...creyendo que no era mozuela._
Poco después de la media tarde revisó el tarro de las carnadas artificiales. Le quedaban, dos, lánguidamente azules en el fondo metálico. Durante siete horas la rabia le había colmado la paciencia. No recordaba un día peor. Apenas un pejerey minúsculo mordió el anzuelo y se desprendió, encantado, a la altura de sus ojos encandilados por el sol de la primavera inmediata. Decidió masticar un respiro y esperar que la corriente estéril arrastrara a los peces y los detuviera allí, donde su espera se moría en el tedio irresistible de la tarde plomiza. Lo malo era la soledad. El amigo estaba entrenando en el farallón sin darse cuenta todavía que sus condiciones para el tennis estaban muy por debajo de su capacidad como escritor. Entre la previsión de la abuela con sangre inglesa y el entrenador croata se libraba una batalla que él quería ganara el DT, pero no estaba seguro. No era posible ser un deportista de alto rendimiento que veía a una raqueta como si fuera un pecho de mujer y por eso siempre quería entrenar con dos o que hablaba en poesía cuando la pelota picaba en la raya de sentencia. Con él la espera hubiera sido mas soportable aún a costa de oirle improvisar sobre corrientes diáfanas e iridiscencias de las aguas sublimes.
Recogió sus avíos y se sentó sobre la gran raíz del alerce, cálidamente hamacada por los pescadores mapuches de la prehistoria. Soy un chico con la mala suerte del martes trece. No me llamo Adán ni tengo hambre de manzanas. Tampoco de vitaminas. No estoy en la selva y por tanto no estoy en peligro. No hay pirañas voladoras en este río sin truchas, estoy seguro. Esperaré que caiga el sol a ver si la temperatura baja les da hambre a los peces. Con él al menos oiría una historia de amor.
Estaba a punto de dormirse cuando escuchó la conversación a sus espaldas. El camino estaba lejos pero había tal quietud que se podían oír los cantos de los pájaros en el fundo de los álamos. Las voces llegaban con la diáfana nitidez de los arpegios inicíacos. El tronco del árbol era tan grueso que si las voces se acercaban tendrían que rodearlo para descubrirlo. Río y bosque y jardín y voces de mujer sobre los peces invisibles. Sin mirar, él pudo descubrir la cadencias de sus pasos aplastando la yerba, el fru fru de la ropa frotada y la estampida de los insectos en el suelo pisado. Eran dos mujeres y una hablaba con voz de jovencita debutante. Pero todavía no podía traducir en palabras los sonidos que le venían desde el Este del tronco. Más allá de los árboles había una cerca de alambres de púa y detrás el pasto infinito de los potreros. A esta hora vergonzante era una planicie limpia de animales y se le antojó la grama sintética de algún stadium de fútbol soñado para su ciudad con equipo de segunda división. La gran alfombra verde era mucho más impresionante que las canchas europeas y si el río maldito le negaba los peces quizás la grama pudiera regalarle un gol onírico.
Cuando las voces se hicieron comprensibles se ocultó mejor y se apoyó en los codos sobre las hojas muertas. Entonces le vino hambre y sacó un damasco. No se trataba de que estviera oyendo conversaciones de otros. Se trataba de que alguien estaba interrumpiendo su silencio y espantando a los peces posibles. Como era asunto de culpas ajenas no le incumbía. Con mucha dificultad pudo colegir que las parlantes eran una mujer joven y rubia y una jovencita morena y espigada. El río fluía, avergonzado y silencioso, monótono y tranquilo como los cementerios líquidos. A sus espaldas, la charla femenina era nota discordante en la tarde abrasiva.
