... Santo Chileno.
CNN en español.
Ha estado vibrando toda la tarde y volvió a vibrar poco antes de la media noche y después de las doce parece que tengo un temblor de tierra en las entrañas. Estás aquí solo para que me acompañes y para que escuches la historia. No sé, amiga, algo me dice que es bueno que yo te la cuente esta madrugada y me siento vencida por tu insistencia y por tu curiosidad. Si el relato te da para la novela te permito lo uses pero sin nombrarme y situando los hechos en otro espacio y en otro tiempo. Así que busca el maní y las palomitas y pon el CD monacal de los Monjes del Convento de Santo Domingo y siéntate a mi lado y escucha. Soy pésima contadora de cuentos y veré como soy sintética y resuelvo este galimatías de eventos increíbles. Como aspiras a ser novelista tú sabrás como organizarlos y reinventar a partir de lo que me faltara. Me siento tocada por algún rayo angelical y vago en un océano beatífico pero no sé de qué se trata. Solo sé que experimento algo desconocido y es como si debiera mantenerme despierta porque en cualquier momento puede ocurrir que el cielo se me caiga encima con todas sus estrellas. Tú crees en los santos, amiga. Suponiendo que existan, tú crees que harían milagros con personas ateas. Crees que su supuesta santidad les haga olvidar pecados y trabajar parejo aunque no se pida perdón ni se den señales de arrepentimientos. Aceptas que cada santo siempre está encaminándose al trono del Señor y solo milagrea para tratar de ser él mismo. No soy agnóstica, soy completamente atea y creo en lo que veo y toco y en el posible misterio de la lógica. Con todo el perdón de mis antepasados y con casi todo el perdón de mis antepasados post Jesús de Nasaret. Hice todo lo posible por no casarme con nadie de mi raza y agradecer al país haber aceptado el exilio de mis padres y juntarme con un hombre nativo y darle hijos mixtos con el acervo de la nueva nacionalidad. No fue posible, sin embargo. Nací diseñada para un hombre que estuviera más allá de las etnias, especialmente dotado para fecundar un útero único, lejano, custodiado por ovarios profundos y trompas llenas de vericuetos y meandros. Cuando sentí la necesidad de ser madre no sentí la de casarme y busqué al hombre sano e inteligente para que donara su esperma. No creo fueran tan inteligentes pero sí parecian muy sanos. Ni uno solo pudo fecundarme jamás. Sus espermios se morían en el largo camino hacia mis óvulos y de nada valían eyaculaciones violentas y penetraciones hasta el fondo. El semen regresaba y cuando mis óvulos llegaban al encuentro de la savia sus semillas gemían, muertas, en mi pubis y en mis muslos y en cada superficie donde copulábamos parecía que habíamos dejado fragmentos de vida abandonados al mejor postor. Si digo de penetraciones hasta el fondo debes entender hasta el fondo de ellos porque soy una mujer sin fondo y cada miembro nativo parecía una vienesa china moviéndose sin rumbo en mi vagina, poco mas que un dedo sabio masturbando mi carne. Mi ginecólogo dijo sentirlo por mis compatriotas pero que estaba seguro no se trataba de etnias y me sugirió poner una nota en Internet o de lo contrario hacer un catastro de los hombres judíos disponibles. La ruta de la concepción es sagrada y cuando una mujer se siente llamada en el camino de la vida tiene que poner a un lado el resto de las motivaciones. Existía un hombre judío excepcional. El hombre ideal si yo anduviera buscando hombres ideales no nativos. Cuando ese hombre me pidió relaciones serias le expliqué lo que buscaba y aunque simuló entenderlo y apludió mi sinceridad, se marchó enfadado y ofendido. No quiso verme más porque no podía soportar mi cercanía sin desearme y me respetaba demasiado para profanar mis palabras sin máscaras. El consejo del ginecólogo me regresó a su casa. Deseaba rectificar. Solo que el hombre estaba en Israel tratando de resolver el problema palestino y buscando en las piedras sagradas de la ribera occidental y en los fondos calcinados del Jordán las verdades de que hablaba Arafat y los postulados que defendía Sharon. Era un intermediario romántico de principios en formación que buscaba la semilla sobre el misterio del Génesis. La noche en que lo llamé estaba rescatando cadáveres en un asentamiento judío en Cisjordania y maldiciendo a la Milicia Hamas. Dijo que lo llamara otro día porque le interesaba mi intento de reencuentro. Ese otro día fue una tarde de invierno. Ahora sacaba niños moribundos de entre los escombros de una aldea palestina bombardeada por Tel Aviv a manera de represalia. Repitió otro día porque no había perdido el interés en comunicarse conmigo. Mi tercera llamada lo sorprendió en Ramala y se mostraba muy contento porque se conversaba acerca de la paz futura en la zona y parecía haber suficiente seriedad en la Conferencia Internacional. Recuerdo que yo estaba diciéndole que mis entrañas clamaban por un hombre de caravanas de camellos y él se reía cuando escuché la explosión continuada y se cayó el enlace. El cuarto contacto después de lo que él llamó desprecio sublime por la raza llegó desde un avión cruzando el Atlántico. Dijo que venía definitivamente para dedicarse a los negocios. El hombre ideal y perfecto hebreo no aceptó noviazgo, amistad íntima ni relaciones futuristas. Dijo que si no podíamos ser esposos legales para toda la vida regresaba a Israel para comenzar estudios históricos que le enseñaran de verdad el origen de los conflictos judeopalestinos porque la Declaración Balfour le parecía un episodio del ayer reciente. Yo comenzaba dos años sabáticos para dedicarlos a él, que era fotógrafo profesional, y a recorrer las más cotizadas plazas mundiales del Fashion porque veía en la Alta Costura mi futuro mediato. Pensaba que mi hombre podía vender su arte en el demandado universo de la imagen y cuando se fuera el primer año sabático abandonaría los anticonceptivos para buscar el embarazo. Soñaba con establecer en Santiago mi negocio de Diseño dirigido por ambos y tener a nuestro hijo. Pero mis proyectos estaban muy lejos de los suyos. El era el hombre y estaba casada con él. Moderno en todo lo que no tocara el sagrado poder del patriarcado. Y no quería hijos por ahora. De modo que un día amanecimos en las faldas precordilleranas del Valle del Elqui, viviendo en una gran mansión copiada del barrio judío de Jerusalem, regalo del abuelo fallecido en los tiempos en qué algún miembro del Clan Yarur se trajo las primeras cepas del Mediterráneo oriental y las plantó buscando vinos de buquet