En 1889 un hombre llamado Alois Hitler arrendó una casa en un antiguo hostal del siglo XVII en la ciudad austríaca de Braunau am Inn. La vivienda estaba en el número 15 de la calle Saizburger Vorstadt. La señora de Alois estaba embarazada y el flamante funcionario de Aduanas no podía dedicarle todo el tiempo que ella requería. Alois no podía olvidar que era primo de su mujer y que había tenido que conseguir una autorización del Papa para poder desposarla. Sí había podido olvidar que se trataba de su tercera esposa. E incluso había podido olvidar que era hijo ilegítimo y que su padre no tenía interés en reconocerlo. Ese mismo año frau Klara dio a luz un niño al que llamaron Adolfo. Adolfo era, por tanto, el último súbdito llegado a los territorios del Imperio Austrohúngaro. Pese a la consanguineidad de sus padres, el niño había nacido perfectamente bien.
Adolfo solo regresaría a Braunau am Inn 49 años después. De paso, tras la anexión de su país de origen. Durante las casi cinco décadas transcurridas habían pasado algunas cosas que enriquecieron su biografía. El niño vivaracho y locuaz, ocasionalmente asotado por su padre, había colapsado en el grado seis de la enseñanza y había tenido que repetir el Curso, algo que no le sirvió para graduarse de Secundaria. Se había mudado a Alemania y había soñado con dedicarse a la pintura y con llegar a ser un arquitecto de renombre. La Primera Guerra Mundial le enroló en sus filas y cuando salió ileso de la contienda engavetó sus proyectos artístico-estructuturales y decidió que lo suyo era la política. Para 1921 ya estaba liderando al Partido Obrero Alemán y dos años después encabezó el malogrado Putsch de Munich - oloroso a cerveza rancia y a lana barata de camisas pardas en la marcha sobre Berlín de la mano del ideario de Benito Mussolini - que le costaría una condena de cinco años de cárcel. Cumplió solamente ocho meses. Suficientes para radactar el primer borrador de Mein Kampf, subestimar a la cobarde República de Weimar, burlarse de los Acuerdos de Versalles y despotricar contra los miserables prohombres que habían humillado a Alemania durante la Primera Guerra Mundial.
Para asaltar el Poder necesitaba reactivar la sangre coagulada de los alemanes. Agruparlos en torno a alguien que pudiera demostrarles que los judíos y los comunistas eran los únicos culpables de que el maravilloso pangermanismo estuviera haciendo aguas. Alguien que les asegurara que solo mediante el rearme real y con la demostración de fuerzas el mundo sería capaz de respetar a Alemania y los malnacidos vencedores de 1918 tendrían que revisar los motivos por lo que pudieron ganar. En 1933 Hindenburg dobló las rodillas en Berlín. Adolfo tomó las riendas del poder en Alemania. El Partido Obrero Alemán se había convertido en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, de corte oficialmente nazy. Adolfo era el Canciller de la Nueva Alemania. El Consorcio Krupp recibió órdenes especiales. Los hombres de ciencia debieron trabajar horas extras. Los grandes bancos fueron puestos en alerta. Los comunistas - que estaban sobremarcados - no tuvieron escapatoria después del incendio del Reichstag. Los judíos trabajaban, casi curados de holocaustos pasados, y pensaban que sus auríferos enchapes dentales no corrían peligro. Toda Alemania hervía sobre la hoguera interminable que atisaba, desde los aposentos del Reichstag, el hombre del bigotico chaplinesco.
El chico nacido en Bruneau am Inn, que había suspendido el sexto grado y que había sido capaz de concebir Mein Kampf, invadió Polonia en 1939 y enseguida anexaría Los Sudetes Checos. Dos años más tarde la Segunda Guerra Mundial parecía un juego de niños, por cuyas rampas los germanos invencibles pasaban arrazándolo todo y las naciones se les rendían sin disparar un solo tiro. La Casa Natal de Bruneau am Inn era tan venerada como la Casa de Gohete y como los cotos de caza de la Selva Negra. Los dueños de ese año no paraban de mirar hacia la calle Saizburger Vorstadt, en donde los austríacos amigos de la anexión vitoreaban al compatriota que había devuelto la grandeza a la raza aria. La casa resplandecía en todos los horizontes y muchos austríacos y muchos alemanes estaban seguros de que cuando acabara la conflagración y el mundo lamiera la tierra por donde las botas arias caminaran invictas, la Casa en donde había nacido el Ultimo Mesías pasaría a ser la Casa más famosa de todos los tiempos y el número 15 superaría a todas las cábalas del número 12 en la ronda del Milenio Ario. Solo que todavía Japón no había bombardeado Pearl Harbor, las tropas alemanas no se habían topado con los defensores de un sitio llamado Stalingrado ni con el invierno ruso y el Día D apenas era un algoritmo en la mente brillante de Ernst Heminway.