No, queridita, la virginidad no tiene ninguna importancia. Pasaron los tiempos en que los hombres esperaban chocar con una tela dura y elástica y que brotaran algunas gotas de sangre y se escuchara un chillido de espanto y encantamiento. Hoy día ellos solo quieren un par de pechos abundantes, un trasero de ánfora, una delgadez de cera y posiblemente una cuenta corriente. Todo lo grande está muy bien cotizado en los exigentes mercados del placer. Dos tetonas venden más que toda la producción en serie del Valle del Elqui aunque sean pura silicona. Si Angelina Jolie no tuviera esa boca vaginalmente irresistible anduviera tan lejos de Holliwood que jamás le hubiera arrebatado Brad Pitt a Jeniffer Aniston y ni la sombra de su padre habría podido interceder por su carrera. Todo es falso glamour, preciosa, el artificio llevado a la máxima potencia. Desde que los hombres se convencieron de que es verdad que la mayoría de los hímenes con complacientes la virginidad dejó de cotizarse y es solo una palabra vacía.
Mamá. Si no fuera por tanta hora de Internet no sabría de que me estás hablando.
Lo sé, mamita, lo sé, las mujeres tenemos tan poco tiempo que los hijos se nos van de las manos y la Red nos sustituye y tantas veces mal.
Cómo lo podemos ver al revés.
Bien, regresemos sobre el tema si no te quedo claro. No descarto que muchas mujeres anden detrás de grandes fortunas sobre todo por el afán de comprar y las inducciones opresivas de los comerciales en pos del consumo y la necesidad de marcar el territorio social. Mira a nuestra modelo rubia y al deportista moreno. Pero bien en el fondo todas anhelamos un cuerpo diseñado en los gimnasios o en cualquiera de las selvas africanas con un trasero de pera pintona y por qué no, con un par de labios carnosos capaces de sorberte hasta la última gota de emoción. Cero ternura o amor, mamita. Palabras también dejadas de cotizar en los mercados de la carne. Esas cosas anticuadas quedan para el próximo Shakespeare o el Neruda venidero. Lo ideal, claro, mi Chiquita, sería un físico esculpido más una cuenta corriente.
Pero, mamá, y lo otro.
Ah, lo otro. Ven, mi amorcito.
El pescador supo que acababan de girar noventa grados y se dirigían al potrero. Adicto a la Red y asistente a las conferencias del amigo tenista estaba traduciendo con facilidad los parlamentos de la madre. Se consideró apenas mayor que la morenita. Se levantó para mirarlas mejor, atacó al damasco con la última mordida y las vio alejarse. La madre la abrazaba mientras se contorcionaba para ajustar el tono de su conferencia magistral. De pronto se sintió erecto y se apretó el miembro. Lo acarició con delicadeza de panadero en quiebra y las siguió sin preocupación porque sabía que mirar atrás también estaba muy poco cotizado en los mercados donde las madres instruían a las hijas en los vericuetos de la intimidad.
Todavía su ángulo visual no ofrecía otra cosa que el paisaje interminable de los pastos verdes café y bien al fondo las estribaciones difusas de la Precordillera como fata morgana en lontananza. Las mujeres apoyaron sus codos en el último alambre de la cerca y miraron a la nada. Todo era como un maravilloso espejismo de ribera. Se tendió en la yerba para oír y para vivir la dulce fantasía de los traseros turgentes enfundados en jeans casi explotados sobre la soberbia de la carne joven. Ahora desestimó el manoseo porque estaba en tiempo de erección permanente hasta que un buen motivo provocara la descarga sublime que fusionaba a la vida y a la muerte en el instante único.
Lo Otro, bonita, lo Otro. Lo otro se vende también a precio óptimo. La apología de lo grande sirve para los dos sexos. En las mecas porno, tanto tienes tanto vales. Por eso cuando ves en los filmes triple x tipos normales es solo porque son peor pagados, porque tienen que destacar la diferencia o porque el promedio de hombres girafos es verdaderamente bajo. Solo las mujeres enamoradas no pagan dimensiones de hombre. Pero eso no quiere decir que no se mueran porque les toque un animal bien servido. Como se puede decir que no quedan mujeres enamoradas en tiempos de Globalización, pues los centímetros se cotizan en Bolsas Especiales en cada latitud. Nunca las reglas estuvieran mejor ranquedas en los anaqueles de estudiantes. Se agotan lo stoks de reglas y de cartabones y hasta las cintas métricas han desaparecido de los Mall. Hay una cifra bíblica para establecer el sirves o no sirves. Por eso sigo encaprichada en que el número doce tiene algún misterio.
