Como un cuadro del viejo Chagal.
Incapaz de montones de cosas, el periodista trataba de colocar una venda elástica en la garganta de su pie izquierdo. Convalecía de un esguinze desde hacía treinta y dos días y estaba con licencia médica. El pallets de la Tienda había caído repleto de cajas con equipamiento para campings y nada podía amortiguar el dolor. Alguien le dijo que necesitaba fisioterapia y tenía la esperanza de que en el próximo turno médico la doctora se lo indicara. Una mujer a la que quería con amor neurótico mal diagnosticado le había enseñado dos noches antes cómo poner la venda pero de nada valían sus intentos. La venda crema no se sujetaba y si lo hacía lo apretaba hasta el dolor. En su defecto podía quedar tan floja como un beso trunco en una madrugada sin deseo. Cuando sintió los toques débiles en la puerta supo que era Flamenca y como siempre, desde la cama, le dijo empuja y pasa. En medio de los cuarenta y cinco grados de la abertura apareció la cara rubia y canosa, la sonrisa estancada y la susurrante voz de las mañanas despeinadas. Hola, dijo, y era como si un águila guagua saludara a la planicie desde cualquier montículo forzado. Dime, respondió, como si aún saludara desde diez mil kilómetros al Norte. Cómo te sientes. Casi igual. Déjame ponértela. Ok, siéntate en la cama. Déjame espacio si también soy enfermera. “La otra también”. Qué no serías?. Feliz. No lo creo, ciñe la venda. Ya. Pongo el pie sobre tu muslo. No, ponlo sobre la silla. Lo siento. Por tu comodidad. El apoyó los codos en el colchón vestido con la cubrecama barroca y la miró hacer. Pero ella se detuvo. Déjame comenzar con la Mente. Antes de que se sintiera preparada para el trabajo médium él recordó que le había asegurado era Mentalista con Gracia Divina y que cobraba por ello a clientes selectos lo que era un paliativo a su presente de mujer abandonada por familiares y amigos olvidadizos y por hombres ausentes. No te puedo pagar. Nada te he pedido, dijo, desde sus ojos cerrados a punto de domar la Concentración de que urgía. Deslizó su mano derecha de dedos largos y arrugados desde sus uñas hasta la mitad de la pierna, planeando como un avión pequeño dirigido por control remoto. Nunca aterrizó y terminado el sortilegio comenzó a vendar con maestría de profesional. Miraba a sus pies sin desviar la vista. Esto te ayudará. No lo dudo. Tuve que hacerlo a medias porque no es hora para la Mente y me llevó mucho esfuerzo y hasta transpiré pero igual lo notarás. Ojalá. Dormiste anoche con ella?. No quiso, estaba muy cansada. No seas grosero, me refiero a la venda. Claro. Por eso te dolió tanto, afectó tu circulación. “La otra no lo dijo”. No lo hagas esta noche. A menos que esté descansada. Solo piensas en eso, muchacho. Pienso en muchas cosas. Por ejemplo. En las fotos que no me das ni que te dejas hacer. Ya hablamos de eso. Sí y no te entiendo. Ya hablamos de eso. Sí. No sabía que eras una lora rubia. Había tanta delicadeza en la manera conque ponía la venda y tanta demora voluntaria que él se abandonó a la caricia y le tomó la mano. Te ayudo. Ya concluí. Concluiste o acabaste. Bien, ya acabé. A ver. Soltó su mano y le puso la suya en la pelvis. Oye, dijo, sonriendo. Enseguida el rictus y el temblor de la piel. No puedo. No puedes. No. Qué no puedes, pensé que teníamos al menos una pizca de confianza. Sí. Entonces. A veces pienso que me deseas. El se dejó caer en la cama y la miró detenidamente. Ella había bajado la cabeza y en la fugaz inconsciencia devolvió la mano a su pierna vendada y retomó la caricia, ausente. Es tu segunda magia divina. Oh, perdona, no me deseas. Y tú. No puedo, milindo. No era la primera vez que él calentaba al sol sin beber su luz y esta no sería la última. Flamenca era solo una mujer en los cincuenta y algo, pugnando con desespero por asirse a los últimos vestigios de una juventud gloriosa.Una mujer desolada y mustia, abierta como las fuentes rotas al torrente incontrolado de sus sueños. Un mínimo pretexto y corría como manantial soberano al encuentro de nada. El podía desearla en lo más recóndito de su apreciación artística, abismalmente lejos de la praxis sexual. Diseñado para la mujer correcta poco podía hacer ante las avalanchas de insinuaciones que le colmaban y seguiría sin poder hacerlo hasta el fin de sus días. La mujer "correcta", en su definición, pasaba por tantas aristas que muchas veces no podía disernir y caía rendido ante la mujer “incorrecta”. Flamenca era como una de esas mujeres de la familia a la que uno besa y luego se quita la saliva de su beso con el dorso de la mano.Solo que Flamenca parecía ser “otra”cosa.El podía decantar con una dicotomía que lo hacía sentir orgulloso y a veces eso marcaba la diferencia. Sabía, sin embargo, que en un mundo signado por los valores del lotomotodoporquesoymacho sus posibilidadse eran muy reducidas. De modo que siguió su juego hasta que comenzara a llorar. Por qué no puedes?. Es una historia larga. Tan larga como tus muslos largos?. No, en serio. Tanto me has contado acerca de tu vida rica en sorpresas que no imagino qué te quede y debieras decir "es una historia corta". Me queda mucho todavía. Libido. De historia. Te dije que comenzaras a escribirla y cómo o que le vendieras el argumento a Isabel Allende para que escribiera una novela grande más. Sí, lo estoy haciendo de a poco. Quiero que la escribas tú. No, será la Chavela y la imagino en Malibú pensando en el orden y en la gama de entrampamientos que agregará a una vida de novela. Oh, por qué no puedes?. Porque no. A ver, imagina que nos hemos exitado con este asunto de la venda y tenemos que acabar sobre esta cama o sobre el sofá o sobre el piso, sobre todo lo desaliñado que te ofrezco. Sí. Qué lo impide. Me desearías de veras. Quítate ese complejo de inferioridad, mujer, sabes qué eres un sueño todavía. Lo fui. Lo eres, coño. Estoy vieja y fea y arrugada. Estás viva, curvilínea y deseable y lo sabes. En esa frase lapidaria y en su concepción de la mujer “correcta” estaba el quid de la cuestión, al gran valladar. No puedo. El se sentó a su lado sin tocarla. No estaba tenso. Se pensó en un set con Orson Welles, filmando la película de su vida. Qué parte no puedes. No puedo “todo”. Volvió a tenderse, colocó la almohada sobre el respaldar de madera de la cama personal y estiró los pies como si fuera un convaleciente de la Guerra del Pacífico. Ella lo miró al fin. Todo. Sí. Imagina que quiero acariciar tu pelo. Por qué tengo que imaginarlo. No lo imagines, lo deseo. No podría. Tú o yo. Yo, Dios mío. Qué compleja, qué obtusa, qué impredecible, qué…todo. Ya ves. Cuéntame. Una infedelidad. Eso no es delito ni nada grave, todos hemos sido infieles alguna vez. Yo lo fui a un hombre. Qué pasó con tu pelo.Oh, milindo, yo estaba loca con mi pelo, me decían la Marylin criolla. Olía a begonias sin ponerle nada. “Se nota en las fotos”. Mi cabello era una de mis grandes cartas de presentación. Y cuál era el fax. Mi trasero. Y cuál era el email. No bromees. Cuál. Mis ojos. Bien. Estaba en Texas y promocionaba turismo chileno. El hombre sabía del valor de mi pelo y se ensañó con él a manera de cobro por mi infedelidad. Alcanzó las tijeras y dejó la daga sobre la mesa y el revólver sobre la cómoda. Solo conque yo emitiera el más leve chillido podía arrepentirse de cortar mi cabello y elegir otra opción - inconscientemente él se acarició la barba-. Los tomó como si sujetara las hojas de un mazo de cebollas y apretó fuerte y me levantó en vilo y cortó pegado al cuero cabelludo y echó el noventa por ciento de mi orgullo en el hogar de bordes nacarados y me dejó