Las informaciones relativas a Caibarién que me llegaban hasta Chile estaban ceñidas a textos muy breves de mi hermana y a críticas fortuitas de mis primos y amigos vertidas cuando me llamaban por teléfono desde Miami. Siempre coincidían estas últimas. La ciudad se estaba derrumbando. Los dineros del Boom Turístico no tocaban a la Base como no fuera en porcentajes mínimos de Presupuesto. Todo cambio en el país estaba destinado solo a bautisar a la Superestructura, vitrina legendaria de una nación parásita e ineficiente. Unas pocas fotos me enseñaban a la calle Luz Caballero en los alrededores de mi casa, al mar frente a Cayo Conuco, a la playa, tal vez una ensenada y algún pedazo del nuevo malecón. Nada más. Sin embargo yo me preguntaba cómo era posible que la ciudad pudiera seguir hundiéndose todavía más si la había dejado tocando fondo en el año 2001. La Patria es un gran plano inclinado dirigido por Físicos Dogmáticos y nadie es capaz, aún, de hacerlo sólo plano, me decía.
Desde que llegué a los Estados Unidos el flujo informativo sobre Cuba cambió. En Miami la colonia de caibarenienses es una de las mayores de Cuba y si alguien no lo creyera bastaría con precisar el lugar de nacimiento de los viajeros en sus pasaportes. He oído decir que la población de Cayo Marathon, en el sur de la Florida, es casi ciento por ciento cangrejera. De modo que a partir de ese entonces siempre tuve muchas noticias relativas a mi ciudad llegadas de familiares y de amigos. A veces se trataba de información de segunda mano y en ocasiones fui convocado a llamadas telefónicas para que oyera, con "mis propios oídos", acerca del estado en que estaban dejando al pueblo los nuevos comunistas. Todos sabían que yo había trabajado en el Museo Municipal y ello me daba prioridad en la noticia porque trabajar en el Museo equivalía a tener las riendas históricas de la ciudad en mis manos y me daba derecho especial a comparar. Recuerdo una noche en casa de mi Tío. Estábamos en el portal posterior de su casa, hablando de pelota mientras tomábamos Corona. Su teléfono sonó. Un sobrino acababa de llegar de la Isla. Mi Tío solo atinaba a decir "no lo puedo creer, mi madre, dios mío, estás hablando en serio, oye eso, tú". Mi Tío no decía otra cosa. Apenas era una postal para el asombro, con sus ojos abiertos y la boca fruncida. "Te voy a poner a un sobrino de mi mujer para que le cuentes eso", le dijo a la voz. Me pasó su fono. "No hay calles, no hay autos, las casas se están cayendo, no hay comida, no hay dinero, todo es una tristeza descomunal, da lástima, amigo, tienes que verlo, la Colonia Española está en ruinas, el cine Cervantes, la cancha de básquet, todo el pueblo parece una ciudad bombardeada por un lanzamisiles de la Séptima Flota". No pensé "ojalá", pero le dije que estaba preparando condiciones para viajar en Agosto. "Deseo de todo corazón que puedas ir para que lo veas con tus propios ojos, eso es el acabóse, regresarás de allá destruido, te lo aseguro, pero vale la pena".
Las fotos siempre ponen un plus a toda imagen captada. Recuerdo que en la pared oeste de mi cuarto en Santiago de Chile tenía un mapa de Cuba con la ciudad de Caibarién marcada en rojo desde donde salía una flecha azul hasta una foto del nuevo malecón.El malecón terminado había sido noticia en una ciudad costera llena de marismas y de pantanos congestionados de mosquitos en los sitios donde almacenes, espigones y playas no marcaban su impronta. Se veía regio y hermoso con sus palmeras jóvenes batiendo a la brisa y el fondo azul de una mar adorable y yo me había alegrado mucho no tanto por la aparición de un lugar que evidentemente daba un toque de distinción a a la ciudad y le agregaba un espacio más al esparcimiento sino porque el asfalto y el ornato harían de la costa un lugar mas limpio y por tanto mas higiénico y agradable a la vista. El hecho de que el malecón se hubiera construido como colofón al Boom Turístico que estaba bendiciendo a la ciudad desde que Fidel Castro- aseguraban periodistas "solventes"- había sobrevolado, extasiado, la cayería norte en medio del cacareado Período Especial para Tiempos de Paz, no tenía tanta importancia. Parece que Castro había exclamado desde la ventanilla del helicóptero "compañeros, pero cómo es posible que este lugar siga siendo virgen si es tan impresionante como Varadero, este paraiso se merece un pedraplén que lo una a la ciudad más cercana". La ciudad "más cercana" era Caibarién. Los residentes más viejos del pueblo aseguraban que un malecón siempre había estado en los Presupuestos de todos los Alcaldes hasta que en 1959 los Presupuestos "revolucionarios" se ocuparon de consignas vacías y la frase "llegó el Comandante y mandó parar" que había acuñado el trovador Carlos Puebla se convirtió en un himno a la debacle. Los mismos ancianos que miraban con nostalgia al central Reforma- renombrado Marcelo Salado en medio de la ruleta del martirologio- ahora convertido en Museo desde que los cañaverales no daban los dividendos que requerían los nuevos tiempos y proyectos y se decían "solo nos han cambiado la memoria, es una trampa, pero no hay nada que hacer". La foto del malecón que me había enviado mi hermana era una vista de formato stándar. Hace unos meses una chica de Caibarién subió una foto del malecón a su portal de Facebook. La amplié y la puse en mi pantalla como portada. Con tamaño tal la foto es impresionante y tal parece que uno está mirando Google Heart porque abarca varias cudras e incluso pueden verse tejados y solares arbolados con nitidez suprema. Es cierto que todavía no se ven urbanizados o asfaltados algunos espacios entre el malecón y las primeras casas de la ciudad pero ciertamente es otra cosa. El malecón parece una gran herradura terminada en soportes rectos anclados en lo que queda de la gran zona de almacenes y los primeros atisbos de la playa. De modo que coloqué al malecón entre mis prioridades y me vi caminándolo con mi hermana y con mi sobrino, tal vez tirando un anzuelo, cogiendo fresco o enseñando al chico a montar bicicleta. El malecón no podía matar la sinrazón del resto del pueblo pero era algo así como un oasis de frescura entre tanto dolor atrincherado. Los familiares y amigos proveedores de noticias citadinas jamás habían enjuiciado la construcción de la vía junto al mar. Antes de viajar cambié la foto del malecón por un collage del rostro de Sharon Stone joven, en blanco y negro. Solo por ver si a la vuelta merecía ser reintegrado a mi fondo de pantalla.
Pídele al triciclero que vaya por Jiménez, le dije a Tery. No hace falta, todos van por ahí si te quedas callado. Luz Caballero estaba idéntica a como la dejé doce años atrás si exceptuamos la yerba en desbandada sobre las zanjas podridas sin aceras. El hombre del triciclo dobló en Alonso. La Avenida Alonso estaba idéntica a como le dejé doce años atrás si exceptuamos que en la esquina con Jiménez había un minimárket que ofertaba productos a pagar en CU. El hombre volvió a maniobrar para coger por Jiménez. Jiménez es la calle central del pueblo y lo divide en Norte y Sur. Jiménez es la calle Flagger de El Cayo. La veo muy bien, dije. Acaban de repararla, explicó Tery.
Mientras caminábamos por el Parque rumbo a una de las tiendas nuevas que ofertan por divisas miré a las mamparas que cubrían el frontis de la Colonia Española y de la cancha de básquet. El edificio de la Emisora estaba opaco y en su portal la soledad se enseñoreaba como dama del tiempo. Cambiaron la Emisora para otra calle, están reparando el edificio, dijo Tery. En el portal de la Tienda había un hombre en una silla de ruedas que se ofrecía para cuidar los bolsos o cualquier cosa que uno llevara en las manos. Tery prefirió dejarlos dentro, en manos de una de las cajeras. Miré el interior. Como del tamaño de una farmacia CVS. Y muy poco surtida. Anabel estaba detrás de un mostrador, uniformada. Traté de hacerme pasar por un comprador de rutina. Anabel se echó a reír. Estás igualito, te hubiera conocido en el cien por ciento de los casos, dijo. Nos besamos. Sigues adorable, princesa. Oh, dios mío, no cambias. Como Anabel había sido mi alumna de Secundaria Básica en el Campo pues no pude recordarla mientras la llevaba a su cama para peinarla en las noches abrasivas. Porque las Secundarias Básicas en el Campo, ESBUC, no tienen "escuela al campo de cuarenta y cinco días". La tienen de "cinco meses" pues los alumnos deben ir cada tarde al campo para seguir haciendo realidad la máxima martiana que busca combinar trabajo con estudios y haciendo realidad otras máximas que hablan de que de alguna manera los alumnos tienen que pagar sus "estudios gratuitos".
No termino de ver el desastre de que me han hablado en Miami, dije. Acabas de llegar, muchacho, pero yo no te he dicho nada nunca. Ok, tienes razón, vayamos a ese mercado campesino tan surtido. Vamos.
Al medio día el sol era prácticamente irresistible. Llevaba unas pocas horas en El Cayo y me parecía que nunca me había ido de la ciudad. Miami era apenas un espejismo en lontananza. Pero cuando le dije a Tery veamos si hay las "webás" que queremos me di cuenta de que Santiago de Chile, casi doce años luego, no era un espejismo.
Vaya usted a saber.
Octubre 28 del 2012.
Wechester, South West, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
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