Mamá, tratas de que recuerde tu teoría del dedo y el placer proporcional.
Para nada, muñeca, sé que lo tienes bien presente. Trato de que comprendas que todas las mujeres desearíamos ser dueñas de un gran dedo falo vibrante como los colibríes embriagados, incansable como los soles invisibles.
Entonces, acábame de hablar de papá.
La señora rubia despegó su mano del último pelo del alambre de la cerca, le rodeó los hombros y la besó en el pelo. Con la mano libre acarició su cara y después se metió dos dedos en la boca. Entonces silbó tan fuerte que el chico pensó que estaba en presencia de un silbato descomunal marcando una falta del contrario de su amigo en la cancha de la costa. El río, el bosque y los prados respondieron con un eco uniforme como si devolvieran su respuesta hecha sueños. La mujer silbó dos, tres, cuatro veces. Desde el Oriente entraron dos bestias bermejas de alocadas crines rojizas. La yegua tenía un lucero bayo en la frente y una cola pelada como muñón de manco. Brillaban con la salud que les daba la cría extensiva y parecían dos equinos salidos de una postal patagona o tal vez un pasquín electoral con caballos candidatos en un referendo salvaje. Comenzaron a corretear la yerba, a jugar de coces y mordiscos, alejándose y reencontrándose en el viaje nupcial de los instintos. Como para dejar sentado que la cueca y su origen pueden traspasar la emplumada poesía del gallo y la gallina.
La mujer silbó por última vez. Un soplo recio y taciturno. Dos monteros aparecieron y arriaron a las bestias hasta la cerca y las mujeres casi podían tocarlas. Los guasos expandieron una gran red en semicírculo y el chico pensó en lo magnífica que sería para cazar los peces que no querían morder sus carnadas cuando los animales quedaron encerrados en la alcoba de grama. La mujer dijo gracias y los hombres se fueron hacia la Cordillera sobre sus preciosos caballos de trote esbelto. Como si la madre deseara que la hija recordara por toda la eternidad a los hombres que habían traído Aquello. El muchacho supo entonces qué iba a pasar. Pero Internet jamás le habló de cosas como tales a la niña recién estrenada de mujer. La yegua se plantó de ancas y estiró la cola hacia la derecha, túrgida. El caballo sacó su arma mortal definitivamente y mordisqueó los cuartos traseros de la hembra con toda la parsimonia del amante desconocedor de que es voyeurizado en sesión didáctica. La oscura tripa traspasaba las articulaciones del caballo y la niña pensó que le había nacido otra pata mágica. Una de esas patas mecánicas que comienzan a vibrar mientras golpean los vientres de sus dueños con potencia asombrosa de urgencias ancestrales. La niña pensó más. Pensó que el hermoso caballo estaba enfermo y que no podría corer el Derby de Concepción el próximo domingo.
Pobrecito, mamá, mira lo que le ha salido, está enfermo.
La madre volvió a abrazarla y le palmeó la espalda por enésima vez.
Mi pequeña, ojalá tu papi hubiera tenido una salud como esa.
Está sano.
Como una sandía, querida.
A papá solo le faltaba la salud, mamá.
A tu papá le faltaba lo otro, querida, pero yo fui una mujer enamorada con dedo falo.
La niña le miró los dedos y se miró los suyos.
Puedo tomar lo que has dicho como que ya hablamos de él.
Puedes, gatita.
El caballo saltó sobre las ancas de la yegua y con puntería de francotirador sobreentrenado sembró aquella liana gruesa en algún lugar de la retaguardia de su compañera y comenzó a moverse con cadencia de bailarín de zamba acuecada y a empujar como si la vida se le fuera en cada encontronazo. A veces la yegua volvía los ojos brillosos como si aprobara el murmullo del río. La niña sintió un corrientazo debajo del ombligo y una sensación casi nueva y necesitó llevarse las manos a las entrepiernas.
Creo que me oriné mamita.
No, bebita, son otras aguas lindas y estás muy bien. Déjate llevar por lo que te está dominando y te gana.