caer en el piso de mármol de Carrara y me pateó la cabeza y se orinó en mi cara y después cogió la máquina eléctrica y me rapó hasta el dolor y luego de raparme hasta el dolor cambió para el cuchillo y me hizo surcos sangrantes alineados por toda la cabeza y alguna vez te enseñaré las cicatrices y recogió lo que era suyo y se marchó con aquella mirada de Drácula que no olvidaría jamás y que era una amenaza por si volvía a recordar lo que yo le había hecho que, Milindo, no era tan importante pues no estábamos comprometidos y te digo que, técnicamente, jamás he sido infiel. Nunca más nadie ha tomado mi pelo entre sus ganas y si alguien lo ha hecho es porque no he podido evitarlo, por eso no puedes acariciarlo. O sea, que no haces excepción. No ahora. El fue infiel al raciocinio. Tienes razón. Era temprano. Partiendo desde la cabeza se podría escuchar una larga historia de sus “no puedo” extendida hasta los pies. Una mujer contando y un convaleciente escuchando y cortando la zaga con ironías, bromas, rellenos, ternuras y migajas de piropos quebrados. Quiero besar tus ojos. Nunca me gustaron mis ojos azules. No me gustan los colores vivos para los ojos. Me gusta el azul para la vida. Prefiero los matices sobrios y hubiera deseado unos ojos almendra, café liviano, atardecer de Cordillera desde Nuñoa. Qué romántico. No, de verdad. Dios mío, estoy erizado al mirar esas almendras que me miran. Respeto tu terror. A las clases de Modelaje asistía un Químico muy buen mozo que era hermano de la Instructora. Un caballero correcto en la mediana edad pero con un tic nervioso que le provocaba un movimiento involuntario en los labios y parecía que siempre estuviera mascando algo. Le dije a la hermana que esa boca descontrolada me estaba sacando de base y que podía ser una maravilla en el sexo oral y ella le pasó la información altiro. Una madrugada otoñal, después de las pasiones, me preguntó que qué añoraba con ansia irresistible y le dije que ojalá cambiar el color de mis ojos y me dijo que él podía. Parecía que estábamos bromeando y lo olvidé. Trabajaba en los laboratorios del Ejército y experimentaba con gases nobles y camuflaje para aviones a chorro inmunes al radar. A veces veía su nombre en la prensa y a veces no lo veía en semanas porque viajaba mucho a Congresos y Conferencias por todo el mundo. Una media noche descubrió una foto en mi velador. Le dije que era de un amigo de la Radio con el que salía a veces. Tampoco teníamos compromiso alguno, tú sabes. Esa noche acabó en mis ojos y jamás sentí tanta esperma chorreando por mi cara. No me permitió lavarme y cuando desperté estaba sola y con tanta ardentía en la vista que apenas podía soportar. Me higienicé y seguí medio ciega con los párpados cerrados. Cuando pude abrir mis ojos no eran azules, veía con dificultad y lagrimeaba como fuente rota. Jamás he podido mirar al sol, ver bien más alla de los diez metros y siempre tengo la sensación al despertar de que no voy a poder abrirlos. Pero los tienes almendra. A qué precio, milindo. Fue por la foto del hombre de la Radio. Sí. Por qué. La dejó sobre el lavabo con una wincha negra sobre sus ojos. Qué te dijo el médico. Dije que se me había vaciado el químico. Entiendo. Por lo menos este no salió con mirada draculiana. Jamás lo volví a ver, excepto en una foto pancarta por las calles de aniversario.Cómo fue que no te sedujo a tí. Tenía las manos muy pequeñas, pecosas y eso no era buen augurio. El hombre de la venda observó sus manos y le pareció que algunas manchas casi microscópicas no eran pecas pero no dijo nada. Además, soy loca, indisciplinada y gregaria. Imagino. Te dije que no “imaginaras nada respecto a mí”. Es verdad, disculpa. Por qué no podria besar tus labios. Tienen demasiadas arrugas y son muy viejos para tus labios jóvenes. El periodista podía entender la edad de sus labios pero no la disposición de sus arrugas. Desde el fondo del beso cada labio adquiere toda la turgencia que necesita. Palabras muy sabias tal vez, milindo, pero qué tú sabes. Hazme saber entonces. Oh, Dios mío, tuve una relación fugaz con un botánico loco por su profesión, si quieres entiende un fanático incontrastable que ponía el estudio de la biología de las plantas por encima de todo. En la época del pololeo estaba trabajando a tiempo completo con hormigas transportadoras y tratando de demostrar qué cantidad de hojas eran capaces de transportar hasta sus guaridas cuando amenazaba la lluvia.Un fin de semana quiso que lo acompañara al sur para poder mostrarme in situ el resultado de sus estudios. Nos fuimos en su auto y quedé maravillada cuando me di cuenta que los grandes hormigueros objetos de su estudio estaban al oeste de un campo de choclos, o de maíz, al decir de ustedes, deslumbrante, con mazorcas - como también dicen ustedes los cubanos- listas para ser consumidas.Tengo una manía quizás harto extraña desde que era pequeña. Me gustan los choclos despajados,los veo hermosos, viriles, con sus granos en orden, suaves, amarillos o rojizos, como falos potentes a la altura de la mitad de la mata, como un desafío. Desde niña comencé por acariciarlos como si los masturbara pero mi gran pasión estaba en chuparlos mientras los masturbaba con las dos manos y sentir las cosquillas de los pelos de la punta porque tú sabes que si el choclo fuera un pene el pubis estaría en el glande. Qué mente tan podrida, sonrió el periodista. Pues bien, milindo, allí estaban sus millones de insectos trasladando hojas en fila india hasta el interior de las madrigueras que parecían planetas deshabitados a la vera del choclal. Mi hombre estaba encantado mirando a la infantería y me explicaba mira de lo que son capaces, están abasteciéndose hasta que pasen las lluvias, qué hermosas, parecen un ejército de terracota, pequeños dinosaurios crestados, qué orden y qué disciplina mi amor, no te muevas, sigue observándolas que voy por la balanza para pesar cualquier bicho con su carga preciosa. Era exactamente lo que yo estaba esperando, milindo. Nada mas alejarse me acerqué a una mata portentosa, tomé una mazorca con mis dos manos, la deshojé y me senté en el tronco para mirarla, embelezada. Era una mazorca preciosa, de granos rojos y pequeños casi liláceos, muy larga sin llegar a gruesa y con tal cantidad de pelos en la punta que parecía un sacudidor de muebles. Posiblemente era un campo de maíz argentino. Por supuesto que comencé a hacer mi trabajo sin acordarme de mi amante y cuando estaba en mi cota máxima siento que algunas hormigas saltan hacia mi rostro y comienzan a caminar por él. Me asusto porque pienso que me llenarán de mordeduras y de ronchas y comienzo a gritar mientras lanzo el choclo para el interior del campo. Asustadísimo, mi pololo dice que no trae nada en el coche contra las picadas de hormigas y me pide que no me mueva de donde estoy sentada porque irá al vecindario por algún remedio de urgencia. Todavía no lo pierdo de vista, milindo, y voy por mi choclo y continúo con mi faena de sexo choclal masturbatorio. Al poco rato percibo algunas voces y cuando las personas que las emiten llegan a mi lado estoy tendida de espaldas, bocarriba, casi que contorcionando y esperando que de un momento a otro mi choclo expela toda su savia por entre la pelambrera negra.Por debajo del paroxismo de la dicha alcanzo a oír que mi pololo dice qué haces mi amor y algo poderoso me regresa a la normalidad y me hace decir tengo tanto ardor en toda la cara y en la boca que pensé esto que hago podía aliviarme. Con los ojos bien abiertos ahora puedo distinguir a una anciana con razgos nativos acompañada de dos niñas como de diez