inigualable. No estaba enamorada del hombre ideal de las etnias en el sentido en que una mujer se enamora de un hombre. Tenía los atributos que exigía mi sistema reproductor en grado extra y estaba enamorada de ellos. Solo pudo poseerme tras un par de incisiones en los labios menores de un centímetro y de una intervención quirúrgica especial en el cuello del útero porque su miembro necesitaba subir si yo no quería corer el riesgo de un tumor cervical ante tanto choque y tanto empuje incontrolable. Cuando cicatricé del trabajo de los bisturís fui una mujer feliz y enseguida pude pasar del amor carnal al amor definitivo porque el hombre también nació diseñado para enamorar a una mujer. En la mansión hebrea la vida se deslizaba sobre rieles de flores a pesar de que él había matado todas mis espectativas. Enamorada, acataba sus dictámenes y me rendí a su manera de colonizador mediático, conservador y pujante. No teníamos sirvientes, electricidad, agua de pila ni transporte para trabajar. Había dos teléfonos celulares y solo se activaban para recibir noticias de la familia el día elegido y para asuntos de negocio. El auto cumplía una función decorativa y no recibíamos visitas a menos que fueran necesarias por asuntos bursátiles o de nuestras familias cada cierto tiempo. El proveedor llegaba cada semana y se iba sin hablar después de bajar las mercaderías en el sótano. La casa estaba llena de libros y de revistas que él traía de sus viajes a la ciudad costera a donde acudía cada cuatro días cargado con las veinte mulas toneleras y los veinte burros que llevaban las uvas de mesa en cajas perfectamente embaladas. La infraestructura vinatera estaba a cinco kilómetros de la casa y solo dejábamos de fornicar cuando él viajaba a la costa. A pesar de lo inocuo de los anticonceptivos orales comencé a temerle a una intoxicación gástrica y la noche en que se dio cuenta que no los tomaba me retó y entonces le dije de mis temores y le recordé que quería tener un hijo y que creía ya había pasado el tiempo suficiente de acuerdo a lo planeado. Me dijo que él medía el tiempo por el Calendario Judío y cuando regresó de la costa la próxima vez trajo una carta firmada por un ginecólogo alemán que aseguraba que los anticonceptivos orales eran inofensivos desde el punto de vista gástrico pero que no sería mala opción enriquecer la dieta con leche de burra. Esa noche me arrodilló en la cama y corrió el espejo para ver como yo cerraba los ojos y me transportaba a otros mundos y me mordía la boca mientras entraba en mí por la otra puerta y sentía mis intestinos y mis vísceras porfiando delante de su arma. No era masoquismo ni era sadismo porque yo no sentía dolor y él sabía que el placer era mutuo. Solo era otra manera de conseguir orgasmos en momentos en que los sexólogos se desvivían por sugerir posturas y novedades de alcoba. El jamás hubiera hecho nada que me provocara rechazo. Nunca he podido explicarme como podía recibir su miembro por allí sin haber operado de la misma manera ni olvidar la primera vez que lo logramos. Estábamos solos contemplando a Santa Teresita de los Andes después que la hubo fotografiado hasta el cansancio y pagado por la deferencia y entonces me abrazó y comenzó a acariciarme y mientas mirábamos a la Santa se incrustó en mi trasero y metió su mano bajo mi jean y nos dimos cuenta que mi chico estaba mojado y decidimos que ahora sí podíamos hacerlo y que un chuso revolviendo a un manojo de vísceras también era otro camino al placer. A partir de esa tarde siempre lo repetimos y sonreíamos a Santa Teresita de los Andes de manera inconsciente. La Santa adornaba la pared de la casa museo en donde había otras imágenes sacras posteriores a la última quema del Templo de Jerusalem y él estaba preparando una colección razonable para exponer en Haiffa después que empezara a cotizar en la Bolsa. Pero aún no tenía capital suficiente para comprar acciones de peso y no quería molestar a sus padres ni que yo intercediera ante los míos. Nuestras familias especulaban con Bienes Raíces y Flores de Exportación y comenzaban a plantar cepas francesas en el sur del Bío Bío. Teníamos el mismo orgullo y queríamos despegar solos. Pero para poder despegar sin contratiempos él necesitaba de una heroicidad. De aquí en adelante diré “necesitábamos” porque a esas alturas yo era su consejera y su mejor oidora y su única socia en el proyecto millonario y en el sueño con las Bolsas Internacionales. El Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos estaba en carpeta y solo exportando por la Zona Franca de Iquique era posible aumentar los capitales. Para ello debíamos cruzar el desierto y las mulas y los burros no servían y quién osaba convencerlo de transportar los vinos y las uvas en algo que no fuera transporte animal. Una noche regresó de la costa con un gran libraco de Geografía y lo abrió en la sección Altiplano. Dijo que donde único había una especie de camello en América era en el Altiplano chileno cerca de la frontera con Bolivia pero que una autoridad en fauna altiplánica le había explicado que tales camélidos no solo eran guaguas de la especie sino que no tenían joroba, tomaban más agua que minero exhausto, que no cargaban casi nada y que eran capaces de echarse como las llamas si consideraban que los trataban mal y que eran medio sagrados como las vacas de la India y las palomas de todas las plazas del mundo. Revisamos las fotos de los bichos cuadrúpedos y en verdad mostraban en sus rostros y en su caminar una melancolía de inicio de los tiempos y daba más deseo de adquirirlos como mascotas que como animales de carga destinados al desierto más árido del Planeta y condenados a trotar una distancia de espanto. Mi marido dijo que de todas formas se llegaría a un lugar que le sugirieron y cuyo nombre no se veía en los mapas porque se trataba de una pésima traducción del aymara y que se llamaba algo así como Isluga, enclavado en la Región de Tarapacá y cuyo entorno era un gran Parque Nacional. La fuente le había aclarado que allí vivía un hombre que logró cruzar dos razas y conseguido un animal de mucha mas fuerza y de mayor tamaño con aumento considerable de la producción de lana rondante en el ciento veinticuatro por ciento. Dejamos el negocio en manos de nuestros hombres de confianza y nos fuimos a Isluga. Antes tuvimos el cuidado de que los agrónomos probaran el fertilizante indio para la maduración precoz de la manzana e intentaran de nuevo con el injerto de papayas fracasado tras la invasión de grillos uruguayos el último