Sunday, June 22, 2014

FELIPE VI O EL ARTE DE MI INGENUIDAD.-




Antes de las Olimpiadas de 1992 celebradas en la ciudad de Barcelona yo estaba suficientemente informado acerca de la historia de la Monarquía Española. De modo que conocía que el nacimiento de un varón en La Casa Real en 1968 había convertido a sus dos hermanas en Infantas y había barrido, de un parto real, la esperanza de la mayor de las chicas de llegar a ser reina algún día. Y las de de la menor, Cristina, en caso de  ocurrir alguna calamidad a Helena. Felipe Juan Pablo Alfonso de Todos los Santos de Borbón y Grecia había llegado el último para convertirse en Príncipe de Asturias y por tanto en Heredero Unico de la Corona de España. Dicen fuentes aparentemente bien informadas que las dos chicas se persignaron de felicidad porque la llegada del chaval les quitaba un gran peso de encima toda vez que ellas sabían que su destino estaba marcado por el ciudadanismo más coyuntural y rutinario.
Solo que cuando se anunció que el abanderado de la Delegación Española durante la Ceremonia de Apertura de los Juegos Olímpicos sería, nada más y nada menos, que el hijo del Rey Juan Carlos de Borbón, un "deportista" consumado en los deportes náuticos, me quedé pasmado y supe que mis conocimientos de la Historia de la Monarquía Española andaban truncos. Sucedía que Felipito Sin Número Todavía había sido, entre 1989 y 1990, primero en el Campeonato Español de Vela ( Clase Soling) y ganador de la Copa España. Resultados que unidos a su quinto lugar en el Mundial de Vela de 1990 le catapultaron hasta el Equipo Olímpico Español. Obtuvo un sexto lugar olímpico y si bien es cierto que se marchó sin medallas también lo es que se llevó un Diploma.Así que me dije "se trata de un deportista que compite por su país, sin corona y sin empacho, por una medalla y por un lugar en el podio olímpico y no utiliza el Solin para recorrer el Mediterráneo en busca de otras Casas Reales ni de Infantas Disponibles". Este puede ser el futuro Rey que le de nokáut a la Historia Monárquica de un país monárquico pero que a su vez ama a la Madeja Republicana y a los Sistemas Presidenciaistas, me dije además. Ese año supe también que su padre había competido en las Olimpiadas de Munich 1972, como regatista en la Clase Dragón en su barco Fortuna, con dos tripulantes y sin grandes resultados. 
Durante los últimos veintidós años  el Príncipe Felipe  se ha venido preparando para coger el Mando de La Casa Real cuando su padre muera. Pero lo ha venido haciendo de manera sui géneris, realizando cosas que aparentemente rompían con el protocolo de la Realeza. Tenía patente para continuar el rumbo de sus comportamientos. Quizás porque era el Unico Ilustrado de la Historia Monárquica. Entiéndase Ilustración en sentido muy diferente a la Ilustración Despótica que propugnó su viejo antecesor Carlos III. Felipe era un tipo con títulos universitarios ganados en altas casas de estudio, una de las cuales estaba más allá de las fronteras patrias. Títulos que no fueron comprados por Coronas Dadivosas ni otorgados por Rectorías Volubles. Por algo había crecido en tierras donde alguna vez imperó Alfonso el Sabio y tenía una madre que creció en tierras en donde alguna vez el gran Aristóteles marcó las pautas de lo que luego sería la cultura grecolatina. Cuando yo le veía representando a España durante las Tomas Presidenciales en Iberoamérica, presidiendo Eventos Científicos y Culturales, honrando Fundaciones o entregando los Premios Príncipe de Asturias en Oviedo, pensaba que se estaba comportando como un hombre del pueblo llano que utilizaba lo que todavía quedaba de una Corona anquilosada para lograr objetivos humanos, signados por un corazón que latía mucho mejor bien lejos de los jardines de La Zarzuela. Que le estaba haciendo un guiño a la Modernidad, previniendo a España para un porvenir en donde cada uno de los aposentos reales sería convertido en museo para que las generaciones por venir eligieran, libremente, cuáles habían sido realmente los momentos de efectiva grandeza en la historia nacional.Hipótesis ingenuas que terminé de ajustar cuando Don Juan Carlos aceptó - sin aceptarlo -  que no podía lidiar con el Asunto Vasco, con el Conato Sesesionista de Artur Mas en Cataluña, con la Crisis Galopante que regresó a España hasta las antípodas, con el Affaire de su yerno, que ha implicado a su hija y por tanto a la Casa Real ni con esa cadera destrozada en  la Botsuana Elefántica que no sana a pesar de los perdones equivocados y de la promesa de que no  volvería a ocurrir. Porque la mayoría de los españoles no creían en un Rey que no podía cotrolar su pasión compulsiva por la caza de especies mayores, que estaba acusado por las autoridades rusas de haber matado a un oso drogado y en remojo por las de Rumanía. Yo sabía - como tantos - que Don Juan Carlos iba a abdicar La Corona sin esperar morirse de desolación en su Madrid castizo. Pero albergaba la esperanza ingenua de que durante el discurso del hijo, en donde aceptaría ser el Sucesor, Felipe bajaría las banderas monárquicas para siempre y se brindaría para ser el Ministro de Relaciones Exteriores Sin Cartera hasta tanto el cargo estuviera disponible o para ser el Presidente de la Federación  Española de Vela o por qué no, para ser el Líder del Comité Olímpico Español.