años. La anciana me reconoce en silencio y las niñas se limitan a dar vueltas a mi alrededor como si quisieran encontrar alguna hormiga para aplastarla. La anciana hace una mueca de disgusto. No hay ni una sola picada señor, no es gracioso lo que acaba de hacer, estoy muy vieja para estas caminatas innecesarias. Mi pololo le asegura que me había dejado casi desfalleciendo cuando fue por ella. La anciana se levanta su saya de colores vivos y escupe una especie de escoria café por entre sus labios apergaminados.Cómo afirmas están los tuyos, piensa el periodista. Las niñas sonríen y señalan a la mazorca que tengo sujetada tan fuerte como si no deseara que me la quitaran por nada del mundo. La anciana las invita a marcharse y observa otra vez a mi pololo con asco. Unos metros después se voltea. Los botánicos pierden el apetito sexual cuando usan balanzas obsoletas, además, las hormigas transportadoras no muerden pero su contacto aumenta la libido, dice, y entonces se pierde cuando dobla al final del campo de choclos. No pones una, mujer. Ya sabes, milindo, es la otra maldición Rencoret. De modo que mi pololo me mira dubitativamente mientras se me va acercando y termina por arrodillarse a mi lado y acerca su cara a la mía y otea como si me estuviera reconociendo. Sonríe con cansancio. Es cierto, no hay picadas, dice. No sé que se habrán hecho, amor, te juro que no puedo soportar el dolor. Mi pololo coge el choclo pelado en sus manos. De modo que chuparlo y masajearlo te pareció una manera buena de aliviarte, pregunta. Sí, amor, me ardía todo el interior de la boca y apenas podía mover la lengua. Por qué me piensas un imbécil. Por qué dices eso, querido, sabes que te creo una eminencia. Tú serías capaz de imaginar desde dónde hice venir a esa anciana y a sus nietas para que tratara de aliviarte. No. Caminó como quince quilómetros para encontrarse con tu burla maestra porque el auto no pudo entrar hasta donde vive, es inconcebible. Dicho esto se enhorquetó sobre mi vientre y gritó que ahora sabía de una vez todo sobre mi afición por los carontos de choclos en las paredes de mi pieza y las fotos de grandes campos de maíz en grandes posters y de mi pasión por filmes del sur americano al estilo del Color púrpura y entonces bajó su cabeza y la pegó a la mía y me dijo tú vas a saber de lo que es capaz un botánico que pesa con balanzas obsoletas puta de mierda. Volvió a erguirse y me miró como si observara un nuevo especimen de la Patagonia. De improviso puso sus palmas abiertas sobre mi boca, apretó con furia y metió sus pulgares en las comisuras de mis labios y haló tan fuerte hacia los laterales que pensé me convertiría en un hongo gigante. Durante mas de cinco minutos estiró y soltó mis comisuras como si estuviera jugando con un elástico de piel y entonces bajó de nuevo su cabeza y me besó tiernamente. Yo sabía que me estaba castigando pero devolví el beso por si con aquello bastaba. Falso, milindo. Cogió mi lengua entre sus dientes y haló tan fuerte que sentí todas mis vísceras desintegradas y sentí mi recto en la garganta y me sentí vaciada de mis entrañas y cuando soltó mi lengua como desde treinta centímetros arriba rebotó en toda mi boca como una serpiente en un abismo y caí rendida contra el tronco de la mata de choclo. Se levantó de mi regazo, recogió sus cosas y se dirigió al auto sin volver la vista.No sentía mi lengua ni mis labios,estaban como anesteciados. No era dolor alguno, se trataba de una rara sensación de que en cualquier instante mi boca y mi lengua podían explotar y salir despavoridas. Me levanté como pude y comencé a caminar por el camino por el que pensé él había llegado con la anciana y con sus nietas. Calculaba que la tarde estaría en su mitad cuando vi las primeras casas del barrio. Estaba pensando preguntar que si alguien conocía a la anciana abuela cuando escucho unas risas que salen de un matorral a mi derecha. Mira, es la mujer chupachoclos, dice una voz infantil y me parece que ya le he oído en otro lugar. Así que las niñas me llevan a casa de su abuela, con la que viven y me paso una semana con ellas tratando de restablecer el interior de mi boca y sanar las cortaduras de mis labios. La vieja también le tiraba a esas calamidades. La vieja sabía de todo, excepto curar picadas inexistentes de hormigas transportadoras.Y resultaron sus remedios. A medias, milindo. Jamás he podido dar un beso de verdad y si te has dado cuenta a veces me falla la voz y pronuncio con dificultad algunas palabras y tengo que llevarme las manos a la boca involuntariamente. Pienso que hubieras quedado puesta y convidada con tu manía de chupar y masturbar choclos. Sí, remedio santo, en eso consistió la terapia de la anciana. El periodista recordó que, en efecto, a veces se había dado cuenta de que la Bailaora tenía problemas de dicción. Disimulas muy bien, mujer, cualquier problema que haya podido haber quedado en tus labios y en tu lengua. Oh, milindo, mi vida es toda una gran simulación y a veces lo logro muy bien. Ya veo, por qué no podría besar tu nariz. Qué nariz. La tuya. Si no hay nariz, milindo, son solo cartílagos fabricados. A ver, no lo parece. Porque no eres tan buen observador. El periodista sonrió. Cuéntame. Mamá debió hacer algunos trabajos especiales para Míster Zim en Chicago y me le reuní allí porque había un gran curso de verano para promotoras de venta en la Gran Ciudad de los Vientos. Comencé a salir con un boxeador de Alabama que estaba en el camino, paso a paso, buscando una oportunidad para competir por el título mundial de los pesos welter. Un chico fabuloso, con un cuerpo esculpido en el gimnasio y tan romántico como si fuera un peluquero de Bellavista. El problema eran sus celos. Hasta tu compatriota habanero se le quedaba pequeño. Déjame decirte que aunque estábamos saliendo con bastante asiduidad no éramos pololos oficiales pues otra vez yo estaba de paso y jamás había perdido el interés por casarme, si es que lo hacía alguna vez, con un chileno. Por esa época tenía la manía de colocar posters de deportistas en las paredes y aunque a él no le gustaba no le hacía caso. Eran los tiempos del gran Joe Montana y de su leyenda viva en la NFL y del yugoslavo Mate Parlov, que estaba comenzando a tejer su historia en el boxeo profesional después de haber deslumbrado como amateur. Mi amigo no soportaba ni que pusiera posters de sus amigos colegas en la pared, me quería solo para él y temblaba solo de pensar en que mis ojos miraran otra cara u otro cuerpo. La noche en que pelearía por la posibilidad de discutir el título mundial de su división no pude asistir por sentirme indispuesta y me dijo que no importaba pues pensaba nokear al oponente en el cuarto asalto y regresar en seguida para celebrarlo en la cama. Yo no veía la tele ni oía la radio porque carecía de valor para verlo golpeado ni forcejeando por dinero, así que esperaba a la media noche para sentirlo abrir la puerta, entrar y cargarme en sus brazos mientras me besaba como un pulpo besaría a un coral. A la media noche no había llegado y lo pensé celebrando la victoria con su representante y con la gente de su comitiva profesional. También a veces ocurría eso. Pero no me metería en la cama por nada del mundo hasta que no regresara. Sin darme cuenta me puse a mirar a Joe Montana y me acerqué para acariciar sus cabellos lisos y duros. Estaba en eso cuando se abrió la puerta. Ya te digo, querida, no pones ni media. Parece increíble, milindo. Yo estaba pasando mis dedos de la mano derecha por el cabello del futbolista y él se detuvo en el umbral. Tenía la cara desencajada y una mueca de dolor