otoño. No pensábamos estar fuera mas de una semana. Mi esposo quería jugársela antes de partir a Africa del Norte y no tuvo mas alternativa que coger el auto, medio muerto bajo una montaña de telarañas y tres capas de polvo cegador. Nunca me arrepentiré del viaje a Isluga porque solo quien haya estado en el corazón del altiplano aymara puede decir que estuvo en otra dimensión y que toda imagen visual o historia oral es nada si no se caminan sus planicies de arena, sus picos nevados, los pastos exclusivos y la misteriosa arquitectura de sus casas e iglesias chantadas en un alud sin movimiento. Fantasmagoría, irrealidad, espejismos, don de unicidad, certeza trunca, eso es Isluga en el centro neurálgico de un Altiplano sui géneris. Solo pudimos contactar al hombre del híbrido de camello altiplánico después de asistir, obnubilados, a una de las etapas del Floreo. El hombre aymara explicó que nos habían mentido porque solo había conseguido una raza un poco mayor que obviamente producía mas lana y nada más. Era como si nos hubiera dicho que nos “habían tomado la lana”. De modo que los consejos de los cruzadores de ganado del bajo Matto Grosso se quedaron en eso, en consejos sin aplicación en animales aparecidos para producir más lana. Mi pareja expresó, ofendido, que nadie nos había engañado porque el especialista de la costa solo sugirió una opción por algo que había escuchado y que le parecía factible. Entonces el hombre aclaró que mediante el Rodeo cada dueño podía identificar a su ganado en un evento tradicional que se efectuaba una vez al año y que su verdadero sueño era poder recrear al paliollama, un antepasado extinguido hacía nueve mil años y que en el Altiplano no hay flores y que por eso las fabricaban con tejidos de llamas y de alpacas y que las coloreaban con sus colores predilectos que eran el verde y el rojo y que eran bendecidos por los uturis espirituales y que la ciudad de Isluga es la ciudad sagrada de los aymaras y que es la ciudad que duerme y que espera y que contiene en sus valores toda la sacralidad andina. Mi marido, cansado de Historia Ancestral, dijo que el paisaje era inigualable y que agradecía el permiso para fotografiarlo así como la bellísima arquitectura de paja y adobe y la sin par disposición de la ciudad sagrada pero que se moría de sed y lo estaban matando los espejismos y las alucinaciones y el fabulador dijo que a eso le llamaban fata morgana y que ojalá no nos sorprendiera la camanchaca y se trajo dos jarrones verdirojos de cierto aguardiente mezclado con chicha porque era el 21 de Diciembre y sus coterráneos de Linima celebraban al Santo Patron Tomás Apóstol y mi esposo dijo estoy seguro que es licor de maíz y el aymara se rió y nos dimos cuenta que captó la ironía y finalizó el camino de regreso es por ahí al Oeste y cuando montamos para partir sentenció es verdad que mi ganado es más fuerte si no pregúntenle a sus amigotes millonarios por qué tengo que comprar máquinas electrónicas para la esquila y mi esposo dijo hasta luego paliollama pero lo dijo en árabe y el islugueño hizo una reverencia y se metió en su casa. Estuvimos un par de días en Iquique reunidos con los jerarcas de Zona Franca y cuando salimos de sus oficinas mi marido dijo creo que va a funcionar y compramos dos pasajes a través de Internet para Jordania. Nos vamos en una quincena, aseguró. Los ingenieros dijeron que parecía que las manzanas no asimilaban para nada el fertilizante indio pero que partían de maravillas con el abono búlgaro y estaban seguros que las papayas alcanzarían el doble de su tamaño para la próxima cosecha. El arriero sustituto contó que había recibido un pedido especial de Canadá para vinos de la cosecha antespasada pero que ya no quedaban existencias y solo se disponía de un stok reducidísimo en las viñas de un tío en las proximidades de Concha y Toro. Mi esposo bajó los morros y le ordenó comprar pero le dijo que hiciera el embarque por Zona Franca y que lo trasladara en barco como excepción. Volamos a Anmam vía Madrid- Roma- El Cairo porque mi esposo no quería tocar suelo israelita y aunque no compartía la manera de luchar de la señora de Yasser Arafat ni su exhibición en el mundo del Jet Set Internacional como mujer de Clase la visitamos en su Hotel Comando y la Dama le dijo que le parecía imposible el negocio no porque no fuera a resultar sino porque había oído decir que los camellos mesorientales y norafricanos no podían vivir fuera de su habitat por muy desértico que fuera el norte del país donde él vivía y que además una recua de treinta camellos costaba una fortuna sin contar traslados, papeleo de venta y derechos para especies exóticas suponiendo que la transacción se realizara por la derecha. Mi esposo respondió que le agradecía el consejo pero que lo que nos faltara era asunto de los parientes de Amsterdan al tanto del negocio. La Dama nos deseó suerte y me dijo eres tan bella para estar metida en estos arenales y estuve a punto de decirle que se fijara mejor alrededor de su hotel pero me contuve porque enseguida dejó de mirarme para preguntarle a mi marido que cuándo pensaba seguir la lucha. Cuando pueda comprar la cordura de ambos bandos, respondió. Sé muy bien que eso ha de lograrlo una gran caravana de camellos jordanos transportando delicatessen por otro desierto sin historia, ripostó la señora del Líder. Mi marido aún pudo decir desde la puerta, mientras se sacaba a codazos a los guardespaldas, que esperaba encontrarla la próxima vez en la Ribera Occidental aunque solo fuera para tratar de evitar que Yasser Arafat siguiera violando más niñas palestinas en nombre de sus baales de miniatura. Pero creí que ella no lo habia oído y que los guardespaldas no sabían amárico. Los parientes judíos de Amsterdan financiaron un tercio de la operación y consiguieron todos los contactos a cambio de la hipoteca de nuestra propiedad en caso de fracaso. Nos fuimos a la Ciudad de Piedra y todo el tiempo que nos dejaba el curso intensivo de Caravanero lo dedicamos a recorrer la ciudad mítica, especie de Isluga pétrea en otra variante de Altiplano por donde pasaron generaciones enteras en la ruta del comercio sobre cuatro patas. Disfrutar Petra in situ era otra cosa si lo comparábamos con los programas espectaculares de National Geographic. Dos meses después nos considerábamos Licenciados en Beduinología y vimos como montaban a los treinta camellos en la bodega reservada del barco chino que llevaba mercadería para “San Antonio or Valparaíso”. Era de madrugada y el puerto del Mar