Porque Felipe VI había protagonizado algunas irreverencias desde su sillón como hijo que alguna vez será, pero que, según mi cuota de ingenuidad, se negaba a aceptar los dogales reales en su cuello humano, desdivinizado por siglos de rimbombancia forzada. Contra el juramento de su padre como Monarca  en 1975, vestido con el uniforme de Capitán General del Ejército, Felipe, once años después, aceptaría su condición de Sucesor al Trono vestido de civil. No sé si porque acababa de vencer un Curso de Orientación Universitaria en Toronto, Canadá, país en donde cierta Reina Inglesa solo tiene una influencia simbólica marcada por la integración anglófona y en donde los basamentos antireales rebotados desde el sur - su sur - hacen que reinas y reyes solo tengan vida en los naipes de medianoche.
Los amigos de Felipe VI siguen siendo los amigos de su generación, aquellos que fueron a la escuela primaria con él y los que aprendieron las primeras lecciones de inglés y de francés de los labios de profesores terrestres. Por eso no me extrañó ver a Alejandro Sanz en la Ceremonia de Coronación. Cuando Felipe VI fue enviado a la capital de los Estados Unidos para que realizara un Máster en Relaciones Internacionales en la Universidad de Georgetown no había estudiantes con sangre gracekélica con los que él pudiera compartir, de modo que se vinculó a chicos y chicas con sangre roja normal. Una de las chicas, aspirante a modelo, le acompañaría en un tour por el Caribe y según expertos en su vida la relación se truncó por un pelín cuando los personeros casarrealísticos le advirtieron de que su elección no era buena y él estaba demasiado joven para tomar decisiones tan trascendentales. Para entonces Leticia Ortiz era una vaca sagrada del mundo de la Comunicación y mantenía una relación romántica, que duraría diez años, con su profesor de Humanidades de la Preparatoria de Madrid, Alonso Guerrero Pérez. Sus estudios de Derecho en la Universidad Autónoma Capitalina le darían los amigos y amigas que hoy ejercen muy lejos de la parafernalia real y que celebran la educación balanceada que reciben sus dos hijas.
Sus compañeros de las tres Academias Militares en donde ralizó su preparación para cuando tomara el Mando Supremo de las Fuerzas del Aire, de la Tierra y del Mar son los mismos que hoy velan por la seguridad de España desde sus barracas sofisticadas y desde sus búnkers en el Exterior y  que se vanaglorian de tener como Jefe a un hombre capaz de poner la Corona a la par que la granada y acompañarlos in situ  si algún instante supremo lo ameritara. Felipe VI no necesitó ser coronado para ostentar tales cargos. Porque ya los tenía desde su condición de Príncipe Heredero.
Le recuerdo, en compañía de sus hermanas, manifestando en las calles de Madrid a raíz de los atentados terroristas del 11 de Marzo del 2004, perpetrados por una célula yihadista en la Estación de Atocha y aledaños. Acción que les convirtió en pioneros manifestantes en el seno de la Familia Real Española. Quienes les chocaban en las calles congestionadas por el dolor tenían cuerpos por donde corría la misma sangre roja que él pensaba circulaba por sus venas. El azul solo era el color del cielo en las mañanas límpidas y él se sentía en tierra firme.