en su boca perfecta. Pensé que había perdido y eso me dolió y pensé, además, que su demora había sido por otros motivos. No he podido ir a la cama, querido, qué te ha pasado, le pregunté. Qué estabas haciendo con la foto de ese tipo. Solo la miraba mientras te esperaba y te pensaba hasta el delirio, amor. Dio seis pasos hacia mí. Su rostro había pasado del dolor a la furia instantáneamente. Te he dicho mil veces que no me gustan esos afiches en las paredes y no solo no me haces caso sino que llego y te encuentro embobada mirando a ese imbécil que juega con pelotas ovoides y no solo mirándolo sino toqueteándolo, cómo te atreves. No sabía qué responder, milindo,de modo que me preparé para su revancha porque me acababa de dar cuenta de que había perdido su pelea. Extendió su poderosa mano derecha y me tomó por el mentón.Lo giró a la izquierda,acomodándolo. Pensé que me golpearía la mejilla con su palma abierta y me dispuse a poner la otra. Falso. Apretó mi mandíbula entre sus dedos tenazas y regresó mi mentón a la posición simétrica. Se colocó de espalda, dio dos pasos hacia la puerta y de improviso se volteó y me conectó un directo a la nariz como si yo fuera el oponente que lo había acabado de vencer en el ring. Me tambaleé sin caerme, me sujeté del espaldar de una butaca y me pasé la mano por la cara ensangrentada. No estaba llorando, milindo. Solo estaba mareada sin poder asumir lo que estaba pasando. No te contó la cuenta de diez. No hagas esas bromas, por favor. Disculpa. Así qué eres innoqueable, bruja puta, dijo.Ahora me tiró un gancho al mentón sin mucha fuerza para reacomodarme y volvió a golpear mi nariz. Entonces caí, tinta en sangre, y nada más podía mirarlo con los ojos muy abiertos. Cuando me pasé la mano por la nariz advertí que no había nariz sino una plasta de cartílagos y de carne adornando mi cara.Me levanté el vestido y coloqué el fondo sobre mi cara, apretando fuerte en el sitio en el que había estado mi nariz hermosa para tratar de contener la hemorragia. No estabas noqueada, mujer. No, milindo, asimilo muy bien todos los golpes de la existencia. Entonces se agachó a mi lado y ladró. Acabo de perder la pelea de mi vida porque pensaba más en ti que en el contrincante sin poder concentrarme y regreso y te topo jugando con un estúpido tipo futbolista, exitada y lista para tocarte tus cosas, chilena de mierda, no sé cómo es que no acabo de matarte.Solo deseaba que se fuera, de modo que me ladeé como pude y me coloqué bocabajo. Tenía el vestido levantado como te dije y eso provocó al desalmado. Lo sentí moverse por la habitación y cuando me di cuenta me estaba levantando por la cintura y aprecié que colocó un cojín de una de las butacas bajo mi cuerpo. No creo que tenga que contarte lo que pasó después.Imagino que lo hizo a capela. Seguro, milindo, y conste que el muy conchatumare usaba un balín del tamaño de una uva en la parte superior de su pene porque aseguraba eso nos daba más placer a las mujeres cuando era capaz de frotar el clítoris.El periodista sabía que era verdad y no dijo nada porque ella acababa de contarle que el boxeador había entrado por la otra puerta. Cuando mi ex amigo íntimo salió con las pocas cosas que tenía en mi pieza llamé a una amiga norteamericana recién convertida al Islam que vivía en Brokling y le pedí que viniera en cuanto le fuera posible y que trajera uno de sus velos. Mamá terminó de escuchar la historia e hizo una llamada a Tampa, Florida. Salimos en el próximo avión, me dijo. Todavía la reconstrucción facial estaba en pañales en aquella época así que puedes imaginar el delicado trabajo que tendría que hacer el especialista con mi nariz. Esta nariz que estás viendo y que dices se te parece tanto a las narices americanas por el levantammiento de su corniza tiene un gran porciento de cartílago de tiburón y de masa de salva sea la parte. Durante meses debí respirar por la boca mientras me recuperaba en el Sur en uno de los fundos de la familia. Yo parecía una de esas embarazadas involuntarias que no desea conozcan de su estado y que se oculta lejos de todas las miradas y que planea dar al hijo en adopción. No me preguntes por qué no acudí a la Ley porque ya lo has hecho otras veces, milindo. Fuera de tu país no hay nada que hacer. Y dentro hay otros motivos que lo impiden, tú sabes. Puedo tocarla ya que no besarla. La Flamenca se echó hacia atrás como si la mano del periodista fuera el puño derecho del boxeador. No, así que cuando me veas inspirar sin motivos como si me faltara el aire ya sabes a que atenerte. A veces doy la impresión de que tengo un resfrío permanente pero lo más duro es cuando llega el invierno y apenas percibo el frío en la punta, es doloroso, porque sabes también, después de tantos años con nosotros, que se percibe un algo especial cuando el frío te golpea en la punta de la nariz. Bueno, estoy viendo una nariz perfectamente reconstruida y eso está muy bien. Gracias. Ocurre que me muero por besar cualquier zona de tu cuerpo, pasó algo con tu cuello. Pasó, milindo. Veamos, querida. Qué te parecen las lesbianas. Me parecen regias, me encantan, me sacan de quicio. De verdad. Claro, no están sopeteadas por los hombres, son terriblemente limpias y aunque en verdad muy exigentes, me fascinan. Hablas acaso desde la voz de la experiencia. Hazme tu historia, por favor. Flamenca sonrió sin espectativas. Sabía que el periodista tenía límites que no traspasaba. Creo que alguna vez te he dicho que nunca tuve sueños lésbicos ni relaciones con "tortilleras". Lo que te dije es medio falso. Pensé que las falsedades se daban "completas". No, fíjate, hubo un tiempo en mi vida en que lo experimentaba todo y tuve la suerte - o la desgracia - de conocer a una lesbiana durante una filmación para los comerciales de la Tienda de ropas. Nos hicimos muy amigas y cuando me estaba preguntando por qué la mujer no salía con hombres ni me hablaba de ellos se me abrió de confesiones. Soy lesbiana desde que nací, me dijo, soy virgen y aunque no lo creas estoy enamorada de ti. Era una de esas mujeronas de armas tomar, morena con cuerpo de yudoca y músculos de leñador, imponente, preciosa y casi subyugante. Le dije que lo sentía pero que su pasión no corría por el mismo trillo que la mía y me retó. Insistió en que hiciera la prueba y si en verdad no lo disfrutaba que abandonara el tren, que no perdería nada con ello. Más que una amiga era un reclutadora. Fácil de convencer cuando estoy experimentando y estoy siendo vulnerable y halagada respondí está bien. La mujerona tenía una Corte de cuatro chicas en la que dos eran muy diferentes, puedes entender más femeninas. Después sabría que eran muy capaces de camaleonar sus fachadas. Una noche me llevó a su guarida de lujo en Lo Curro y me leyó ciertas reglas. Para mí nada de lo escuchado tenía importancia excepto la regla que decía cero hombres. Me comprometí sabiendo lo que me costaría cumplirla. Quiero decirte que practicar los juegos lésbicos - porque era un juego en verdad aunque un juego serio - no me daba ni frío ni calor, ciertamente una pizca de placer entre aquellas manos y aquellas bocas tan experimentadas. Pero nada especial. Aunque simulaba compartir su criterio que hablaba de que después que una mujer conoce los placeres que le puede proporcionar otra se olvida para siempre de los que dan los hombres, actuaba de otra manera. No había una regla que dijera que una no se podía salir del Gremio pero sabía que esa era una regla implícita tipo Maffia. De modo que tres meses después de haber firmado mi membresía en el Club de las lesbianas de Buin comencé a pensar en cómo