Rojo estaba desierto mientras se elevaba la carga en medio de un suspenso peregrino. Antes de la partida recibimos dos visitas. Un emisario de la señora de Arafat nos dijo que lo que hacíamos era ilegal a pesar de todos los amarres internacionales y de la plata sionista y que pediría a los mismos dioses objetos de nuestra burla porque lográramos pasar de la altura de las Islas Canarias. El emisario agregó que la señora le mandaba a decir que no era sorda y por demás polilingue. El otro visitante era un empleado de medio rango del Consulado Nacional el Port Said. Dijo que no olvidáramos se trataba de animales para adaptar y vender a los circos y que no podíamos “ocupar” hasta dentro de seis meses y que para ese entonces se vería la próxima excusa. Se trataba de camellos jóvenes con una sola caravana y el vendedor dijo que no sabía si podían vivir allá o no porque él era vendedor y no ecologista y que estaba dispuesto a volver a hablar de negocios porque la oferta lo había dejado satisfecho. A la altura de Túnez recibimos un faz de Amsterdan. Los parientes decían que una operación exitosa en la Bolsa les había llenado de dividendos y que podíamos olvidarnos de la hipoteca de nuestra propiedad y que solo pagáramos a largo plazo y sin intereses. Mi esposo sonrió para decir que se trataba de la magia de Escipión el Africano a la altura de Cartago y me hizo el amor sobre la borda en el medio de la madrugada mediterránea. Tocando Gibraltar recibimos otro fax con idéntico remitente. Los parientes de Holanda decían que consideráramos su parte en la Operación Camello como regalo de la Raza Elegida y que les encantaría saber que el Hijo Pródigo dejaría de inmiscuirse en temas judeopalestinos porque era mucho mejor mercadear en el templo que batirse en los acantilados de San Juan de Accre o en las planicies de Michmasch en tanto el Señor de las Alturas decidiera que hacer con este mundo imperfecto. Mi marido extrajo su pene y estalló cómo si me importaran los chantajes a estas alturas de una vida en que abandoné las luchas y después se cogió todo el paquete y se lo sacudió mirando al Noreste y se inclinó sobre la la alfombra persa del camarote y dijo por si es Mohoma el que tiene razón. Al Este del meridiano de Madeira mi Hombre Ideal me participó que cuando llegáramos a la Mansión Hebrea podía deshacerme del oprobio de las tabletas anticoncepción porque estaba dispuesto a meterse en la aventura del vástago. La noticia me sonaba mejor que todo el futuro promisorio que proveerían los camellos y por la noche pasamos entre los treinta animales dormidos en las bodegas y sentimos el olor de su respiración y el suave balido de sus belfos y mi esposo dijo que debían ser idénticos a los que trajeron a los tres Reyes Magos desde Oriente cuando no a los que transportaron a Abraham y su Corte Redentora desde la interperie de Caldea la Vieja y yo agregué amor para saludar a las buenas nuevas y terminamos riendo y haciendo el amor entre uno de los camellos y la pared de la bodega. Por la mañana subimos a cubierta y hacía un sol esplendoroso y parecía que navegábamos en medio de una burbuja de cristal verdeazul. Me senté a diseñar colalés de vírgenes aspirantes a Modelo y mi marido sacó la Cannon y se dispuso a esperar la llegada de los delfines. Acodado en la veranda norte, con el short por debajo de las rodillas como Rafa Nadal simulaba un Dios Indescubierto y mientras lo miraba comencé a exitarme y de pronto me vi abandonando los diseños y corriendo hacia su cuerpo en medio de la indiferencia de la tripulación griega que al parecer nos consideraban el camello treinta y uno y treinta y dos. Le metí los pezones en la espalda y acaricié sus codos. Me intoxicas, le dije, y mordí su cuello de toro dionisíaco. Míralos saltar, deja que se acerquen, los capto y altiro nos metemos en el camarote porque alguien no es la única intoxicada, respondió. De pronto sentimos un sonido lejano a nuestras espaldas y cuando nos volvimos el sonido se hizo ruido y el ruido se hizo una nave aérea y la nave era una mole grande y redonda con aspas superiores y venía directamente sobre el helicóptero que era sombra en cubierta y el helicóptero se le plantó encima y bajó hasta unos diez metros y escuchamos la voz del megáfono saquen a los animales a cubierta y retírense todos a proa y de pronto la cubierta estaba llena de la tripulación y la voz repitió lo mismo y dio cinco minutos para que se cumpliera la orden y mi marido miró al Segundo Capitán del mercante que acababa de llegar y este miró a la nave y pidió que el Jefe sacara la cabeza pero no se oía nada y aunque la orden había llegado en todos los idiomas conocidos preguntó qué dijo el tipo de arriba y mi esposo le explicó y la voz repitió tres minutos y dijo que nadie intentara comunicarse y que ninguno de los que estaba en cubierta se moviera como no fuera hacia la proa y agregó lo incluye a usted Capitán y dijo que los esposos custodien a los camellos afuera y como vio que el Capitán chino se movió una ráfaga le voló la gorra de plato de Capitán marino y dijo si se mueve de nuevo la próxima será mas abajo. Como nadie podía preguntar que estaba pasando porque no había a quién preguntar y aunque así fuera no se escuchaba nada el Capitán ordenó sacar a los camellos en el preciso instante en que otra ráfaga voló los sistemas de comunicación del mercante. El último camello golpeó a mi esposo en los genitales y a duras penas pudo llegar hasta la proa, encorvado y apoyándose en el piso. Me desgració, dijo, con una mueca de dolor y de desesperanza que para mí sería inolvidable. El helicóptero se desplazó al Sur y bajó hasta la banda de babor y todos vimos las diez bocas de las ametralladoras y al pandemonium de fuego y a los camellos masacrados y empujados al mar y a los charcos de sangre en cubierta y mi esposo retratando la escena sin delfines, héroe anónimo de la instantánea hasta que uno de los marineros le quitó la cámara al notar que se desmayaba con sus genitales entre las manos y una gran mueca de dolor en la cara y siguió filmando la primicia. Entonces el helicóptero ascendió y bajó enseguida para posarse en cubierta y debió maniobrar porque resbalaba sobre tanta sangre de camello y se apeó un hombre muy gordo vestido de camuflaje y con la boca tapada y muchos pensamos que éramos víctimas de los piratas somalíes y que seríamos devueltos Mediterráneo atrás hasta las costas del Cuerno Africano. Le pidió la cámara al marinero y la tiró por el piso de la nave para que resbalara y cayera al mar pero