de tu vientre, mujer.
Detrás del vidrio
las enfermeras ríen con sus manos sagradas
la buena nueva de la vida que amanece.
Y la madre
casi olvidada de los llantos primeros
mira tras el vidrio
donde él
extasiado en la luz
se destroza las uñas
y se funde los dedos al centro de su pecho
y clama su plegaria detenida
agradecido de que la sangre
multiplicada
se haga llanto y se haga risa
se haga caca y se haga juegos
se haga lucha y se haga luz
en la tremenda senda hasta el mañana
cuando las memorias esculpan el monumento inmortal
a la vida qué es
a la vida inconexa
y al misterio sublime de la flor empinada.
Quién cruzó sus manos en el pecho
ahora está detrás del vidrio
tan cerca de los tres que parecen un corazón a punto de estallar
y desliza la yema de su dedo por las pieles tan tiernas
y mira obnubilado al milagro
del otro lado de las cópulas
y besa la frente de la hembra
y pregunta quién cortó el cordón.
Ella le lleva la mano tibia a los ombligos gemelos
y es un botón inadvertido en el valle de luna.
No hay cordón. - dice,
porque tú eres mi Dios resucitado
y yo la virgen desflorada en el pesebre de la muerte.
No hay cordón. - repite,
porque eres tú quien bajó de las planicies
y yo la desflorada virgen que esperaba tu savia
en lo surcos de fuego.
No hay cordón,- agrega,
porque hizo falta esta estela de sueños
para que un Dios incomparable
gestara a una virgen parida
y asistieran los dos al asombro infinito
de las multiplicaciones.
Tras el vidrio
los cuatro
son también
la Sagrada Familia.
Octubre 10 del 2005.
Nuñoa, Santiago de Chile.
Luis Eme Glez.
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