Tras el aldabonazo de Adolfo en 1945 - que también se llevó a su ex amante convertida en esposa de minuto postrero - la casa se volvió maldita. Casi que apestada. Desde entonces ha pasado por infinidad de etapas históricas. Sitio de peregrinaje para mentalidades neonazis. Centro de cuidados para discapacitados. Alquilada por el Mnisterio del Interior. Motivación bursátil para cierto parlamentario ruso. Joya inalcanzable para los profesionales independientes de la Historia, que ahora se han topado con la renuencia absoluta de la actual dueña del contrato de arriendo, Gerlinder Pommer, que ha dicho mil veces no a todo intento de renovación y o restauración. La frau no ha explicado sus motivos. Solo que quiere a "su casa" como está.
Bruneau am Inn - que vegeta en el alero de la frontera sur de Alemania - se debate hoy entre la conveniencia o la desgracia de tener entre sus murallas a una casa "famosa" con tales características especiales. La ciudad es relativamente pequeña. Tiene poco menos de veinte mil habitantes. Pero es tranquila y rica como casi todas las ciudades del resto de Austria. Los habitantes a los que les importa el asunto están esperando a que termine el contrato de la frau Gerlinder para ver qué diablos hacen las autoridades con un affaire tan viejo que ya se está haciendo aburrido. Total, si Austria sigue siendo inmovilistamente neutral y en Berlín manda una frau que nació en Alemania del Este y que recién se ha dado cuenta de que la Máquina de Europa no tiene ni siquiera una Empresa entre las 50 más importantes del mundo.
Al parecer no hay herederos de Sigmund Freud interesados en la Casa. Ni herederos de Stefan Zweig. Pienso que para el caso de que las autoridades de Viena no sepan qué hacer definitivamente con el inmueble después de que quede libre de dueños parciales, no tendrán otra opción que hacer una llamada telefónica a América.
A ver si del otro lado de la línea está el ex Gobernador de California. Quien debe de tener doble nacionalidad. Si no la comprara, por lo menos puede intentar hacerla polvo entre sus bíceps de Míster Universo Senior.
Digo yo.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Enero 4 del 2015.
Adolfo solo regresaría a Braunau am Inn 49 años después. De paso, tras la anexión de su país de origen. Durante las casi cinco décadas transcurridas habían pasado algunas cosas que enriquecieron su biografía. El niño vivaracho y locuaz, ocasionalmente asotado por su padre, había colapsado en el grado seis de la enseñanza y había tenido que repetir el Curso, algo que no le sirvió para graduarse de Secundaria. Se había mudado a Alemania y había soñado con dedicarse a la pintura y con llegar a ser un arquitecto de renombre. La Primera Guerra Mundial le enroló en sus filas y cuando salió ileso de la contienda engavetó sus proyectos artístico-estructuturales y decidió que lo suyo era la política. Para 1921 ya estaba liderando al Partido Obrero Alemán y dos años después encabezó el malogrado Putsch de Munich - oloroso a cerveza rancia y a lana barata de camisas pardas en la marcha sobre Berlín de la mano del ideario de Benito Mussolini - que le costaría una condena de cinco años de cárcel. Cumplió solamente ocho meses. Suficientes para radactar el primer borrador de Mein Kampf, subestimar a la cobarde República de Weimar, burlarse de los Acuerdos de Versalles y despotricar contra los miserables prohombres que habían humillado a Alemania durante la Primera Guerra Mundial.