alguien la alcanzó y bajó para guardarla y regresó al momento para asistir al discurso del gordo. Me preguntó qué cómo estaba mi esposo y respondí desmayado. Cuando se cercioró de que había médicos a bordo dijo con calma medida que no se trataba de nada personal y que solo era la manera de hacer justicia ya que de muy poco habían valido sus intentos por frenar la transacción de camellos en Jordania y que los preferían muertos que esclavizados en un desierto que no era el suyo enriqueciendo a un judío que prefería matar a los animales antes que utilizar otro transporte con el único objeto de ganar unos dólares más en base a un chiste ridículo que hablaba de regresar a la semilla. Antes de subirse a la nave se volvió. Dije judío en el sentido comercial y que nadie lo tome como antisemitismo porque no es verdad. Si piensan publicar lo que acaba de ocurrir en alta mar no dejen de decir que somos la Rama Ecológica de Al Qaeda. Mi esposo estaba recuperando la conciencia y sacó sus manos de los genitales y me dijo otra vez me desgraciaron y agregó chuta no pudimos pasar de la altura de Islas Canarias y ahora cómo sabremos si fue una maldición de la Señora Arafat o un fallo de sus Dioses. Desembarcamos en Pernambuco y subimos el Amazonas hasta Iquitos y regresamos por el Camino del Inca a lomo de mula y mi marido tuvo que hacer hartos esfuerzos para no voltear al pueblo aymara y pedirle al paliollama que siguiera intentando con sus camélidos fuertes bajo su patrocinio. La maduración de la manzana y el ostensible crecimiento de los papayas no mejoró el dolor genital de mi esposo. Tampoco el cambio en la transportación de los vinos y las uvas. Cansado de experimentar con sus sueños de viajar a la semilla se decidió por el transporte convencional y adquirimos una flota de camiones rampla en la Concesionaria Volvo . Nuestras arcas se dispararon y pudimos cotizar en las Bolsas de medio mundo. Cuando se hizo efectivo el Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos y se abrieron los grandes mercados de Asia abandonamos la ruta de Iquique y comenzamos a disfrutar de las ventajas arancelarias que nos ofrecía el mismo puerto de donde ya no regresaba cargado de publicaciones bursátiles y sí con toda una Enciclopedia científica en la que buscábamos la manera de fortalecer sus espermatozoides quedados varados en la mitad de su falo potente pero inútil. Un doctor cubano que residía en Coquimbo nos había dicho que el semen se fundía en el metabolismo sin dificultades y que en cuaquier momento se restablecería la eyaculación y vendría el embarazo deseado. Una madrugada hacíamos el amor, de pie, en el patio, bajo una luna primorosa de cuarto menguante y me dijo que le parecía que su esperma había pasado de la mitad del pene sin llegar a la corona pero que nada era capaz de salvarlo de la condición de castrado por encontronazo y patada de camello en océano ni de hombre de negocios que se había convertido en productor transgénico debido a situaciones fortuitas. Le consolé diciendo que teníamos que esperar porque la vida no era mas que un lento transitar de misterios en esperas infinitas y que todo llegaba alguna vez en tanto la muerte no interrumpiera el ciclo y que éramos muy jóvenes aún y una muestra de mi teoría ordinaria estaba dada por el camino ascendente de su esperma.Me miró con una tristeza proverbial y me condujo a la pieza. Diseña condones, bromeó. Durante los próximos dos meses el semen jamás se asomó al orificio de salida y el doctor le recomendó sesiones de masturbación a solas. Las cumplió con disciplina monacal y una media noche la descarga fue tan violenta que el surtidor derribó tres manzanas que fungían como naturaleza muerta en el alféizar de una ventana falsa y cuando acabó había un charco en el suelo del tamaño de una toalla. Esa noche decidimos no consultar al médico y fue tanta la furia del acoplamiento que con el choque de las pelvis nuestros pubis ardieron como si el Jefe del Helicóptero los hubiera rociado con napalm y su descrga de lluvia templada destrozó la parte alta de mi útero y su semen se metió en mi estómago y todavía por la mañana estaba vomitando esperma sagrada y tenía tanto ardor en el empeine como si me hubieran injertado una parcela del infierno. Así que el doctor tuvo que hacerme una operación de acceso mínimo bajo el ombligo para reconstruirme el útero pero aseguró que ello no tenía importancia para la procreación y cuando le hizo la prueba espérmica a mi marido aclaró que redujéramos los contactos a una vez por semana si de todas formas el semen no estaba listo para fecundar y todavía nadie conocía de bomberos de alcoba. Hacíamos el amor como había ordenado el doctor caribeño pero solo se trataba del amor convencional porque en los próximos meses agotaríamos todas las maneras de encontrar placer y creo que todavía andan por ahí las innumerables notas que redacté por si alguna vez tú las quieres revisar y valorar si de todas formas se publican cada basuras hoy día que da la impresión de que todo es permitido en la viña del señor. Por supuesto que esto de “viña del señor” es solo una coincidencia sin ironías. Decidimos cambiar el fertilizante indio en favor del búlgaro y adquirimos más tierra al Sur del Bío Bío si de todas maneras Tomkings, Don Francisco, Piñera y algunos vástagos del Clan Castro, según fuentes bien informadas, estaban acaparando gran parte del Sur de Chile. Se nos ocurrió comenzar a edificar casas al estilo hebreo de los asentamientos en Jerusalem Oriental al Noreste de nuestra residencia ahora que se decía que el Gobierno de Israel iba a desmantelar sus poblaciones tradicionales. Cuando el médico llegó para un almuerzo de domingo nos dijo que las pruebas de laboratorio en Montreal decían que la esperma de mi marido estaría lista en una semana porque había reaccionado satisfactoriamente en una mona conejilla y nos dio la fecha exacta de la noche en que teníamos que copular y ahí mismo me colocó un tapón sintético en el cuello del útero y sonriendo con picardía le dijo a mi marido que por esta vez tratara de no traspasar la frontera de Gaza y mi hombre ideal, sonriendo también, contestó a menos que no viole los tratados. Aseguramos al galeno que si su predicción tenía éxitos le regalaríamos la primera casa judía y el dijo que mejor se la diéramos al director del laboratorio canadiense y entonces dijimos que obsequiaríamos dos. A mediados de la semana tuvimos una visita de alcurnia. El comerciante de camellos jordano se apareció en un Land Rovert descapotable