decirle adiós a aquel mundo maravilloso de placeres falsos. Falsos, dijo el periodista. Claro, milindo, ningún consolador puede hacer real un acto signado por el entrampamiento de los sexos. Todas las mujeres nacen lesbianas, querida, solo que algunas recuerdan que deben parir alguna vez para prolongar la especie y entonces acuden a los hombres y a sus consoladores verdaderos y casi todas descubren que los hombres son buenos y, por suerte, casi todas se quedan con ellos. No comparto esa opinión neomaltusiana, sonrió, pero salida de una boca que será condenada en los quintos infiernos, la acepto. Así lo veo, de verdad. Bueno. El caso es que la Dama del sexo plano comenzó a sospechar que yo me estaba comportando de manera extraña, que las estaba dejando de frecuentar como antes y se puso para "mi cartón", como dices tú. Una madrugada tocan a la puerta de mi habitación en un motel de lujo en Rancagua en donde yo estaba sembrada hasta el hígado. Tuve que acatar la orden de los toques seguidos y me saqué a mi chico del cuerpo. Dos mujeres la buscan en la recepción y dicen que es urgente, me dijo el recepcionista de turno. Tengo que decirte de quiénes se trataba. No, y. La Dama me dijo que la perdonara pero que sabía donde yo estaba y que solo había venido para invitarme a una gran fiesta que daría en su fundo de Buin en honor a una colega argentina y que como la fiesta se daría sin agenda previa pues no quería que yo me la perdiera y por eso había tenido que interrumpir mi estadía en el motel. La ironía con la que hablaba era antológica. Le dije que estaría allí sin falta pero asumí que los días "felices" se estaban terminando. No le temía, por demás. Dentro de la pieza ya no pude reaccionar y mi amigo me dejó sin siquiera preguntar quién me andaba buscando a esas horas. Por supuesto que no había tal fiesta en Buin. La argentina "había pospuesto el viaje por motivos personales" y ella había decidido invitarnos a dar una vuelta por el fundo. Para lo que se había vestido de vaquera. Recuerdo que caminamos como dos millas por entre pinares exhuberantes antes de llegar a un vacío en un potrero en donde había un gran árbol seco de ramas negras y abundantes. Nos detuvimos bajo su sombra falsa y nos sentamos. Alguien recuerda, preguntó la Dama, la película americana del Oeste en donde ahorcan a una mujer de una rama seca en medio del desierto. Todas callamos. Traté de recordar al filme y no pude. Muy bien, les sugiero que lo vean o en su defecto lean el libro. Se dirigió a mí. Trata de ver la película, tú eres actriz, después la comentaremos con mi amiga argentina que es documentalista. Le dije que trataría, cómo no, y que estaba loca por conocer a la nena de Buenos Aires. Aunque la Jefa había hablado con menos ironía que en la recepción del Motel en Rancagua no me gustó para nada el viaje y me pareció que estaba tramando algo y que el objeto de la trama era yo. Pero ya sabes de la pata ingenua de la que cojeo, así que me olvidé muy pronto de la excursión. Seguimos con nuestros encuentros lésbicos y hasta se nos incluyó una rubia despampanante de Osorno. Sin embargo me había quedado con la espinita clavada desde aquella madrugada en Rancagua, de modo que llamé a mi amigo para que continuáramos la noche desde el momento de la llamada a la puerta y poder demostrarle que un bajón de libido lo tiene cualquiera. Mi amigo, un semental de gran pedigree, me tomó la palabra y nos encontramos en un hotel del Oriente de Santiago dos días después. Mi demostración de buena hembra colmó sus espectativas. Sobre las cinco de la mañana me dejó en la puerta de mi casa. Solo llámame cuando desees repetir, dijo. Me estaba arreglando el vestido mientras buscaba la llave de la puerta. Ojalá que fuera un trasvesti, dijo una de las mujeres que se acercaba por la derecha. Nunca compartes tus lesbianas ni tus trasvestis con nosotras, por qué, dijo una de las que se acercaba por la izquierda. Tengo qué decirte quiénes eran. No, así que te cagaron de nuevo. La Dama me ordenó monta y no hagas escenas ni hables, por favor. Esta vez las cuatro lesbianas andaban de vaqueras y mientras me echaban por delante iban sonando sus látigos de rabo de ternero en al aire. Tengo qué decirte hacia donde me llevaban. No, todavía las ramas estaban secas. Si. Habías visto la película o leído el libro. No. Ella también me preguntó eso, milindo y contesté lo mismo. Estaba amaneciendo y para esa hora ya sabía de lo que se trataba. La regla no escrita era una regla explícita en el Club de las lesbianas. Desnúdate, me ordenó. No tenía alternativas ahora y sabía de sobra que mis artimañas de karateca no me servirían de nada porque no desconocía que nuestra Jefa siempre andaba con dos revólveres. Así que me desnudé. La horca colgaba del gajo más grueso. Ponte debajo de ella, agregó. Lo hice. Ponte a su lado, Blanka, pidió a una de las chicas. Baja la horca hasta su cuello, Vibiana, ordenó a otra. Pamela, anúdalo en su cuello. En el fondo pensaba que solo se trataba de un escarmiento para que yo regresara al redil y aunque con un poco de miedo lo estaba tomando como si fuera una filmación más para Edelco, esta vez para promocionar bufandas atípicas. Debo admitir, no obstante, que estaba medio hipnotizada entre aquellas cuatro locas del amanecer. Era paradógico lo que se estaba produciendo después de haber tenido una noche maravillosa con mi amigo. Comencemos, dijo la Jefa. Tengo que decirte qué pasó a continuación. Sí. Yo era la chica femenina del grupo, la bonita, la fina, la delicada, la más deseable. Durante mas de tres horas se cebaron con mi cuerpo desnudo e inerme, con la horca en mi cuello y las manos atadas a mi espalda. Que me perdonen todas las diosas del amor y de la fertilidad pero en verdad te digo que a pesar de todo experimenté placeres especiales entre las manos y las bocas de aquellas desalmadas con tanto currícuculum lésbico en sus pobres existencias. En algún momento exclamé oh, Dios, que viva Lesbos, pero terminen ya, por favor. Es que sentía verguenza de mi dicha. Terminaron, claro, milindo, pero oye cómo me dejaron. Tal vez marcada en todo el cuerpo. No, poh, cómo me dejaron colgando de la rama. Oh. Posición de flamenco, dijo la Jefa. Claro que tuve que recordar al cartel de mi juventud en el frente de la Academia, recuerdas tú. Obvio, querida. De modo que apretaron la horca en mi cuello, ataron mejor mis manos a mi espalda y doblaron mi pierna izquierda por la rodilla y ataron mi tobillo al muslo. Así, milindo, que mi pierna derecha quedó a medio centímetro del suelo, suficiente para que haciendo un esfuerzo supremo me pudiera apoyar en él. De verdad que no leíste el libro que les sugerí. Que "me" sugeriste. Cierto. Tú te lo perdiste. Hubiera sido un ensayo magistral para lo que te pasará de ahora en adelante. Estás molesta porque no pudiste hacer que me olvidara de los hombres, lo siento, perdiste tu batalla conmigo. Pero gané la batalla de la posición del flamenco, querida. Ahora soy tu Maruja García, bombón. Tienes un par de pistolas, falsa vaquera, y yo cuento solamente con una Mente real, veamos quien es más poderosa. La Tipa sonrió y dijo nos vamos, chicas. Regresaron al oscurecer. Para ese instante yo había podido estirar la soga otro centímetro y podía descansar la pierna en pleno suelo. Sabía que tenía que resistir porque estaba segura de que regresarían y como la collera no estaba lo suficientemente apretada pues era solo cuestión de esperar. Me desataron. Me mantuve de pie, con toda la dignidad que me caracteriza. Te dejaremos viva pero solo porque tendrás una hija algún día y haremos todo lo