba en su ascención y caída mientras se moría de ganas de maldecir el nombre del Señor. Pero no lo hacía porque era ateo confeso y converso.
El Hombre del Río se sentó debajo del pino milenario y telefoneó a sus mujeres.  Les dijo que las aguas al fin  habián alcanzado su nivel de siempre pero que no veía ni un solo camarón azul nadando en sus cristales recobrados. Su voz tenía un timbre fúnebre cuando les dijo que se sentía tan solo que deseaba tomarse toda el agua del Afluente endulzada con azúcar de remolacha de Montana. La esposa dijo "está bien, tú ganas" y colgó para llamar a Escocia. "Muy bien, él gana", dijeron las gemelas.
Cuando la madre y sus hijas llegaron dos días después al filo del amanecer se encontraron con la casa cerrada. Sabían  lo que tenían que hacer. Así que cogieron por el borde izquierdo del Afluente y se dirigieron hacia donde se encontraba con el Gran Río. El Hombre del Río  estaba encuclillado llamando a sus camarones azules como si fueran los gatos de todos sus alféizares y tratando de hacer polvo una rama de pino blanco entre sus dedos enormes curtidos por todos los soles del Océano.
La esposa, que era fotógrafa profesional en activo, le dijo que solo simulara la magnitud de la corriente con algún gesto de sus manos. De qué corriente hablas, respondió. De la que se llevó a tus camarones azules y que has pintado como una Descomunal Corriente Faulkeriana. El hombre se levantó de sus cuclillas y estuvo como diez minutos haciendo remolinos con sus brazos y luego dio seis vueltas de carnero antes de deslizarse como un rodillo por una barranca profunda del Afluente. La esposa lo filmó todo. Pareces un brujo de Salem, papá, dijo la gemela colorina, que era graduada en Ciencias Ocultas por la Universidad de Aberdeen. Papá, acaso tienes algún enemigo por la vecindad, inquirió la gemela morena, que era graduada en Química Pura por la Universidad de Bonn y trabajaba en los laboratorios del Ejército Británico. No, que yo sepa, dijo el Hombre del Río. La chica revolvió el agua del Afluente dentro de la probeta verde. Luego la vertió en la yerba. El agua está contaminada por un sonnífero, aseguró. Esperen, dijo la esposa. Hizo una llamada desde su Androide. Confirmado, expresó, el laboratorio neurológico de La Laguna está reactivado y funcionando.
El Hombre del Río desenrolló el bulto de cartones publicitarios. Extrajo un plumón azul de la mochila de Capitán de Barco que no había podido matarle la jubilación. Comenzó a escribir mientras pensaba  en su amigo el abogado sin demasiado interés.
Compro camarones con insomnio.


Wechester, Miami, USA.
Septiembre 11 del 2013.
Luis Eme Glez.
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