para conocer si queríamos más camellos, esta vez vírgenes de caravanas.Mi esposo le dijo que su visita no era deseada y más encima de mal augurio y lo despidió cortezmente pero de todas maneras el hombre preguntó por los camellos de las laderas del Mar Rojo. Perdieron su joroba y los vendí como ganado vacuno en una feria de Mongolia a los dos meses, respondió mi esposo, y agregó el camino de regreso es por ahí, señor. El día anterior a la noche en que tendríamos la relación divina mi esposo quiso que estrenara el sidecar. Mandó por uno de sus tíos fanáticos del manubrio y que fue el vendedor de la máquina al año siguiente de la masacre en alta mar. Se trataba de una moto de los años treinta, una de aquellas Vespa que luego enloquecerían a todo el mundo y el tío había asegurado que fue usada durante la Guerra de los Siete Días por uno de los Generales invicto en la contienda relámpago contra los árabe palestinos. Una reliquia adquirida por el puro placer de gastar dinero y con la onírica esperanza de que fuera inversión barata pues siempre sospechamos que era una de las joyitas mandadas a fabricar para el relax de Benito Mussulini en los malecones del Tíber. Mi marido había bautizado la moto sidecar con el nombre de Esdras que sabes fue el mas grande de todos los profetas y dijo que el viaje sería de ida y vuelta hasta la ciudad de la costa y que mediría el tiempo y que si bajaba de una cifra que mantendría secreta el embarazo sería seguro. Así que ordenó situar un gran cartel en la primera casa judía y escribir una palabra que decía Habana y una gran valla en la segunda con otra palabra que dijera Montreal. El tío apareció al amanecer en un Porsche rojo y dijo que estaba apurado porque tenía que seguir esa misma noche para Nueva York donde correría una de sus caballos árabes. Mi hombre lo recibió con agrado pero a medida que fue pasando el tiempo se sintió mal porque el tío apenas hablaba cuando le explicaba los detalles de la carrera y casi nunca se volvía cuando era requerido de improviso. Me puse un pantalón de buso, una polera blanca y un par de zapatillas Ferox. No me permitió usar gorra porque siempre dijo que mi pelo suelto le recordaba a los israelitas siguiendo a Moisés por el desierto. El magnate de caballos dijo nos vamos y entró al sidecar. Por algún motivo el piso cedía a mis pies pero no le di importancia si todos decían que las Vespa eran una maravilla de la ingeniería italiana. Mi marido dijo que tengan suerte antes de hacer el disparo de rutina con su Jericó y el tío se volvió para decir por qué hablas de la muerte y mi esposo rió la broma y disparó. Cuando desistí de intentar la charla dije bueno si no quieres hablar y oí que respondió correcto estamos al llegar. Recorrimos las diez cuadras del Malecón a una velocidad inusitada y cuando volvió a tomar la carretera aumentó más y entonces estuve segura de que trataba de asegurar un tiempo récord para que no fallara la predicción del embarazo y me aseguré de algo más porque aquella velocidad supersónica no podía ser producida por una vieja Vespa de la época de Agripina. Iba a decir algo al respecto pero como sabía que no contestaría me callé. Hasta que una ternera amarilla salió de la maleza en medio de un sol reverberante y tuvo que dar un giro brusco y se metió en un bache y el fondo del sidecar vibrante se perdió bajo mis pies y mis zapatillas tocaron el asfalto y me sujeté del parabrisas y comencé a gritar que se detuviera que se detuviera que se detuviera mientras comenzaba a correr a su lado sin la mas pequeña conciencia de lo que estaba pasando. No podía despegar la mano para tocarlo y el conductor no me prestaba atención y seguía con la mirada fija al frente como si esperara otro animal intruso y no le importara un rábano el pasajero que llevaba al lado. Cuando me cansé de gritarle y de tratar de llamar su atención me apoyé mejor en los bordes metálicos del parabrisas y corrí como si viajara sola en una maratón suigéneris, olvidada de todo y el viento me golpeaba en el rostro y el pelo se me iba como los hombres y mujeres y niños de Moisés en el alero del Mar Rojo y apenas sentía las rodillas y las plantas de los pies y la velocidad aumentando en cada metro ganado al récord antológico y de pronto la gran puerta de entrada a la mansión hebrea y el camino de grava y el frenazo y antes de caer fulminada sobre el parabrisas oí que el tío preguntó tiempo exacto sobrino y que mi hombre ideal contestó récord mundial tío y que el tío se apeó y dijo salgo altiro para Nuyork que se me va el vuelo y mi esposo me levantó y me besó y me llevó a la cama para que descansara del viaje récord y al ver que no contestaba y me desmadejaba sobre el cubrecamas me dijo qué te pasa amor y logré articular es un monstruo casi me mata y él dijo de qué hablas mujer y pude balbucear se rompió el fondo del sidecar después de un bache y creo que he corrido como sesenta kilómetros a ciento diez por hora no tengo espaldas ni caderas ni riñones estoy hecha tiras mi vida. Mi marido se levantó para gritar tío, espera. Estás segura de que le gritaste, me dijo. No fastidies, querido, casi me desgañito. El tío entró con su bolso de urgencias al hombro. Mi marido lo miró y se puso a su derecha. Hijo de la gran puta, dijo. El tío no se movió. Se colocó a su izquierda. Felicidades, tío, lograste llegar antes del tiempo y tendremos al bebé. Orgulloso, el tío sonrió y le tendió la mano. Entonces mi esposo se le paró delante y le abrió el ojo derecho con sus dedos índice y pulgar. Se ve muy bien ese ojo después de la operación en Austria. El tío se echó a reír. Es un ojo de cristal, sobrino, no hubo solución. Pues no lo parece. Y cómo va ese oído negado a recibir los audífonos de “los hombres”, agregó, halándole el lóbulo derecho hacia abajo como si ordeñara a un biberón. No puedo oír ni las trompetas de Jericó, amigo. Mi marido me miró, desconsolado, y lo acompañó afuera. Oí que le deseaba buen viaje y cuando me pareció que discutían me arrastré como pude y vi que el proveedor, acabado de llegar, le ayudaba a montar el sidecar en el techo del Porsche. Es una reliquia de la guerra, hombre. Te lo devuelvo, tío. Me destrozará el auto. Te comprarás otro. Con qué plata, señor. Con la que te dará tu caballo árabe. El proveedor dijo que le parecía el motor de la Vespa no era original. Qué va a ser original, amigo, es de una Harley Davidson de los noventa. Esa noche no pude abrir las piernas y de nada valieron todos los esfuerzos por tratar de fornicar. Me sentía como muerta del