posible por convertirla desde pequeña y en caso de que te opusieras, Dios te salve, Gloria Rencoret. Cualquier mención que hicieras relacionada conmigo o con lo que pasó este día nos llevará a apretar mejor la horca y a aumentar los centímetros desde tus pies hasta el suelo la próxima vez, está bien. Algo más, pregunté. No, solo no faltes nunca más a ninguna regla no escrita. Esa noche dormí, rendida, en el tronco del árbol chamuscado y al amanecer comencé a caminar hasta la carretera de Santiago. Me había lavado la cara en un arrollo y estirado mi vestido para no lucir como una loca salida del manicomio. Monté en un bus interprovincial y nadie me prestó atención. No tuve que ir al médico esta vez pero debí, milindo. Cuando me veas mover la cabeza sin motivos debes pensar que se trata de uno de los músculos del cuello que quedó atrofiado, que no es por aparentar clase o glamour, y si acaso has notado que mi tráquea prácticamente no existe es porque la horca la metió cinco centímetros adentro y por eso a veces tengo que tragar doble para poder bajar los alimentos. El periodista pensó decir que también disimulaba muy bien esta anomalía pero recordó que ella le había dicho que no era muy buen observador y prefirió hacer silencio. Diez años más tarde mamá le puso una condición especial a un inquilino que no podía pagarle seis meses de atraso para permitirle quedarse. Mamá lo consideraba un amigo. Le pidió volar una propiedad en Buin. Alguien tocó a la puerta para decirle a Flamenca que la buscaban en el lobby. Enseguida regreso, milindo. El periodista preparó un par de cafés y tecleó algunas notas en su máquina. Flamenca regresó enseguida. Te duele el pie. Ahora no. Tengo dos citas para consultas en Las Condes el sábado. Genial. Supongo no haya pasado nada con tus pechos. Acaso son grandes y voluptuosos como te gustan. Me gustan los pechos sin que tenga necesidad de medirlos, querida. Falso, sé que no tengo los pechos que te gustarían por muy chilenos que sean. Muy bien, tienes un par de pechos como todas las hembras y no puedo besarlos, por qué. Mira, recuerdo que has dicho muchas veces que si las cubanas tuvieran los pechos que tienen las chilenas serían las mujeres más endiabladamente perfectas de la Creación. El periodista sabía que lo había dicho pero expresó aún sin eso lo son. Chico, y por qué no te casaste en tu país con una de esa bellezas destetadas. No exageres y tampoco te rías. Jajajaj. Ok, tú ganas. Ustedes son como los gringos, se vuelven locos por un par de melocotones. Los chilenos no, ellos pasan por su lado con toda la indiferencia del mundo, no sé si es por estar acostumbrados a convivir con ellos. Nuestros hombres se desviven por las morenas y digo morenas en el sentido en qué lo dicen ustedes: por las negras, y no les importa de lo que puedan alardear, solo les motiva el color. El periodista podía darle una conferencia sobre tal afición de los hombres chilenos pero la dejó proseguir. De no haber sido por lo que paso a contarte creo que hubiera tenido los mejores recuerdos de la boca y de las manos de un hombre norteamericano jugueteando mis pechos. Ocurre que decidí realizar un tour por el Mediooeste de Estados Unidos en bus. Los tours no se diferencian mucho en ninguna parte del mundo. Un grupo de personas que viaja y se detiene en los sitios programados y un guía que les va indicando y contando acerca de los eventos más importantes que se han desarrollado en cada parada del camino. Ahora la diferencia la marcaba nuestro guía, un atleta rubio como un sol que estaba mejor para modelo de mi Tienda o galán de filmes románticos que para dar cantaletas memorizadas y sosas en medio de un paisaje interminable. Había muchas aspirantes a conquistarlo y decidí no entrar en competencia, de modo que para cuando estaba tratando de certificar la calidad del trigo norteamericano sobre el soviético, me separé de la comitiva y comencé a caminar sin rumbo predeterminado. Cuando me di cuenta del tiempo que había pasado seguí caminando igual porque sabía que ya no podría alcanzar al bus. Eso pasaba muchas veces y los Jefes de la Expedición conocían qué regresaríamos en algún momento. Se trataba de una pradera sin fin de trigales ondulantes, parejos como cortados a ras, nada más. Me desvié por un camino de tierra solo para ver si podía burlar la monotonía del paisaje. Detrás de una colina había un granero, una casa victoriana, algunos árboles, animales domésticos y una yunta de bueyes enganchados a un arado de doble mango. “Como el arao americano que teníamos allá”. La residencia era una aparición al centro de la nada. Piensa cómo me sentiría al lado de un árbol, en el Medio Oeste, con las heridas de mi cuello tan frescas. Suerte que me curo rápido de espantos. Dije “hola,” como ellos, dos o tres veces. Por la puerta central salió un gigante pelirrojo como esos que aparecen en los cuentos de los Hermanos Grinn. Botas altas café, jean Levy, polera descotada y cómo no, un alón. No traía soga ni le seguían lesbianas. Me mandó pasar, nos identificamos y compartí su almuerzo que acababa de poner en la mesa. Cuatro meses antes el padre había venido desde Boston para llevarse a su esposa con los niños. Cansados de esperar porque liquidara el rancho y regresara a la ciudad como había prometido los últimos quince años, el suegro y la familia decidieron hacer lo que suponían correcto, marcharse. La esposa, sin lágrimas, pero con la tristeza de las despedidas falsas, le abandonó consciente de que él la seguiría muy pronto aunque fuera por los niños. El no pensaba hacerlo y estaba seguro de que ella regresaría más temprano que tarde. Porque, cansada de las mentiras de los astrónomos acerca de los nuevos “descubrimientos espaciales”, había abandonado el Instituto de Massachussets y trataba de escribir un libro con el estilo de Yván Efremov. Pensaba que no existía mejor lugar para ello que la casa de Moon Valley con su quietud eterna de paisaje lunar. Además, sabía lo que se perdía en materia de cama. No porque el fuera un amante especial sino porque ella tenía la mitad de su sangre italiana y dos tercios libanesa y él se había contagiado de las altas temperaturas de América tras tanta gelidez en las nieves eternas de los glaciares fineses. El anticíclope me aseguró que nunca más se había acostado con mujeres, que no se satisfacía personalmente y que no tenía Barbies de fiberglass pero que debía admitir que sus bolas casi explotaban y que daba por un hueco cualquiera la mitad de su cuenta corriente en San Luis. Cuando dije qué era sudamericana y rubia por un antepasado francés me tendió un cheque en blanco. Parado a mi diestra, con el papel extendido, parecía un oso exánime, asombrado de que hubiera inviernos sin hielo. Tenía sus belfos húmedos y a la izquierda de su bragueta un montículo ligero comenzaba a insinuarse. No trates de comprar mi cuerpo. No lo hago, solo deseo hacerte un regalo. Almorcemos primero y después veremos. Veremos qué. Eso del hueco cualquiera. Eso ya está visto. Sí. Dalo por descontado, francesa. Era una amenaza velada y decidí cooperar. Meterme en las patas de los caballos traía siempre estos resultados. Maestra de los espacios fingidos y fabricante de orgasmos necesarios, el vikingo terminó rendido a mi lado y parecía que acababa de morir de amor entre sus brazos. Con cuidado me comencé a deslizar de la cama gigante y miré mejor su pequeño animal en reposo. Casi siete pies y no más de once centímetros. Pero era buen amante. Recordé la respuesta de la especialista argentina a Pedro Carcuro en su programa estelar De Pe a Pa relacionada con el manido slogan