Si el Día de las Madres fuera la Biblia, Julia Ward Howe sería la autora de su Génesis. Por lo menos en el Occidente moderno. Teniendo en cuenta sus amplios estudios intelectuales y los tantos años dedicados a su autopreparación, seguramente conocía muy bien de los honores griegos a su Diosa Rea durante los Idus de Marzo en la Antiguedad, de las celebraciones romanas hiláricas en Cibeles y de cómo los católicos venerarían luego a su Virgen María cada 8 de Diciembre en pos de una sagrada Inmaculada Concepción desde los páramos mas remotos del Universo.
Observada desde fotos casi daguerrotípicas Julia parece una de esas señoras de vaqueros de Wyoming que cuidan a los niños, ordeñan a las vacas y velan por la cosecha entre amenazas de tornados, mientras sus hombres están dirimiendo entuertos, a lomo de caballo y a punta de pistola, en los predios de otros superhombres del Oeste. Sin embargo, la visión resulta equivocada. Julia fue una mujer del siglo XIX. Visionaria y competente, adelantada a su época, íntegra, que alcanzó su madurez óptima cuando sus compatriotas se batían en medio de una Guerra Civil que buscaba mantener a los esclavos en barracones folklóricos, de una parte, y repletar a las nuevas fábricas llenas de máquinas sofisticadas con obreros asalariados, de otra. La Escición o la Unión. El drama shakespeariano de la metralla al Oeste del Atlántico. Como tantas mujeres en tiempos conservadores, Julia debió morder sus entrañas y mantener un matrimonio casi irreal con un hombre mucho mayor y acérrimo defensor del statu cuo de la sagrada familia. Solo cuando enviudó pudo "empezar a vivir" y gracias a esa paradoja es que el mundo pudo tener acceso a sus obras humanas y a su capacidad de intelecto. Por lo menos en tiempo real.
El Feminismo y el Sufragismo de Julia caminaban amaridados con su concepción Abolicionista. El presidente Abraham Lincoln invitó al matrimonio Howe a Washington. Les llevó a los campamentos Unionistas que pululaban a la vera del Potomac. En uno de ellos los hombres entonaban una canción fúnebre con timbre religioso. La pareja escuchó algo así como "el cuerpo de Jhon Brown está pudriéndose en su tumba". Un clérigo llamado James Freeman, que sabía de las dotes poéticas de Julia, le pidió una nueva letra para una melodía inolvidable. Poco después la mujer le haría entrega de un texto que hablaba del "Himno a la batalla de la República".
Un año mas tarde la señora Julia Ward se sienta a escribir sobre la Guerra. Piensa en las madres que sufren mientras sus hombres se destrozan en los campos de batalla. Las mujeres madres urgen de un minuto de antisilencio. Necesitan de un Día Especial. Pare un poema y le nombra Proclama por el día de las madres. Es un parto sin forceps. Como el de Eva, si no hubiera degustado la manzana.
"Levántense, mujeres de hoy. - clama Julia -. Levántense todas las que tienen corazones, sin importar que su bautismo haya sido en aguas o lágrimas. No permitiremos que los asuntos sean decididos por agencias irrelevantes. Nuestros maridos no regresarán a nosotros en busca de caricias y aplausos, apestando a matanzas. No se llevarán a nuestros hijos para que desaprendan todo lo que hemos podido enseñarles acerca de la caridad, la compasión y la paciencia". Debo admitir que este texto me recuerda demasiado a las palabras puestas por el dramaturgo griego de la Antiguedad, Aristófanes, en boca de una mujer llamada Lisístrata ( 411 a.c.), tal vez la primera dama que organizó una Huelga Sexual en tanto sus hombres no pararan de pelear y regresaran de las guerras interminables. Pero no importa: ya dije que seguramente Julia poseía amplios conocimientos humanísticos.
Julia Ward también tenía un Sueño Recurrente. Celebrar un Congreso de "todas las nacionalidades".La idea maduró rápido en la cabeza de otra mujer. Anna Jarvis consiguió reunir a mujeres de dieciocho ciudades estadounidenses con el obejtivo de establecer un Día de la Madre. Pero no fue hasta 1907, en Virginia Occidental, que se celebraría el Primer Congreso. Para entonces, Anna Jarvis hija comandaba los ideales de las predecesoras. Mientras el Presidente Woodrow Wilson observa los acontecomientos en una Europa casi abocada a la Primera Guerra Mundial, aún tiene tiempo de rubricar la Resolución Conjunta, recién aprobada por el Congreso. Es el 8 de Mayo de 1914. Cada segundo domingo de mayo las madres tendrán un Día Especial para el homenaje. en los Estados Unidos, sitio donde habían nacido Julia Ward y las dos señoras Jarvis.
Pero en la cuna del capitalismo exacervado una efemérides de tan alta connotación no podía pasar desapercibida para los fabricantes de sueños. Así fue que Anna Jarvis puso su grito en las antípodas del Cielo cuando los billetes verdes comenzaron a competir con la sacralidad de una fecha tan diáfana y tan pura. Fue capaz de pedir que se borrara de los anales norteamericanos. Anna Jarvis moriría horrorizada en la catarsis bursátil de un mundo que estaba empezando a descubrir al cine. Para entonces la Academia de las Artes y Letras Estadounidenses había elegido a Julia (1908) para engrosar sus honorables filas. Ello significó la aceptación de la primera mujer en el Recinto.
Julia Ward murió en 1910. Las madres norteamericanas vivían su siglo XX y casi ninguna posaba para los daguerrotipos nonacentistas. El gran Lumiere era agua pasada en el molino de la historia.Ya no parecían señoras casadas con hombres ocambos ni esperaban por ellos en el portal de la casa mientras las gallinas eran las primeras en oír el sonido de los revólveres y de las Winchester detrás de la colina. Los ferrocarriles habían ensanchado sus rodaminentos y los engendros medio satánicos de Henry Ford I llenaban de humo y de ruidos novedosos las calles que un día fueron lodazales por donde pasaban,ahora sonrientes, los hombres de traje, corbata y sombrero pequeño, en pos de las nuevas colonias allende los mares, y de las reuniones donde se trataba de hacer realidad la Doctrina del Destino Manifiesto y las sagradas concepciones que hablaban de América para los americanos. No eran los hombres, en los albores de la Nueva Era, que había pintado Julia en su Proclama. Eran los hombres que visitaban a las grandes tiendas de las opulentas ciudades en busca de un presente para sus madres veintecentistas. Los hombres, que mientras se bajaban de sus Fort T y ordenaban a sus choferes esperar, hurgaban en sus billeteras, miraban el valor de los papeles míticos y elegían el de mayor valor. No importaba que Anna Jarvis se retorciera en su tumba modesta, maldiciendo mil veces el día, enfangado por la ilusión amarillo verdosa, que había ayudado a cimentar.
Mi madre está muerta. Así que solo deseo, ver y escuchar, el tema de Sandro, en Youtobe, Pobre mi madre querida. Si estuviera viva, probablemente revisaría mi billetera.
Malditos mercaderes de Venecia.Mayo 12 del 2012. En vísperas.
Luis Eme en Miami, USA.
North West.
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