ombligo hacia abajo y mi concha se había cerrado como condenada por un pzíper de estaño. El doctor me hizo una prueba de ovarios y dijo que no ovularía hasta dentro de siete meses y debió hacer una segunda operación de útero sobre la misma cicatriz de la época del fuego pubiano. Otro accidente y tendrán que acudir al Sename, sentenció. Puedo ayudar a los hijos de otros pero no adoptarlos, dijo mi esposo. Preferí hacer silencio porque una mujer nunca sabe. Aconsejó que nos volviéramos a Santiago y pasáramos durmiendo los próximos siete meses. Estoy hablando en serio, amenazó. Para esa época era, tanto como ginecólogo de cabecera, un consejero matrimonial de excelencia. Dije que sabía de muchas variantes de fertilización pero contestó que él también y que ninguna se adaptaba a nuestro caso pero nos dio su palabra de que si no ocurría nada mas en esta senda increíble de contratiempos en el futuro mediato podríamos tener al bebé. No nos fuimos a la capital pero sí nos la pasábamos durmiendo literalmente. Perdí todo apetito sexual y mi vagina no se abría como si el estaño hubiera dado paso a alguna sustancia infalible. Orinaba por sondas. Jamás pude ver a mi esposo desnudo y me asqueaba solo de pensar en el sexo. Nunca olvidaré su fidelidad y paciencia porque no me abandonó y fue el mejor ayudante que pudo tener nadie durante las terapias ordenadas. A los seis meses una plaga desconocida mató a los manzanos y a los papayos y las uvas a punto de madurar se desprendieron como lluvia maldita. La primera casa hebrea se desmoronó sola y los albañiles que levantaban la segunda se fueron porque les parecía que la mansión estaba embrujada desde que el viejo se había llevado la moto sobre el techo del Porsche. Dejamos de cotizar en la Bolsa y redujimos la plantilla a la mitad. Cuando se estaban acabando las entradas le dije a mi hombre ideal que ordenaría a mamá comenzar la instalación de la Casa de Diseño y le pareció bien e incluso expresó que invertiría en la importación de tejidos vietnamitas. Pero me recordó que jamás pediríamos nada a nuestros padres a menos que la crisis se volviera irreversible y en ese caso veríamos en qué condiciones. Comenzamos a rematarlo todo porque ninguno de los investigadores que habían llegado del mundo entero para dilucidar la muerte de los frutos en nuestra propiedad había logrado nada si descontamos la aparición de una similitud con la plaga que había azotado los viñedos griegos antes de nuestra era y en aquella ocasión lo resolvieron con dos palabras los eruditos del Oráculo de Delfos. En un mes la gran propiedad parecía paisaje macabro después de la batalla. Mi esposo se declaró hípertenso y comenzó a faltarle el aire pero su capacidad potencial aumentó y el doctor dijo que lo primero era ansiedad emotiva y lo segundo era consolidación de salud sexual. Le recetó algo contra el stress y le recordó que nada de coito sin consulta. Cuando uno de los obreros que no nos había abandonado trajo en un carretón una moto sidecar achicharrada y la depositó en el patio mi marido le preguntó que en dónde la había encontrado y el muchacho contestó que colgada de un papayo calcinado. A la mañana suguiente la casa hebrea amaneció intacta y los albañiles regresaron para seguir con la edificación de la segunda y el doctor cubano dijo que aceptaba el regalo y que vendría en su momento para tomar poseción de ella y destinarla a los médicos desertores de la cruzada venezolana. Por la tarde comenzó a caer una llovizna como polvo de alas de colibrí y llovería toda la noche y cuando amaneció un ruido monótono nos despertó y al salir a la lluvia colada solo alcanzamos a ver una sombra negra que se perdió en el espacio y mi marido dijo que le parecía el éxodo de alguna plaga invisible y cuando regresamos para seguir durmiendo nos dimos cuenta que otra vez la yerba renacía del tizne y los muñones muertos. El domingo el médico llegó y tomó poseción de su casa y marcó una de las piezas con cuatro palabras Matrimonio De Villa Clara y dijo que las autoridades del Laboratorio de Montreal aceptaban la suya como residencia de descanso para sus astrónomos que trabajaban en el telescopio del Valle de la Luna. Me reconoció con lo último para resonancia magnética llegado desde España y sonrió. Estás ovulando muy bien y se nota claramente que se está abriendo, que sea mañana por la noche sin falta. Llamó a mi esposo aparte y le entregó algo. Vinieron hasta donde yo estaba en el momento en que comenzaba a percibir cómo el sello de estaño se derretía y corría entre mis piernas como catarata dulce y cómo la sonda se desprendía sola y advertí que estaría lista para la noche de esta noche y que el mañana solo sería una fecha en la mente del doctor. Creí que te ocurriría mañana, felicidades. Que sea esta noche. Mi marido me entregó un periódico mimeografiado llamado El paliollama con una foto de portada hecha a plumilla. Lo conoces, preguntó. Era el tío y cuando el doctor, que había cumplido misión en Bolivia, tradujo el texto del aymara solo nos interesó la palabra maldición y una frase escatológica llevar hasta mansión hebrea y colgar de papayo calcinado. El doctor insistió en que algo más del texto podría interesarnos y tradujo líder aymara cruzador de llamos y alpacas se defiende de judío criollo y mata en defensa propia. El visitante indeseado intentó robar tres animales de la nueva raza para entrenarlos y competir en el Derby del norte del Lago Titicaca el próximo Febrero. El Veterinario de Isluga está tranquilo. Pasamos la tarde siguiente viendo crecer la yerba y trabajando a los albañiles y recorriendo la propiedad para ver como los árboles se enfollajaban otra vez y el verde redentor se volvía a apoderar de todo. Mi esposo tenía un estado emocional indescriptible y me mataban los deseos. Pero nada iba a violar la orden del doctor hasta la noche de este día memorable. Después de la cena llegaron dos correos. La Bolsa de Nueva York nos reincluía y el Indice Nikey prometía buenas nuevas para cuando se certificara, oficialmente, que las plagas se habían acabado. Mi madre decía que la Casa de la Moda esperaba por nuestra llegada para la apertura de invierno y que Cecilia Bolocco tenía creaciones fabulosas. Podrías dirigirla desde aquí, preguntó mi esposo. Podría esperarte en la cama. Al entrar en mí me pareció que nunca habíamos dejado de hacerlo y mientras se movía vi las manzanas caer sobre el charco toalla en el patio y me preparé para oír ya viene ya viene mi amor yo pongo la mitad del bebé y tú la otra mitad como