de si el tamaño importaba: no he venido a hablar de eso, Pedro. Buen amante, como dijera la glamorosa esposa de Scott Fitsgerald. Lo importante es el tamaño que adquiere en erección, como le dijo su amigo Heminway cuando Scott le preguntó, destruido. Oh, milindo, nada mas poner un pie en el piso alfombrado con motivos lapones el Animal me sujetó con su garfio por el codo. Dónde vas. A orinar. Te acompaño. No puedo hacerlo si alguien me mira. Siempre hay una primera vez, vamos a arar. Pensé que se trataba de alguna posición desconocida como agregado al Kamasutra o creada por las zagas nórdicas. A medida que él se alejaba de la casa pensé que en realidad iba a asistir a algún ritual escandinavo. No me quedó mas remedio que orinar en pleno campo, semiencuclillada y con su mirada atenta. El mastodonte desató los bueyes y los dejó pastar. Así que tenías deseos de orinar, dijo, con ironía. No confíes en un finlandés, siempre ha de tener al menos un ojo abierto. Así que supe que se había dado cuenta de mi mirada complaciente a su minúsculo pene a lo Hansel. Trajo unos arneses chicos desde debajo de un árbol. Vamos a arar, repitió. Miré la horrible desolación de Moon Valley y acepté qué estaba tan sola como las islas antárticas de mi país. Qué sea lo que Dios quiera, me dije. No olvides que aún no había celulares. Ponte de espaldas. Me colocó las correas hacia arriba a partir del ombligo y superapretadas. Sobre mis pechos, dos embudos de piel sin curtir, recios y acoplados. El hombre regresó a la casa victoriana y se apareció con dos tiraderas rojas. Levanta los brazos. Las colocó debajo de mis axilas y caminó de espaldas hasta el arado Las sujetó a los fierros y cogió el aguijón. Arré, dijo. Yo sabía que tenía que halar como si fuera una mula roturando la tierra en el Medio Oeste americano. Hala, que todavía no he enterrado el arado. Pude arrastrarlo como unos cien metros, hasta donde había un campo recién comenzado a roturar. Me pareció una aberración nórdica y olvidé lo demás. Pinchó mis nalgas con el aguijón y dijo arré mula mujer. No pude. Desentierra el arado que no puedo más. Si lo hago no estarías arando. Te digo que no puedo. Intenta, cómo no vas a poder si puedes burlarte de mi cosa y eso pesa mucho más. Incliné el cuerpo y tiré. Pude halar entonces porque había levantado la paleta roturadora. Durante tres horas caminé cada vuelta de la emberga de doce pasos de ancho triturada por el aguijón en mis nalgas y azotada con el látigo de rabo de bisonte en mis espaldas. Al oscurecer no sentía mi cuerpo y los pechos eran una masa amorfa y aplastada con un hollo donde habían estado los pezones. Cuando me desató me llevó a la casa, cargada, y me ayudó a recoger mi ropa. Hizo una llamada. Vendrán por ti en media hora, me dijo. Voy al baño. No, porque entonces no tendría gracia la aradura. De qué gracia hablas. Es un rito no escrito. Iniciaste en él a la mujer que te abandonó. Nadie me ha abandonado, señora. Mi esposa está de viaje, además, el rito solo es para rubias. Subí para mirarme en el espejo siempre con él de guardaespaldas. Delante de mi tórax no había nada, solo un resplandor de carne mustia como dos sombras adorando círculos olvidados. Cuántas veces practicaste el rito. Una. No me digas. Nunca una mujer hizo tal mueca ante la vista de mi muñeco flácido. Entiendo. El taxi me recogió a la hora indicada y cuando llegué al hotel la ruta había partido río abajo. Cablegrafié que la abandonaba y volé a la Clínica Mayo al otro día para ver a un mamógrafo. Parece que aquí se las daban de guías turísticos también porque me enseñaron la habitación donde Heminway había decidido descerrajarse dos tiros en la cabeza y miré por la ventana los espacios donde el grandulón americano había paseado mientras calculaba el día en que se iría para siempre. El especialista me explicó que no tenía nada malo pero que cuando me volvieran a crecer me saldrían pólipos benignos de los que no tendría que preocuparme y contesté no cuando quiso buscarme un abogado. Que si deseara tener hijos no podría amamantarlos porque de mis pechos solo saldría nieve aguada sin proteínas. Doscientos dólares luego me marché con una ratahíla de recetas y de sugerencias terapeúticas. Mamá estaba en Atlanta y viajamos hasta las playas de Florida en tren. Cuatro meses mas tarde comenzaron a crecerme los senos y a salirme los pólipos detrás de los pezones incipientes. Se detuvieron una mañana de manera imprevista y telefoneé a la Clínica. El doctor contestó diciendo que me lo había advertido, que los pezones serían como puntitos delante de mis senos. Todo eso me suena a moraleja. Sí señor: no te acuestes con vikingos rituales abandonados por científicas arrepentidas. Todavía muchos hombres no saben por qué no me desnudo de la cintura para arriba pero no dicen nada porque se conforman con el resto y piensan que siempre estoy pensando en alguna nueva manera de fantasear. No puedo besarlos, está bien, pero y tocarlos. Tampoco, quiero morir con la mentira de que sentiré algo otra vez. No pretendas besar mi trasero ni mis espaldas. Y tu vaina rosa de pubis dorado como la corona de las ninfas. No hay vagina ni pubis ni nada ahí, milindo. Entonces tocaron a la puerta. Señora, la mujer de la consulta. Voy altiro, milindo tendrás que esperar por la historia de mis entrañas. Ve a lo tuyo y tira tus Cartas y hazles pensar que eres una pitonisa invicta y que resolverás sus cuitas. Lo soy y ellos lo saben y lo sabes tú. No lo dudo. Elemental. El periodista siguió escribiendo, almorzó, siesteó y cuando acababa de ver un video musical oyó una despedida tras la puerta. Le pago el fin de semana junto con los vestidos y los ternos. Le dijo “no toques y pasa”. Como si no se hubiera ausentado retomó la historia desde su sitio en los pies de la cama. Pero él le tenía una sorpresa. Un vaso rayado con dos líneas de Pisco Capel, dos rodajas de limón y las burbujas inquietas del Gínger Ale. Era la resaca sobrante de la noche antes y al entregarle el trago percibió el perfume de la otra. Lo tomaré como excepción, hace rato que vengo siendo abstemia si exceptuamos el vino. Desahogarte te ayudará a cambiar. Ojalá. Ojalá. Quiero que escuches la historia del error más grande que pude cometer jamás. Por vez primera me enamoré de un hombre insignificante, desprovisto totalmente de Poder y sin un ápice de algo que provocara admiración o respeto. Una amiga me invitó a ver como se hacían los cohetes pirotécnicos que encantan las noches de Valparaíso cada fin de año. Subimos en el funicular para llegar a los cerros. Había una nave enorme donde trabajaban cientos de obreros en silencio, casi inmóviles. Tengo que evitar las explosiones a toda costa, dijo el hombre, que al parecer era el Jefe de los fuegos artificiales. Como a doscientos metros de la nave hizo una exhibición para nosotras y el cielo se llenó de magia y las filigranas eran arte puro como si las nubes se hubieran confabulado para sorprendernos en la tarde del Puerto. Este año Valpo será un semillero de colores espaciales y los rugidos de mis flechas se escucharán en Korea, dijo, orgulloso. Me susurró al oído que mi trasero parecía una ensenada de la costa y que le encantaría poner una gran flecha en el mismo centro de sus aguas con fulgor de gritos espasmódicos. Sonreí con la galantaría del poeta candelero y lo observé mejor. Era rematadamento feo pero como jamás había sexeado con un poeta pirotécnico le acepté la invitación. Tenía una pieza de urgencia en la fábrica y después de bailar hasta la media noche en un Pub de Viña del Mar me llevó a la covacha. Pésimo bailador, había