Aún el Sol no vence la cumbre de Los Andes
pero los rieles de fuego de su encono
horadan cada nube media
y el corte perfecto
es fantasmagórico juego de átomos que estallan
y esquirlas de ámbar en la interperie del abismo.
Debajo
la nieve y el smog reinventan el invierno hastiado entre los cerros
y la escarcha se ceba en Irarrázabal
y el aire corta en Alameda
y Vicuña Mackena se viste de rocío
y cerro San Cristóbal se burla de las parcas.
Qué escozor entre las hojas vivas del verano
soñando la eterna blancura de los picos
consagrando su faz de centinela
a la vera del cóndor que no pasa
para que las calles se angosten
en la brisa que destroza la tenue melodía de la madrugada.
Cuarto menguante occidental de luna
en los cajones de la precordillera
el Manquehue se burla de los polerones.
Un semáforo parpedea sus lágrimas de neón
y cada biela viola el decibel posible
en la jerga asfaltada slam de las cloacas pervertidas.
Falsa aurora de grillos forasteros camuflageando el equilibrio
de las formas para cuando el colilargo construye las alcantarillas del adiós y las arañas de rincón comienzan su turno de tinieblas.
Las llamas balan su saliva de coces
por entre las lianas de Cohaique
y las ovejas patagonas se mueren de tedio
en la Plaza de Armas.
Amanecer de plenilunio.
El trópico es una lesbiana de ultratumba
ofreciendo galápagos desnudos al mejor postor
qué equinopcio violó a la eternidad
qué rampa de cenizas declamó su requiem por el leso
qué copihue perdió su ingenuidad
entre las avellanas del dolor
qué vendabal estremeció a Vicuña tras el desastre de Parral qué Dios profano dictó otros nueve mandamientos qué monte extraño cobijó sermones qué Karma impostor trasladó su Gólgota qué pasión renovada en un valle sin cruces
Darwin da bastonasos a las palomas de Chiloé
llegadas por el Norte
y los caballos resbalan en el oasis de Coquimbo
desconociendo que herraduran
la historia.
El fútbol es exhabrupto del ocaso
y los hombres corruptos
orinan en extraños portafolios de cuero.
Aún el sol sí vence la cumbre de Los Andes
y despeina el esplendor del Aconcagua
todas las alimañas se abren a sus horas
desde las catedrales del silencio.
Cada nube estalla en otro horizonte
y los cerezos piden turno al ginecólogo
en la añoranza del joven corazón
palpitan las esporas haciendo el frenesí de lo ignoto
llueve en los pantanos putrefactos
la lluvia del odio y del amor.
La mujer es un fantasma hembra tras las sábanas
y solo el pubis de girasol atardecido
es agujero negro de estrella fugaz
perdida en sus delirios de ciudad que amanece
último cansancio deshecho entre las piernas
y un ramo de geranios marchito en cada pecho
como un haz mustio de pinos deshojados
en las riberas del Mapocho.
La mujer es
a un costado de la aurora
un manojo de lirios tumefactos en el césped
detritus árido en la soledad de Babilonia ecléctica
hoja muerta en las estaciones del no sabe.
La mujer es un océano de incertidumbres
navegando en la duda inexplicable
de la ciudad intramuros tocada por el sol inaudito.
Y el poeta
estirando sus piernas tullidas en Plaza Italia
tiene trabado un violín en la garganta.
Marzo 31 del 2004.
Nuñoa, Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
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