Delante
la yunta azafrán de los bueyes cansados
condenados al yugo de fresno.
Al centro
la maraña de fierros que conforma al arado
con su aguijón solemne poseyendo a la tierra.
Detrás
el hombre de los campos maniobrando
con toda la simetría que heredó
del primer hacedor de surcos
aguijón en mano masticando tabaco y escupiendo
la escoria café como jugo del diablo
sobre la tierra herida.
El hombre maldiciendo
amando a los brutos del arado y a la sal de la vida
que late al sur de sus polainas.
El hombre la yunta y el arado
postal bucólica en la tela del trabajo
salpicada de terrones rotos caleidoscópica y compacta
fértil siempre sobre los caprichos de las nubes.
Los gusanos se fugan bajo el punzón
inclemente del arado
pero no hay ninguna posibilidad
para la gran colonia de lombrices que mora
bajo la superficie de los pastos.
Pueden bailar como serpientes mecánicas
y esquivar al encantador frustrado.
No importa que la tierra se hunda y las mediocubra
les oculte un instante risible
les cobije el alud de polvo desbordado.
Nada importa.
El cuervo aterriza sobre el hombre arador inconciente
desglozado del último árbol que escapó
de la roza ancestral
y las picotea con furia pantagruélica
o las engulle con bromas de pico florecido
en el colgajo de la gula.
El cuervo ejecuta la razzia del milenio eternizado.
El cuervo es un tremendo barredor de vida
en las mañanas claras.
Cuando se acaban las lombrices de tierra
es porque el hombre vertió la semilla
y toda la superficie es negra sabana de rojiza alfombra
a la espera del verde redentor.
Toda la tierra cultivada es una tumba muda
sorprendiendo a la luz.
Entonces el cuervo posa para siempre en el gajo seco
que da para poniente
y espera la próxima cosecha en el decorado
de la naturaleza
con los actores de rutina.
El cuervo hiberna otoña primaverea veranea
casi a ras de tierra.
Es un negro halcón en la sublime espera de lo repetible.
No hay próxima cosecha
porque los delfines avisaron a las lombrices
que bajaran veinticuatro centímetros
y los ángeles sin alas al hombre
para que mantuviera intacta
la perspectiva de su arado.
Y entonces en el surco nadie vio mas
que tierra triturada hecha polvo compacto
de minerales invisibles.
El cuervo comenzó a despedazar golondrinas
engullir colibríes saborear mariposas
y ensalivar libélulas.
El cuervo hambreado intentó saciarse
con las hojas mustias del bosque
y planeó sobre el hombre del arado
y sus bueyes sumisos
enyuntados al tedio coloquial
de los horizontes falsos.
El cuervo sufría un hambre descomunal de alas negras
y pasión de kamikase ofendido.
Cuando el cuervo enflaqueció
y sus plumas comenzaron a caer con desborde
de abanico en bancarrota
las golondrinas y los colibríes
las mariposas y las libélulas
retornaron a sus predios de siempre
volando la ronda nupcial de los espacios libres
y el cuervo flácido se desprendió
de los aleros del árbol de la furia
desbordando ramas con sus alas tendidas
y sorprendió a la tiera con su choque postrero.
El cuervo murió en el preciso instante
en que el hombre del arado
comenzaba a penetrar la tierra
buscando agua fugada
peleando contra la ausencia de toda primavera.
Las lombrices tuvieron un respiro
tendrían una segunda oportunidad "bajo la tierra"
hasta que algún avisador de cuervos
imitara la voz de los delfines y de los ángeles
y otra vez el árbol se poblara de la amenaza endrina
oteando los gusanos.
Descuidad
aún habrá tierra para seguir bajando
y ninguna golondrina
ninguna libélula
ninguna mariposa
ningún colibrí
cero hojas mustias.
Solo el último cuervo llorando lontananzas
sobre las ramas vivas.
Agosto 29 del 2004.
Santiago Centro, Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
Aun habrá tierra,,,, para que todos y cada uno duelos gusanos que poblamos el planeta pueda reptar a su sepulcro de decepciones, como Luis puede decirnos o proponernos de manera tan brillante según mi mirada,,,el. Trabajo de nacer crecer y volver a nacer circulando hasta que el planeta deje de girar
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