Hasta que le vi, en vivo, el 22 de Mayo del  2004 en la Catedral de la Almudena. Junto a él había una mujer bellísima que yo conocía de la televisión, vestida de blanco inmaculado, exitada y dando el sí quiero con pasión de virgen. Las bodas de Felipe y Leticia fueron la noticia del mes y las revistas del corazón hicieron zafra durante esas semanas. Me sentí un poco decepcionado por un evento que había congregado a invitados de alcurnia de varias Casas Reinantes Europeas y a personajes con Títulos de Nobleza y a integrantes solventísimos del Jet Set Internacional. Casi que no lo podía creer. Debo decir "casi que no lo quería creer". Después, cuando interioricé - y traté de engañarme - me dije que el Príncipe seguramente había tenido que ceder ante su irreverencia por casarse con una plebeya divorciada, de clase media, con sangre ultraroja en sus venas y arterias y que habría de sacrificar toda su pasión por el mundo de la Comunicación en aras de consagrar un amor nacido a primera vista en la casa de ciertos invitadores "involuntarios" en el Madrid opulento de los albores del siglo XXI. Pensé que Felipe había buscado una hembra normal que colmara sus espectativas como hombre y nunca como Heredero de una Corona destornillada en tiempos del Fin de la Historia, amiga de otros Palacios Reales en donde las hembras y los hombres se morían de miedo ante la incertidumbre por el Elegido de Turno en el centro de los intereses de sus padres y abuelos. Mientras miraba a la tele y les veía enamorados y ausentes en medio del barullo, pensaba en que el Príncipe hacía de tripas corazón y que apenas se consolaba cuando imaginaba al genial Plácido Domingo pasando por sus mismos sinsabores y a Mario Vargas Llosa perdido en su filosofía kafkiana de las dictaduras por encargo y las democracias a ultranza en la ruleta de las reposiciones ideológicas. Todavía aquel 22 de Mayo del 2004 le otorgé el beneficio de la duda al hombre casado que tal vez esa misma noche debería comenzar a buscar al nuevo Heredero en el útero invicto de la nieta del taxista.
Mis esperanzas ingenuas colapsaron un segundo después del discurso que lo encumbraba hasta la Butaca Real. Así que ya no me importa un rábano que continúe viviendo en el mismo Pabellón del Príncipe y que trabaje en el Despacho del padre en La Zarzuela. Ya no me importa que siga presidiendo el montón de instituciones que tal vez lo enaltezcan. Ya no me importa que haya heredado - por favor - 24 Reinos, 5 Principados, 15 Ducados, 6 Marquesados, 22 Condados  y 12 Señoríos. Ya no me importa que la periodista plebeya, la de la voz de ángel en la pantalla de tevé, haya comenzado a sonreír y a levantar su cabeza y a mover su cuerpo elástico y a dejar saber que ya es la Reina de España y que sus hijas, hermosas y sobreeducadas, solo deben esperar su Turno Consagratorio.Ya no me importan los aforos del Rey Muerto ni los de su Esposa Muerta. Ya no me importa la Caída Real de sus Tíos ni la Desazón de sus Hermanas. Ya no me importa que posiblemente le endilguen otro número a su nomenclatura porque parece que también es Rey de Aragón en la Línea Sucesoria. Ya no me importa que los soñadores reales griegos hayan perdido un escaño interesante en la Casa Real Española. Ya no me importa saber que las dos bebitas nacieron a través de cesáreas - desconozco si por prescripción ginecológica o por esteticismo de ciertas paredes orgánicas urgidas de la dimensión correcta - , que ambas estén mojadas de cabellos por las aguas sagradas del Jordán vertidas en pilas baustismales destinadas para niñas de sangre real, que la Casa Real  haya anunciado en su momento, como novedad, que la segunda heredera sería hembra, antes de nacer, ni que sus padrinos, más que sus abuelos, hayan sido su abuela materna Paloma Rocasolano y nada menos que el Príncipe Konstantín, hijo de Simón de Bulgaria, un país desgajado de Moscú durante la ventolera de 1989 y  en donde hablar de Reyes y de Príncipes en los tiempos de La Cortina de Hierro era poco menos que un sacrilegio.
Me importa, evidentemente, que la gran mayoría de sus súbditos - en medio de su indiferencia atávica por las monarquías - quieran mucho a Felipe, porque para ellos será un Rey diferente, transparente y terrícola. Y porque en medio de una crisis megacrónica no tienen a quien respetar ni a quien querer en todas las Casas de Gobierno que pugnan por mandar la nación.Y porque para algunos, el hombre a quien creían humano y de los suyos, está dando la impresión de que acaba de revisar el color de su sangre en los laboratorios del Ejército de la Tierra, del Mar y del Aire y se ha dado cuenta  de que el azul es mucho más que un color alegre y transparente. Y porque no les queda más remedio que  tener que convivir bajo su reinado.
A Rey Vivo Rey Puesto.

Wechester, Miami, USA.
Luis Eme Glez.
Junio 22 del 2014.


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