favor de los besos y en medio de un paisaje de sábanas.
Sabes que puedo burlarme del tiempo y ser, además, un remolino de libertades. Lo que no quiere decir que no sea una mujer organizada y esclava de su agenda. Desde que hemos pisado esta cabaña comienza el orden y has de respetar lo conveniado. Dame la cerveza en el vaso con flores, sin espuma y mediada. Así, inclina el vaso y vierte de a poco. Tú la bebes cuando decidas. Quiero mirar tu mentón latino sobre el borde del cristal mientras mojo mis labios en el jugo de cebada. Qué cursi pronunciar esta frase etílica, eh. Ah, pero la cursilería también tiene sus espacios medidos. Seamos cursi por otra vez en la vida. Ven, siéntate a mi lado y rodea mi talle y bésame las mejillas con toda la ternura que te quede. Besas muy bien y no haces ruidos y sujetas con maestría de amante perfecto y no muerdes mi lengua de manera que no despierto del ensueño y ejerces la presión exacta como si anduvieras temeroso de dañar mi libido y sabes que me encanta ese tu temor perfeccionista. Cierra tus ojos y enarca tus cejas de gitano mientras tus manos vagan la textura de mi cuerpo, desordenadas e invictas, y si yo te veo es porque mis párpados buscan una luz que se pierde en las esporas de mi piel ardiente. Vamos a terminar la cerveza, dejemos los vasos floreados en la mesita ovoidal y llévame a la veranda, ceñida por el talle con tus grandes manos abiertas y que yo sienta tus dedos de yemas palpitantes entrando en la carne de mis caderas sobre la opaca resistencia de mis géneros. Chupa mis orejas suavemente y libera tu aliento por mis carrillos y déjame flotar. Ya estamos al aire libre del porche, acodados en la vieja madera de la vieja veranda. Mira, ese es el Océano Pacífico mirado desde arriba y es Enero y es una bahía azul, tranquila como las almohadas viudas, una hermosa bahía de bolsa surcada por los yates de los poderosos y las velas lentas de los pescadores de sueños y a la izquierda hay marinas como las de Miami y muelles como los de San Diego y largos espigones con bólidos sofisticados amarrados a sus postes de litio y parejas que saldrán a la mar a engañarse con dudosos despertares de madrugadas truncas. Mira el piélago infinito y a la eterna esmeralda de las aguas. Allá abajo no hay calles ni casas ni cabañas. Todo es la montaña cayendo a pico sobre el mar y la mar allí inmutable y nosotros, acodados y juntos en la veranda olímpica, bien altos, casi mordiendo el cielo con nuestras bocas ansiosas, degustando la hambrienta impaciencia del ahorita. Tómame las manos y mírame y llévame a la sala pieza cubículo penthouse y déjame poner la cabeza sobre tus muslos recios y mirarte desde abajo como si fueras un Dios sobre Neumáticos y acaricia mi frente y mírame más y deja que mis piernas se enrosquen en la nada y que mis rodillas jueguen a contorcionarse y escucha todo el misterio de mi Agenda Sagrada y disfruta el eco de sus notas íntimas y definamos por qué estamos aquí este Enero cálido y por qué has de conocer la senda artístico policíaca de un ayer tan reciente que todavía puedo sentir los envolventes aires de toda la aventura. Déjate conducir y conduce tú el manubrio de mis pasiones como si poseyeras tu bicicleta emancipada y fuéramos las bielas del delirio. Rompamos todo tedio y veamos que ocurre del otro lado de las rutinas estancadas. No me ladres tu furia de varón desbordado y sé el ordenado varón furioso de mi anhelo. Tómame en tus brazos y cárgame mientras yo rodeo tu cuello de toro helénico y huelo el tremendo efluvio de tu pelo. Hazme sentir Anna Povlova en los brazos de Nureyev y deposítame en la cama, así, como dejada caer sobre las plumas olvidadas de un albatros antártico calcinado de fuegos termales. Arrodíllate ahora y déjame tenderme. Espera que me desvista. Deja mis ropas abandonadas en los pisos ardientes y mírame a los ojos sin que tú te desvistas como no fuera deslizando tu polera hacia el norte y dando a mis ojos el aguinaldo de tu tórax divino y esa furia de pelos orlando la eclosión de tus músculos hirsutos y esa curva de tu carne bajando hasta la angostura de tu pelvis. Acódate en el borde del colchón y solo mírame que yo hablaré hacia el techo y cuando desee que cumplas tu turno de palabras sentidas ordenaré tu ruta de pasiones y esta geografía que habitamos será testigo del arte hecho voz, y solo nosotros, amantes insondables, habremos de conocer el atolondrante eclecticismo de los besos.
Wechester, Mayo 12 del 2013.
Miami, USA.
Luis Eme Glez.
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