habíamos bromeado en el sueño de la fecundación y él se movía muy fuerte pero con la delicadeza de quien sabe que no puede traspasar el tapón sintético de modo que nuestras semillas se pudieran unir sin impedimentos y yo lo apretaba en los homóplatos para que nadie me lo arrebatara porque se trataba de un momento histórico y sentía un placer inenarrable y estuve segura de que ya vendría su semen dulce y tibio porque lo conocía al dedillo y de pronto se paró sobre mí, dejó caer los codos y metió su mentón en mi cuello y sentí una baba fría en mis hombros y un aliento de muerte y enseguida el cuerpo era una masa de carne congelada y cuando pude escapar, anonadada, de su peso duplicado, me di cuenta que algo inmenso había quedado dentro de mí, hirviente y duro como los puños de los dioses. Me toqué mi concha y froté otro tapón lleno de músculos, grueso y viscoso, tan ajustado que podía experimentar algo así como el inicio de un parto invertido. Tenía dentro de mis entrañas un falo trunco pero invicto como si no quisiera acabar el coito imperial. Volteé el cuerpo y era un cadáver sin pene con los puños cerrados y los brazos extendidos a lo largo de las caderas y un rictus indefinido en su boca perfecta. Solo su pubis, moreno y chascón, abundante y brilloso, el muñón cercenado y dos testículos colgando, viudos de sus arma letal, mustios como las flores olvidadas. Solo atiné a cerrar bien todas las puertas y llamar al doctor. Llegó dos horas después. Dijo que había sufrido un infarto masivo que le hubiera sorprendido igual mas allá de la acción sexual porque no era otra cosa que tensiones acumuladas y acontecimientos imprevistos imposibles de prever a tiempo, que por algo el había recomendado al cardiólogo para que indicara el tratamiento que llevaba con buenos resultados pero que en verdad se sentía sorprendido y lamentablemente no había nada que hacer. Que solo podría extraer el miembro con una intervención riesgosa y que estaba seguro que todo el conducto seminal estaba lleno y que los espermios estaban muertos y que no tenía nada mas que agregar excepto esperar por el forense y bueno, decirme que no conocía antecedentes en la historia médica contemporánea. Decidí dejar eso ahí y quince días después puse todo el manejo de la propiedad en manos de nuestro Ingeniero Agrónomo y regresé a la casa de mis padres en Santiago. La sala Fashion estaba cerrada esperando por mí y dije a mamá que ella comprendería que no tenía fuerzas para inaugurarla ahora y que esperaría hasta el verano próximo y que si Cecilia quería que comenzara su propio negocio. Convencí a la familia de mi esposo de que adquirieran la mitad de la propiedad y con esa plata aumenté mi participación en la compra de acciones y me senté a ver que hacía con este hueso incrustado en mi sexo. La última visita del doctor acompañado por un equipo de especialistas fue terminal. El miembro de mi esposo se había convertido en un fósil y si no lo extraía mediante operación podía estar segura de que el día en que mis descendientes sacaran mis restos lo encontrarían intacto y que seguiría siendo piedra hasta el fin de los siglos. Dijeron que me olvidara de las ovulaciones porque el organismo sabía que hacer en cada caso. Aseguré que sentía algo especial con eso metido y me preguntaron que a qué llamaba algo especial y respondí ustedes saben y uno de ellos dijo es síquico. Desde la puerta nuestro médico consejero se volvió. Estoy listo para cuando me llames. Soy una mujer judía muy fiel, respondí, sonriendo. El también sonrió y dijo ya sabes, estoy listo. Sigue vibrando, amiga, y te juro que está tibio. Quiero que lo veas, ven, mira, que subiré las piernas, lo ves, un gran tapón de carne hueso, duro y cálido y vibrante, no te asombres, soy el sujeto objeto de algo único, baja un poco la tele, parece que esa gente manifiesta en Palestina, gracias, amiga, así está bien, te juro que sigue vibrando, te lo juro, ahora mismo ha aumentado su temperatura, se mueve mas y me frota como si estuviera vivo y en acción, estoy sintiendo algo raro y dulce como les dije a los especialistas, amiga, te lo juro por la memoria de su dueño, siento las contracciones de sus músculos porque sé que va a eyacular ahora, sé que lo estás viendo, no abras la boca ni te asombres pues eres testigo de privilegio en este día épico, está sucediendo algo entre mis ingles y algo se desprende de mis ovarios como un reguero de pétalos floridos y desciende suavemente por mis calles sinuosas al encuentro del sol y todo es jugo de uvas y presas de papayas y toneles sobre asnos azules y prados ortogonales y vitrales con géneros del paraíso recobrado y hay como una explosión descomunal en el fondo de mi útero y sé que es el magma de la vida que estalla, deja, mi amiga, que disfrute el instante y no me pienses egoísta, espera que yo baje de este cielo, espera espera espera amiga, testigo de este caos milagroso, ya bajo, espera, ya bajo reducida y crecida, ya estoy en la tierra, déjame extraer esta piel flácida y gigante y ponerla sobre mi corazón que no se volverá fósil ni habrán de encontrarla mis descendientes porque algo haré con este miembro insobornable, sonoro como la voz de los peñascos cordilleranos, emancipado, circuncidado y fiel, pene savia sin fin en las laderas de mi carne encendida, oye, mi amiga, tú crees en los santos suponiendo que existan, tú crees que harían milagros con personas ateas, tú crees que harían milagros porque pueden adivinar el dolor del prójimo, crees tú, amiga mia, en milagros, Dios mío, porque te vuelvo a jurar, amiga, por todos mis ancestros que vieron la luz en Ur de Caldea y siguen naciendo donde quiera que haya un Monte Sagrado que acabo de quedar embarazada. Qué haces con mi pene en tu mano, mujer, por qué lo exprimes y por qué lo ordeñas, no seas incrédula, amiga, no necesites ver para creer, ya no es un fósil, mi pene solo es un pene flácido, eyaculante y satisfecho de la labor vencida, no exprimas más que su semen está guardado en mi cofre de amores, en el tremendamente fértil surco de mis entrañas, mejor sube el volumen de la tevé que necesito de ruidos, de címbalos, de trompetas, de una música sin formas, de una música caos, de una música no música, de algún sonido atemperado y distante, de qué hablan, amiga, tú crees en los santos, tú crees que hagan milagros con las personas ateas, de qué hablan, Dios mío, San Alberto Hurtado, quién es ese….
Octubre 27 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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