Wednesday, December 8, 2010

Pastel de mujer sin sombrero.-

                                                        Poema 1.-
                                     
                                     Alain Delon será el hombre más bonito
                                     de Francia pero yo soy el feo más
                                     interesante,--dijo Jean Paul Belmondo
                                     alguna vez.
                                     Recordé la cita y sonreí.
                                     El actor galo es un diminuto Frankestein
                                     de los  Campos Elíseos.
                                     Y tú eres una bella Gigante
                                     de Parke Forestal.
                                     Eres el rostro único
                                     en que se funde la belleza y lo bonito
                                     la ternura y la soberbia.
                                     El cincel de Museo
                                     y el pincel de pared.
                                     Déjame separar los espacios de tu cara
                                     dejarlos sobre un surco de sedas.
                                     Eres Merryl Steep y Julia Roberts
                                     Emma Thompson y Sharon Stone.
                                     Eres la obra de arte terminada
                                     de un escultor rebelde
                                     conocedor auténtico
                                     de la extraña asimetría de la belleza.




Para Adriana, maravillado de su rostro de roca única.


He mirado tu rostro con calma de budista
y encantamiento zen.
Recorrí esa pequeña esfera que corona tu cuello.
Te observé de espaldas y te  miré de frente.
Mastiqué tus perfiles.
Te puedo recordar sentada y caminando
a la espera de algo indefinido
ausente
ilusionada con todas las inexistencias de la vida.
Eres un raro y apetecido objeto
en las partículas mas indivisibles de mi memoria.
Eres el huésped parásito que no quiero deportar
de mis caprichos.
Eres algo así como la duda enjaulada
en la perdida intercepción.
Aunque no lo permitas voy a hacer la autopsia de tu cara.
No te cuestiones por qué tu cuerpo no cabe
en mis proyectos.
Mírate al espejo de las aguas quedadas en los charcos de sol
mírate en los rayos magnéticos de la luz del vacío
mírate mujer
pues del cuello hacia el sur
eres un enjambre de verdades
donde mis mentiras se mueren en las paredes de las hojas.
Déjame tu cuerpo de violín transparente
en los recovecos de mis hormonas educadas
y selectivas.
Que tu cuerpo es vendaval de nieve cálida
sobre las miríadas de saltamontes de mi cuerpo.
Mírate en la sabia nitidez de mi cuerpo
y guarda tu cuerpo para la penúltima transmigración
de la carne
y volvamos a tu cara detenida en mi mesa de amante forense
en la madrugada de tu muerte forzada.
Mira cómo expongo dos láminas de vidrio azul
en el largo mesón de este cubículo
donde tú y yo viviseccionamos el arte de las formas
la disciplinada indisciplina de la perspectiva.
Mira en este lado
el lado izquierdo de la vida
el rompeolas de tu pelo
el valle intramontano de tu frente
la cola de zorro exhuberante de tus cejas
abierta como los abanicos del Edén
pubis que guarda
la irrestible sexualidad
de tus ojos líquidos soñadores y vívidos como los ojos 
de los sauces.
Mira tu mentón de  damasco y tus pómulos de lechuga palpitante.
Mira tus orejas como anémonas en un mar de zargazos
y mira tu piel de endemoniado cuarzo enternecido
y sonríe
porque tus dientes están en las fronteras de los sueños
royendo cada adiós con mandíbulas feroces
riendo de blanco
en la tersa humedad de tu lengua
de pétalos desmadejados.
Mira todo con tus ojos morunos si puedes.
Déjame situar la lámina negra de la vida a mi diestra.
Mira si puedes
este montículo de cartílagos y de poros
de pelos casi invisibles y alvéolos latentes
esta pequeña montaña de doble túnel
y abismo indescifrable
cerro donde alguna vez pondrás los anteojos de la edad
tal vez un piercing de ocasión
mogote por donde te comes el aire que nos colma.