destrozado las punteras de mis zapatos españoles, olía a infierno axilar y de su boca salía un aliento a corral abandonado de cerdos. De nuevo metida en patas de caballos me dejé conducir como amante rendida hacia cualquier lugar. Pero descubrí que algo pasaba esta vez con mi cuerpo sin reacciones y temí no poder fingir deleites inexistentes. Había una cama grande y el aire serrano penetraba agradablemente y los mojitos venezolanos sabían a gloria pero no reaccionaba por nada del mundo. Necesito de al menos una mínima reacción de mi cuerpo para poder fingir. Me pensó coqueta y se prestó al juego. Solo que cuando casi amanecía y aún no había pasado nada me preguntó que qué cresta ocurría conmigo. Le reté por la manera de tratarme y se disculpó. Me senté en la cama, le pedí que hiciera lo mismo y le fui sincera. Era demasiado exigente con los hombres y solo me acostaba con determinado tipo de ellos. La cautivación de su verborrea poética no era suficiente y lo sentía. Agregué que me iba. El hombre llama me miró incrédulo y sonrió con medio rictus. No estarás hablando en serio, mujer. Lo estoy, hombre, lo siento. Mejor dí “no lo siento”. No lo siento. Y crees que me vas a hacer eso a mí. Hacer qué. Dejar a medias, plantado. Soy una mujer sincera y creo es una manera correcta de respetarte. Yo soy el que “sentirá” lo que va a ocurrir ahora. Me tomó por el cabello y me arrastró a lo que pensé era un almacén de pólvora. No hables, no grites, no gimas, no nada, por favor, porque tendría que matarte completa. Me sentó en una silla sin fondo y me anudó las manos detrás del cuello. Vertió unos cuatro kilos de pólvora en una caja metálica de treinta por veinticinco centímetros, la selló y preparó un sistema de control remoto. La colocó debajo de mis nalgas como si se tratara del fondo de la silla y me ató como para que no pudiera zafarme ni el mismísimo Hércules. Movió la silla mientras miraba al techo. Quise decir algo pero juró que me mataría sin contemplación si osaba pronunciar siquiera una sílaba. Se detuvo exactamente debajo de una gran clarabolla que comenzaba a dejar pasar los primeros rayos del sol naciente. A ver si esto te “calienta”, esperaré donde supongo caerás para rematarte si llegas viva y enterrarte allí mismo. Quiero que desde el otro mundo me ladres tu goce por el fuego. No creas que contaré hasta diez ni usaré caducas cuentas regresivas. Me alejaré de espaldas. Cuando me vuelva, zass, adiós témpano de mi vida. Comenzó a hacerlo y cerré los ojos como tantas veces en mi vida, pidiendo al gran poder de mi Mente, que en verdad no había podido ayudarme lo suficiente en otras encrucijadas de mi pasado. No conocía a ninguna Diosa de las aguas o Dios antiexplosivos pero le pedí a ambos interceder a mi favor ante la decisión irrevocable de aquel loco feo y hediondo. En realidad no me parecía malo darle una manita a las Cartas y a la Mente. Casi tenía el mentón sobre mi tórax cuando perdí la noción del tiempo. No había sentido ruido alguno y cuando caí, medio kilómetro al Este, en plena Cordillera de la Costa, no recordaba nada. Sentía un calor insoportable en las entrepiernas y la necesidad imperiosa de mantener los muslos unidos. De no ser por la llegada del fogonero y por la irrupción prodigiosa de la amnesia rota jamás hubiera sabido nada. Incrédulo hasta el paroxismo el tipo me dijo que era una bruja inmortal y se mandó a correr bajo el peso del pico que había traído para enterrarme y de la guadaña imaginada en sus hombros de macho despreciado. Dos horas más tarde llegaron los paramédicos en el momento justo en que desfallecía. Habían recibido una llamada de una voz anónima de hombre que dijo haber encontrado en los cerros a una mujer enferma que parecía de la televisión. Mi amigo íntimo reconstructor de rostros no sabía nada de rehacer vaginas y mucho menos reconstruir sistemas reproductivos. De modo que mandó por un ginecólogo francosuizo de urgencia que trabajó gratis a cambio de obtener los derechos de la venta de jalea Nestlé en Isla de Pascua. Qué hay entre tus piernas entonces. Suspiró e inspiró tanto aire que él sintio la habitación vaciada. Nada, no hay nada, milindo. Una horrenda cicatriz y un huequito para orinar, nada más. Mientas menstrué tenía un par de aberturas sobre lo que quedó de mis ovarios, vaya, como esas personas que tienen que defecar por un lado del vientre cuando son operadas de asuntos intestinales. Dios mío, te afectó el trasero.No quiero hablar de eso. O key. Confórmate con saber que los aguijonazos del gringo no significaron nada y que desde aquella madrugada en la fábrica de explosivos debo tomar, permanentemente, un remedio antiestreñimiento. Crees que te salvó la Mente esta vez. Claro, pero pienso que antes de la explosión debí haber estado mirando una carta especial. Especial. Sí, el as de corazones. Cerró los muslos por reflejo y el periodista decidió que era hora de poner término a las confesiones de una mujer mito, una mujer leyenda, una mujer historia. Hay otras cosas que no puedes besarme pero eso sí que lo escribiré yo, milindo. Muy bien. Te pido un favor. Pídelo nomás. Bueno, no un favor. Pide lo que quieras y ya. A pesar de todo, te veo muy sana. Acompáñame al baño. Esperando sus pasos medidos en la escalera de caracol, sin ayudarla porque ella no se lo permitía, iba detrás, en silencio, presto al tropezón o a la caída. Se cruzaron con la Señora de la casa en el penúltimo tramo y entraron al baño. Bájate los pantalones. Oye, que no soy mentalista ni sé nada de cartas. Bájatelos. El se los bajó. Bájate el slip. El lo hizo. Ella estaba detrás y miraba al espejo como si quisiera vivir de imágenes. Podrías endurecerte para mí.Sí,si te colocas de espaldas. Te digo que no hay poto. Para “nosotros” el poto no es el hollo sino las nalgas y ahí parece que nada pudo hacer el bombardero de Valpo. Bien. Quiero mirar y que mires. En un instante él estuvo listo. Su desnudez era un desafío desde el espejo. Ella estaba llorando. Recordó que escucharía sus descargas hasta el llanto. Pero este no era un llanto acongojado. Era un orgasmo visual. Lo es, milindo, gracias. Quién soy, el vikingo de Missouri o el boxeador de Miami?. Tú eres mi Príncipe y estás sobre todas las dimensiones. No soy el hombre fuego de Valpo. No, y por eso me voy. Empezarás ahora mismo a escribir los motivos de por qué no puedo besar tus caderas?. Sí. Flamenca entró a su pieza y cuando el periodista enfiló el pasillo hacia la escalera la oyó cantar que tarde te encontré poder de mis poderes. En su pieza, la foto de la otra era una postal a la incomprensión. Tal vez por eso fue que lo llamó. Estás en casa. Sí. Salgo a verte, querido. Te espero. Cómo va la patita. Vendada. Oh, hablas como si hubieras acabado de oír una sarta de mentiras. Esta convalecencia me ha hecho sentir como flotando en una mar de espumas radioactivas, lleno de brujas y de duendes, de gatos y de perros, de hormigas y de mariposas. Espérame para ahuyentarlas todas y flotar locamente en la noche. Dejemos algunos duendes. Y algunas mariposas. Dejemos algo. Quizás se acabó su carga pero la llamada se cortó. Y alguien empujó la puerta sin pedir permiso. Es la que te vendó primero y no te dijo que tenías que quitártela por la noche. Esa misma. Cerró la puerta lentamente y se marchó con sus pasitos leves y acortados y cuando él sintió que pisó el primer tramo de escaleras dijo en voz alta esa solo va a Valparaíso durante el Festival de Viña.(1)._
Septiembre 25 del 2005.
Providencia.
Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Luis Eme Glez.
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