La madre desplazaba su mirada de la cópula violenta a su bebé que ahora se apretaba sus pezones y masajeaba su pelvis con desespero de monja liberada y para cuando el caballo sacó su chuso coronado con aquella galleta planetaria, vibrante y satisfecha, sintió los espasmos y las contracciones inaguantables y jadeó de lujuria y dijo sí, mami, son otras aguas bautismales y la madre no respondió nada para que ella gozara el minuto supremo y vio como sus antebrazos se apoyaban en las estrellas punzantes del último alambre de la cerca y comenzaban a sangrar heridos en el delirio inconciente del orgasmo primero.
Después de la calma la mujer se volvió. Sabía que no lo había hecho por reflejo ni por esa intuición que se dice se tiene en presencia de terceros. Ella había percibido el olor a hombre. El macho perfume de todas las disposiciones. El llamado de la selva. Desnudo, el pescador sin suerte de la tarde del río, estaba a un metro, brutalmente duro, observando a la mujercita contorcionante de las alambradas, anesteciado en su piel impoluta. Curada de asombros y de vuelta de todo, pero con la capacidad intacta para morir de admiraciones, la madre bajó su mirada allí, donde la marca del chico se le daba sin tapujos y aprobó con la cabeza como si su hija pudiera sentirse orgullosa de sus dotes.
Qué edad tienes, hombrecito.
El se la dijo.
Eres virgen.
El respondió.
Ponte de lado.
El obedeció.
Tal vez no era la carpa del Circo de Las Montini ni la flecha que hubiera deseado Lady Marian en el bosque de Sherwood pero consideró que aún así podría venderse a buen precio en los salones exclusivos del otro cine holliwodense. O en las oficinas de Penthause. O en los predios del Senador.
Cuánto mide.
El lo sabía y se lo dijo.
Con unos tacones pudieras haber actuado muy bien en Sinverguenzas.
Eso me han dicho.
Has acabado.
No he empezado.
El chico había respondido sin mirarla, absorto en aquel pelo chascón desmadejado y en el trasero condenado bajo el género azul y el olor deslumbrante de las flores abiertas.
Mírame.
No.
Mírame hombrecito.
No existes.
Está bien, lo entiendo.
La mujer otoñal no podía competir con la mujer primavera.
Los amantes cuadrúpedos se alejaron pastando la suerte del amor concebido y la niña abandonó su cabeza en la cerca, la última frontera al borde del delirio, olvidada de todo y de todos.
Queridita, escuchas, me oyes, princesa.
Un poco, mamá.
No te vuelvas y desnúdate.
La niña obedeció.
Siéntate sobre la yerba.
La niña lo hizo.
Tiéndete de espaldas y levanta tus rodillas.
Ella lo hizo.
Toma tu ropa y pónla debajo de tus nalgas.
La niña obedeció como un robot.
Ahora, mírame tú.
Mamá no, por favor, sé también que está ahí, sentí su olor como tú, solo asegúrame que pasa de doce y que no tendré que ser esclava del dedo falo.
Te lo aseguro.
Déjanos solos entonces.
Mírame.
La niña la miró, ausente.
Dime si es una posición o se trata de una liturgia o estoy repitiendo tu expriencia primera.
Dame tu ropa.
La madre se alejó al oriente y el muchacho tomó poseción entre sus muslos. Para la niña no era un caballo con pierna extra pero salía ganador en la guerra del dedo. Como la yegua, estaba lista para lo que tenía que pasar.
Te importa si tengo himen.
Qué es eso.
Te importa si no lo haré enamorada.
Qué es eso.
Tu padre tiene plata.
Un poco.
Comienza.
Te importa si soy bien dotado
La niña observó lo que él tenía para ella.
“Bien dotado”, sonrió.
Sí.
Claro.
Un segundo antes de entrar en ella él supo que los ríos de la vida no siempre serán mezquinos y que alguna vez dejarán que sus peces regalones salgan de sus aguas tranquilas y de sus corrientes eternas para morder los anzuelos de la furia.
Septiembre 17 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
No comments:
Post a Comment