Mira ese pedazo de barro ardiente insertado en tu cara
programado con cada uno de los minúsculos
aditamentos del olfato.
Míralo que es tu nariz.
Ahora mira esta línea angosta
casi recta con apenas volumen
angosta como un camino estrangulado
como una trinchera donde el paso es detenido
y el aire se niega a transitar.
Esa línea sin rictus en que la carne es centrípeta
y sus mitades son apenas un hilo
que se pierde en las comisuras del dolor.
Mírate sonreír.
Quizás un alargue de piel en que la carne se entreabre tímida
como la vulva virgen en la estampida de lo reticente.
Mírate hablar mírate cenar mira cualquier movimiento
en mi lámina de vidrio
mientras autopsio tu boca inesperada.
Mírate que siempre es una línea
un sendero inclemente
un caballo trotando las curvas de la Nada.
Mira bien tu boca
y dime si es posible
(ante tanta plasticidad geometría apolínea tanta flor en el jardín de tu cara)
aceptar esos árboles y esas piedras
intrusos en un valle sereno.
Qué noche hubo en tus padres
qué instante de amor atropellado
qué orgasmo sublime
qué descarga de esperma única
qué ritmos de pelvis sorprendentes
qué tiempo especial para el coito especial.
O qué Dios irreverente intervino el placer
coartó el minuto
en que los jugos se encontraron en la noche perfecta.
Qué poder de mas allá detuvo su tiempo de conquistas
para interceptar el rumbo de las sábanas
en las camas golosas.
Qué misterio desgranó en tu rostro
ese tremendo contrapunteo de las formas.
Qué enigma intervino en la creación de tí
capaz de separar la gestación en dos mitades.
Quién hizo esas marcas de Nazca en aquel útero
jugando entre las meduzas de la vida
esperando juntarse
en la dicotomía de la plástica
cuando alguien eligiera el momento preciso.
Correcto.
Déjame entonces erradicar tu cara de mis láminas.
Déjame ser ordinario y meterme en las filas
donde los Capitanes occidentales
imponen la belleza enlatada de la raza ideal.
No olvides que puedo, también, ser tesorero
de la Máquina del Tiempo.
Donde estuvo tu nariz pongo la nariz respingada
europea aria celta zajona americana
de Marilyn Monroe.
Donde estuvo tu boca
sitúo la boca llena húmeda glotona sensual y sexual 
roja y entreabierta carnosa plegada palpitante obsena 
occidental
de Brigdite Bardot.
Tomo mis pinzas de azahares.
Coloco la naríz de la Monroe
en tu nariz de roca griega.
La boca de la Bardot en tu boca de camino etrusco.
Eres una mujer bonita y asimétrica
recreada
con la sutil belleza que no es.
Te veo cariátide y careta y máscara
como preparada para un carnaval inexistente.
De modo que regreso todo a la primera lámina.
Eres entonces una calavera en distorción
con tus hollos frontales y la vida palpitando en derredor.
Como una momia hembra a medio embalsamar
en la quinta pirámide.
Eres una momia hermosa
casi bella.
No haré el informe de tu autopsia.
Estoy equivocado.
Quién soy para matar la simbiosis.
Para romper la asimetría de lo excelso.
Por qué me olvidé de Picasso y de Braque
en favor de Murillo y Velázquez.
Me olvidé de Mata.
Por qué.
Déjame bautizarte con mi segunda mirada definitoria.
Quiero verte como a esas bailarinas internacionales
del Royal Ballet de Berlín digamos.
Tablas donde  danzan y comulgan lo bonito y lo regio
lo sublime y lo obtuso
lo que complace a la rutina occidental
y al clasisismo de la tolerancia.
Pídeme una postal de Alicia Alonso
pregúntame quién es
mira su boca y su nariz
y observa el resto de su faz.
Pregúntame por qué prefiero su belleza pétrea
a la lindura incongruente de Isadora Duncan.
Para contarte
cómo es que decidí dormir
con tu pelo precioso
con tu frente perfecta
con tus ojos de lupa sideral
con tu piel de ciruela
con tu mentón invicto
con tus orejas de piélago infinito
entre mis muslos asombrados en la noche tardía.
Para contarte cómo es que decidí dormir
con tu naríz telúrica
y tu boca de senda atrincherada
entre mis muslos encantados en la noche distante.
Dormir con la única belleza permitida.
La ordenada belleza del desorden
que me ofrece tu cara
Adriana.





Providencia.
Santiago de Chile.
Marzo 11 del 2005.
Luis Eme Glez.-












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