Para asaltar el Poder necesitaba reactivar la sangre coagulada de los alemanes. Agruparlos en torno a alguien que pudiera demostrarles que los judíos y los comunistas eran los únicos culpables de que el maravilloso pangermanismo estuviera haciendo aguas. Alguien que les asegurara que solo mediante el rearme real y con la demostración de fuerzas el mundo sería capaz de respetar a Alemania y los malnacidos vencedores de 1918 tendrían que revisar los motivos por lo que pudieron ganar. En 1933 Hindenburg dobló las rodillas en Berlín. Adolfo tomó las riendas del poder en Alemania. El Partido Obrero Alemán se había convertido en el Partido Nacionalsocialista Obrero Alemán, de corte oficialmente nazy. Adolfo era el Canciller de la Nueva Alemania. El Consorcio Krupp recibió órdenes especiales. Los hombres de ciencia debieron trabajar horas extras. Los grandes bancos fueron puestos en alerta. Los comunistas - que estaban sobremarcados - no tuvieron escapatoria después del incendio del Reichstag. Los judíos trabajaban, casi curados de holocaustos pasados, y pensaban que sus auríferos enchapes dentales no corrían peligro. Toda Alemania hervía sobre la hoguera interminable que atisaba, desde los aposentos del Reichstag, el hombre del bigotico chaplinesco.
El chico nacido en Bruneau am Inn, que había suspendido el sexto grado y que había sido capaz de concebir Mein Kampf, invadió Polonia en 1939 y enseguida anexaría Los Sudetes Checos. Dos años más tarde la Segunda Guerra Mundial parecía un juego de niños, por cuyas rampas los germanos invencibles pasaban arrazándolo todo y las naciones se les rendían sin disparar un solo tiro. La Casa Natal de Bruneau am Inn era tan venerada como la Casa de Gohete y como los cotos de caza de la Selva Negra. Los dueños de ese año no paraban de mirar hacia la calle Saizburger Vorstadt, en donde los austríacos amigos de la anexión vitoreaban al compatriota que había devuelto la grandeza a la raza aria. La casa resplandecía en todos los horizontes y muchos austríacos y muchos alemanes estaban seguros de que cuando acabara la conflagración y el mundo lamiera la tierra por donde las botas arias caminaran invictas, la Casa en donde había nacido el Ultimo Mesías pasaría a ser la Casa más famosa de todos los tiempos y el número 15 superaría a todas las cábalas del número 12 en la ronda del Milenio Ario. Solo que todavía Japón no había bombardeado Pearl Harbor, las tropas alemanas no se habían topado con los defensores de un sitio llamado Stalingrado ni con el invierno ruso y el Día D apenas era un algoritmo en la mente brillante de Ernst Heminway.
Tras el aldabonazo de Adolfo en 1945 - que también se llevó a su ex amante convertida en esposa de minuto postrero - la casa se volvió maldita. Casi que apestada. Desde entonces ha pasado por infinidad de etapas históricas. Sitio de peregrinaje para mentalidades neonazis. Centro de cuidados para discapacitados. Alquilada por el Mnisterio del Interior. Motivación bursátil para cierto parlamentario ruso. Joya inalcanzable para los profesionales independientes de la Historia, que ahora se han topado con la renuencia absoluta de la actual dueña del contrato de arriendo, Gerlinder Pommer, que ha dicho mil veces no a todo intento de renovación y o restauración. La frau no ha explicado sus motivos. Solo que quiere a "su casa" como está.
Bruneau am Inn - que vegeta en el alero de la frontera sur de Alemania - se debate hoy entre la conveniencia o la desgracia de tener entre sus murallas a una casa "famosa" con tales características especiales. La ciudad es relativamente pequeña. Tiene poco menos de veinte mil habitantes. Pero es tranquila y rica como casi todas las ciudades del resto de Austria. Los habitantes a los que les importa el asunto están esperando a que termine el contrato de la frau Gerlinder para ver qué diablos hacen las autoridades con un affaire tan viejo que ya se está haciendo aburrido. Total, si Austria sigue siendo inmovilistamente neutral y en Berlín manda una frau que nació en Alemania del Este y que recién se ha dado cuenta de que la Máquina de Europa no tiene ni siquiera una Empresa entre las 50 más importantes del mundo.
Al parecer no hay herederos de Sigmund Freud interesados en la Casa. Ni herederos de Stefan Zweig. Pienso que para el caso de que las autoridades de Viena no sepan qué hacer definitivamente con el inmueble después de que quede libre de dueños parciales, no tendrán otra opción que hacer una llamada telefónica a América.
A ver si del otro lado de la línea está el ex Gobernador de California. Quien debe de tener doble nacionalidad. Si no la comprara, por lo menos puede intentar hacerla polvo entre sus bíceps de Míster Universo Senior.
Digo yo.
Westchester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Enero 4 del 2015.
No comments:
Post a Comment